Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre – Sección 5

XXI
Conclusión del Sermón de la Montaña.
Da de comer a cuatro mil. Los farìseos piden señales.
Al día siguiente desembarcó Jesús con los suyos junto a la
pequeña Corazín, a una hora al Noreste de la montaña donde
había multiplicado los panes la primera vez y subiendo más al
monte. A la derecha estaba el desierto de Corazín y a dos horas
y media al Oeste está Recaba, que está en una altura. Arriba,
donde Jesús enseñaba, había un lugar extenso, y no lejos se veía
el camino por el cual había venido desde Cesarea de Filipo hacia
Recaba. El lugar era frecuentado: servía de descanso, con res-
tos de cercos y bancos de piedra sobre los cuales solían los
viajeros hacer su comida. Por lo demás, era desierto. Abajo
había vallecitos y matorrales donde pastaban los asnos y otros
animales de carga. Las gentes estaban arriba y seguían acu-
diendo allí en gran cantidad.
Aquí terminó Jesús su gran sermón de las Bienaventuran-
zas, llamado el Sermón de la Montaña. Hablaba con fuerza con-
movedora. Habían acudido muchos extranjeros y paganos, la
mayoría sin mujeres ni niños; serían unas cuatro mil personas.
Hacia la tarde se detuvo. Dijo a Juan que la gente hacía tres
días que le seguía y que ahora pensaba despedirlos; pero que
no se las debía dejar desfallecer de hambre. Juan observó:
“Estamos en un lugar desierto y para procurar pan la distancia
es demasiado grande. ¿No convendría que les juntemos bayas
y frutas que aún han quedado colgadas de los árboles?” Jesús
le dijo que preguntara cuántos panes tenían. Contestaron: “Siete
panes y siete peces pequeños”; aunque en realidad vi que los
peces eran largos como un brazo.
Jesús mandó traer los canastos vacíos, y que pusieran sobre
el banco de piedra los panes y los peces, y continuó hablando
durante media hora. Dijo claramente que Él era el Mesías: anun-
ció que sería perseguido y quitado del mundo. Dijo que ese día
se conmoverían estos montes y este bloque de piedra se partiría,
y señaló el banco de piedra junto al cual estaba predicando la
verdad, que no recibirían. Luego expresó ayes sobre Cafarnaúm,
Corazín y varios lugares de los contornos. Añadió que ellos mis-
mos sentirían, en el día en que Él sería quitado, que habían des-
preciado la salud. Habló de la dicha de los que ahora recibían
de Él el pan de la verdad y de la vida; y agregó, refiriéndose a
los judíos: “Los extranjeros reciben la salud y los hijos de la
casa tiran el pan debajo de la mesa; y los extranjeros, los ca-
chorrillos, como había dicho la sirofenisa, juntan las migajas y
con estas migajas de verdad entusiasman y alimentan comarcas
enteras de sus paises”.
Se despidió de los oyentes, los exhortó a la penitencia y a
la conversión, acentuó sus amenazas contra los obstinados y
dijo que éste era el final de su enseñanza. Muchos lloraban y
estaban conmovidos, aunque no entendían todo el sentido de
lo que decía. Les mandó sentarse en las faldas del monte, y los
apóstoles y discípulos tuvieron, como la vez pasada, que man-
tener el orden. Jesús obró, como la otra vez, con los panes y los
peces; los discípulos llevaban los panes y los peces en canastos
a los que estaban sentados. Después se juntaron siete canastos
de las sobras y se repartieron a los viajeros.
Durante la predicación había estado entre los oyentes cierta
cantidad de fariseos: algunos se habían alejado antes de termi-
nar el sermón; los otros habían oído las amenazas y fueron
testigos de la multiplicación de los panes. Antes que el pueblo
se dispersara, habían bajado del monte para consultar con los
otros cómo atacarían a Jesús cuando descendiera. Eran como
veinte. Con el pretexto de hacer visitas a diversas sinagogas,
habían seguido a Jesús en pequeños grupos para espiar sus pa-
labras y hechos, en Cesarea de Filipo, en Robah, en Recaba y
en Corazín. Daban luego los informes personalmente o por me-
dio de mensajeros a los fariseos de Cafarnaúm y de Jerusalén.
Jesús despachó al pueblo. Lloraban, daban gracias y cantaban
en voz alta alabanzas. Con mucho trabajo pudo sustraerse del
pueblo y dirigirse, con sus discípulos, al lago para embarcarse,
por la orilla Sudeste a los confines de Magdala y Dalmanutha.
Pero antes de que pudiera embarcarse en las cercanías de la
oficina de Mateo, vinieron los faríseos hacia Él, al pie del monte
donde había tenido lugar la primera multiplicación de los panes,
pretendiendo que hiciera algún prodigio celeste, ya que había
hablado y amenazado con terremotos y señales de la naturaleza.
Les contestó como está en el Evangelio. Oí también que les dió
una señal consistente en un número de semanas al término de
las cuales tendrían la señal de Jonás. Este cálculo de semanas
caía justamente el día de su Crucifixión y de su Resurrección.
Con esto los dejó y se dirigió con los discípulos hacia la barca de
Pedro, que habían preparado los discípulos que se habían ade-
lantado. Navegaban por el medio del lago, donde la corriente del
Jordán es poderosa; por eso la barca iba sola, bastando gobernar
el timón por la corriente. Quedaron durante la noche en las bar-
cas y en cierto tiempo rezaron allí mismo; así llegaron a los con-
fines de Magdala y Dalmanutha. A la mañana siguiente navega-
ron por la parte Oeste, saliendo de la corriente. En esto vieron
que no tenían consigo sino un solo pan.
El viaje se prolongaba y Jesús enseñó muchas cosas a los
apóstoles y discípulos. Habló de su próxima separación, de su
pasión y de las persecuciones que sufrirían; les dijo más clara-
mente que otras veces que Él era el Mesías, el Cristo. Ellos lo
creían, pero como no lo podían concertar con las ideas simplistas
que se habían formado y con lo que veían exteriormente, pensa-
ron que eso era parte de su hablar profético misterioso, y así
quedó sin producir fruto. Les habló de la ida a Jerusalén y de
la persecución que allí les esperaba: que se escandalizarían de
Él y que se llegaría al punto de arrojar piedras contra Él.
