El Antiguo Testamento – Sección 10

XLII
Melquisedec, Eliseo y el sacerdocio
He visto siempre a Melquisedec como ángel sacerdotal y figura de Jesús,
sacerdote de la tierra. En cuanto el sacerdocio está en Dios, Melquisedec
era sacerdote según el orden eterno. He visto que fue enviado a la
tierra para preparar, fundar, edificar y apartar las razas de los hombres y establecerlas
sobre la tierra.
He visto las obras de Henoch y de Noé y su importancia para mantener a los
hombres en el bien; pero he visto también, al lado de esto, la acción incesante
del poder de las tinieblas y del infierno con las mil formas y manifestaciones
de una idolatría terrena, carnal y diabólica, y de esta idolatría nacer y
reproducirse una serie interminable de otros pecados y corrupciones de parecida
forma y manera, como por fuerza y necesidad interna de las cosas. He
visto los pecados y las derivaciones y figuras de estas reproducciones, las
cuales, según su especie, eran de las mismas formas que sus causantes, como
en un principio el hombre fue imagen de Dios. Así me fue mostrado todo
esto desde Abraham hasta Moisés, y desde Moisés hasta los profetas,
siempre en relación y en imágenes de cosas que llegaban hasta nuestros días.
Aquí se me mostró, por ejemplo, por qué los sacerdotes de ahora ya no sanan
ni ayudan en las enfermedades, y se me enseñó por qué no lo consiguen
o lo consiguen en muy diverso grado. Se me mostró este don del sacerdocio
entre los profetas y la causa de su forma de obrar.
He visto, por ejemplo, en la historia de Eliseo cuando dio su bastón a Giezi
para que lo pusiese sobre el niño muerto de la mujer de Sunam. En el bastón
estaba la fuerza de Eliseo y encerrado en él la fuerza de una misión espiritual.
El bastón era como un brazo a la distancia. Con ocasión de esta historia
he visto la interna razón de la fuerza del báculo de los obispos, del cetro de
los reyes y su poder, mientras que lo sostenga la virtud de la fe que lo ata
con el enviado y lo separa de los demás que no son tales. En el caso de Giezi
he visto que él no tenía fe suficiente y la madre del niño creía que solamente
Eliseo lo podía resucitar. De este modo se interpuso entre la figura de
Eliseo (que era de Dios) y el bastón del profeta, la duda; por causa del
humano modo de ver y sentir, y el bastón de Eliseo no pudo obrar por interposición
de este impedimento humano. Luego he visto a Eliseo echarse sobre
el muerto, mano con mano, boca con boca y pecho con pecho, en fervorosa
oración, hasta que volvió el alma al cuerpo del niño difunto. Se me
mostró en esta ocasión la semejanza de esta obra y su relación con la muerte
de Jesús en la cruz. En el caso de Eliseo se abrieron por la fe y el poder de
Dios las fuentes de la gracia y de la reparación del hombre, encerradas por
la culpa y el pecado: cabeza, pecho, manos y pies. Elieo se echó como una
cruz viviente y figurativa sobre la cruz muerta y cerrada del niño muerto, y
mediante su oración y su fe trajo la vida y la salud al niño, y reparó y pagó
por los pecados que los padres habían cometido con cabeza, manos, pies y
corazón, ocasionando la muerte del niño. He visto en todo esto una imagen
de la muerte de Jesús en la cruz y sus heridas y llagas, y como en todo esto
hay una admirable e inexplicable armonía. Desde la muerte de Jesús en la
cruz he visto en el sacerdocio de la Iglesia este poder de reparar y de sanar
en toda plenitud, especialmente en los cristianos verdaderamente creyentes.
En el grado en que vivimos en Jesús y con Él estamos crucificados, se abren
en nosotros las puertas de sus sagradas llagas con toda su eficacia. He visto
muchas cosas acerca de la eficacia de poner las manos sobre la cabeza y
acerca de la fuerza de la bendición y de la virtud de la mano a distancia, y
me fue declarado y mostrado todo esto con motivo y con relación del bastón
de Eliseo, que era el representante de su mano milagrosa.

