Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre – Sección 7

 

XXXIII
Jesús en casa del padre del discípulo Jonás
Cuando Jesús llegó a la casa del esenio, padre de Jonás,
estaban allí sólo sus discípulos y algunos maestros. Fue reci-
bido con el lavado de los pies. Pasó aquí todo muy llanamente,
en contraste con los servicios anteriores. Forman estas familias
esenios que se casan, pero viven muy sencillamente y son muy
continentes. Las mujeres viudas eran casi todas hijas del ancia-
no esenio, y vivían en la casa de éste. Jonás fué el último
de sus hijos: la madre había muerto en su nacimiento. Por eso
el anciano amaba mucho a este hijo y había estado muy preo-
cupado durante la ausencia de Jonás en un año entero. Ya lo
lloraba por muerto, cuando Cirino, en uno de sus viajes a Pales-
tina, se encontró con él y llevóle noticias a su padre. Jonás ha-
bía viajado como peregrino para ver los lugares santos y ha-
bía estado en la Judea con los esenios. Visitó el sepulcro de
Jacob en Hebrón y el de Raquel entre Jerusalén y Belén, que
entonces estaba casi en el camino: ahora está a un lado. Visitó
a Belén, el monte Carmelo y el Tabor. Oyendo hablar de Jesús
escuchó su enseñanza en la montaña antes que el Señor entrase
en el país de los gergesenos. Más tarde estuvo con los hijos de
Cirino en Dabrath y en Gabara, recibido allí como discípulo
por Jesús y ahora había vuelto con Él a su patria, Chipre.
La comida tuvo lugar en un jardín, en torno de una eleva-
ción cubierta con mantel. Los divanes y asientos se habían aco-
modado con tapices y alfombras. La comida consistió en tortas,
jaleas, hierbas en salsa, carne de cordero, frutas y bebidas en
vasos pequeños. Las mujeres estaban aparte, pero más familiar-
mente que en Palestina. Después de la comida escucharon sen-
tadas, a cierta distancia, las enseñanzas de Jesús. Creo que este
jardín es un lugar de oración para los judíos. Forma toda la fa-
milia como una comunidad de esenios. Viven de la agricultura,
del ganado, del hilado y del tejido. Jesús se dirigió hacia la
fuente de bautismos, donde preparó a muchos judíos con una
enseñanza sobre la penitencia. He visto bautizando a Barnabás,
Santiago y Azor. Antes del bautismo he visto que Jesús echó
un poco del agua del Jordán donde Él había sido bautizado,
que habían traído los discípulos, y luego bendijo la fuente.
Después del bautismo se recogió el agua sobrante y los nuevos
bautizados se vistieron mantas pequeñas de color blanco.
Más tarde he visto a Jesús entre jardines y paredes donde
lo esperaban algunos paganos, preparados por Cirino, que pedían
ser bautizados. Jesús apartaba a algunos del grupo para hacerle
conocer sus pecados y luego unos treinta fueron bautizados por
Barsabás dentro de esos jardines, con agua que Jesús había ben-
decido antes. Además de las dos calles ocupadas por los judíos,
hay en Salamina un barrio completo de judíos. A un lado de
la ciudad hay como una fortaleza, y en la ciudad muchos tem-
plos, especialmente uno muy grande. Se puede subir a él por
dentro y por fuera: adentro hay muchas columnas y una tan
gruesa que tiene en su interior escalones hasta arriba. A unas
horas de Salamina veo otra ciudad importante. Al Oeste veo
acercarse una tropa de gente, que estaba acampada en tiendas.
Deben haber venido de otros países, quizás de Roma. Hay mu-
jeres entre ellos; tienen bueyes con anchos cuernos y cabezas
más bajas que los nuestros: llevan cargas en los lomos. Creo
que han venido por motivo de la cosecha, trayendo mercade-
rías para cambiar por trigo y alimentos. Al día siguiente por
la mañana Jesús dió un largo sermón a judíos y paganos junto
a la fuente bautismal.
Con ocasión de la cosecha, de la multiplicación de los gra-
nos de trigo, habló de la ingratitud de los hombres que no pien-
san en estas maravillas de Dios, y cómo esta ingratitud y olvido
de Dios en los hombres será castigada a semejanza de la paja
que se arroja al fuego. Les enseñó que así como de unos pocos
granos y de uno proceden otros muchos y aún toda una cosecha,
así todo viene de Dios Todopoderoso, creador del cielo y de la
tierra, Padre de todos los hombres, su Bienhechor, Premiador de
los buenos y Castigador de los malos. Les reprochó que en lugar
de dirigir sus preces al Dios único, adoraban ídolos, y que olvi-
dando a Dios y a sus obras maravillosas, admiraban y honraban
a cualquier charlatán obrador de artificios mágicos. Su enseñan-
za se extendió a los dioses que adoraban y a la confusión y per-
versidad de donde se originaron estos falsos dioses. Pasó a ha-
blar en particular de algunos dioses que ellos veneraban. Dijo:
“¿Quién es éste? ¿Quién es aquél? ¿Quién es aquel otro? ¿Quién
es el padre de éstos?” Les fue enumerando toda la perversidad,
confusión y maldad de estos llamados dioses y su origen, y como
todo esto proviene del reino del error y del padre de la mentira.
Les declaró muchas cosas que ellos no sabían y aspectos que
ignoraban completamente. La enseñanza fue severa, pero dada
con tanta gracia y buen modo, que todos estaban admirados, y
no suscitó protesta. Habla a los paganos siempre más bondado-
samente que a los judíos. Se refirió al llamamiento de los pa-
ganos al reino de Dios y cómo muchos extranjeros ocuparían
los puestos que los hijos del Padre de familia habian rehusado,
rechazando la salud.
Se hizo una pausa cuando Jesús tomó algún alimento, y el
pueblo comentaba entre sí la enseñanza oida. Se adelantaron
entonces algunos filósofos paganos para preguntar cosas que
no habían entendido y otras que sabían de sus antepasados,
sobre Elías, que había estado en la isla de Chipre. Jesús les
aclaró lo que deseaban saber y luego habló del bautismo y de
la oración en relación con la cosecha y el pan de cada día. Mu-
chos paganos estaban conmovidos y pensativos; otros se retira-
ron porque no les convenía oír lo que Jesús hablaba. Más tarde
he visto bautizarse muchos judíos junto a la fuente donde Jesús
había bendecido el agua. Iban adelantándose; había siempre tres
cerca la fuente: el bautizador, el bautizando y el padrino; esta-
ban en el agua hasta medio cuerpo.
