Desde la conversión definitiva de la Magdalena hasta la degollación de San Juan Bautista – Sección 1

I
El centurión Cornelio
Jesús se encaminó desde Gabara hacia la posesión del ca-
pitán Zerobabel, en Cafarnaúm. En este punto llegaron los dos
leprosos que había curado antes en Cafarnaúm, para agrade-
cerle. También el mayordomo, los de la casa de Zerobabel y el
hijo estaban presentes. Ya se han bautizado. Jesús enseñó y curó
a varios enfermos. Al anochecer se dirigió al valle de Cafarnaúm,
a casa de su Madre, mientras los discípulos se dirigieron a las
suyas. Las santas mujeres estaban aquí reunidas y hubo grande
alegría. Rogó María con las otras mujeres a Jesús que fuera
mañana al otro lado del lago, porque la comisión de los fariseos
estaba muy irritada contra Él. Jesús las tranquilizó y María
rogó por el siervo del centurión, que estaba enfermo, diciendo
que era un hombre bueno y que aún siendo pagano había edifi-
cado a los judíos una sinagoga por afecto a su religión. También
le rogó quisiera sanar a la hija enferma del jefe de la sinagoga
Jairo, que vivía en la cercanías de Cafarnaúm.
Cuando Jesús a la mañana siguiente se dirigía con algunos
discípulos a casa del centurión Cornelio, en la parte Norte de la
ladera de un monte frente a Cafarnaúm, le vinieron al encuentro
los dos mensajeros judíos que Cornelio le había enviado con
anterioridad. Estaba cerca de la casa de Pedro. Estos hombres
rogaron a Jesús se compadeciese del siervo enfermo, puesto que
Cornelio merecía ese favor, por ser amigo de los judíos y les
había edificado una sinagoga, y que lo tenía por honra el ha-
berlo hecho. Como Jesús les dijese que estaba de camino para
esa casa, enviaron estos hombres un mensaje a Cornelio anun-
ciándole que Jesús venía. Llegando delante de Cafarnaúm tomó
Jesús el camino de la derecha de la ciudad, a lo largo de los
muros, y llegó a la choza de un leproso. Un trecho más allá
estaba a la vista la casa de Cornelio.
Cuando Cornelio supo que Jesús se acercaba a su casa, salió,
y al divisarlo a la distancia, se hincó de rodillas, reputándose
por indigna de presentarse en su presencia y aún de hablar con
él, y envió a su siervo que le dijese: “EI centurión te hace decir:
No soy digno de que vengas a mi casa; dí sólo una palabra, y mi
siervo será sano. Puesto que yo, que soy un hombre sin impor-
tancia y bajo otro superior, digo a mi siervo: haz esto, y lo
hace; cuánto más fácil será que Tú digas a tu siervo que sea
sano y será sano”. Cuando oyó estas palabras de Cornelio, Jesús
se dirigió a los circunstantes y dijo: “Os digo en verdad que no
he encontrado entre los israelitas una fe semejante. Sabedlo:
muchos vendrán de Oriente y de Occidente y estarán con Abra-
ham, Isaac y Jacob en el cielo, mientras que muchos israelitas,
los hijos del reino de Dios, estarán en las tinieblas, donde será
el clamor y el crujir de dientes”. Vuelto luego al siervo dijo:
“Vete, y se haga conforme a lo que has creído”. El mensajero
corrió hacia el centurión, el cual se inclinó profundamente,
dando gracias, y se apresuró a ir a su casa. Al llegar ya le salía
al encuentro el siervo curado, envuelto todavía en un manto y
con la cabeza vendada. Este siervo no era de esta tierra: tenía
un color amarillo oscuro.
Jesús volvió en seguida a Cafarnaúm y como pasase de
nuevo junto a la choza del leproso, salió éste, se echó a sus
pies, y le dijo: “Señor, si Tú quieres, me puedes sanar”. Jesús
le dijo: “Extiende tu mano”. Y tocándosela, le dijo: “Sí, lo
quiero: sé sano”. De inmediato cayó la lepra del hombre y se
sintió sano, y Jesús le mandó que se mostrase a los sacerdotes
para su reconocimiento, para que ofreciese su don y que no pro-
palase lo acontecido. Este hombre se fué a los fariseos y sacer-
dotes para que constataran su curación. Éstos se irritaron mu-
cho y lo revisaron con mucha insistencia, pero tuvieron que
declararlo sano y libre. Tuvieron con él un altercado, porque
he visto que lo echaron malamente de su presencia.
Jesús se dirigió a la calle principal que corría por el centro
de la ciudad, adonde habían traído a una multitud de enfermos
y endemoniados. Allí estuvo por espacio de una hora curando
enfermos, colocados en torno de una fuente de agua donde había
varias chozas. Luego se dirigió con varios discípulos fuera de la
ciudad, hacia el barranco que miraba a Magdala, no lejos de
Damna, donde había un albergue. Allí le esperaban Maroni, la
viuda de Naím, la pagana Lais de Naím y sus dos hijas Sabia y
Atalia, a quienes había librado del demonio cerca de Meroz.