XLIII
El Arca de la Alianza
L a misma noche en que Moisés rescató el misterio del cuerpo de José,
se construyó la caja en forma de sarcófago, de oro, en la cual se guardó
el misterio a la salida de Egipto. Debía ser tan grande que pudiera caber
un hombre dentro; debía ser como una iglesia para ellos y un cuerpo. Fue en
la misma noche que debían teñir con sangre las puertas. Al ver la rapidez
con que trabajaban en esta caja, pensé en la santa cruz, que también fue
apresuradamente hecha la noche antes que muriera Cristo en ella. El arca era
de chapas de oro y tenía la figura de un sarcófago de momias egipcias. Era
más ancha arriba que abajo; arriba tenía la figura de un rostro con rayos de
luz y a los costados los espacios de los brazos y de las costillas. En medio
del arca se puso una cajita de oro que contenía el sacramento o misterio que
Sémola había sacado del sepulcro de José. En la parte inferior se pusieron
vasos sagrados y las copas de los patriarcas, que Abraham había recibido de
Melquisedec, y heredado con la bendición de la primogenitura. Tal era el
contenido y la forma de la primera Arca de la Alianza, que estaba cubierta
con un paño colorado y encima otro blanco. Recién en el monte Sinaí se
construyó el arca de madera, forrada de oro por fuera, en la cual se encerró
el sarcófago de oro con el sacramento o misterio. Este sarcófago no alcanzaba
más que a la media altura del arca y no era tampoco tan largo como
ella; había aún lugar para dos pequeños recipientes, en los cuales había reliquias
de la familia de Jacob y de José, y donde más tarde entró la vara de
Aarón. Cuando esta Arca de la Alianza se colocó en el templo de Sión, sufrió
cambios en su interior: se sacó el sarcófago y se puso en su lugar una
figura pequeña del mismo, hecho con una materia blanca.
Desde niña había visto muchas veces el arca y todo lo que ella contenía por
dentro y por fuera, como las cosas que se iban añadiendo. Solían poner
adentro todas las cosas sagradas que conseguían. Con todo, no era pesada,
pues se podía llevar con facilidad. El arca era más larga que ancha; el alto
era igual que el ancho. Tenía abajo una moldura sobresaliente como pie. La
parte superior tenía un adorno de oro muy artístico de medio codo de largo;
aparecían allí pintadas flores, volutas, caras, soles y estrellas. Todo estaba
muy bien trabajado, y no sobresalía mucho sobre el borde superior del arca.
Debajo, al final de los costados, había dos anillos donde se ponían los palos
de las andas. Las demás partes del arca estaban adornadas con toda clase de
figuras de madera de color, maderas de Sitim y oro. En medio del arca había
una puertecita pequeña, que no se notaba casi, para que el sumo Sacerdote
pudiese sacar y volver a poner el sacramento o misterio cuando estaba solo,
para bendecir o profetizar. Esta puerta se abría en dos hacia el interior y era
de tal modo que podía el sacerdote meter su mano. La parte por donde corrían
los palos de las andas estaban algo elevadas, para que dejaran descubierta
la puerta. Cuando se abrían ambas hojas hacia adentro, se abría al mismo
tiempo el dorado recipiente, rodeado de cortinas, como un libro, mostrando
el sacramento o misterio que allí estaba. Sobre la cubierta del arca se levantaba
el trono de la gracia. Era una plancha cubierta de oro que contenía huesos
sagrados, grande como la misma tapa, sobresaliendo sólo un poco de
ella. De cada lado estaba sujeta con cuatro clavos de madera de Sitim, que
entraban en el arca, y de tal manera, que se podía, a través de ellos, ver el
interior. Los clavos tenían cabezas como frutas; los cuatro tomillos exteriores
sujetaban los cuatro lados del arca; los cuatro interiores se perdían adentro.
A cada lado del trono de la gracia estaba sujeto un querubín del tamaño
de un niño. Ambos eran de oro. En medio de este trono de gracia había una
abertura redonda, como una corona, y del centro subía una pértiga que terminaba
en una flor de siete puntas. En esta pértiga descansaban la mano derecha
de un querubín y la izquierda de otro, mientras tenían extendidas las
otras dos manos. Las alas derecha del uno e izquierda del otro se unían elevadas
y las dos alas restantes caían sobre el trono de gracia. Las manos extendidas
de los querubines estaban en posición de advertir y avisar. Los querubines
estaban sobre el trono de gracia apoyados con una rodilla; las otras,
sobresalían del arca. Sus rostros y miradas estaban vueltos hacia fuera del
santuario, como si temieran mirarlo. Llevaban un vestido solo, de medio
cuerpo. En los largos caminos se solía sacarlos de sobre el arca y llevarlos
aparte. He visto que arriba, donde terminaba la pértiga en siete puntas, quemaban
los sacerdotes en el fuego una materia oscura, como un incienso sagrado,
que sacaban de una caja. He visto también que a menudo salían rayos
de luz del interior hacia el exterior de la pértiga y otras veces bajaban del
cielo rayos de luz que estaban adentro. Otras veces, luces a los lados, indicaban
el camino que debía recorrerse en las peregrinaciones. Esta pértiga
entraba en el interior del arca y tenía unos sostenes, de donde estaban suspendidos
el vaso de oro del sacramento o misterio y sobre él, las dos tablas
de la Ley. Delante del sacramento colgaba un vaso del maná. Cuando yo
miraba el interior del arca de un lado, no podía ver el sacramento.