Jesús se dirigió después con los suyos y algunos maestros a
media hora más al norte, a la ciudad de los judíos. Le siguie-
ron muchos oyentes y Él hablaba con uno u otro grupo. El
camino subía a veces; había valles y praderas. Hay árboles
muy grandes y frondosos en cuyas ramas se puede descansar
al fresco. En lontananza se ven varias aldeas y las mieses que
amarillean. Otras veces el camino cruza por los lugares donde
hay cuevas cavadas en las rocas habitadas por trabajadores del
campo. Delante de esa población judía hay un albergue y un
recreo donde entró el acompañamiento de Jesús. Los demás se
volvieron por su camino. Los apóstoles lavaron los pies a Jesús
y luego se arreglaron los vestidos de viaje para entrar en la
población. Mientras se lavaban los pies, yo vi a un lado de la
calle principal un gran galpón donde había una cantidad de
mujeres judías y doncellas que separaban frutas, ordenándolas
y guardándolas. Parecían esclavas u obreras que hacían este
trabajo con las frutas que otros traían de los huertos. Había
toda clase de frutas grandes y pequeñas: separaban las buenas
de las malas, las dividían y a otras las ponían sobre el algodón.
He visto otras mujeres ocupadas en la cosecha y trabajo del
algodón, Las mujeres iban siempre por la calle cubiertas con
velo. En el galpón había varias divisiones: parecia un negocio
para este trabajo, y separaban también el diezmo y lo que de-
bían dar a los pobres. Había un activo comercio.
Jesús se dirigió con los suyos a casa de los rabinos junto a
la sinagoga. El más anciano lo recibió cortesmente, pero con
marcada reserva. Le ofreció una bebida y habló de la fama de
su nombre y de su visita a esta comarca.
La presencia de Jesús se conoció pronto y los enfermos
pedían su ayuda. Jesús se dirigió con los rabinos a la casa de
aquéllos y sanó a muchos de ellos, los cuales le seguían alabando
a Dios y a Jesús. Jesús no lo permitía y les mandaba que ca-
llaran las alabanzas. En la calle se le acercaban las mujeres
con sus criaturas, pidiendo que las bendijera. Algunas madres
traían a sus hijos enfermos, y Jesús los sanó. Así pasó la ma-
ñana, y por la tarde los rabinos lo invitaron a una comida en
su honor, que coincidía con la fiesta del principio de la cosecha.
Fueron servidos los pobres y los obreros. Jesús les alabó esta
bella costumbre. Eran traídos por grupos del campo y reci-
bían el alimento en mesas largas que parecían de piedra. Jesús
les servía a veces con sus discípulos, mientras los instruía con
parábolas y breves comparaciones. Había varios maestros ju-
dios; pero en general no eran tan sinceros y sencillos como los
judíos que lo albergaron en Salamina. Tenían algo de farisaico:
cuando se vieron más confiadose le preguntaron si no le hubiese
sido más cómodo quedarse en Palestina, qué buscaba entre
ellos, y si pensaba quedarse largo tiempo. Tocaron también
otros puntos de su enseñanza y de su misión y viajes, cosas que
los fariseos de Palestina le solían reprochar. Jesús les respon-
día, según convenía, a veces severo, pero cortésmente, como
lo habían recibido. Les dijo que había venido para ejercer las
obras de caridad como su Padre celestial quería. Sus palabras
eran severas: mientras alababa en ellos lo que era caridad con
los pobres y obreros, reprobaba lo que era hipocresía. Era ya
muy tarde cuando Jesús volvió con los suyos. Los rabinos lo
acompañaron hasta la puerta de la ciudad.

XXXIV
La sacerdotisa Mercuria. Los sabios paganos
Cuando Jesús regresó al albergue se presentó un sabio pa-
gano, y lo invitó a dar unos pasos con él en un jardín, donde lo
esperaba una persona que invocaba su necesidad. Jesús se dirigió
con los suyos a ese sitio, y como viese a una mujer pagana allí,
entre la pared y el camino, que se inclinaba ante Él, dejó un
poco atrás a su acompañante y preguntó a la mujer qué deseaba.
Era una mujer muy particular: sin instrucción, muy metida en
las cosas del paganismo y en los cultos abominables de los dioses
paganos. Le había sobrevenido una inquietud en presencia de
Jesús: tenia el sentimiento interior de que estaba en el error.
Pero carecía de fe sencilla y tenía un modo singular de culparse.
Dijo a Jesús que había oído contar que había sanado a la Magda-
lena, y a la mujer enferma de flujo con solo que ella hubiese
tocado el ruedo de sus vestidos; y pedía ella también ayuda pues
no quería permanecer al servicio de la diosa del lugar. Reconocía
que las exigencias de ese culto pagano eran perversas. Pedíale
que la sanara y mejorara; pero añadía que quizás no podia reci-
bir salud porque su enfermedad no era corporal. Dijo que estaba
casada y tenía tres hijos, de ellos uno fuera del matrimonio, y
que tenía relaciones con el gobernador. Dijo que cuando ayer
estuvo Jesús con el gobernador romano, ella, que miraba a tra-
vés de una ventana, vio un resplandor en torno de la cabeza de
Jesús, y que por esto se había sentido cambiada en su interior.
Pensó que esto tal vez sólo fuera admiración o amor a su perso-
na, pero que se había sentido desfallecer, y al volver en si, había
visto de pronto toda la perversidad de su mal proceder y ya no
podía encontrar paz ni tranquilidad. Añadió que había pregun-
tado de su Persona y sabía que había mejorado a Magdalena y
sanado a Enué, la mujer de flujo de sangre de Cesarea de Filipo.
Ahora pedía, si le era posible, la sanara de su mal. Jesús le dijo
que Enué había tenido una fe sencilla; que sin hablar ni pedir
se había acercado y tocado la orla de su vestido con fe firme, y
sanó: su fe la había salvado. Esta tonta volvió a preguntar cómo
pudo saber Él que le habían tocado y que había sanado la mujer;
no tenía idea alguna del poder de Jesús; con todo, pedía de cora-
zón remedio para su mal. Jesús la despachó, diciéndole dejara
su mala vida; le habló de Dios Todopoderoso y le recordó el
mandamiento: no fornicar. Le habló de la perversidad del culto
de su llamada diosa, que hasta su conciencia se rebelaba y le
dijo cosas tan serias, al mismo tiempo con tanta bondad, que la
mujer se alejó llorando y llena de arrepentimiento. Esta mujer
se lamaba Mercuria, era bien formada y de unos 25 años de
edad. Estaba envuelta en un gran manto blanco; blancos eran
también sus demás vestidos y tan estrechos que parecen formar
parte de su persona.
Al día siguiente hubo bautismos todo el día junto a la
fuente. Los apóstoles bautizaban y Jesús enseñaba y preparaba
a los bautizandos. Les habló en parábolas de la cosecha, del pan
de cada día, del maná, del pan de la vida que vendría más tarde
y de la unidad de Dios. He visto luego a Jesús enseñando a los
obreros que se turnaban en los trabajos de la cosecha. Muchos
judíos habían venido por oirle y vivían ahora bajo tiendas. Ha-
bían traído en sus cabalgaduras a sus enfermos que estaban bajo
los árboles en las cercanías del lugar donde predicaba Jesús. El
Señor sanó allí a unos veinte enfermos de varias dolencias.