Maroni, la viuda de Naím, venía a implorar de Jesús fuese a su
casa, porque su hijo Marcial, de doce años, estaba tan enfermo
que creía encontrarlo muerto cuando volviese. Jesús le dijo que
regresase tranquila a su casa, que iría, aunque no le dijo cuando.
Había traido regalos para los que se albergaban allí y volvió de
inmediato con sus criados a su casa. Tenía unas nueve horas de
camino. Era esta viuda rica y estimada por todos, porque era
como la madre de todos los niños pobres de Naím. También
Bartolomé había llegado trayendo a un hijito de su hermana
viuda: el niño se llamaba José y quizás lo traía para ser bauti-
zado. Llegó también Tomás con el hijo de Achías, Jefté, a quien
Jesús había sanado en Gischala. He visto allí a Judas Iscariote.
No estaba Achías, el padre del niño Jefté. La mujer Lais y sus
dos hijas habían abrazado la religión judaica en Naím y delante
de los sacerdotes habían abjurado de sus errores paganos. En
estos casos se hacía una especie de bautismo, que era sólo una
aspersión de agua y varias purificaciones. Se bautizaban así tam-
bién las mujeres entre los judíos, cosa que no he visto hacer con
Juan ni con los discípulos de Jesús, que no bautizaron a las
mujeres sino después de Pentecostés. En Cafarnaúm están ahora
todos los futuros apóstoles, fuera de Mateo, como asimismo mu-
chos discípulos y parientes de Jesús, hombres y mujeres. María
Helí, la hermana mayor de María, que ya tiene setenta años,
está presente con su segundo marido, Obed, y que han venido
sobre un asno cargado de regalos. Viven en Japha, pequeño
lugarcito a una hora de Nazaret, donde había vivido Zebedeo y
donde habían nacido sus hijos. Se alegró mucho de volver a ver
a sus tres hijos, discípulos del Bautista: Santiago, Sadoch y
Eliachim. Este Santiago era de la edad de Andrés y es el mismo
que con el discípulo Cefas y otro Juan tuvo que intervenir
en un asunto de circuncisión con el apóstol Pablo. Después de
la muerte de Jesús fué sacerdote; fué uno de los más viejos y
notables de los setenta discípulos de Jesús; estuvo con Santiago
el Mayor en España, en la isla de Chipre y en las comarcas
de los confines de la Judea. Pero no fué éste, sino Santiago el
Menor, hijo de Alfeo y de María Cleofás, el primer Obispo de
Jerusalén.

II
Carácter de las curaciones de Jesús
Los fariseos y los saduceos habían determinado presentar
recia y enconada resistencia en la sinagoga y promover un tu-
multo con la gente que habían soliviantado, y llegar hasta
arrojar afuera a Jesús y tomarlo preso. Pero las cosas suce-
dieron de muy diversa manera. Jesús comenzó su predicación
en la sinagoga en tono muy severo, como de quien tenia auto-
ridad y poder para hacerlo. La ira de los fariseos iba creciendo
por momentos, al punto que estaban por adelantarse contra Él,
cuando de pronto sucedió un gran tumulto en la sinagoga. Un
hombre de la ciudad, poseído de un demonio, había desatado
sus ligaduras mientras estaban sus guardianes en la sinagoga, y
así suelto había entrado como una furia dentro del recinto, y
con gritos espantosos, abriéndose paso entre el pueblo, se acercó
adonde estaba Jesús predicando, y comenzó a clamar: “Jesús
de Nazaret ¿qué tenemos que hacer contigo? Tú has venido para
echarnos de aquí. Yo sé quién eres: eres el Santo de Dios”.
Jesús, sin conmoverse lo más minimo, volvió su mano hacia él,
y dijo con tranquilidad: “Calla y sal de este hombre”. De pronto
calló el endemoniado y cayó derribado y deshecho, y el demonio
salió del hombre como un vapor oscuro espeso. El hombre quedó
pálido, de rodillas, a los pies de Jesús, llorando. Todos fueron
testigos de este poder extraordinario de Jesús. Comenzaron a
hablarse unos a otros, expresando sus maravillas, y hasta los
fariseos perdieron su coraje y comenzaron a decirse: “¿Qué pasa
con este Hombre, que hasta los demonios le obedecen?”
Jesús continuó tranquilamente su predicación, mientras el
ex endemoniado, pálido aún y tembloroso, fué llevado por sus
parientes y su mujer, que estaba entre los oyentes. Después de
la predicación, acercóse a Jesús, dió gracias y pidió consejos
para su vida. Jesús le amonestó que dejase sus pecados, para que
no le sucediese cosa peor y le recomendó penitencia y que fuese
al bautismo. Este hombre era fabricante de telas angostas, de
algodón, livianas, que se llevaban al cuello. Desde entonces se
le vió callado y tranquilo proseguir su acostumbrado trabajo.
Estos demonios impuros se apoderaban con frecuencia de cier-
tos hombres que se entregaban sin control a sus impuras pasio-
nes. Después de este suceso perdieron los fariseos todo su valor
para asaltar a Jesús y se comportaron muy sosegados con Él.
