El Antiguo Testamento – Sección 5

XX
La torre de Babel
La construcción de la torre de Babel fue la obra de la soberbia y del orgullo.
Los iniciadores quisieron hacer una obra, según su idea de resistir
a la providencia y voluntad de Dios. Cuando los descendientes de Noé se
multiplicaron en gran manera, los más entendidos y presuntuosos de ellos se
reunieron y determinaron hacer una obra tan grande y tan extraordinariamente
fuerte que fuera la admiración de todos los tiempos, y así todos los
venideros hablasen de ellos como de los más atrevidos y más pode rosos
hombres del mundo. De ninguna manera pensaron en dar la gloria de todo a
Dios: sólo pensaron en glorificarse a sí mismos. De no haber habido este
olvido de Dios, el Señor les hubiera permitido terminar su obra. Esto se me
dio a entender claramente. Los descendientes de Sem no tomaron parte en
esta construcción. Ellos vivían en lugares llanos donde crecían palmas y
otros árboles gentiles que les daban frutos; no obstante, tuvieron ellos también
que contribuir a la edificación de la torre puesto que no estaban tan distantes
del lugar de la construcción. Solamente los descendientes de Cam y
de Jafet se ocuparon de esta edificación, y llamaban a los Semitas un pueblo
de menguados y de tontos, porque se negaban a unirse con ellos. Los Semitas
no eran tampoco tan numerosos como los de Cam y Jafet. Entre los Semitas
formaban una raza más preservada los descendientes de Heber y luego
de Abraham.
Sobre Heber, que no tomó parte en la construcción de Babel, puso sus ojos
Dios para separarlo a él y a su descendencia de la común corrupción del
mundo y hacerse de esta raza un pueblo más santo. Por este motivo Dios dio
a este pueblo un idioma santo que no tuvo otro pueblo, para que se mantuviera
separado de los demás. Este idioma es la pura lengua caldea. La lengua
– madre que hablaron Adán, Noé y Sem fue otra, y de ella no queda sino
algo en cada una de las lenguas diversas existentes. Las primeras puras
hijas de esta lengua primitiva son los idiomas de los Bactrios, el Zend y la
sagrada lengua de los Indos. De estas lenguas hay aún palabras, como en el
bajo alemán de mi pueblo nativo. En este mismo idioma está escrito el libro
que yo veo aun existente en el actual Ktesifonte; en el Tigres. Heber vivió
en los tiempos de Semíramis. Su abuelo Arfaxad fue el hijo de elección del
patriarca Sem, lleno de inteligencia y buen juicio. Desgraciadamente se derivaron
muchos errores más tarde de sus enseñanzas y culto idolátrico y aún
muchas artes de magia. Los magos traen su origen de estos errores.
La torre de Babel se edificó sobre una altura extensa que tenía un circuito
como de dos horas de camino. Alrededor había un extenso valle con muchos
campos de árboles, jardines y plantaciones. Desde los fundamentos de la
torre hasta la altura del primer piso, se veían veinticinco anchos caminos de
material que llegando desde lejos subían hasta esa altura. Correspondían a
las veinticinco tribus que edificaban la torre. Cada una de estas tribus debía
tener su camino hacia la torre desde su lejana ciudad, para que en momento
de peligro pudiera refugiarse por su calle en las alturas de la torre. La torre
debía servir también para el culto idolátrico de sus dioses.
Estos caminos amurallados estaban muy apartados unos de otros en su comienzo,
desde la ciudad de origen; se iban acercando en dirección de la torre
y al llegar a ella el espacio entre un camino y otro no era más ancho que una
calle o camino real. Antes de su terminación, estaban estos caminos trabados
entre sí con arcos transversales, y desde aquí había, entre cada dos caminos,
una puerta ancha como de diez pies que daba a la base de la torre.