Cuando llegó cerca de la fuente fue interrogado por algunos de
los sabios paganos que habían oído su predicación. Pidieron
explicaciones diversas, hablaron de sus dioses, especialmente de
su diosa que había surgido del mar y de otro de sus dioses que
tiene cuerpo de pez, que llaman Derketo. Preguntaron también
sobre lo que contaban de Elías, que había estado en la isla, el
cual había observado una nube que se levantaba del mar y
todos decían que era una Virgen; que ellos querían saber donde
está esa Virgen puesto que ellos saben que de Ella debe venir
el Salvador y el reino del Universo: según sus cálculos había
llegado el tiempo de su aparición. Mezclaban con esto la creen-
cia de una estrella que su diosa había dejado caer sobre Tiro:
si esa era aquella nube anunciada. Uno de ellos añadió que ha-
bía oído decir que en Judea hay ahora un agitador que aprove-
chando estas cosas se despacha como si fuese ese rey. Jesús no
dijo que era Él, sino sólo que ese hombre de que hablaban no
era ningún agitador; que se decían muchas cosas falsas de Él y
que el que ahora preguntaba sobre ello estaba muy mal entera-
do. Añadió que ya era el tiempo en que se cumplían las profecías.
El hombre que preguntaba era algo mal intencionado y
charlatán; no sospechaba siquiera que estaba hablando con el
mismo Jesús del cual hablaba mal: hablaba sólo de lo que ha-
bía oido contar mal a otros. Estos filósofos sospechaban algo de
la verdad y tenían cierta creencia en sus dioses, de los cuales
pretendían explicar diversas significaciones. Pero todas las per-
sonas relacionadas con sus relatos de dioses estaban mezcladas
y hasta la nube vista por Elías era confundida con la Madre
de Dios. Llamaban a su diosa Derketo y la tenían por reina
del cielo. Decían que de ella había venido toda ciencia y ale-
gría a la tierra, que había predicho todas las cosas y que se
había arrojado al agua para aparecer luego como pez y estar
con ellos para siempre: que todo esto había sucedido en reali-
dad. A la hija de esta Derketo, tenida durante el culto sagrado,
la llamaban Semíramis, la omnipotente reina de Babilonia. Era
cosa admirable que yo viera entretanto la vida entera de Derketo
y Semíramis como habían vivido en realidad, y estaba allí
impaciente por decir a esos filósofos todo su error y sus falsas
creencias. Me parecían estos filósofos tan estúpidos porque no
viesen todo esto como había sido, y me parecía entonces todo
tan claro que lo podría contar como lo había visto. Luego pen-
saba yo: “Tú no debes meterte con ellos; son sabios y sabrán
mejor que tú”. Con estos y otros pensamientos estuve varias
horas.
Jesús les declaró todo su error y sus extravagantes supo-
siciones. Les contó la historia de la creación del mundo, de
Adán y Eva, del pecado, de Caín y Abel, de los hijos de Noé,
de la torre de Babel, de la separación de los malos y del aumen-
to de su corrupción, y cómo luego, llevados del deseo de unirse
y vincularse con Dios, inventaron tantos ídolos e introdujeron
la diosa Sira. Les dijo que la promesa de la simiente de la mu-
jer que aplastaría la cabeza de la serpiente, se había mezclado
y confundido en mil formas y que de esa fuente impura ellos
habían bebido sus conocimientos fragmentarios y confusos. Les
habló de la vocación de Abraham, del pueblo elegido por Dios,
de los hijos de Israel, de los profetas, de Elías y su profecía, y
de la época presente que era el tiempo del cumplimiento de la
promesa. Les habló tan fácil, sencilla y naturalmente que varios
de ellos comenzaron a entender muchas cosas, mientras otros
no salían del enredo de sus conocimientos confusos y fragmen-
tarios.
Jesús estuvo hablando con ellos hasta la una de la tarde.
Algunos se convertirán. Están tan envueltos en sus creencias y
fábulas que no encuentran salida. Jesús les dejó alguna luz en sus
mentes, haciéndoles comprender cómo aun en las peores aberra-
ciones, queda siempre algún rastro de los designios de Dios con
los hombres. Les mostró cómo en medio de los peores errores de
los hombres, Dios había conservado una raza elegida para for-
mar un pueblo de donde debía salir más tarde el Salvador de la
humanidad. Les dijo que el tiempo había llegado y que era hora
de hacer penitencia y de hacerse bautizar para renacer a una
nueva vida espiritual.
Antes de esta conversación con los filósofos, Jesús había
enviado a Barnabás con otros discípulos a Cythrus, donde vivía
la familia de Barnabás. Jesús permaneció con el discípulo Jo-
nás y otro de Dabrath, y con ellos fuese a una comarca, a me-
dia hora, muy fértil, donde había obreros ocupados en la cosecha.
La mayoría eran judíos, cuyas chacras estaban en esta región.
La comarca es muy hermosa, cultivada algo diferente de lo
que se acostumbra entre nosotros. El trigo crece en ciertos lu-
gares altos, hay praderas con frutales y olivares y ganado.
Almacenan el agua en los valles. Veo vacas negras, sin cuernos,
y toros con jibas, de andar pesado y anchos cuernos: los usan
para llevar mercaderías; hay muchos asnos, grandes ovejas y
carneros. Las casas y galpones están desparramadas en las
praderas. Tienen una muy hermosa escuela y cátedra pública
para la enseñanza y un maestro. Acudió gente a la fiesta del
Sábado, en la sinagoga de Salamina, junto al albergue, donde
enseñó Jesús. El camino es muy ameno. Cuando ven a Jesús, a
quien ya conocen, dejan el trabajo, sus instrumentos de labran-
za y su sombrero de corteza con que se precaven del sol y
acuden en grupos. Se inclinan reverentes ante Él; algunos se
echan de bruces al suelo. Jesús los saluda, los bendice y ellos
vuelven a su trabajo. Como se acercara a la escuela, el maestro
le salió al encuentro con algunos principales de la ciudad, llevó
a Jesús junto al pozo, le lavó los pies, sacudió y limpió su manto
y le ofreció bebida y comida. Con estos hombres y otros que
habían venido de Salamina, Jesús pasó de campo en campo,
enseñando con parábolas sobre la siembra y la cosecha y la se-
paración del trigo de la cizaña y de la mala hierba que se echa
al fuego. Cuando terminaba en un grupo, éste volvía al trabajo,
y Jesús pasaba a otro.