Jesús continuó enseñando, en la lección del Sábado, sobre Moisés
y Oseas hasta el fin, y habló muy seriamente, en forma de
reproche. Sus palabras y su modo de proceder fueron mucho
más severos de lo acostumbrado. Hablaba como quien tiene pleno
poder para hacerlo. Después de esto se fue a la casa de su
Madre María, donde estaban reunidas las santas mujeres, mu-
chos parientes y los discípulos. He contado a todas estos muje-
res que ayudaban a la comunidad de Jesús hasta su muerte.
Eran setenta. Ahora son solamente treinta y siete las presentes.
Las hijas de Lais de Naim, Sabia y Atalia, se unieron a ellas
y en tiempo de San Esteban estaban con los que se reunían en
Jerusalén.
A la mañana siguiente continuó Jesús sus enseñanzas en
la sinagoga, sin estorbo alguno. Los fariseos se decían entre si:
“Ahora nada podemos contra Él, porque es demasiado grande
el entusiasmo del pueblo. Sólo trataremos de interrumpirle algu-
nas veces, luego referirlo todo en Jerusalén y esperar hasta la
Pascua en que vendrá a presentarse en el templo”. Las calles
estaban nuevamente llenas de enfermos, parte de los cuales ha-
bían venido antes del Sábado, y otros, que no habían creído
hasta entonces y que ahora, al saber lo sucedido con el ende-
moniado, venían de todos los rincones de la ciudad pidiendo
curación. Muchos habían estado aquí sin haber merecido la
curación de sus enfermedades. Eran los tibios, los flojos y
pecadores reincidentes, que no solían convertirse como los gran-
des pecadores. Magdalena se convirtió después de varias recai-
das, pero al fin resueltamente. En cambio, Dina la samaritana,
se convirtió en seguida. María la Sufanita estuvo largo tiempo
ansiosa, pero luego se convirtió resueltamente. Los grandes pe-
cadores en general lo hicieron prontamente y con resolución,
como Pablo, con la prontitud del relámpago que lo hirió. Judas
dudaba siempre y recaía, y al fin se perdió.
De esta manera veo que procede Jesús con los atados e
impedidos, como los endemoniados, a los cuales a veces libra
de repente, porque los ve impedidos del todo y privados de
libre voluntad, o enfermos, que quedan como privados de la
fuerza de su voluntad. Otros enfermos, en cambio, a quienes
veo sólo desear débilmente su mejoría o que la desean para
poder pecar con más facilidad, son con frecuencia amonestados
o enviados sin curación por Jesús, o sólo aliviados para que
acaben de decidirse a enmendar su vida. Jesús podía curar a
todos igualmente, pero sólo lo hace con los que creen y hacen
penitencia, y a menudo los exhorta a mejorar su vida y a no
recaer en el pecado. A enfermos leves también a veces los ha
sanado, cuando el estado de sus almas así lo requería. No había
venido para sanar cuerpos, que pudieran pecar más fácilmente,
sino para sanar a los cuerpos para salvar por ello sus almas y
rescatarlas del pecado. Yo veo en cada enfermedad y en toda
clase de ellas un designio de Dios, y cómo esta enfermedad o
mal es un símbolo y representación de una culpa conocida o
desconocida por el paciente, culpa propia o ajena, que debe ser
expiada, o si no que ha de servir al paciente como un capital que
deberá acrecentar con la paciencia en el sufrimiento como prue-
ba y como guía para su propio bien. De modo que nadie padece
sin motivo. ¿Quién podrá considerarse inocente, cuando el Hijo
de Dios tomó sobre Sí los pecados del mundo para borrarlos y
expiarlos? Debemos seguirle detrás de su cruz con nuestra pro-
pia cruz. Siendo la paciencia y la alegría de padecer y el deseo
de unir nuestros sufrimientos con los de Jesús, una perfección y
un ansia de santidad, el no querer sufrir es una imperfección.
Fuimos creados perfectos y debemos renacer a esta perfección.
Toda curación de enfermedades es una pura gracia, no merecida
por los pecadores, que hubieran alcanzado quizás la muerte por
sus pecados, de la cual se ven libres, por la muerte de Jesús,
aquéllos que creen en Él y obran conforme con la fe que profesan.
Hoy he visto a Jesús sanando a muchos estropeados, hidró-
picos, sordos, mudos, ciegos y enfermos de todas clases y también
endemoniados. Con enfermos que podían mantenerse en pie,
he visto que a veces pasaba de largo. Había entre ellos algunos
que habían recibido otras veces alivio en sus males y habian
recaído en sus males corporales y espirituales, porque no se
habían convertido de veras. Cuando pasaba junto a ellos solían
clamar: “Señor, Señor; de todos estos enfermos graves te com-
padeces, y de nosotros no. Señor, ten piedad de mi que estoy
de nuevo enfermo”. Jesús les decía: “¿Por qué no extendéis
vuestras manos hacia Mí?” Entonces extendían sus manos y
decían: “Señor, aquí están nuestras manos”. Jesús replicaba:
“Vuestras manos las extendéis, pero no tenéis abiertas las ma-
nos de vuestros corazones: no los alcanzo, los retenéis cerrados,
porque estáis llenos de oscuridad”. Los amonestaba entonces; a
algunos los sanaba, a otros los aliviaba y delante de otros pasaba
de largo.