Cuando estos caminos se acercaban a la torre estaban reforzados por una
serie de arcadas con aberturas al través, y más cerca aún de la base de la torre,
por una doble serie de arcos, uno sobre otro, y por encima de ellos se
podía caminar en torno de la torre. Estos caminos servían para reforzar los
fundamentos de la misma torre como las raíces de una planta y también para
subir el peso de los materiales de construcción que se traían a todos los lados
de la torre. Entre estos caminos, que eran como raíces de la torre, había
muchas habitaciones subterráneas amuralladas. He visto que vivía una multitud
grande de gente en tiendas de campaña, además de las que habitaban
en los huecos, subterráneos y habitaciones que había en la base misma de la
torre. Era un ir y venir, un movimiento extraordinario y febril, cual las hormigas
en sus hormigueros. Camellos, elefantes y asnos en cantidad inmensa
subían y bajaban por los caminos, tan anchos que podían encontrase sin molestarse
unos a otros. A lo largo del camino había sitios para cargar y descargar,
así como depósitos para forraje y descanso de los animales. He visto
que muchos de estos animales subían y bajaban por los caminos sin hombres
que los guiasen. Los caminos que había en la base de la torre llevaban
a un laberinto de entradas, salas, pasadizos, escaleras y cámaras. De esos
subterráneos de la torre se podía, por medio de escalones abiertos en las paredes,
subir por todos lados a lo alto de la torre. Desde la terraza del primer
piso se abría un camino exterior que corría en forma de caracol en tomo del
edificio. El interior de la construcción estaba lleno de sólidos sótanos, de
cámaras y pasadizos en todas direcciones. La edificación se llevaba a término
con uniformidad de todos lados, hacia el centro, donde en un principio
había una gran tienda de campaña. Edificaban con ladrillos. He visto, sin
embargo, que arrastraban también grandes piedras labradas de otros lugares.
La parte exterior de estos caminos que subían a la torre tenían un color
blanquizco y resplandecían a los rayos del sol: desde lejos presentaban un
espléndido espectáculo. La torre estaba edificada con arte exquisito y se me
ha dicho que la hubiesen podido terminar y que subsistiría aún ahora, como
un hermoso recuerdo de la fuerza de la unión de los hombres, si la hubiesen
emprendido teniendo en cuenta a Dios y su gloria. Pero ellos no pensaban
en Dios; era la obra de la pura soberbia humana.
En el interior de las bóvedas dejaban grabadas con piedras de diversos colores,
en grandes letras, los hombres de los que habían contribuido mayormente
a la edificación, y en las columnas figuraban las alabanzas de sus hechos
y proezas. Estas gentes no tenían reyes, sino patriarcas, que gobernaban según
ciertos acuerdos que tomaban entre sí. Las piedras que usaban estaban
cortadas de modo que al colocarlas se unían perfectamente entre sí. Todo el
mundo trabajaba en la obra. He visto que habían abierto canales y cisternas
para el agua y que las mujeres pisaban el barro y la mezcla con los pies. Los
hombres llevaban los brazos y el pecho descubiertos cuando estaban en el
trabajo. Los más nobles atenían sobre la cabeza una especie de gorra con un
botón. Las mujeres llevaban la cabeza cubierta.
La torre había subido ya tanto, que de un lado se sentía un frío intenso por la
sombra que proyectaba, y del otro, un calor notable por el reflejo del sol sobre
los caminos y murallas del edificio.
Habían trabajado ya por espacio de treinta años y apenas habían llegado al
segundo piso de la enorme torre. A estas alturas trabajaban en el interior del
edificio, haciendo las columnas en forma de torre y grabando sus nombres
con piedras de colores y las proezas de sus tribus respectivas, cuando de
pronto se introdujo la confusión. No eran obras muy artístícas estas grabaciones
en piedra; pero mucho se fijó con piedras de diversos colores y en los
nichos se colocaron también figuras y estatuas.
Entre los maestros y dirigentes de la obra he visto aparecer a Melquisedec,
que les pidió cuenta del modo que procedían y les anunció el castigo de
Dios, si no cambiaban de conducta. Ya desde entonces comenzó la confusión
de ideas. Muchos que hasta entonces habían trabajado en paz y concordia
comenzaron a gloriarse de sus obras, de su saber y de su apotte a la empresa,
y a pretender exenciones y privilegios, fonnando partidos unos contra
otros. Contra éstos se levantaron protestas, enemistad y, por fin , abierta guerra.
Al principio pareció que eran sólo dos las tribus descontentas y rebeldes,
y se determinó refrenarlas; pero pronto se vio que todos estaban desunidos.
Riñeron entre ellos, hubo muertos y heridos. No se entendieron, se
separaron y se dispersaron por toda la redondez de la tierra. He visto que los
descendientes de Sem fueron más al Mediodía, donde vivió Abraham. He
visto, en esta ocasión, que un hombre bueno no se apartó por entonces de
Babel, sino que permaneció por causa de su mujer entre los malos del lugar.
Este hombre fue el origen de los Samanes, que más tarde fueron oprimidos
por Semíramis, hasta que los libró y los sacó del lugar el mismo Melquisedec,
llevándolos a la tierra prometida.