Habló también diciendo que quien no abandona todo lo suyo,
y no le sigue, creyendo en Él, aún en las persecuciones, no puede
ser su discípulo. Habló de los caminos que había que hacer
antes de su partida y de otros trabajos, y que muchos que se
habían apartado de Él, volverían de nuevo. Preguntaron enton-
ces si volvería aquél que había pedido enterrar a su padre: si
no lo recibiría, ya que les parecía un buen sujeto. Jesús les
mostró el carácter de ese hombre, muy apegado al dinero.
Oí que decir “enterrar a su padre” era una manera de expresar
que esperaba el reparto de la herencia, y así asegurarse la parte
que le tocaría a él. Como hablara Jesús del apego a las cosas de
la tierra, Pedro expresó la idea suya, diciendo: “Gracias a Dios,
que no tuve estas ideas cuando me resolví a seguirte”. Jesús le
reprendió diciendo que mejor hubiera callado eso, y esperara
que Él lo reconociera.
Como llegaran a Betsaida, entraron en la casa de Andrés
para descansar. Aquí estuvieron sin molestias de la gente, pues
no habiendo sabido donde Jesús pararía, se habían dispersado.
Había en Betsaida un hombre ciego de nacimiento al cual Jesús
no había sanado. Ahora volvieron a traerlo y como Jesús estaba
a punto de embarcarse, el ciego clamó tras Él. Jesús lo tomó de
la mano sacándolo del lugar y, luego, entre los apóstoles y discí-
pulos, le tocó los ojos con saliva, le puso las manos y preguntó
si veía algo. El hombre contestó: “Veo a los hombres caminar
como gruesos árboles”. Volvió a poner sus dedos en los ojos y
luego vió perfectamente. Jesús lo mandó a su casa, y diera gra-
cias a Dios, y que no fuera por la ciudad pregonando su curación.
Hacia la tarde navegó Jesús con los apóstoles por la otra
orilla del lago y al desembarcar tomó el camino al Este del
Jordán, hacia Betsaida-Julias. En este camino le salieron al
encuentro los discípulos que habían sido enviados desde Cesa-
rea de Filipo hacia el Este y se juntaron con Jesús y los suyos
siguiendo hacia Betsaida-Julias. Jesús habló en el camino de
su cercana partida y de los peligros que les aguardaban. Los
apóstoles le rogaron entonces que no los enviara a otras partes,
para que pudieran estar a su lado en todo peligro.
En Betsaida-Julias había un albergue especial para ellos.
Cuando se acercaron a la ciudad, habiéndose ya sabido la veni-
da de Jesús, le salieron al encuentro y le ofrecieron el lavado
de pies y una refección. Vivían aquí muchos paganos que salu-
daban desde distancia. Jesús enseñó en la sinagoga donde había
muchos fariseos y escribas venidos de Saphet, que tenía una
escuela de formación cultural, religiosa y civil.
Todos estaban muy contentos de que Jesús hubiese venido
aquí por primera vez, inesperadamente. Los sencillos se alegra-
ron de corazón y los escribas más por vanidad, pues pensaban,
como sabios que eran, poder apreciar y juzgar le doctrina de
Aquél cuya fama corría por todas partes, en especial en Cafar-
naúm. Se mostraron muy corteses, pero fríos y engreídos, como
profesores, y quisieron disputar con Él, proponiéndole cuestio-
nes de la ley y de los profetas, no precisamente con malicia,
sino con esa vanidad de quienes quieren mostrar al pueblo la
propia ciencia. Jesús llegó y comentó la lección del Sábado y
habló del cuarto Mandamiento: “Honrar padre y madre”, para
vivir largo tiempo sobre la tierra. Esto lo declaró con hondo
sentir diciendo que un torrente se ha de secar si el mismo des-
truye la fuente de donde nace. Después hubo una comida muy
solemne en la cual los niños de la escuela estaban en sus mesas.
Jesús narró y comentó la parábola de los trabajadores de la
viña. La ciudad de Julias es una población nueva, aún no ter-
minada, muy hermosa, edificada al estilo de los paganos con
arcos y columnatas. Toca casi el Jordán y del otro lado de la
montaña se ven muchas habitaciones cavadas en la roca. Cuan-
do Jesús, después de haber enseñado de nuevo en la sinagoga,
caminaba alrededor de la ciudad, le siguieron los habitantes
preguntándole cuál era la verdadera enseñanza y qué debían
hacer. Él les dijo que no seguirían su enseñanza aun cuando
la declarase: que sólo preguntaban por curiosidad, y que si
su doctrina ya la habían oído en los lugares donde predicaba,
¿querían, acaso, una nueva doctrina? Su doctrina ya la había
declarado en la sinagoga. Caminaron con Él hacia sus posesio-
nes y jardines, donde estaban edificando con piedras y maderas,
y hablaban ponderando las nuevas construcciones. Jesús les
enseñaba en parábolas, de los que edificaban sobre arena y
luego sobre piedras y de la piedra angular que desechan los
edificadores, y cómo después sus construcciones se derrumban.
Sanó en este camino a muchos enfermos, baldados e hidró-
picos y a algunos mentecatos. Desde Betsaida-Julias caminó
Jesús con los doce y unos treinta discípulos, acompañado de
gente de la ciudad, hasta el lugar donde el Jordán se echa en
el lago Merom, a la población llamada Sogame, a una hora y
media de Cesarea: allí enseñó y curó a varios enfermos. Las
gentes se agolpaban y pedían ser adoctrinados. Jesús enseñó
y sanó algunos enfermos hasta la tarde, y luego con sus apósto-
les y discípulos desanduvo el camino por una hora hasta una
altura, donde pasó la noche en oración.