Por la tarde se dirigió Jesús con sus discípulos a la orilla
del mar. En la parte Sur del valle había un lugar de baños y de
recreo con aguas del arroyo de Cafarnaúm. Allí se detuvieron
porque habían de bautizar. María, la Madre de Jesús, acompa-
ñada de Dina, María, Lais, Atalia, Sabia y Marta caminaban por
los alrededores de Betsaida. Se había detenido allí una caravana
de mercaderes paganos, entre ellos mujeres y niños de la alta
Galilea. María Santísima consolaba y hablaba a las demás mu-
jeres, que estaban a veces sentadas en torno de María, la cual
también se sentaba o caminaba entre ellas. Ellas preguntaban y
María les contestaba, enseñando cosas de los patriarcas, de los
profetas y de Jesús.

III
Jesús enseña por medio de parábolas
Jesús enseñó en parábolas, y como los discípulos no lo
entendieron, les explicó cuando estuvieron a solas con Él las
comparaciones del Sembrador, la cizaña entre el buen trigo y
el peligro de arrancar el trigo junto con la cizaña. Fue especial-
mente Santiago el Mayor quien le dijo que no lo había enten-
dido, y por qué no hablaba más claro. Jesús les dijo que les
quería declarar todas estas cosas, que no pueden ser dichas más
claramente, por motivos de los débiles y de los paganos que
escuchan. Ya que se asustan de verse en tan grande bajeza,
cuando les habla de su vida, es necesario que la enseñanza sobre
el reino de Dios se vaya abriendo de a poco como una semilla
en cuya planta los granos están encerrados y la semilla enterra-
da en la tierra; así la enseñanza en parábolas está velada. Les
declaró la parábola del Sembrador, como cosa que se refería a
la misión de ellos mismos de trabajar en esta cosecha; les habló
de su seguimiento, y cómo pronto debían dejarlo todo para
seguirle y entonces les explicaría todas estas cosas mejor. Santia-
go el Mayor, preguntó también: “¿Por qué, Maestro, quieres
declararnos estas cosas a nosotros, que somos ignorantes, para
que las digamos? Dilas mejor a Juan, el Bautista, que tiene
tanta fe y él clamará a todos diciendo quien eres Tú”. Cuando
Jesús por la tarde predicó de nuevo en la sinagoga recobraron
los fariseos algún coraje y comenzaron a disputar con Él sobre
el perdón de los pecados. Le echaron en cara que en Gabara le
hubiese dicho a la Magdalena: “Tus pecados te son perdonados”.
“¿De dónde lo puedes saber? ¿Cómo has podido decir eso? Esto
es una blasfemia”. Jesús les contestó, reduciéndolos a silencio.
Ellos querían que Jesús dijese que no era un hombre sino Dios,
pero no pudieron hacerle caer, y Jesús les aguaba el gusto. Esto
sucedía en el pórtico, a la entrada de la sinagoga. Por último
promovieron un griterío y un gran tumulto. Jesús desapareció
entre la muchedumbre, de modo que no sabían donde se encon-
traba. Jesús anduvo entre los barrancos del jardín, detras de la
sinagoga, por los huertos y jardines de Zerobabel, y por caminos
extraviados llegó a la casa de su Madre. Pasó allí una parte de
la noche e hizo saber a Pedro y a los demás discípulos que le
acompañasen a la mañana siguiente hacia Naím para encon-
trarse con Él en la otra parte del valle, en la pescadería de
Pedro. Aquí le preguntaron el centurión Cornelio y su criado,
qué debían hacer para ser salvos, y Jesús les dijo que se hicie~
sen bautizar con todos los suyos.

IV
Resurrección del hijo de la viuda de Naím
El camino a Naím llevaba por la parte superior de la pesca-
dería de Pedro, a través del valle de Magdala, al Este de la
montaña, sobre Gabara, y luego al valle de Betulia y al Este de
Gischala. Habría andado Jesús con los suyos unas nueve o diez
horas cuando se albergaron en unas chozas de pastores unas
tres o cuatro horas antes de Naím. Habían pasado el torrente
Cedrón. Durante el camino Jesús había enseñado, entre otras
cosas, como debían discernir la verdadera de la falsa doctrina.
La ciudad de Naím es un ameno lugar con casas bien edificadas;
se llama también Enganim. Está situada en una agradable co-
lina al Mediodía del arroyo Kisón, a una hora del monte Tabor,
y mira hacia Endor, entre el Mediodía y el Oeste. La ciudad de
Jezrael está más al Sur, aunque no se puede ver por las alturas
que la ocultan. Naím tiene delante la hermosa llanura de Esdre-
lón y está a tres o cuatro horas de distancia de Nazaret. Es una
región muy fértil en frutas, trigo, uva y vino. La viuda Maroni
tiene una montaña entera cubierta de hermosos viñedos.