Cuando yo veía, desde niña, la torre de Babel, no podía imaginanne lo que
podría ser y desechaba esa visión, porque no había visto más que las casitas
de mi pueblo, donde la puerta sirve también de escape al humo de la cocina,
y la ciudad de Koesfeld. A veces pensé, en mi simplicidad de niña, que eso
debía ser el cielo. Pero puedo decir que siempre he visto esta torre de la
misma forma como ahora; más tarde he visto el aspecto de la torre como
estaba aún en tiempos de Job.

XXI
Nemrod
Uno de los principales jefes de la edificación de la torre fue Nemrod,
que más tarde fue tenido por dios, bajo el nombre de Belo. Fue el antepasado
de Derketo y de Semíramis, que recibieron veneración como diosas.
Este mismo Nemrod edificó la ciudad de Babilonia con las piedras de la
torre de Babel y Semíramis terminó en sus tiempos esta obra. Nemrod puso
también los fundamentos de la ciudad de Nínive introduciendo la costumbre
de poner bases de material a las habitaciones y tiendas de campaña. Fue un
renombrado cazador y un tirano en su gobierno. Había por aquel tiempo
grandes y temibles animales que causaban daños y devastaciones; por esto
las expediciones contra estos animales eran casi como las expediciones gue-
rreras contra los enemigos. Los que lograban matar animales más dañinos y
fuertes eran tenidos por semidioses. Nemrod forzaba a otros hombres a someterse
a su tiranía. Ejercía culto de idolatría, estaba lleno de crueldad,
practicaba la magia y tuvo mucha descendencia. Llegó a la avanzada edad
de doscientos setenta años. Tenía una tez amarillenta, desde joven llevó una
vida salvaje, era un instrumento del demonio y muy dado a las observaciones
de la astrología. De las mismas figuras y representaciones que él veía en
los astros y en las estrellas con las cuales predecía cosas sobre pueblos y razas,
hacía luego imágenes de ídolos, que pasaban más tarde a ser adorados
como dioses. De este modo recibieron los egipcios la Esfinge y los diversos
ídolos de varios brazos y cabezas, que son invenciones de Nemrod. Por setenta
años estuvo Nemrod empeñado y preocupado con estas visiones diabólicas,
formando luego con ellas el culto de los ídolos y los sacrificios, e instituyendo
la casta de los sacerdotes para este culto idolátrico. Por medio de
su ciencia diabólica y por la violencia que ejercía, había logrado sujetar a las
demás tribus y llevarlas al proyecto de la construcción de la torre de Babel.
Cuando se declaró la confusión de las lenguas, muchas tribus se separaron
de su dominio y las más depravadas de ellas se dirigieron, al mando de Mesraim,
a las tierras de Egipto. Nemrod edificó entonces a Babilonia, sujetó a
su tiranía a las demás tribus de los alrededores y fundó el reino babilónico.
Entre sus numerosos hijos se enumera a Nino y a Derketo, que después fue
tenida por una diosa.

XXII
Derketo
Desde Derketo a Semíramis he visto que pasaron tres generaciones,
sucediéndose una hija de la otra. He visto a Derketo como una mujer
grande y fuerte, vestida de pieles, con muchos adornos colgantes de cueros
y una especie de cola de animal. Tenía sobre la cabeza una gorra de plumas
de pájaros e iba acompañada en sus correrías por otras muchas mujeres y
hombres. Habían venido desde Babilonia. Derketo estaba siempre en visiones
diabólicas; profetizaba esto o aquello, fundaba pueblos, ofrecía sacrificios
y hacía continuas correrías por las comarcas cercanas y aún las más alejadas.
Llevaba a veces una raza de gente consigo, con sus ganados y haberes;
profetizaba buena permanencia en un lugar. Levantaban grandes piedras
como recuerdos, ofrecían sacrificios y se entregaban a las orgías con las
gentes que llevaban consigo. Estas piedras eran a veces extraordinariamente
grandes. Todos se le sometían. Ella se encontraba en todo lugar; era venerada
como una diosa y en edad avanzada tuvo una hija que siguió todo su proceder.
He visto todas estas cosas en una llanura, de donde tomó origen todo
este desorden. Más tarde he visto, ya anciana, de aspecto feroz, en una ciudad
cerca del mar, ocupada en obras de magia y como en éxtasis diabólico
decía a las gentes, allí reunidas, que ella debía morir por todos ellos y sacrificarse.