XXII
Pedro recibe las llaves del reino de los cielos
Durante el camino hacia la altura y hasta que Jesús no se
apartó de ellos para entregarse a la oración, se entretuvieron
los apóstoles y discípulos, mandados a misionar, en relatar todo
lo que habían enseñado, hecho y podido comprobar. Jesús los
escuchó y les recomendó orar y estar preparados para lo que
iba a comunicar.
Cuando al rayar el alba se juntaron otra vez, estaban los
doce reunidos en torno de Jesús. A su derecha estaban Juan,
Santiago el Mayor y Pedro. Los discípulos estaban fuera del
círculo y los más cercanos, en orden de antigüedad. Ahora pre-
guntó Jesús, relacionándolo con la conversación de la noche
pasada: “¿Quién, dicen los hombres, que soy Yo?” Los apóstoles
y los discípulos más antiguos hablaban de los diversos parece-
res que habían oído sobre Jesús: que unos le tenían por el
Bautista, otros por Elías, otros por Jeremías resucitado de entre
los muertos. Contaban todo lo que habían oido y estaban en
expectativa de su respuesta. Hubo una pausa breve. Jesús esta-
ba muy serio y los discípulos le miraban al rostro llenos de
expectación. Él al fin preguntó: “¿Y vosotros, por quién me
tenéis?” Ninguno se sintió movido a responder; sólo Pedro, lle-
no de fuerza y de fuego, adelantó un paso en medio del círculo,
y levantando su mano, con ademán solemne, como lengua de
todos, dijo con voz vibrante: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo”. Jesús respondió con gran seriedad; su voz era fuerte y
animada; estaba como en un ser solemne y profético, y su per-
sona resplandecía como levantada del suelo. “Bienaventurado
tú, Simón, hijo de Jonás: porque la carne y la sangre no te han
revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo
a ti: Tú eres Piedra y sobre esta Piedra quiero edificar mi
Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Y Yo te daré las llaves del reino de los cielos: lo que tú atares
sobre la tierra, será atado en el cielo; y lo que tú desatares so-
bre la tierra, será desatado también en el cielo”.
Pedro recibió estas palabras proféticas de Jesús en toda su
grandeza y con el mismo espíritu con que había pronunciado la
profesión de fe en la Divinidad de Jesucristo. Estaba en ese mo-
mento como transformado. Los demás apóstoles parecían asus-
tados; miraban con cierto miedo a Jesús y a Pedro, al ver el
ardor con que había dicho: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”.
El mismo Juan se mostró tan extrañado de todo esto, que Jesús
después le hizo una reconvención caminando a solas con él por
el camino.
Esta escena con Pedro tuvo lugar al levantarse el sol. Fue
una escena tanto más solemne y grave, puesto que Jesús antes
les había dicho que orasen y Él mismo se había retirado a la
montaña para entregarse a la oración. Los otros apóstoles no
entendieron todo el significado de esas palabras. Pedro había
penetrado el sentido íntimo de las mismas. Los otros seguían
forjándose ilusiones terrenas y pensaban que Jesús daría a Pe-
dro el Sumo Pontificado en el reino nuevo que iba a inaugurar;
Santiago dijo a Juan, yendo de camino, que en todo caso ellos
tendrían los primeros puestos después de Pedro.
Jesús les dijo después claramente que Él era el Mesías pro-
metido; aplicó todos los pasos de los profetas a su Persona y les
dijo que ahora pensaba ir a Jerusalén para las fiestas. Luego
torcieron el camino al Sudoeste, hacia el puente del Jordán.
Pedro, lleno aún de las palabras oídas respecto al poder de
las llaves, se acercó a Jesús en el camino para pedir aclaracio-
nes de cosas que no comprendía; era tan amante y ardoroso en
su obrar que pensó que su oficio comenzaba de inmediato, pues
no pensaba ni sabía aún lo que tenía que padecer Jesucristo,
ni la venida del Espíritu Santo sobre ellos. Preguntaba por eso
si en este o aquel caso podía perdonar los pecados; habló de la
situación de los publicanos y de los adúlteros. Jesús lo tranqui-
Iizó, diciéndole que entendería todo más tarde; que las cosas
serían diferentes de lo que pensaba él; que vendría otra ley.
Durante el camino Jesús les iba diciendo lo que estaba por
suceder: que irían ahora a Jerusalén; que comerían la Pascua
en casa de Lázaro, y que aún les esperaban muchos trabajos,
fatigas y persecuciones. Les anunció muchas cosas futuras en
general: como resucitaría a uno de sus mejores amigos; que
este hecho suscitaría tanto escándalo que Él tendría que huir y
ocultarse; que después de un año volverían a ir a la fiesta; que
uno de ellos le había de traicionar; que lo maltratarían, azota-
rían, burlarían y le darían muerte ignominiosa; que Él debía
morir por los pecados de los hombres, y que al tercer día resu-
citaría. Les dijo todas estas cosas con claridad; las atestiguó
con los profetas; les habló con gran seriedad, pero lleno de
bondad.
Pedro se contristó tanto de oír que le habrían de maltratar
y matar, que, lleno de celo, le siguió, y hablando aparte con Él,
manifestó su oposición, diciendo: “Esto no debe suceder; esto
no lo podré tolerar; antes habré de morir que permitir seme-
jante cosa. Que esto esté lejos de Ti, Señor: que esto no te
suceda nunca”. Se volvió Jesús seriamente y le dijo con viveza:
“Aléjate de mí, Satanás; tú me eres ocasión de escándalo: no
comprendes las cosas que son de Dios, sino sólo lo que es de
las gentes”. Diciendo esto marchó hacia adelante. Pedro, lleno
de susto, comenzó a pensar lo que Jesús antes había dicho, que
su profesión de fe no venía de la carne y ni de la sangre, sino
por revelación de Dios, con la cual le confesó por Cristo, y que
ahora le llamaba Satanás, y que no hablaba ahora de parte de
Dios sino según los sentidos y la carne, queriendo estorbar su
Pasión. Comparó estas dos cosas, fue más humilde y miró al
Señor con sentimiento de mayor admiración y fe. Pero estuvo
muy triste al comprobar que lo de la pasión de Cristo sería
verdad.