Jesús marchaba con unos treinta acompañantes. Como el
camino se angostaba, iban unos delante, otros detrás, y Jesús en
medio. Eran como las nueve de la mañana cuando se encontraron
a las puertas de la ciudad y salia el cortejo fúnebre. Un grupo
de hombres cubiertos con mantos de luto salieron de la puerta
con el cadáver. Cuatro hombres traían al difunto puesto en un
cajón con andas. El cajón era liviano, como un canasto tejido y
tenia la forma del cuerpo del joven, con una tapa encima. Al
llegar Jesús con sus discípulos, éstos se pusieron a los lados del
cortejo. Jesús se adelantó a los portadores y les dijo: “Deteneos”.
Y mientras ponía la mano sobre el cajón, dijo: “Deposìtad. el
cajón en tierra”. Al poner el cadáver en tierra, los acompañantes
hicieron algunos pasos atrás, mientras los discípulos se colocaron
a los lados. La madre del difunto había salido con varias mujeres
para seguir el cortejo y ahora estaban a pocos pasos de Jesús al
salir de la puerta de la ciudad. Llevaban el velo y estaban muy
tristes. La madre iba más adelante, lloraba silenciosamente y
parecía pensar, al ver a Jesús: “¡Ah, llega tarde!” Jesús dijo a
la mujer amablemente, aunque con seriedad: “Mujer, no llores”.
La aflicción de ella causaba honda impresión, pues todos amaban
a esa viuda por su gran caridad para con los pobres y enfermos.
Había sin embargo entre el cortejo algunos hombres obstinados,
a quienes se reunieron otros de la ciudad. Jesús pidió agua y
una ramita. Trajeron y dieron a uno de los discípulos un reci-
piente con agua y un hisopo. El discípulo se lo pasó a Jesús, el
cual dijo a los portadores: “Abrid el cajón y desatad el cadáver”.
Mientras estaban ocupados en este menester, alzó Jesús sus ojos
al cielo y oró diciendo: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y
de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y pru-
dentes del mundo y las has revelado a los sencillos. Sí, Padre, así
fue vuestra voluntad. Todo me fue dado por mi Padre, y nadie
conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre más
que el Hijo, y cuando lo quiere revelar el Hijo. Venid todos a
Mí los que estáis cansados y afligidos; Yo os quiero renovar.
Tomad mi yugo sobre vosotros, porque mi yugo es suave y mi
carga ligera. Aprended de Mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas”.
Cuando sacaron la tapa del cajón he visto que el niño pare-
cía una momia toda fajada de su encierro. Los portadores, sos-
teniendo el cuerpo con sus manos, desataron las ligaduras, des-
cubrieron el rostro, y aparecieron las manos, y lo dejaron cubier-
to sólo con una sábana. Jesús bendijo el agua, mojó el hisopo
en ella y con él roció al pueblo. Entonces he visto cómo salían
de algunos circunstantes muchas pequeñas formas oscuras y
negras de insectos, gusanos, sapos, serpientes y aún pequeñas
aves negras, mientras estas personas se volvían más serenas,
alegres y mejor dispuestas; y todo me pareció más claro y más
luminoso. Después roció Jesús al niño con el agua bendita e
hizo una cruz sobre él con la mano. Entonces he visto salir del
niño una sombra oscura como una nubecilla. Jesús dijo al niño:
“Levántate”. El niño se levantó, sentándose sobre su féretro y
miró maravillado y curiosamente en torno de si. Jesús dijo:
“Dadle un vestido”. Le echaron encima un manto que lo cubría.
Entonces se puso de pie y dijo, mirando en torno: “¿Qué es esto?
¿Cómo he llegado hasta aqui?” Le pusieron sandalias a los pies,
y Jesús, tomândolo de la mano, lo llevó a la madre que venía al
encuentro, y dijo: “Aquí tienes a tu hijo; pero yo te lo pediré
de nuevo renacido por el bautismo”. La madre estaba tan fuera
de sí por la admiración que no pudo dar gracias, sino que sólo
hubo lágrimas de contento, temor reverencial y admiración,
mientras abrazaba a su hijo.