Añadió que ya no podía quedarse más tiempo con ellos, pero que
quería transformarse en un pescado para estar siempre en la cercanía con
ellos. Señaló la veneración y el culto que le debían tributar y, en presencia
de todo el pueblo, se precipitó en las aguas del mar. He visto que de inmediato
se levantó un gran pescado de entre las olas y que el pueblo lo saludó
con toda clase de manifestaciones de veneración, de sacrificios y de desórdenes.
De todas las cosas que habían pertenecido a Derketo se originó una
serie de supersticiones y de culto idolátrico. He visto también que las profecías,
misterios y alucinaciones que ejercía Derketo, tenían relación en gran
prute con el agua y su significación.
He visto surgir a otra hija de Kerketo desde una pequeña montaña. Pronto
debía ganar influencia y poderío. Esto sucedía todavía en tiempos de Nemrod;
eran de la misma raza. A esta hija de Derketo la he visto obrar en todo
como su madre, y aún más desenfrenadamente. Hacía a menudo largas correrías
para cazar fieras con grande acompañamiento de gente y a veces a
cientos de millas en comarcas lejanas. Entretanto ofrecía sacrificios, ejercía
la magia y adivinaba lo futuro. Fundaba poblaciones en diversos lugares y
establecía el culto idolátrico por doquiera. A ésta la he visto arrojarse a las
aguas luchando contra un hipopótamo de gran tamaño.
A su hija, Semírarnis, la he visto en una alta montaña, rodeada de riquezas y
tesoros del mundo, como si el diablo se las mostrase para dárselas, y luego
he visto como completaba la corrupción de su raza en la ciudad de Babilonia.
En los primeros tiempos estos estados de posesión diabólica eran, en
muchos, en general tranquilos, sin ruido; más tarde se hicieron mucho más
manifiestos y violentos. Estas personas se convirtieron de este modo en jefes
y conductores y fueron tenidas por dioses. Introdujeron toda clase de
prácticas de culto, según sus falsas visiones. Exteriormente hacían toda clase
de grandes empresas con arte, usando de violencia; como estaban llenos
de ciencia diabólica, inventaron cosas maravillosas. De este estado nació, en
un principio, una casta de señores y sacerdotes; más tarde sólo sacerdotes.
En los primeros tiempos he visto más mujeres que hombres con estas malignas
influencias que actuaban de común acuerdo en la ciencia y en el
obrar. Muchas cosas que se cuentan de estas personas son deformaciones de
sus estados extáticos, magnéticos y diabólicos, y según hablaban, adivinaban
y enseñaban corno verdades las alucinaciones que sufrían por arte del
demonio.
También los judíos ejercitaban en Egipto muchas de estas artes ocultas.
Moisés las desarraigó y fue el verdadero vidente de Dios. Entre los rabinos
quedó parte de esta enseñanza secreta, que fue privilegio de sus sabios. Esto
degeneró con el tiempo, entre el pueblo ignorante, en prácticas bajas que
acabaron en brujerias y en diversas supersticiones. Todo esto proviene de la
única fuente diabólica, del árbol del mal y del reino de las tinieblas. Estas
representaciones las veo como oscuras nubes sobre la tierra; muchas veces,
debajo de la misma tierra. En el magnetismo hay bastante elemento de este
poder oculto.

XXIII
Carácter de las visiones diabólicas
Para estos primeros servidores de los ídolos era el agua cosa muy sagrada.
En todos sus cultos y ceremonias intervenía el agua; el principio de
sus visiones diabólicas se obraba observando dentro del agua. Tenían depósitos
particulares de agua sagrada. Más tarde, ese estado de alucinación se
volvía permanente, y tenían visiones aún sin el agua. En cierta ocasión pude
observar cómo veían sus malas visiones. Era cosa sumamente curiosa. He
visto debajo de las aguas, como si estuviese allí el mundo exterior con todas
las cosas, tal como están a la vista; sólo noté que estaba todo como velado y
en una esfera de malicia. Así veía un árbol bajo el árbol que estaba arriba;
una montaña correspondiente a la de arriba; el mar bajo el mar. De este modo
estas mujeres, con la influencia del demonio, veían todas las cosas de la
tierra: las guerras, los pueblos, los peligros. Pero no se contentaban con ver
las cosas, como sería ahora, sino que de inmediato obraban según las visiones
que habían tenido. Veían un pueblo y pensaban: ‘Podemos dominar a
estas gentes y sujetarlas a nosotros; es posible asaltar aquella ciudad; más
allá es conveniente fundar una fortaleza o una población”. Veían hombres o
mujeres de superior categoría y mejor raza y estudiaban el modo de seducirlos
y corromperlos. En una palabra, todas las obras malas que ejercían las
tenían previstas por estas visiones diabólicas.