Jesús, los apóstoles y los discípulos caminaban en grupos:
alguno se turnaba para acompañar a Jesús. Caminaron apurados,
sin entrar en ninguna población, hasta la noche, cuando entra-
ron en el albergue junto a los baños de Betulia, donde los espe-
raba Lázaro con algunos discípulos de Jerusalén.
Lázaro ya sabía que Jesús quería comer el cordero pascual
con sus discípulos en su casa y le había salido al encuentro
para prevenir a Jesús de los peligros que le esperaban. Había
peligro de un levantamiento en esta festividad. En efecto, Pila-
tos exigía un nuevo tributo del templo para erigir una estatua
al emperador. Exigía también se le tributaran ciertos honores
dándole nombres sacros, y que los judíos disgustados de todo
esto preparaban un levantamiento. Que un cierto galileo, de
nombre Judas el Gaulonita, estaba al frente de unos galileos:
que éste tenía mucho crédito entre los galileos y hablaba públi-
camente contra la servidumbre que los ataba a los romanos y
contra los tributos. Le decía a Jesús que se mantuviera alejado
de la fiesta, porque había probabilidad de graves desórdenes.
Jesús respondió a Lázaro que su tiempo aún no había llegado y
que nada malo le sucedería por ahora. Que este desorden sería
sólo un preludio de otro mayor que sucedería de allí a un año,
cuando su tiempo hubiera llegado y cuando sería entregado en
las manos de los pecadores. Jesús envió a los apóstoles y discí-
pulos en diversos caminos, por grupos, y conservó consigo a
Simón, Tadeo, Natanael Chased y Judas Barsabas. Los demás
debían misionar, unos al Norte del Jordán, otros al Oeste de
Garizím, a través de Efraím; quedarse para la fiesta y luego
recorrer los lugares que aún no habian visitado. Lázaro partió
también con los discípulos. Les dijo no entrasen en las ciudades
de los samaritanos y les dió diversas reglas de conducta. Jesús
caminó hasta Ginnim, posesión de Lázaro, donde pernoctó. De
aquí salió al dia siguiente a través de Lebona-Korea y del de-
sierto, hacia Betania.

XXIII
Jesús en Betania y en Jerusalén
A unas tres horas del camino a Betania, casi en el desierto,
se encuentra una choza de pastores que viven mantenidos por
Lázaro. Hasta este lugar había venido la Magdalena, acompa-
ñada de María Salomé, pariente de José, para encontrarse con
Jesús. Le había preparado una refección: al llegar Jesús le salió
al encuentro y se echó a sus pies, estrechándolos. Jesús descansó
aquí poco tiempo y continuó su camino hacia el albergue de
Lázaro, a una hora de Betania. Las dos mujeres volvieron por
otro camino a sus casas. En el albergue encontró Jesús a algunos
de los discípulos que había mandado a misionar; otros iban lle-
gando de a poco y se juntaron en la casa de Lázaro en Betania.
Jesús no entró en Betania, sino que, haciendo un rodeo, llegó a
la casa de Lázaro. Al llegar le salieron al encuentro en el patio
y Lázaro le lavó los pies. Después pasaron por el jardin. Las mu-
jeres lo saludaron cubiertas con el velo. Su llegada fue muy
tierna y conmovedora: se habían traído cuatro corderos separa-
dos de la majada y encerrados en un lugar de pastos. María San-
tísima, que estaba también allí, y Magdalena habían hecho unas
coronas que pusieron en el cuello de los corderitos. Jesús había
llegado antes de la festividad del Sábado, que celebraron en una
sala. Estaba serio. Leyó la lección del Sábado e hizo el comen-
tario. En la tarde en la cena habló del Cordero pascual y de sus
futuros padecimientos.
En Jerusalén había estallado el levantamiento poco antes
del Sábado; pero aún sin consecuencias. Pilatos estaba sobre un
lugar elevado, en la fortaleza Antonia, rodeado de muchos sol-
dados. Todo el pueblo estaba reunido en la plaza de la ciudad.
La fortaleza Antonia está situada al Noroeste del templo,
sobre una roca sobresaliente.. Si uno camina desde el palacio de
Pílatos a la izquierda, a través del porticado, al recinto de los
azotes, se tiene esa fortaleza a la izquierda. Se leyó al pueblo
las nuevas ordenanzas de Pilatos referentes a los nuevos impues-
tos sobre el templo. Estos impuestos eran para cubrir los gastos
de una obra que debía traer el agua hasta el templo y el gran
mercado. Se hablaba también de ciertos títulos, nombres, hono-
res y sacrificios que debían hacerse al emperador. Se levantó
entonces un gran tumulto y un griterío entre el pueblo, especial-
mente donde se encontraban reunidos los galileos. Con todo no
pasó de allí el tumulto. Pilatos les propuso que pensaran sobre
lo dicho por cierto tiempo: el pueblo se dispersó entre murmu-
llos. Los herodianos eran los instigadores a la rebelión, pero
ocultaban sus manejos y no se podía probar su culpabilidad. Te-
nían en sus manos a Judas el Gaulonita, jefe de una secta de
galileos, que siempre protestaba contra los tributos al César y
la pérdida de su independencia, pretextando motivos de religión.
Era entonces, como ahora con los masones y otras sociedades se-
cretas, que levantan al pueblo ignorante que no sabe siquiera
quién los guía y luego suele pagar con su sangre tales revueltas.