Los hombres cortaban los haces de trigo y los alcanzaban
a las mujeres, que venian detrás de ellos: éstas los ataban y los
transportaban a un lugar destinado. Las mieses más bajas, que-
daban en pie; pasaban luego mujeres pobres del lugar, que las
cortaban y las guardaban, como también las que caían en el
suelo durante el trabajo de los segadores. Estas mujeres llevan
la cabeza cubierta o no, según sean casadas 0 doncellas, y se
protegen contra el sol con un sombrero de corteza. Jesús anduvo
así hasta media hora de camino entre estos labradores; después
regresó a la fuente de la escuela donde les ofrecieron, a Él y a los
suyos, una especie de jugo, miel, panecillos, frutas y bebidas en
pequeños recipientes. El pozo de agua es verdaderamente muy
bello, y está rodeado de hermosos árboles. Se bajaba a él por
muchas gradas y había un fresco muy agradable a pesar del
calor del estío. En sitio aparte vivían las mujeres que prepa-
raban la comida a los trabajadores; venían cubiertas con su
velo. Jesús les enseñó el Padrenuestro, explicando sus peti-
ciones. Por la tarde se reunieron los segadores en la escuela,
donde Jesús explicó las parábolas antedichas, hablando del
maná, del pan de cada dia y del pan del cielo. Luego visitó con un
maestro y otros las casas de los enfermos, sanando a muchos
que yacían en pequeñas piezas pegadas a las viviendas habitadas.
De este modo llegó Jesús a casa de una mujer enferma de
hidropesía. Su casa era tan pequeña casi como la cama donde
estaba tendida. El techo era desarmable. Se acercaron hombres
y mujeres y sacaron el techo. Jesús le preguntó: “Mujer, ¿quie-
res sanar?” Ella contestó con humildad: “Como el Profeta lo
quiera, lo quiero yo también”. Jesús le dijo: “Levántate, tu fe
te ha salvado”. Se levantó la mujer y dijo: “Señor, conozco tu
gran poder; muchos han querido sanarme y no han podido”.
Dio gracias con los de su familia, y alabó a Dios, y muchos
vinieron y se admiraban de verla sana. Jesús volvió al lugar
de su enseñanza.
Mientras tanto he visto en Salamina a Mercuria en gran
agitación, paseándose de un lado a otro en el interior de su
casa. Lloraba, se estrujaba las manos y permanecía largo tiem-
po abismada en un rincón. Su marido, que parece un tanto
retardado, y su sirvienta, la tenían ahora por loca. Pero Mer-
curia está llena de arrepentimiento y piensa cómo podrá aban-
donar esta su vida y juntarse con las santas mujeres de Pa-
lestina. Tiene una hija de ocho años, otra de nueve y un niño
de cinco. Su casa está junto al templo, es grande, con gruesas
murallas, muchas habitaciones para la servidumbre, con terra-
zas y jardines. La llaman para que vaya al templo, pero ella
se resiste diciendo que se encuentra enferma. El templo es un
edificio grande, con columnas, cámaras para sacerdotes y bóve-
das. Adentro hay una enorme figura de la diosa, que brilla co-
mo oro: es un cuerpo de pez, con cabeza y cuernos como de
vaca; tiene delante de si otra figura sobre cuya espalda ella
pone su corto brazo. El ídolo está sobre una altura y tiene
aberturas donde se quema incienso o cosa parecida. Se ofrecen
niños mal conformados. La casa de Mercuria es la que fue un
día la vivienda del padre de Santa Catalina, que se llamaba
Costa. Santa Catalina nació y se crió allí. Su padre era descen-
diente de un principe de Mesopotamia, premiado por sus servi-
cios en la guerra, con posesiones en Chipre. Estando en Chipre
se casó con la hija del sacerdote pagano, a la cual pertenecía
Mercuria. Desde niña Catalina estaba llena de ciencia, tenía
visiones y era guiada por el cielo. No podía ver ni tolerar a los
ídolos y los ocultaba como podía. Por esta causa fue reprendida
y encerrada por su padre. Las ciudades de aquí no están for-
madas como entre nosotros. Hay edificios muy grandes, con
terrazas y muros muy gruesos, donde cavan viviendas las gen-
tes pobres. A veces hay sobre los muros caminos y sendas; y
hasta se ven árboles sobre ellos. Reina en Salamina mucho
orden. Cada clase de habitante tiene sus barrios y calles propias.
Hasta a los niños de la escuela los veo reunidos principalmente
en algunas calles. En otras calles sólo andan animales de carga.
Los filósofos tienen una casa grande para sí, con terrazas y
jardines y los veo caminar casi siempre en sus propias calles.
Andan reunidos, de a cuatro o cinco, envueltos en sus largos
mantos y discuten entre ellos. Veo también que los que vienen
toman todos por una calle y los que van lo hacen por otra.
Esto lo observo en todas las calles de la ciudad. Aquel lugar
donde el gobernador romano recibió a Jesús, es elevado y se
sube a él por escalones. Se ven allí tiendas de mercaderes; a
un lado está el mercado donde veo árboles muy altos que ter-
minan en punta y en sus ramas anchas suelen sentarse los hom-
bres para descansar. El palacio del gobernador mira en esta
dirección.

XXXV
Jesús enseña en la ciudad de Cythrus
Cuando al día siguiente Jesús pasaba de nuevo de un campo
a otro enseñando a los trabajadores, vi que una niebla espesa
cubría la comarca de modo que casi no se veían entre si los
labradores. El sol apareció como una placa blanca sin penetrar
la espesa niebla que cubría la tierra. Veo muchas gallináceas,
codornices y palomas de abultado pescuezo. Hay muchos man-
zanos con fruta diferente de la nuestra. Jesús volvió a enseñar,
en parábolas, del pan de cada día, y sanó a varios niños enfer-
mos que yacían en unas bateas hechas con pieles de animales.
Como algunos se desataran en grandes alabanzas por sus
palabras, Jesús les dijo: “A aquél que tiene se le dará y a aquél
que no tiene se le quitará aún”. Los judíos estaban llenos de
dudas y Jesús les aclaraba lo que preguntaban. Temían ellos
no tener parte en la Tierra prometida. Decían también que
Moisés no necesitó andar por elcamino que anduvo en el de-
sierto: que había otros mucho más cortos. Jesús les dijo que
la Tierra prometida no está sólo en Canaán; que el reino de
Dios podían conseguirlo sin necesidad de andar tanto tiempo
por el desierto; que si ellos murmuraban de Moisés por haber-
los llevado tanto tiempo por el desierto, se cuidasen ahora de no
andar en el desierto del pecado, de la incredulidad y de la mur-
muración, y tomasen, en cambio, el camino corto de la peni-
tencia, del bautismo y de la fe. Estos judíos se habían mezclado
con los paganos de Chipre, de modo que muchos paganos se
hicieron judíos de religión. Con su andar a través de los pra-
dos, llegó Jesús con sus acompañantes al camino principal que
lleva desde el puerto de Chipre, del Noroeste al Este, a algunas
horas de distancia de Salamina. Había aquí un gran albergue
para los judíos, donde descansaron. No lejos veíanse galpones
y otro albergue con un pozo para las caravanas de los infieles.