Así Derketo vio de antemano que debía echarse al agua, que se cambiaría en
pez y que sería adorada; y lo hizo como lo había visto con anticipación. Aún
sus mismas orgías y desórdenes los veía de antemano; luego los ejecutaba
según le eran mostrados. La hija de Derketo vivió en un tiempo en que se
construían grandes diques y largos caminos. Hacía correrías lejanas hasta el
Egipto y toda su vida fue una constante cacería y asaltos. Una banda de los
suyos fue la que robó y asaltó, en Arabia, al paciente Job.
Las artes diabólicas de magia y de visiones tomaron gran incremento en
Egipto. Los que las ejercían estaban tan metidos en ello que se veían a las
brujas en curiosos asientos, delante de toda clase de espejos, en las cámaras
de los templos, y centenares de hombres grababan en las piedras de las paredes
subterráneas estas imágenes y visiones que les interpretaban los sacerdotes
idólatras. Me extraña a veces ver estas malas artes y obras de las tinieblas
ejecutarse con cierta uniformidad en diversos lugares, por muy diversas
personas, aunque todas influidas por el mismo motivo. Sólo se diferencian
en las diversas costumbres y malas tendencias de los pueblos. Algunos pueblos
no estaban tan sumidos en la corrupción, sino que algo más cercanos a
la verdad. Tales eran las familias de Abraham, las tribus de las cuales descendían
los Reyes Magos, como asimismo los que observaban los astros en
la Caldea y los secuaces de Zoroastro en la Persia.
Cuando Jesús vino a la tierra, y ésta se vio bañada con su sangre preciosa,
disminuyó muchísimo la fuerza diabólica y sus manifestaciones se volvieron
más débiles. Moisés fue desde su niñez un vidente; pero lo fue según Dios,
y se guiaba por las cosas que veía, porque venían de parte de Dios.
Derketo, su hija y su nieta Semíramis llegaron a edad muy avanzada según
aquellos tiempos. Fueron de recia contextura, grandes, fuertes y de una estatura
que hoy casi nos infundiría espanto. Fueron extraordinariamente osadas,
temeraria.;;, atrevidas sobremanera, y procedían siempre con gran seguridad,
ya que por obra del mal espíritu veían de antemano los acontecimientos.
Se sentían seguras; obraban como si fuesen seres superiores, y por tales
los tenían sus semejantes. Eran una semejanza perfecta de aquellos seres
más diabólicos que desaparecieron de su alta montaña en el diluvio universal.
Es muy conmovedor ver como los antiguos hombres justos y los patriarcas
se mantuvieron en la verdad, en medio de toda esta corrupción de costumbres;
Dios los ayudaba con verdaderas revelaciones, aunque tuvieron
mucho que sufrir y que luchar. Así llegó, por caminos difíciles y escondidos,
la salud a los hombres, en el transcurso de los siglos, a pesar de que a
aquellos servidores del demonio todo les salía según sus deseos y depravadas
inclinaciones.
Yo estaba muy triste cuando veía la enorme extensión del culto de los falsos
dioses y diosas, y la gran veneración que había ganado en el mundo, y veía,
por otra parte, la pequeña porción de los devotos de María, entonces figurada
en aquella nube del profeta Elías. Estas visiones las tuve en ocasión que
Jesús disputaba con los soberbios filósofos de Chipre, que trataban de exaltar
sus falsas doctrinas. Contrastaba con la soberbia de ellos la humildad de
Jesús, el cumplimiento de todas las esperanzas del mundo, que estaba ante
ellos enseñándoles pacientemente, próximo ya a la muerte de cruz por los
hombres. No era esto más que la historia de la verdad y de la luz que quiere
penetrar en las tinieblas. Lo más triste es que las tinieblas no quieren recibir
esa luz, lo cual pasa hasta en nuestros días.
Pero la misericordia de Dios es infinita. Yo he visto que en el diluvio universal
muchos hombres se convirtieron en los momentos de espanto y de
terror, al verse perdidos, y que pasaron en el Purgatorio. Muchos de ellos
fueron sacados por Jesús en su descenso a las zonas inferiores. He visto
también que muchos árboles fueron desarraigados durante el diluvio y perecieron;
pero también hubo los que quedaron con sus raíces hincadas en el
suelo, que volvieron a florecer.