El día de Sábado enseñó Jesús en casa de Lázaro y pasearon
por los jardines. Jesús habló de su Pasión y dijo más claramente
que Él era el Mesías. Un cierto aumento de temor reverencial y
de admiración se despertó en todos. En Magdalena el arrepenti-
miento y el amor creció en medida extraordinaria. Sigue a Jesús
por todas partes; se sienta a sus pies, se levanta y siempre y en
todas partes le espera y le busca. Sólo en Jesús piensa, mira sólo
a Jesús y no quiere saber más que de su Salvador y del recuerdo
de sus culpas y extravíos. Jesús le dice con frecuencia palabras
de consuelo. Magdalena está totalmente cambiada. Su rostro y
sus facciones son nobles y hermosos, pero caidos por las lágri-
mas y la penitencia. Con frecuencia está en su pequeño cuarto
de penitencia; el resto del tiempo lo emplea en los trabajos más
bajos con los enfermos y los pobres.
Por la tarde hubo una gran comida. Los amigos y las mu-
jeres de Jerusalén estaban allí; entre ellos Helí de Hebrón, un
hombre viudo hermano de Isabel, que en la última Cena servía
en la mesa, con su hijo, un levita que habita la casa paterna del
Bautista y cinco hijas de él, esenias y vírgenes. Lázaro y los de la
casa tienen gran confianza con Jesús y los suyos, pues son con
sus bienes e influencia el sostén y el refugio de Jesús y sus dis-
cípulos en toda necesidad, tiempo y circunstancia.
Al día siguiente salió Jesús hacia las 10, con sus apóstoles y
discípulos, en número de unos treinta, dirigiéndose al templo de
Jerusalén a través del huerto de los Olivos y Ophel. Todos ves-
tían de color castaño oscuro, de algodón ordinario, como era cos-
tumbre entre los galileos. Jesús llevaba una ancha faja con le-
tras. No llamaba la atención, pues era frecuente ver grupos de
galileos ir en esa forma al templo. Está cercana la fiesta y hay
grandes instalaciones de chozas y tiendas en torno de la ciudad
y se ven llegar multitudes de todos lados del país. Jesús habló
en el templo a sus discípulos y a mucho pueblo por espacio de
una hora. Había diversos sitiales instalados desde los cuales se
solía enseñar. Todos estaban tan preocupados con las nuevas
imposiciones de Pilatos y el arreglo de la cercana fiesta, que
ningún sacerdote o fariseo molestó a Jesús, por lo menos de los
principales: sólo algunos de menor categoría se aproximaron a
Jesús y con malicia le dijeron cómo se atrevía a acercarse al tem-
plo y cuánto tiempo aún seguiría… que pronto le echarían
manos y terminarían con su predicación. Jesús les dijo algunas
cosas que los avergonzó y continuó enseñando; luego volvió a
Betania, y por la noche al Huerto de los Olivos, a rezar.
En este día se verá otra gran multitud reunida en el mer-
cado delante de la fortaleza Antonia para hablar con Pilatos.
Pero éste ya sabía a que venían, pues tenía espías y soldados
suyos disfrazados entre la turba. Los herodianos habían azuza-
do a Judas el Gaulonita y a los de su secta a una rebelión. Éstos
se presentaron muy atrevidos a decir a Pilatos que abandonase
su idea de imponer tributos al templo. Como hablaban con des-
caro y atrevimiento, Pilatos mandó cercarlos y tomar presos a
unos cincuenta de ellos, pero el pueblo se amotinó y los libertó,
y más tarde se dìspersó. En esta refriega murieron algunos ju-
díos inocentes y algún soldado romano. La situación se fué
empeorando. Herodes se encontraba en Jerusalén.
A la mañana siguiente fue de nuevo Jesús con todos sus
discípulos al templo. Su venida era conocida y le esperaban en
el atrio, donde tendrían que pasar algunas gentes con sus enfer-
mos. En el camino de subida al templo le trajeron a un hidrópico
tendido en su camilla. Jesús sanó a éste y a otros en el camino
al templo: por eso le siguieron muchos. Cuando iba entrando al
templo, donde estaban en preparativos para el sacrificio de la
mañana siguiente, llegó a pasar junto al hombre sanado en el
estanque de Bethesda. Éste trabajaba aquí como obrero. Jesús
se volvió a él y le dijo: “Has sido sanado; cuida que no peques
para que no te suceda algo peor”. Le habían preguntado mu-
chos quién lo habia sanado en Sábado. El hombre no conocía
a Jesús y ahora lo veía. Entonces, lo primero que hizo fue ir
a los fariseos, que venían en ese momento, a decirles que había
sido Jesús el que le había sanado, el mismo que ahora acababa
de sanar a otros. Como esa curación había despertado mucha
admiración y sido motivo de enojo para los fariseos por haber
sido hecha en Sábado, encontraron nuevo motivo de rencor
contra Jesús y se reunieron muchos de ellos en torno del sitial
donde hablaba y le objetaron la profanación del Sábado. No
pasó el tumulto a mayores consecuencias, aunque los fariseos
se mostraron muy agresivos.
Jesús enseñó en el templo sobre los sacrificios por espacio
de dos horas. Les dijo que su Padre celestial no quería ya sacri-
ficios de sangre, sino un corazón contrito. Habló del Cordero
pascual como figura de otro Sacrificio mucho más perfecto que
pronto tendría lugar. Llegaron entre tanto algunos de sus peo-
res enemigos, que se burlaban y disputaban con El, preguntando
entre otras cosas si el profeta les quería hacer el honor de co-
mer el Cordero pascual en su compañía. Él les contestó: “El
Hijo del Hombre es, El mismo, un sacrificio por vuestros pe-
cados”.
Estaba aquel joven que había dicho a Jesús que le dejase
enterrar primero a su padre y al cual Jesús le había respondido:
“Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Este joven ha-
bía contado estas palabras a los fariseos y ellos ahora pregun-
taban qué es lo que Jesús entendía. Decian: “¿Acaso un muerto
puede enterrar a otros muertos?” Jesús les contestó: “Quien
no sigue mi enseñanza, no hace penitencia y no cree en mi
venida, no tiene vida en si mismo, y es un muerto. Quien ama
más sus bienes y sus posesiones que su salvación, ése no sigue
mi enseñanza y no cree en Mí, no tiene vida en sí y está muerto.