Los parientes partieron de allí hacia la casa, mientras el
pueblo cantaba cantos de alegría y de acción de gracias. Jesús
siguió con sus discípulos a la casa de la viuda, que era grande y
espaciosa, con jardines y patios. Allí aumentaron los curiosos
que venían de todas partes para ver al niño. Fue bañado y se
le dio un vestido blanco con una faja. A Jesús y a sus discípu-
los les lavaron los pies y le ofrecieron alimento. De inmediato
comenzó una alegre donación de cosas y comidas a los pobres
que se habían agolpado para felicitar a la buena viuda. Repar-
tieron vestidos, telas, trigo, pan, corderos, aves y monedas. Je-
sús, mientras tanto, enseñaba a los presentes en los patios de
la casa. El niño Marcial corría de un lado a otro con su vestido
blanco, muy alegre, repartiendo a los pobres. Estaba contento,
con una alegría infantil, y era un espectáculo hermoso ver
cuando se acercaron los niños de la escuela, sus compañeros,
guiados por sus maestros. Algunos niños estaban aún asustados,
creyendo que se trataba de un fantasma. Marcial corrió hacia
ellos, y ellos retrocedieron. Otros se rieron de los miedosos y le
dieron las manos para animar a los más temerosos. Hicieron
como haría un niño grande que se acerca a tocar a algún caballo
o animal, del cual los pequeños se habían asustado. Se preparó
también una comida en la casa y en los patios, en la cual todos
tomaron parte. Pedro, que era pariente de la viuda, pues era
hija del hermano de su suegro, se mostraba especialmente acti-
vo y solícito en esta ocasión, y hacía como de dueño de casa.
Jesús atrajo varias veces al niño resucitado junto a Sí, y
enseñaba, hablándole a él cosas que le hacían falta a los demás
oyentes. Hablaba como si la muerte que había entrado en el
mundo por el pecado, lo hubiese aferrado a él, sujetado y lo
quisiese ahogar; como si hubiese debido ser arrojado a las
tinieblas, donde ya no había misericordia ni perdón, abriendo
recién los ojos cuando era demasiado tarde para arrepentirse
de los pecados; como si antes de entrar en esas tinieblas la mi-
sericordia de Dios lo hubiese librado desatando las ligaduras
en atención a la piedad de sus padres y de sus antepasados;
que ahora tenía que desatarse de las ligaduras del pecado por
medio del bautismo, para no caer en mayor esclavitud de la que
había sido librado. Habló también de la virtud de los padres,
que siempre aprovecha a los hijos, y cómo por la justicia de
los patriarcas antiguos, Dios había guiado y perdonado tantas
veces al pueblo de Israel. Añadió que ahora que el pueblo está
de nuevo ligado con ataduras del pecado, como este niño y al
borde del sepulcro, la misericordia de Dios viene por última
vez a librarlo. Juan vino a preparar los caminos y con voz
poderosa había despertado los corazones del sueño de la muerte,
y el Padre se apiada por última vez y abre los ojos de aquellos
que no quieren, obstinados, abrirlos voluntariamente. Comparó
al niño difunto con el pueblo ciego, y cómo a éste le alcanzó la
misericordia cuando estaba en las puertas de la ciudad próximo
al sepulcro. Les dijo: “Si los portadores no se hubiesen detenido
desoyendo mi voz, no hubiesen depositado el cadáver, no hubie-
sen abierto el cajón, no lo hubiesen desatado de sus ligaduras, y
hubiesen querido seguir adelante con el difunto y lo hubiesen
enterrado, pensad qué espantoso hubiese sido todo esto”. Los
comparó con los fariseos, los falsos maestros que detienen al
pueblo en la saludable penitencia que da vida, que atan a las
gentes con las ligaduras de sus vanas observancias, lo encierran
y lo arrojan en el sepulcro eterno. Les rogó que acepten la
misericordia que les ofrece su Eterno Padre y los exhortó que
se apresurasen a aceptar la vida con la penitencia y el bautismo.
Digno de atención es que aquí Jesús roció a los presentes
con agua bendita, porque tenía que echar de varios hombres los
malos espíritus de envidia, del falso celo, de la mala voluntad
que mostraban pensando que Jesús no podría hacer nada con
el niño muerto. Cuando resucitó el niño, he visto que se levantó,
al rociar el cadáver con el agua bendita, una nubecilla o sombra
oscura, en forma de insecto, que saliendo del cuerpo, entró en la
tierra. En los otros casos de resurrecciones he visto que Jesús
llamaba el alma que volviese al cuerpo del difunto del lugar
donde estaba en el círculo de su culpa. Veía yo que venía el
alma y entraba en el cuerpo y que éste se levantaba. En este
caso de Naím ví que se alzaba la muerte de allí, como un peso
que antes oprimía al cuerpo.
Después de la comida se dirigió Jesús con sus discípulos
hacia el hermoso jardín de la viuda Maroni, al Mediodía de la
ciudad. Todo el camino estaba lleno de tullidos y enfermos, que
Jesús sanó. Esto produjo un gran movimiento en toda la ciudad.
Ya oscurecía cuando Jesús llegó al jardín donde estaba Maroni,
los parientes, los criados, algunos maestros de la sinagoga y el
niño resucitado con otros niños. Había varias casas de descanso
en el jardín y delante de una casa mejor, que tenía techo con
columnas y podían cerrarse con lienzos, había una antorcha bajo
un árbol iluminando la sala. Hermosamente brillaban a la luz de
la poderosa antorcha las hojas verdes de las plantas y a través
de los árboles, con frutas pendientes, se podía ver con toda cla-
ridad. Al principio Jesús enseñó, caminando; después entró a la
sala, y enseñó allí. A veces, hablando con el niño resucitado,
decía cosas que aprovechaban a los demás. La noche era esplén-
dida en el jardín. Más tarde se retiraron todos a la casa de
Maroni, donde todos encontraron refugio para pasar el resto de
la noche.