Este camino está siempre lleno de majeros. Después que lava-
ron los pies a Jesús y le dieron un refresco, llegaron los otros
discípulos que habían quedado en Salamina para bautizar.
Los que acompañaban a Jesús eran unos veinte. Jesús enseñó
al aire libre a los obreros que volvían de su trabajo. Le traje-
ron a algunos enfermos que ya no podían ganarse el pan, y
como los vio llenos de fe, los sanó, y los mandó a trabajar.
Hacia la tarde llegó una caravana de árabes. Venían con
bueyes cargados, que caminaban lentamente, unos detrás de
otros por el sendero angosto. Traían también asnos y camellos
cargados con fardos de algodón. Eran gentes de la región donde
habitó Jetró, de color más oscuro que la gente de Chipre y
habían venido con las naves trayendo mercaderías. La habían
vendido cambiándola con cobre y otros metales y regresaban
ahora con sus nuevas mercaderías para embarcarse. Las bestias
venían con sus pesadas cargas de cobre y metal para cambiar
con otras mercaderías. Las mujeres eran hacendosas y se ocupa-
ban de tejer e hilar, cuando plantaban sus tiendas, sacando el
algodón de los fardos de sus bestias de carga. Cuando hubieron
descargado sus bestias, saludaron a Jesús y le pidieron permiso
para escuchar su enseñanza. Jesús alabó su diligencia y su
trabajo y les preguntó con qué fin trabajaban tanto. Con esto
los llevó a la noción de Dios Creador y Dador de todo bien, al
deber de gratitud para con Dios y a la bondad de Dios que va
en busca, como un pastor, de la oveja descarriada y perdida.
Les habló con mansedumbre y bondad. Estaban tan contentos
que querían regalarle toda clase de objetos. Bendijo a sus
criaturas y luego se dirigió con sus acompañantes al Norte, ha-
cia Cythrus, como a cuatro o cinco horas de camino de aquí y
a seis de Salamina. El camino iba subiendo.
Veo en la comarca olivares y plantaciones de algodón y de
otra planta de la cual hacen una especie de seda. Hay por todas
partes un arbusto con flores amarillas que dan un hermoso
aspecto al paisaje. A la izquierda se contemplan altos árboles
sobre las alturas de la montaña. Veo muchos cipreses y arbustos
con especia de resina olorosa. A la izquierda de la montaña veo
correr un torrente formando cascada. Veo que en las montañas
van cavando cuevas, de donde sacan cobre, bronce y un metal
blanquizco como plata. Creo que aquí también derriten metales,
pues solían decir esas gentes que los montes ardían. Después
de cuatro horas de camino, llegó Jesús a un albergue, a media
hora antes de Cythrus. Entraron y el padre de Barsabás y otros
hombres recibieron al Señor y le prestaron los acostumbrados
servicios. Jesús descansó, enseñó y en compañía de los suyos
tomó parte en una comida.
Cythrus está en el fondo de un valle. Jesús entró por la
parte donde se ven talleres de metales. La ciudad tiene habitan-
tes judíos y paganos. En torno se ven muchas casas en medio
de huertas y jardines. Yo estaba muy afligida del gran trabajo
de Jesús en Cythrus y en otras partes, porque de esto no había
noticia alguna en la Sagrada Escritura, como me lo asegura el
Peregrino, como tampoco de lo mucho que han hecho después
Pablo y Barnabás allí en la isla. Tuve entonces una visión sobre
esto, de lo que aún recuerdo lo siguiente. Entre judíos y paga-
nos ganó Jesús en Chipre 570 almas. He visto que la pecadora
Mercuria siguió a Jesús con sus hijos, llevándose dinero y cuanto
pudo consigo. Se juntó a las santas mujeres y ayudó mucho a
las primeras cristíandades y a los primeros diáconos. Vi que
fue muerta, como mártir en la primera persecución que se levan-
tó contra los cristianos, antes de la conversión de Saulo, mien-
tras éste andaba de camino a Damasco. Después de la partida
de Jesús, muchas otras familias judías y otros convertidos emi-
graron de Chipre, llevándose cuanto podían; por esto se origi-
naron entre ellos disgustos y comenzaron a despreciar a Jesús,
llamándolo embaucador. Tanto judíos como paganos estuvieron
de acuerdo en esto y se prohibió hablar más de Jesús. Apresa-
ron a mucha gente y la azotaron, y los sacerdotes de los ídolos
obligaban a los paganos convertidos a ofrecer incienso a los
ídolos. El gobernador romano, favorable a Jesús, fue destituido
y llamado a Roma; y vinieron soldados romanos que custodiaron
las puertas, no permitiendo embarcarse ni salir a nadie de la
isla. Con la crucifixión de Cristo se perdió del todo su memoria.
Si se hablaba de Él era como de un rebelde e impostor y los
creyentes que aún quedaban dudaron y se avergonzaron de
Cristo. Once años más tarde Saulo y Barnabás no mcontraron
ningún rastro de fe en Cristo. No permanecieron mucho tiempo
allí, y se llevaron a algunos de la isla.
De camino a Cythrus, Jesús enseñó a algunos obreros de
las minas, que estaban alquiladas por judíos y paganos. Los
mineros tenían un aspecto demacrado, pálido y miserable y
se vestían de pieles. Jesús enseñó con parábolas del artífice que
purifica el oro y los metales en el crisol. Los paganos judíos
trabajaban en dos lados de la mina y oían la enseñanza de uno
a otro lado. Había entre ellos algunos endemoniados que tra-
bajaban sujetos con sogas: éstos comenzaron a gritar, a agitarse
y a declarar quién era Él y que venía a atormentarlos. Jesús les
mandó callar y se aquietaron. Acudieron mineros judíos a que-
jarse de haber sido robados por otros mineros paganos, y pe-
dían a Jesús que decidiese la cuestión. Jesús hizo cavar sobre
terreno judío y se llegó a aberturas de los paganos. Había allí
restos del metal blanco, plata o cinc: esto los había atraído.
Jesús habló de los bienes ajenos y del escándalo. Los paganos
estaban convictos, pero como no estaban presentes los jefes y
capataces, nada se hizo en definitiva y los paganos se retiraron
murmurando y quejándose.
Cythrus es una ciudad hermosa, de mucho movimiento.