Estos son los sentimientos de ese joven, pues él quiso primero
entenderse con su anciano padre, reclamando herencia y pen-
sión: de este modo está atado a muertas riquezas y no puede ser
heredero de mi reino ni de la vida”. Por este motivo le había
dicho que dejase a los que son muertos entenderse con los muer-
tos y enterrarlos, y que él buscase la vida. Con esta ocasión Je-
sús continuó reprochándoles su avaricia y apego a las riquezas.
Cuando luego dijo a los suyos que se guardasen de la levadura
de los fariseos y les contó la parábola del rico Epulón y del pobre
Lázaro, se levantó entre los fariseos un gran tumulto, y Jesús
tuvo que desaparecer entre las turbas y salir: de otro modo lo
hubiesen tomado preso.
Los cuatro corderitos que debían ser comidos por cuatro
grupos de convidados en la casa de Lázaro, en Betania, que eran
todos los días lavados y adornados con coronas nuevas, fueron
esta tarde llevados a Jerusalén. Cada uno tenia una tarjeta con
el nombre y señal del dueño de la casa en la corona, en torno
del pescuezo. Eran de nuevo lavados y llevados a unos prados
con cerco, no lejos del templo. Todos los convidados de Lázaro
hacían hoy sus purificaciones. El mismo Lázaro traía el agua
que se necesitaba para preparar los panes dulces, e iba con un
sirviente a las habitaciones de sus convidados. El sirviente le
hacía luz y él barría los rincones cumpliendo una ceremonia,
mientras los criados y criadas lavaban, limpiaban y preparaban
los cacharros y recipientes para los panes dulces. Esto era el
barrido de la levadura. Simón, el fariseo de Betania, ya estaba
con Jesús: parecía que la lepra le invadía; ahora está más lim-
pio. Sigue a Jesús, pero no está resuelto. El hombre sanado en
Bethesda corrió también a Betania para verse con Jesús. Contaba
en todas partes a los fariseos que el que le había sanaclo era
Jesús. Los fariseos se reunieron y determinaron tomar preso a
Jesús y terminar de una vez con Él.
He visto a Jesús con frecuencia caminar por el Huerto de
los Olivos con los suyos, y a María con Magdalena y otras mu-
jeres seguirles a cierta distancia. He visto a los apóstoles sacar
algunos granos de trigo para comerlos, como también frutas y
bayas de los árboles. Jesús les habló de la oración: que se guar-
dasen de la vanidad e hipocresía en la oración y repitió varias
enseñanzas. Les dijo que debían estar siempre, sin interrupción,
en la presencia de Dios, su Padre, y Padre de ellos, en la oración.

XXIV
Cena pascual en casa de Lázaro
En esta fiesta no se inmoló el cordero pascual en el templo
tan temprano como en la crucifixión de Jesús, cuando se co-
menzó a las doce y media, hora en que Jesús estaba clavado en
la cruz. Entonces era el Viernes y se empezaba antes por razón
de entrar ya el Sábado. Hoy empezó a eso de las tres de la
tarde. Se tocaron muchas trompetas, todos se dispusieron y la
gente se dirigía en grupos al templo.
La ligereza y el orden con que se procedía era admirable:
todos estaban agrupados unos junto a los otros y nadie se mo-
lestaba; cada uno tenia su camino para ir y venir, para sacrifi-
car y cumplir su deber. Los cuatro corderos para la casa de
Lázaro fueron sacrificados por los cuatro que hacían como jefes
de casa: Lázaro, Helí de Hebron, Judas de Barsabas y Helia-
quín, hijo de Maria Helí y hermano de Maria Cleofás. Los
corderos eran sujetos a un asador de leño con otro atravesado
como una cruz y colocados parados en el horno para asarlos.
Las entrañas, corazón e hígado se ponían dentro del mismo
cordero sacrificado; en otros se ponían delante junto a la ca¬
beza. Betfagé y Betania eran considerados como partes de
Jerusalén y se podía comer el cordero pascual en esos lugares.
Por la tarde, ya que comenzaba el 15 de Nìsán, se comía el
Cordero pascual. Todos lo comían ceñidos los vestidos, con nue-
vas suelas en los piés y bastones de viaje en las manos.
Primero cantaban los salmos: Bendito sea el Señor Dios
de Israel y Alabado sea Dios, mientras caminaban con las ma-
nos levantadas y se ponían uno enfrente de otro. En la mesa,
donde comía Jesús con sus apóstoles, hacía como dueño de casa
Heli de Hebrón. Lázaro hacía lo mismo en la mesa de los de
su casa y amigos. En la tercera mesa de los discípulos hacía de
dueño Heliachím, y en la cuarta, Judas Barsabas. Eran treinta
y seis los que comían aquí el cordero pascual. Después de la
oración, se presentaba un vaso con vino al dueño de casa, que
bendecía, gustaba y pasaba a los demás; luego se lavaba las
manos. Había sobre la mesa los siguientes objetos: el cordero
pascual, una fuente con tortas de pascua, una fuente con un
jugo oscuro, un recipiente con salsa, otra fuente con atados de
hierbas amargas y otra con hierbas verdes muy tupidas. El
dueño de casa partía el cordero pascual; se repartía y debían
comerlo de prisa. Cortaban las hierbas tupidas, las mojaban en
la salsa y comían. El dueño cortaba también un pedazo de la
torta pascual y otro pedazo lo ponía debajo del mantel. Todo
procedía con premura, oraciones y dichos y se apoyaban sólo
en los asientos. Después pasaban de nuevo un vaso con vino,
el dueño se lavaba las manos, tomaba un manojo de hierbas
amargas, lo ponía sobre un plato de pan, lo mojaba en la salsa,
comía de él, y los demás hacían lo mismo.
El cordero pascual era comido totalmente: los huesos eran
mondados con un cuchillo, lavados y quemados. Luego canta-
ron y finalmente se sentaron a la mesa para comer y beber.
Había allí alimentos de formas muy curiosas y en la comida
estuvieron muy alegres. En la casa de Lázaro tenían todos her-
mosos vasos. En la última pascua de Jesús había panecillos con
diversas figuras y ciertas honduras hechas en las mesas servían
de plato para los comensales.