Yo siempre reconocía y tenía al arca como una iglesia, al misterio como un
altar con el sacramento y el vaso con el maná me parecía la lámpara delante
del Santísimo. Cuando iba a la iglesia siendo niña, yo me explicaba las cosas
que veía allí en relación con lo que había observado en el Arca de la
Alianza. El misterio de ella me pareció el Santísimo Sacramento del Altar.
Sólo que no me parecía aquello tan lleno de gracia, sino mas bien mezclado
de temor y reverencia. Me producía una impresión más de temor y de miedo,
que de amor y de gracia; pero me pareció siempre muy santo y misterioso.
Me pareció que estaba en el arca todo lo que es santo; que nuestras cosas
santas estaban en él como un germen, como en una existencia futura, y que
el sacramento del arca era lo más misterioso de todo. Me parecía que era el
arca el fundamento del sacramento del altar, y éste, el cumplimiento y la
realidad. No lo puedo decir mejor. Este misterio les estaba oculto a los
hebreos, como a nosotros el Sacramento del altar. Yo sentí que sólo pocos
sacerdotes sabían lo que era y que pocos, por iluminación del cielo, sabiéndolo,
lo usaban. Muchos lo ignoraban y no lo usaban: les pasaba como a nosotros,
que ignoramos muchas gracias y maravillas de la Iglesia, y cómo
hasta nuestra eterna salvación se comprometería si estuviera sólo fundada
sobre la fuerza y el entendimiento humanos. Pero nuestra fe está fundada
sobre una roca.
La ceguera de los judíos se me presenta siempre digna de ser llorada y lamentada.
Tenían todo en germen, y no quisieron reconocer el fruto de ese
mismo germen. Primero tuvieron el misterio: era como el testimonio, la
promesa; luego vino la ley, y, por último, la gracia. Cuando hablaba el Señor
en Fichar, le preguntaron las gentes adonde había ido a parar el misterio
o sacramento del Arca de la Alianza. Les contestó que de él ya mucho habían
recibido los hombres, y que ahora se había pasado a ellos; del mismo
hecho que ya no existía podían reconocer que el Mesías había llegado.

XLIV
Joaquín recibe el misterio
Yo veo este sacramento o misterio en forma de involucro, como una
capacidad, un ser, una fuerza. Era pan y vino, carne y sangre: era el
germen de la bendición y descendencia, antes del pecado; era la existencia
sacramental de la descendencia, antes del pecado, que fue guardando para
los hombres en la religión y que debía hacer cada vez más pura, por la virtud,
esta descendencia, hasta llegar a María, en la que debía completarse,
para darnos, por obra del Espíritu Santo, el tan esperado Mesías nacido de
esta pura Virgen.
Noé plantó la viña y esto fue ya una preparación: aquí había ya algo de reconciliación
y de protección. Abraham recibió este misterio en la bendición,
y he visto que trasmitió este sacramento como una cosa real, como algo
substancial. Quedó como un secreto de familia. Por esto se explican las
grandes prerrogativas que traía el derecho de la primogenitura. Antes de la
salida de Egipto, recibió Moisés este misterio y como antes había sido un
secreto de familia y de religión, así pasó a ser misterio de todo el pueblo.
Entró en el Arca de la Alianza como el Santo Sacramento del Altar en el
tabernáculo, como en la custodia.
Cuando los hijos de Israel adoraron el becerro de oro y cayeron en grande
aberración, Moisés mismo dudó del poder del sacramento, y por eso fue castigado
con no poder entrar en la tierra prometida. Cuando el Arca de la
Alianza caía en manos de los enemigos o en cualquier otro peligro, era sacado
el sacramento por el sacerdote y con todo era tan santa el arca que los
enemigos se veían obligados a devolverla por los castigos que recibían. Sólo
pocos conocían la existencia de este misterio en el arca y su fuerza de expansión
benéfica. A menudo sucedía que un hombre manchaba por el pecado
y la impureza la línea sagrada de la descendencia hasta el Mesías, y así la
unión del Salvador con el hombre era retardada; pero los hombres podían
por la penitencia renovar y purificar este sagrado misterio. No puedo decir
con precisión si por el contenido de este sacramento se efectuaba, por una
especie de consagración, un fundamento divino o una plenitud sobrenatural
en los sacerdotes, o si venía todo enteramente de Dios inmediatamente. Creo
lo primero; porque he visto que algunos sacerdotes lo despreciaron e impidieron
la venida de la salud y fueron por ello castigados hasta con la muerte.