Con la noticia de la venida de Jesús a Naím y la resurrec-
ción del niño, se había reunido mucha gente. Gran cantidad de
enfermos de toda la comarca llenaban las calles hasta la casa de
la viuda Maroni. Jesús sanó cierto numero por la mañana y puso
en paz a ciertas familias desavenidas. Habían venido, en efecto,
varias mujeres quejándose de sus maridos, con los cuales no
podían vivir, y pidiendo carta de divorcio. Era esto un arreglo
tramado por los fariseos. Como habían quedado confundidos por
la resurrección del niño, y estaban llenos de ira, quisieron mez-
clarlo en cuestiones de divorcio, para que fallara algo contra las
leyes y acusarlo luego de falsa doctrina. Jesús les dijo a las
mujeres que se presentaron con quejas: “Traedme un recipiente
con leche y un recipiente con agua, y os contestaré”. Fueron a
una casa vecina y trajeron leche y agua. Jesús, tomando ambos
recipientes, echó el agua en la leche, y dijo: “Separadme primero
estas dos cosas y os daré carta de separación”. Como replicaron
que no podían hacerlo, Jesús les habló de la indisolubilidad del
matrimonio, añadiendo que si Moisés lo permitió, fue sólo por la
dureza de los hombres; que separados del todo no podía ser,
pues forman un solo cuerpo, y si no podían vivir juntos debía
el hombre mantener a la mujer y a los hijos, y ninguno de los
dos podía casarse nuevamente.
Luego fue con las mujeres a las casas de sus maridos, y
habló con ellos separadamente; después con los hombres y las
mujeres juntos. Culpó a las dos partes, más a las mujeres, y
terminó por reconciliarlos a todos. Lloraban y quedaron más
unidos y más fieles que antes. Los fariseos se irritaron mucho
porque su treta les hubiese salido mal. Jesús sanó a varios cie-
gos, esa misma mañana, tomando saliva, mezclándola en su
mano con algo de polvo y tocando los ojos con esa mezcla.

V
Jesús en Megiddo
Cuando Jesús abandonó la ciudad de Naím, organizaron
la viuda Maroni, su hijo, los hombres curados y mucha gente
de la ciudad, un acompañamiento, alzando palmas y ramos de
árboles y cantando salmos en acción de gracias. Jesús se dirigió
al Norte del Kisón, teniendo a la derecha las montañas que
cierran el valle de Nazaret. Hacia la tarde llegó con sus discí-
pulos a la ciudad de Megiddo, junto a la montaña. por cuya
parte Oeste se entra en el valle de Zabulón. Entró en un alber-
gue y enseñó la misma tarde. Cuando las gentes vieron que
Jesús venía con sus discípulos por el camino, se pusieron sus
vestidos de los cuales se habían aligerado en parte por el tra-
bajo. La ciudad de Megiddo está en una altura y está algo en
ruinas. En medio de ella se ve un edificio ruinoso cubierto con
hierbas, y en varios lugares arcos y columnas derruidas. Debía
haber sido el castillo de los reyes de Canaán, y he oido que
Abraham estuvo en estos lugares (Josué12, 21 y III Reyes 9-15).
Más reciente es la parte de la ciudad donde entró Jesús ahora.
Se compone de una larga hilera de casas, en la falda de la
montaña, de la cual sale un camino que va a Tolemaida. Por eso
hay aquí grandes albergues y viven publicanos que escucharon
la predicación de Jesús y se determinaron a hacer penitencia
e ir al bautismo. Los fariseos del lugar, como siempre, se irrita-
ron por ello. Se ha reunido una gran cantidad de enfermos y
vienen otros más. Jesús les hizo decir que Él los vería por la
tarde e indicó como debían ordenarlos, cosa que hicieron los
discípulos. Delante de la ciudad había un gran espacio cubierto
de hierbas y allí fueron dispuestos los enfermos. Mientras tanto
Jesús iba por los campos sembrados para enseñar a los trabaja-
dores ocupados en las faenas: les enseñaba en parabolas. Algu-
nos discípulos enseñaban a otros más alejados, hasta que Jesús
pudo llegarse hasta ellos. Estos discípulos volvían luego a los
que Jesús había catequizado y les explicaban o repetían algo de
lo que habían oido al Maestro; al mismo tiempo les contaban
sus milagros y curaciones. Lo que Jesús y los discípulos ense-
ñaba era esencialmente lo mismo, para que cuando se encon-
trasen juntos tratasen del mismo asunto que todos habían oído.
De este modo los que habían entendido mejor la enseñanza
estaban en condiciones de poder repetirlo a otras personas.
Como en estos tiempos de calor hacían los trabajadores fre-
cuentes descansos, Jesús les enseñaba durante esas pausas y
cuando tomaban algún alimento.