Las mujeres estuvieron en mesas aparte y estaban vestidas
como para viajar. Cantaban y decían salmos, pero no hacían
ceremonias. No cortaban ellas mismas su cordero, sino que lo
recibían de otra mesa. En las salas de al lado he visto que co-
mían también su cordero pascual muchos pobres a los cuales
Lázaro les costeaba los gastos, llenándolos de regalos.
Jesús enseñaba y contaba durante la comida. Habló hermo-
samente de una vid, del injerto para ennoblecer la vid, de la
poda de lo inútil, del plantío de buenas vides y del corte de las
ramas inútiles perjudiciales. Les dijo a los apóstoles y discí-
pulos que ellos eran esas vides y que el Hijo de Dios era el
tronco de la planta, y que debían permanecer en Él, y que
cuando Él fuere prensado, debían ellos predicar y esparcir el
verdadero tronco de la vid y trabajar todos en ese viñedo.  Que-
daron allí hasta muy entrada la noche. Estaban todos muy con-
tentos y conmovidos. Judas Barsabas era, después de Andrés,
el apóstol más anciano: estaba casado y su familia vivia, como
pastores que eran, en las casas entre Michmetath e Iscariot.
Helìachim vivía también casado y como pastor en la comarca
de Ginnim. Era más viejo que Jesús.

XXV
El rico Epulón y el pobre Lázaro
La fiesta comenzó en el templo muy temprano; estaba abier-
to después de medianoche y todo lleno de lámparas. Las gentes
venían desde temprano con sus ofrendas de acción de gracias:
toda clase de aves y de otros animales que se podían comprar
y que eran recibidos y revisados por los sacerdotes. Traían tam-
bién dinero, telas, harina, aceite y otras cosas. Jesús con los dis-
cípulos, y Lázaro con los de su casa y las mujeres que allí esta-
ban fueron temprano al templo. Jesús quedó entre sus discípulos.
Se cantaron muchos salmos, se tocó, se ofrecieron sacrificios y se
dieron bendiciones, que recibieron todos puestos de rodillas.
Las gentes salían y entraban de a dos para los sacrificios y
mientras tanto se cerraba para que no hubiese confusión. Mu-
chos salieron después de las bendiciones, especialmente los
extranjeros. Se iban a las sinagogas de la ciudad donde se can-
taba, se predicaba y explicaba la ley y los profetas. Hacia el
mediodía se hacía una pausa: mucha gente se había retirado;
algunos iban a las cocinas, en el atrio de las mujeres, donde
se preparaban comidas con partes de las víctimas. Allí se veían
numerosos grupos comiendo en las salas adyacentes. Las mu-
yeres habían partido más temprano hacia Betania. Jesús estuvo
con los suyos, confundido entre los demás, hasta el fin, y des-
pués que abrieron todos los pasillos se fue con los suyos hacia el
gran sitial que había en el templo, en el atrio, delante del Sancta
Sanctorum.
Se reunió mucha gente y también los fariseos. El sanado en
el estanque de Bethesda estaba mezclado entre los oyentes. To-
dos los días había estado contando de Jesús, afirmando ante
todos que quien hace tales cosas debe ser el Hijo de Dios. Los
fariseos le habían ya prohibido hablar de este asunto, pero él
continuaba. Jesús había hablado osadamente ayer en el templo
y los fariseos temían que hoy los reprendería aún más delante
del pueblo. Estaban reunidos muchos fariseos de otros lugares y
se habían concertado con sus calumnias y mentiras para asaltar
a Jesús en la primera oportunidad, tomarlo preso y juzgarlo.
Como Jesús comenzara a hablar, empezaron los fariseos que
le habian rodeado a interrumpirle con objeciones y reproches.
Le preguntaron por qué no había Él comido la pascua con ellos
en el templo y si había hoy cumplido con el sacrificio de acción
de gracias. Jesús les respondió que los dueños de casa ya habían
cumplido con esa prescripción. Le reprocharon de nuevo que sus
discípulos comían sin lavarse las manos antes y que solían sacar
granos de trigo y frutas de los árboles en el camino y que nunca
lo habían visto a Él ofreciendo sacrificios en el templo. Decían
que había seis dias para trabajar y que el Sábado es día de
descanso, y que Él había curado al hombre en Sábado y era en-
tonces profanador. Jesús enseñó y habló severamente del sacri-
ficio, y que el Hijo del Hombre era Él mismo el sacrificio, y que
ellos profanaban su sacrificio con su avaricia y sus blasfemias
contra el prójimo.
“Dios no pide sacrificios cruentos, sino corazones contritos”.
Añadió que sus sacrificios en el templo terminarían, pero el Sá-
bado continuaría; pero que el Sábado, descanso, era para la sa-
lud y provecho de los hombres. Pasaron luego a hablar de la
parábola del pobre Lázaro que pretendían poner en ridículo,
después de haberla Jesús contado de nuevo. Preguntaban: ¿Cómo
sabía Él tan bien esa historia? ¿Qué cosa hablaron Lázaro, Abra-
ham y el rico? ¿Si acaso había estado en el seno de Abraham o
en el infierno con Epulón? ¿Si no se avergonzaba de contar
semejantes cosas al pueblo? Jesús volvió a hablar de esta pa-
rábola, reprochando su avaricia, su crueldad para con los po-
bres, su engaño en tener tanta seguridad por la observancia de
vanas formas y costumbres, mientras les faltaba el amor. Todo
el sentido de la parábola del rico Epulón lo aplicó a la conducta
de los fariseos.
La historia del rico Epulón y Lázaro es verdadera y era
conocida, pues la muerte de este mal rico había sido espantosa.