Viven judíos y paganos y se tratan con más familiaridad que
en otros lugares, aunque tengan calles separadas. Los judíos
tienen dos sinagogas y los paganos varios templos. Hay también
entre ellos casamientos, pero siempre con la condición de que
el infiel abrazaba la ley judaica. Desde la ciudad vinieron ancia-
nos y maestros judíos al encuentro de Jesús y dos filósofos pa-
ganos que querían, conmovidos ya, escuchar de nuevo la ense-
ñanza de Jesús. Después que lo llevaron a una casa a propósito
para lavarle los pies y darle algún refresco y alimento, le roga-
ron por algunos enfermos que deseaban su visita. Jesús se diri-
gió a la calle de los judíos y sanó a unos veinte enfermos puestos
afuera. Había estropeados que andaban con muletas y otros tan
deformes que eran llevados. Los sanados y sus parientes canta-
ban las alabanzas de Jesús con frases de los salmos: los apósto-
les procuraban acallarlos y despedirlos. Jesús se dirigió enton-
ces a la casa del jefe de la sinagoga donde estaban reunidos
hombres ilustrados, entre ellos algunos de la secta de los reca-
bitas. Vestían éstos con ropas diferentes de los demás judios y te-
nían costumbres más severas, aunque en muchas cosas andaban
relajados. Tenían para ellos solos una calle y vivían del trabajo
de las minas. Eran de la tribu de aquellos que vivían en el reino
de Bazán en Efrón, donde también se ocupaban en trabajos de
la montaña. Jesús fué invitado por el jefe a una comida dispuesta
para después de la fiesta del Sábado; pero como Jesús había
prometido estar con el padre de Barnabás, invitó a ellos a ir
con Él allá, y que la comida preparada se sirviese a los mineros
y a los obreros pobres del lugar después de la enseñanza en la
sinagoga. Ésta se llenó de judíos; los paganos oían desde fuera
y desde la terraza. Jesús habló del III libro de Moisés, del sacri-
ficio y de Jeremias, tratando del tiempo de la salud. (III Moisés,
25-26; Jeremías, 23, 6-8). Cuando habló del sacrificio vivo y del
sacrificio muerto, ellos preguntaron la diferencia. Después ense-
ñó sobre las ocho Bienaventuranzas.
Estaba en la sinagoga un rabino anciano y piadoso, desde
mucho tiempo enfermo, que se hacía llevar y ocupaba su lugar.
Cuando estaban discutiendo con Jesús, de pronto exclamó el
rabino: “Callad, dejadme hablar”. Como callaran todos, dijo:
“Señor, Tú has ayudado a muchos; ayúdame también a mí;
manda que yo vaya a Ti”. “Como crees, levántate y ven a Mí”.
Se levantó de inmediato el viejo y exclamó: “¡Señor, yo creo!e
Sintióse bien, subió las gradas y fué ante Jesús dándole rendi-
das gracias. Todos los presentes alabaron a Jesús, quien salió
de la sinagoga y se dirigió a la casa de Barnabás. El jefe de la
casa reunió entonces a los obreros pobres para servirles la co-
mida que Jesús y los suyos habían dejado.

 

XXXVI
La casa paterna de Barnabás
El padre de Barnabás vive en las casas desparramadas al
Oeste de la ciudad, formando barrios cercanos a Cythrus. Tiene
una casa hermosa con terraza; las paredes son oscuras como
pintadas al óleo, o con resina, o cosa parecida. Hay plantas y
arcos de flores y ramas; y una galeria en torno de la casa con
columnas. Veo viñedos alrededor y en un sitio madera de cons-
trucción amontonada. Algunos árboles son muy gruesos. Todo
está en perfecto orden, de modo que se puede andar entre estos
materiales que creo son para construcción de naves. Veo carros
muy largos y angostos con ruedas de hierro para transportar las
maderas. Estas carretas son arrastradas por bueyes. No lejos se
ve de aquí un bosque sobre una altura. El padre de Barnabás es
viudo. Una hermana y algunas criadas atienden al orden de la
casa y la comida. Los paganos y los filósofos que acompañaron
a Jesús no están en la mesa porque era Sábado. Paseando en
los pórticos cercanos comen y oyen la enseñanza de Jesús. La
comida consistió en panes, miel, frutas, aves y peces. Había tam-
bién fuentes con carne, hierbas y ensaladas. Jesús habló de los
sacrificios, de la promesa y del cumplimiento de las profecías.
Durante la comida llegaron algunos grupos de niños pobres,
de cuatro a seis años, apenas vestidos. Traían en canastillos hier-
bas y frutas, ofreciéndolas a los presentes a cambio de pan o de
otros alimentos. Estaban cerca de donde se hallaba Jesús con los
suyos. Jesús se levantó, tomó sus canastillos, los vació y los
volvió a llenar de alimentos, y bendijo a los niños. Fue una esce-
na tierna y conmovedora en extremo. Todo el día siguiente
enseñó Jesús detrás de la casa de Barnabás, donde había una
colina muy cómoda con un sitial de enseñanza. Se va a ese lu-
gar por entre caminos de viñedos y parrales. Habló primero a
los trabajadores y mineros, luego a los paganos, y por último,
ante numerosos judios casados con paganos.
Muchos enfermos paganos habían pedido a Jesús que les
permitiera escuchar su enseñanza. La mayoría eran obreros
estropeados llevados en sus camillas para escuchar a Jesús.
Éste les habló de la oración del Padrenuestro, del crisol que
separa la escoria del bronce, y cómo los paganos deben ser
podados de la idolatría, como los árboles y la vid, deben ser
podados e injertados. Ellos debían reconocer un solo Dios. Les
habló del hijo de la familia y del hijo de la sierva y de la voca-
ción de los gentiles a la fe. Habló de los casamientos mixtos,
que no deben ser favorecidos, sino sólo tolerados, y esto para
convertir a la otra parte y no para perderse: sólo pueden tole-
rarse cuando ambos contrayentes tienen los mismos sentimien-
tos. Habló más en contra que en favor, alabando a los que se
mantenían alejados de los casamientos mixtos. Habló de la
responsabilidad de los judíos en la educación de los hijos en
la piedad, de la aceptación del tiempo de la salud que había
llegado, de la penitencia y del bautismo. Después sanó a los
enfermos y comió en la casa de Barnabás.
Lo llevaron a la otra parte de la ciudad donde había gran
cantidad de cajones con abejas en medio de multitud de árbo-
les y flores. Veo un agua surgente y un lago que se forma allí.
Luego fueron a la sinagoga de la ciudad, donde enseñó del
sacrificio y la proximidad de la promesa. Estaban de paso algu-
nos judíos sabios que le hicieron toda clase de preguntas y
dudas, y Jesús salvó sus dificultades. Se veía que tenian mala
intención. Las preguntas se referían a los casamientos mixtos,
y a Moisés que había hecho matar a muchos con ocasión del
becerro de oro que les hizo Aarón y al castigo por esa causa.
El día siguiente me pareció de ayuno o de fiesta para los ju-
díos, pues a la mañana hubo plegarias y enseñanza en la sina-
goga. Después salió Jesús fuera de la ciudad por el Norte.
Llegaron algunos maestros judíos y recabitas. Era como un
centenar de personas. Anduvieron como una hora hacia el lugar
que era el centro industrial de la apicultura. A mucha distancia
se extendían al sol, a la altura de un hombre, los cestos de mim-
bres donde hacen sus panales las abejas. Cada grupo de ellos
tenía su jardín de flores.