Cuando el sacramento obraba y la oración era oída, resplandecía el misterio,
crecía y brillaba con luz rojiza a través de su envoltura. Esta bendición del
misterio aumentaba o disminuía según los tiempos y la piedad y la pureza de
los hombres. Mediante la oración, el sacrificio y la penitencia, parecía que
crecía y aumentaba en fuerza. Delante del pueblo lo he visto usar solamente
por Moisés, cuando la adoración del becerro de oro y en el paso del Mar Rojo,
aunque lo tuvo velado, cubierto a las miradas de los hombres. Fue sacado
por él del vaso sagrado y cubierto, como se saca en Viernes Santo el Santísimo
Sacramento y es llevado delante del pecho para bendecir o conjurar,
como si obrase a la distancia. De este modo Moisés libró a muchos de la
idolatría y la muerte. He visto que el Sumo Sacerdote, cuando estaba solo en
el santuario, lo usaba, moviéndolo de un lado a otro, como una fuerza, una
protección o una bendición, una elevación para bendecir o para castigar. No
lo tomaba con las manos, sino con un velo. Para fines santos he visto usarlo
sumergiéndolo en el agua, que quedaba bendita y se daba a beber. La profetisa
Débora, como luego Ana, la madre de Samuel, en Silo, como también
más tarde Emerencia, madre de Santa Ana, bebieron de esta agua sagrada.
Por la bebida de esta agua sagrada fue preparada Emerencia para engendrar
santamente a Ana. Santa Ana no bebió de esta agua, porque la bendición
estaba en ella.
Joaquín recibió, por ministerio de un ángel, el sacramento del Arca de la
Alianza. De este modo fue concebida María, bajo la puerta dorada del templo,
y con su nacimiento pasó a ser ella misma el arca del misterio. El objeto
de este sacramento estuvo cumplido. El arca de madera del templo quedaba
ya sin sacramento y sin misterio. Cuando Joaquín y Ana se encontraron bajo
la puerta de oro del templo, se llenaron de luz y la inmaculada Virgen fue
concebida sin pecado original. Había en tomo de ella un sonido maravilloso,
como una voz de Dios. Este misterio de la Inmaculada Concepción de María,
en Santa Ana, no pueden los hombres comprenderlo y permanece escondido
a su entendimiento. La línea de generación de Jesús había recibido
el germen de la bendición de la Encarnación del Verbo. Jesucristo instituyó
el Sacramento de la Nueva Alianza como el fruto, como el cumplimiento de
ella, para unir de nuevo a los hombres con Dios.

XLV
Al fin del mundo se descubrirá y se aclarará este misterio
Cuando Jeremías, durante la cautividad de Babilonia, hizo ocultar el
Arca de la Alianza con otros objetos sagrados, en el monte Sinaí, el
misterio ya no estaba adentro. Sólo la envoltura de él quedó escondida con
el Arca de la Alianza. Él conocía la santidad del contenido y quiso a menudo
hablar de ello a los hombres, como también de la perversidad del pueblo,
que lo deshonraba; pero el profeta Malaquías lo detuvo en su intento y sacó
el misterio de allí. Por medio de este profeta, llegó a los esenios más tarde, y
por un sacerdote fue de nuevo al arca hecha posteriormente. Malaquías fue
como Melquisedec, un enviado de Dios: no lo he visto nunca como un hombre
común y ordinario.

Aparecía como hombre, a semejanza de Melquisedec,
aunque algo diferentemente de él, como lo exigían los tiempos. Poco
después de haber sido llevado Daniel a Babilonia, he visto a Malaquías como
un niño de siete años, perdido, con una vestidura verde y bastoncito en
sus manos, que se dirigía, al parecer, a Sarepta, a la tribu de Zabulón, a casa
de una piadosa familia. Estos lo recibieron como a uno de los perdidos hijos
israelitas de la cautividad, y lo tuvieron consigo. Era sumamente bondadoso,
paciente al extremo y mando, de modo que todos lo amaban y así podía él
enseñar y aconsejar sin contradicción. Tuvo mucha relación con Jeremías y
le ayudó en las grandes necesidades con sus consejos. Por él fue librado Jeremías
de la cárcel en Jerusalén. El Arca de la Alianza escondida por Jeremías
en el monte Sinaí, no fue jamás encontrada. El arca que se hizo después,
no fue tan hermosa ni contenía lo que había en la anterior. La vara de
Aarón pasó a manos de los esenios, en el monte Orbe, donde también se escondió
parte de las cosas sagradas. La tribu que Moisés había destinado a la
custodia del arca subsistió hasta los tiempos de Herodes.
En el último día aparecerá todo lo escondido y se aclarará el misterio, para
terror de todos aquéllos que lo han profanado y desconocido.