Cuando Jesús iba por los campos, llegaron, montados, cua-
tro discípulos de Juan Bautista y se quedaron oyendo la ins-
trucción, después de saludar a los discípulos de Jesús. Llevaban
vestidos de pieles sujetos con correas. No habían sido enviados
por Juan, aunque conversaban con frecuencia con otros discí-
pulos del Bautista. Estos eran una especie de sectarios que
congeniaban con los herodianos, y habían venido para espiar
lo que Jesús enseñaba sobre el reino. Exterìormente eran más
severos y más finos y educados que los discípulos de Jesús.
Unas horas después llegó otro grupo de discípulos de Juan.
Eran doce: dos de ellos habían sido enviados por Juan y los
demás eran como testigos de la embajada. Cuando llegaban
Jesús se encaminaba hacía la ciudad y ellos le siguieron. Algu-
nos habían estado presentes a los últimos milagros y de inme-
diato habían vuelto junto a Juan. Cuando la resurrección del
niño de Naím estaban presentes algunos de ellos y volviéndose
a Juan, en Macherus, le dijeron: “¿Qué significa todo esto?. ._
¿Para qué estamos nosotros?… Todo esto hemos visto de Él,
y esto hemos oído enseñar. Sus discípulos son más libres en
las observancias. ¿A quién tenemos que seguir?… ¿Quién es
Él?… ¿Por qué sana Él a todos, y consuela, y se interesa por
la gente extranjera?… ¿Y para librarte a ti no da un paso ni
se interesa?…” El Bautista tenía siempre mucho que hacer
con sus discípulos; no lo querían dejar; él los enviaba con fre-
cuencia a Jesús, para que viesen y lo siguiesen. Pero no acaba-
ban estos discípulos de comprender que debían seguir a Jesús:
estaban con una pasión demasiado personal y egoísta por su
maestro, y por esta causa solía mandar Juan mensajes a Jesús
rogándole dijera claramente quien era Él para que acabasen de
convencerse. Como ahora le venían de nuevo con sus dudas y
sus pretenciones, Juan enviaba a dos de ellos que dijesen a
Jesús que enseñase claramente que era el Mesías, el Hijo de
Dios, para terminar de una vez con estas dudas.
Jesús se dirigió en seguida con sus discípulos a la plaza
redonda, donde estaban dispuestos los enfermos. Había gentes
de Nazaret que le conocían personalmente. Veíanse allí tulli-
dos, ciegos, sordos, mudos, enfermos de toda especie y no pocos
endemoniados. Pasando por las hileras sanaba, y de diversas
maneras libraba a los endemoniados. No eran de los furiosos,
como en otros lugares, pero tenían convulsiones y se retorcían.
Jesús los libraba a distancia con su mandato. El vapor oscuro
salía de ellos, se sentían desmayar, y luego volvían en sí cam-
biados enteramente. Este vapor salía de ellos en línea angosta,
que se juntaba y desaparecía, a veces en el aire, otras en la
tierra, como sucedió en estos casos. Veo con frecuencia que
cuando estos malos espíritus salen de un hombre, no se van
en seguida, sino que andan entre los demás presentes hasta
que desaparecen.
Jesús había empezado apenas a sanar a los enfermos cuan-
do llegó la comisión que pretendía detener a Jesús para inter-
pelarlo; pero Jesús ni miró a estos mensajeros, y siguió su
trabajo. Esto no gustó a los enviados, sin explicarse por qué
no los atendía; entre ellos había algunos llenos de envidia y de
celo indiscreto. Juan no obraba milagros y Jesús los obraba en
cantidad. Juan hablaba cosas grandes de Jesús y Éste no se
preocupaba de sacarlo de la cárcel. De pronto se sentían con-
movidos y admirados por sus milagros y sus enseñanzas; pero
luego oían las murmuraciones de los que decían: “¿Quién es
Éste? Conocemos muy bien a sus pobres padres”. Luego escu-
chaban sus enseñanzas sobre el reino y no las podian entender.
Por ningún lado veían reino alguno ni esperanzas de verlo.
Porque Juan era honrado y estimado por todos y, sin embargo,
seguía en la cárcel, pensaban que Jesús dejaba que ocurriera eso
para granjearse la propia estima, y que tenía interés en no
sacar a Juan de su encierro. Les escandalizaba también la liber-
tad con que veían proceder a los discípulos. Consideraban exa-
gerada la humildad de Juan, que siempre los enviaba para que
Él les explicase quien era en realidad y se manifestase clara-
mente. Jesús siempre les contestaba con reticencias, y ellos no
podían entender cómo Juan los enviaba para que conociesen a
Jesús, y así se les hacía a ellos más pesada esta situación que a
las gentes sencillas del pueblo. Mientras Jesús daba la vuelta
por las hileras de enfermos llegó junto a uno que se gloriaba
de conocer a Jesús porque era de Nazaret: preguntaba si no
se acordaba de veinticinco años atrás cuando había muerto su
abuelo y ellos, como niños, estaban muchas veces juntos. Jesús
no se detuvo en conversar; se contentó con decir que lo conocía,
y en seguida pasó a tratar de sus pecados y de su enfermedad.
Como lo encontrara arrepentido y creyente, lo sanó, lo exhortó
y pasó a los demás enfermos.