Todo estaba cercado y el conjunto parece una aldea. La
parte de los paganos se distingue en seguida por los numerosos
nichos donde estaban sus ídolos en forma de niño fajado termi-
nando en pez. La aldea consistía en pequeñas casas de los cuida-
dores de las abejas, donde guardaban los utensilios de su labor.
El albergue era un edificio grande con muchas divisiones. Había
muchos estrados y colchonetas para descansar. El jefe pagano
de los trabajadores proporcionaba a cada uno lo necesario. Los
judíos tienen sus lugares aparte y sus reuniones para la oración.
Creo que en esta casa tan grande preparan y elaboran la cera y
Ia miel, y es como un depósito de la cosecha. Veo muchos arbus-
tos de hermosas flores amarillas. Las hojas son más bien amari-
llas que verdes y las flores caen al suelo en tal cantidad que lo
tapizan de amarillo. Veo que ponen lienzos debajo de los arbus-
tos para juntar las flores, que luego exprimen para hacer colo-
rantes. Los cultivan en tarros y a veces en los huecos de las
rocas con tierra. Los veo también en la Judea. Hay aquí mucho
algodón. No lejos, quizás una media hora de camino al norte de
Cythrus, corre un torrente desde la montaña, atraviesa la ciudad
y los alrededores por donde vino Jesús. Unas veces corre al aire
libre, otras entubado: creo que echa sus aguas en el acueducto
de Salamina. Al principio es un verdadero lago pequeño. Se ha-
blaba ahora de bautizar en este lugar. Veo una gran cantidad de
flores silvestres por todas partes. A lo largo del camino hay
árboles de naranjas, higueras y pasas de Corinto.
Jesús había venido a este lugar para poder hablar y enseñar
sin molestias, especialmente a los paganos. Lo hizo durante el
resto del día bajo los árboles y entre los jardines. Por momentos
estaban sentados, por momentos de pie; Jesús les habló mucho
de la oración del Padrenuestro y les explicó las Bienaventuran-
zas. Habló a los paganos de la crueldad y obscenidad de sus
dioses, y cómo se introdujo la idolatría: cómo fue separado Abra-
ham por esta causa para mantener la unidad de Dios en su
pueblo. Habló claramente y con severidad a veces. Le escu-
chaban unos cien hombres. A intervalos se alejaban algunos
para tomar alimento en sus casas: pan, miel, fruta y queso de
cabras de forma alargada. El dueño de la casa era pagano, pero
muy atento y humilde. Por la noche los judíos estaban separa-
dos. Jesús enseñaba y rezaba con ellos. Pasaron la noche aquí
todos. En Cythrus hay más movimiento que en Salamina, don-
de se concentra en el puerto y en algunas calles. En la parte
donde llegó Jesús hay una gran feria de animales y aves, y en
las calles de la ciudad se ven pendientes de los comercios toda
clase de telas, mantas y géneros y diversos artículos en venta.
En la parte opuesta viven los mineros: se oye el golpear y el
martillar, de modo que no se puede escuchar la palabra del
vecino. Esto ocurre mayormente en las afueras de la ciudad.
Fabrican toda clase de recipientes, generalmente de formas
ovaladas, con asas y a veces con tapa. Los tuercen, son puestos
luego en el fuego y soplados por medio de largos caños. Por
fuera son amarillos y por dentro blancos. En estos recipientes
despachan toda clase de jugos de frutas, miel y sirope. Los
transportan por agua sobre maderas cruzadas o los llevan arra-
cimados sobre pértigas a su destino.
Al día siguiente volvió Jesús a enseñar en el lugar de las
abejas. El número de los oyentes fue creciendo hasta algunos
centenares. Como Jesús les reprochaba el culto de sus falsos
dioses, pintándoles sus modos, formas y significaciones detes-
tables, algunos paganos que habían llegado con sus bastones de
caminantes, al escuchar estas cosas contra sus divinidades se
irritaron y se marcharon murmurando. Jesús dijo que los de-
jasen: “Es mejor que se vayan; no sea que de lo que oyen decir
se fabriquen algún ídolo más”. Habló proféticamente de la
devastación de esta hermosa tierra, de sus ciudades y templos
y del juicio que vendría sobre todos estos países. Anunció que
cuando la perversidad llegara a su colmo, el paganismo caería
en ruinas. Habló también del castigo de los judíos y de la des-
trucción de Jerusalén. Estos paganos recibían estos avisos con
mejor disposición que los judíos, que siempre solían hacer
objeciones a las proféticas amenazas de Jesús. Éste aludió a
los pasajes de los profetas, los aplicó al Mesías y avisó que ha-
bía llegado su cumplimiento. Añadió que el Mesías se levanta-
ría en medio de los judíos, que no lo reconocerían, se burlarían
de Él, y que cuando Él les dijera claramente que lo era, lo
apresarían para matarlo. Esto no gustó a muchos. Jesús les
mostró lo que ellos habían hecho antes con todos los profetas,
lo que ahora habían hecho con el anunciador y lo que harían
después con el Anunciado por Juan Bautista.
Los recabitas hablaron a solas con Él sobre Malaquías, al
cual estimaban mucho y del cual decían y creían que había sido
ángel y no hombre. Narraban cómo se había presentado como
niño y recibido por personas piadosas; como desapareció después,
de modo que se ignora si ha muerto. Hablaron de sus profecías,
sobre el Mesías, y el nuevo sacrificio. Jesús aplicaba todo esto
a los tiempos presentes y a un futuro cercano. Desde el lugar
de las abejas fue andando Jesús con mucho acompañamiento a
la casa de Barnabás y en el camino, de varias horas, se aparta-
ban muchos para ir a sus casas. Muchos de los acompañantes
eran jóvenes que se iban a embarcar para ir a Jerusalén a las
fiestas de Pentecostés.
Quedaban aún muchos en compañía de Jesús. Delante del
jardín se habían reunido treinta o cuarenta mujeres y donce-
llas paganas y unas diez doncellas judías para saludar a Jesús
y mostrarle su adhesión. Unas tocaban flautas, cantaban himnos
de alabanza y traían guirnaldas de flores y ramos que echaban
a su paso; extendían sus mantas. se inclinaban profundamente
y ofrecían botellitas y cajitas con perfumes, coronas de flores,
hierbas aromáticas y diversos regalos. Jesús agradecía estos
obsequios y hablaba con ellas. Le acompañaron hasta la entrada
de la casa de Barnabás y depositaron sus regalos en la sala de
reuniones. Todo estaba adornado con guirnaldas y flores. Fue
un recibimiento semejante al Domingo de Ramos, pero todo más
tierno y más familiar. Después se retiraron, porque ya oscure-
cía. Me llamaron la atención los trajes de esas doncellas: traían
unas gorritas tan curiosas, que me recordaban las canastillas que
yo, cuando era niña, solía tejer con mimbre. Sobre las gorritas
algunas tenían flores y otros adornos que caían sobre la frente.