He visto de nuevo en esta ocasión que el rico Epulón y el
pobre Lázaro habían existido en realidad y que la vida y la
muerte de ambos era bien conocida en el país. No habían vivido
en Jerusalén, donde después a los peregrinos se mostraba la
supuesta casa del rico. Habían muerto ambos durante la infan-
cia de Jesús y la historia había pasado de casa en casa entre
las familias piadosas. La ciudad donde vivieron se llama Aram
o Amthar y está al Oeste del mar de Galilea, en la montaña.
Ya no recuerdo toda la historia con precisión, pero aún recuer-
do lo siguiente: el rico lo era en gran manera y era el jefe del
lugar, un famoso fariseo que observaba con exactitud lo exte-
rior de la ley; pero era duro y sin misericordia para con los
pobres, y lo he visto rechazar duramente a los pobres que
acudían a él en demanda de ayuda, dado que era el jefe de la
ciudad y el encargado de la misma. Vivía en la misma ciudad
un hombre muy piadoso, pero en extremo pobre y enfermo,
lleno de llagas, que llevaba con suma paciencia su miseria y su
enfermedad. Se llamaba Lázaro. Hambriento y enfermo se hizo
llevar a las puertas de la casa del rico para abogar por la causa
de los pobres que habían sido rechazados. El rico estaba a la
mesa y banqueteaba, Lázaro había sido despedido duramente
y alejado como impuro. y estando tendido a la puerta de la
casa del rico pedía le dejaran recoger las migajas que caían de
la mesa, pero nadie se las daba. Los perros, más compasivos,
lamían sus llagas. Esto tenía su significado; los paganos eran
más compasivos que los judíos y fariseos. Murió Lázaro de mo-
do edificante y resìgnado; y murio también el rico, pero de
muerte pésima, y se oían voces salir de su tumba, cosa que
causaba espanto en todo el país.
Jesús podía decir lo que aconteció después de la muerte de
ambos, cosa que a los demás le era desconocida. Por esto se
burlaban los fariseos y le preguntaban sarcásticamente si ha-
bía estado en el seno de Abraham y oído los diálogos que allí
habían tenido lugar. Como este Epulón había sido un fariseo
hipócrita, observantc de las vanas formas, so resintieron mucho
de que los igualara a Epulón y que dijera Jesús que no escu-
chaban a Moisés ni a los profetas, siendo que ellos se jactaban
de ser observantes de la ley de Moisés. Jesús los dijo: “Quien no
me escucha no escucha a los profetas que hablan de Mí; quien
no me escucha no escucha a Moisés; que habla de Mí. Aún cuan-
do se levantaron los muertos, vosotros no habíais de creer en Mí”.
Añadió: “Estos muertos se levantarán”. (Esto sucedió un año
después en su muerte y en este mismo templo). Y concluyó
diciendo que Él también resucitaría y un dia los habia dc juzgar.
“Todo lo que Yo hago, lo hace el Padre en Mi, aún levantar a los
muertos”.
Jesús les habló también de .luan y de su testimonio, aunque
Él no necesitara del testimonio de Juan, pues tenía otro mayor,
que eran sus propias obras: éstas dan testimonio de Él y su Pa-
dre desde el cielo. Ellos no conocían a Dios: querian ser salvos
por la letra de las Escrituras y no cumplían los mandamientos.
“No os juzgaré Yo; será Moisés el que os condene, en el cual
no habéis creído, aunque él ha escrito de Mí”. De este modo
continuó Jesús enseñando entre muchas interrupciones. Por
último, se vieron tan confundidos y llenos de ira que se fueron
contra Él y, haciendo tumulto, mandaron a buscar las guardias
para que se apoderasen de Jesús. De pronto se oscureció todo
y alzando Jesús sus ojos al cielo, dijo al ver crecer la confusión:
“Padre, da testimonio de tu Hijo”. Vino una nube oscura del
cielo, se oyó como un trueno y oi una voz penetrante en el tem-
plo: “Este es mi Hijo querido, en el cual tengo mis complacen-
cias”. Los enemigos quedaron aterrados y miraron a lo alto. Los
discípulos que estaban detrás de Jesús, en semicírculo, se pusie-
ron en movimiento, y Jesús, por entre ellos y la turba que se
apartaba, salió por la puerta del Oeste y luego de la ciudad por
una puerta que estaba junto a la casa que Lázaro tenía en Jeru-
salén. Se dirigieron al Norte en dirección a Rama. Los discípulos
no oyeron la voz, sino sólo el trueno, pues su hora no había lle-
gado aún. Algunos de los más encarnizados fariseos oyeron la
voz. Cuando volvió la luz, no hablaron del caso, salieron de allí
y enviaron gente a perseguir a Jesús; pero ya no lo pudieron
hallar; se irritaron y se avergonzaron de haberse dejado sorpren-
der y de no haberlo prendido.
En las enseñanzas de estos días en el templo y en Betania,
habla Jesús con frecuencia de seguirle a Él y de llevar la cruz.
“Quien pretende salvar su vida, la perderá; quien la sacrifica
por causa mía, la ganará. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar
todo el mundo, si pierde su alma? Quién se avergüenza de Mi.
delante de este mundo perverso y adúltero, de él se avergonzará
el Hijo del Hombre cuando venga en la majestad de su Padre,
para dar a cada uno según sus obras”.
Dijo una vez que había algunos entre los oyentes que no
gustarían la muerte hasta que vieran el reino de Dios en toda
su fuerza. Algunos se burlaron de estas palabras. Yo ahora no sé
explicar el significado de esto y lo que Jesús quiso decir. Las
palabras que yo oigo del Evangelio son siempre lo principal de
lo que Jesús decia, pero aquí se declara todo mucho más y así
lo que en el Evangelio se lee en un par de minutos era tema de
enseñanza de varias horas. A Esteban, el futuro diácono, lo veo
ya relacionado con los discípulos. En esa fiesta en que Jesús
sanó al hombre en el estanque de Bethesda, conoció a Juan y lo
vi frecuentar mucho la casa de Lázaro. Es un joven esbelto, dis-
cípulo de los escribas de la ley. Había estado con varios disci-
pulos de Jerusalén en Betania y oía allí las enseñanzas de Jesús.