En el cuello llevaban diversos adornos. Tenían varios vestidos
muy livianos, de modo que aparecía uno más largo que otro, de
colores amarillo, oro, blanco, azul, con rayas o floreados. Los
cabellos caían largos sobre los hombros, al final recogidos y
con algún adorno. Calzaban sandalias. Las madres alzaban a
sus criaturas. Hacía tres horas que estas mujeres esperaban
allí a Jesús para obsequiarlo.
En la casa de Barnabás hubo una comida, aunque no se
sentaron a la mesa, sino que presentaban a cada uno una ban-
deja con alimentos diversos. Estaban reunidos bastantes ancia-
nos, entre ellos el viejo curado en la sinagoga. El padre de Bar-
nabás es un hombre de recia contextura; se echa de ver que es
un trabajador en maderas. A los hombres de aquel tiempo los
veo mucho más recios y sanos que los de nuestros tiempos.
Después vi a Jesús junto a la fuente, cerca de Cythrus, ense-
ñando en un sitial: preparaba allí a los catecúmenos, mientras
los discípulos bautizaban primero a los judíos y luego a los
paganos. Jesús habló con los maestros judíos y les dijo, respecto
de la circuncisión, que no lo impusiesen a los paganos que se
convertían, si no lo pedían ellos; pero que con todo procurasen
no dar ocasión de escándalo a los demás judíos del pueblo y no
dejarlos juntarse con los judíos en la sinagoga; que en lugar
de la circuncisión material, exigiesen a los paganos que se con-
viertan, la mortificación de las pasiones de la carne, del corazón
y de los malos deseos. Añadió que les daría a ellos enseñanza
aparte, enseñándoles el modo de orar.

 

XXXVII
Jesús en Mallep
Junto al pozo de Cythrus, donde los discípulos bautizaron,
vi varios hombres que, muy reverentes, se acercaron a Él. Esta
multitud de seguidores estaban ahora por separarse, tanto los
recién bautizados como los demás oyentes. Algunos permane-
cieron aún en el lugar y a los nuevos les decían que el profeta
había enseñado toda la mañana hasta ahora. Jesús se había enca-
minado a la gran aldea de Mallep en compañía de sus discípulos
y de siete recién bautizados filósofos de Salamina. Mallep está
habitada por solo judíos, quienes han levantado esta población.
Está edificada sobre una altura, desde donde se ve un espléndido
panorama hasta el mar. Tiene cinco calles que convergen en el
centro, donde han cavado en la roca viva una fuente que recibe
agua desde Cythrus. En derredor del pozo hay cómodos asientos y
está rodeado de hermosos árboles. De aquí se miran los alrede-
dores, llenos de quintas y árboles frutales. Rodea a la ciudad
una doble muralla: la exterior alta y la interior más baja. Mu-
chas viviendas están cavadas en la viva roca y las praderas
verdean de flores y de árboles frutales. Es tiempo de cosecha.
Los hombres viven del comercio de la fruta seca. También fa-
brican mantas, alfombras, esteras, y canastos y canastillos para
el despacho de las frutas secas.
Cuando llegó Jesús le salieron a recibir los maestros de la
escuela con los alumnos y muchos del pueblo. Todos estaban
vestidos de fiesta. Los niños cantaban y tocaban en sus flauti-
tas y traían guirnaldas de hojas y de flores. Las niñas estaban
delante de los niños. Jesús pasaba entre los niños, bendicién-
dolos. Luego fue llevado por los maestros y otras personas,
unas treinta, a una galería donde le lavaron los pies. Mientras
tanto habían colocado a los enfermos, unos treinta, delante de
la puerta de las casas, donde Jesús, al pasar, los sanó de sus
dolencias, mandándoles que le siguiesen hacia el pozo, en el
centro de la población, adonde Él se encaminó. Todos se diri-
gieron con sus parientes, cantando alabanzas a Dios, al lugar
señalado, donde Jesús habló del Padrenuestro, del pan cotidia-
no y de la obligación de dar gracias a Dios. De aqui pasó a la
sinagoga donde habló de la petición: “Venga a nos el tu reino”.
Dijo que ese reino era espiritual, que ya estaba entre ellos, que
no era como el reino terreno y que lo pasarán mal quienes no
lo quieren recibir. Los paganos que lo habían acompañado se
mantenían aquí más retirados que en otras poblaciones mixtas.
Después tomó parte en una comida que le habían preparado los
maestros, en un edificio desocupado expresamente para Él y
sus discípulos.
Había allí un jefe que proveía lo necesario. A la mañana
siguiente volvió Jesús a enseñar en la hermosa sinagoga. Habló
del sembrador, de los campos diversos, de la cizaña y del grano
de mostaza que da tantos árboles y frutos. Tomó ocasión de la
vista de un arbusto que allí crece en abundancia y es de mucha
utilidad. El fruto es colorado y negro, y lo exprimen para usar-
lo como colorante. Los paganos bautizados no entraron en la
sinagoga, sino que escuchaban desde afuera. Cuando más tarde
estaba Jesús sentado a la mesa con los principales del pueblo,
vinieron tres niños ciegos, de unos diez a once años, traídos por
sus compañeros. Tocaban unos instrumentos que tenían en la
boca y modulaban los tonos con los dedos. No eran flautas, sino
instrumentos que daban como un zumbido agradable. Cantaron
dulces melodías. Sus ojos estaban abiertos, pero no veían. Je-
sús les preguntó si deseaban ver, si serían buenos y usarian
bien de la vista. Ellos, muy contentos, respondieron: “Si Tú
quieres, Señor, puedes ayudarnos. Ayúdanos, como Tú quieras”.
Jesús les dijo: “Dejad vuestros instrumentos”. Atrajo a los ni-
ños delante de Sí, púsoles sus dedos sobre los ojos y levantando
una fuente de frutas, les preguntó: “¿Veis esto?”. Los bendijo
y les dio de esas frutas. Ellos, de pronto, vieron; quedaron como
aturdidos, y luego, llorando de alegría, se echaron a los pies de
Jesús. Se despertó una alegría sin término al ver a estos niños
con vista. Volvieron éstos trayendo a sus padres y amigos, que
se allegaron contentos a Jesús, tocando y cantando himnos en
acción de gracias. Jesús habló a todos diciendo que la acción
de gracias es una preparación para recibir nuevas gracias, tan
bueno es el Padre celestial.
Después de la comida anduvo Jesús con los suyos y con
los filósofos paganos en torno de los hermosos alrededores, ense-
ñando a los filósofos y a algunos oyentes. Otros discípulos ense-
ñaban a grupos de personas. Por la tarde volvió Jesús a ense-
ñar en la sinagoga. Al día siguiente visitó a los padres de los
niños curados de la ceguera. Eran judíos de la Arabia, del lugar
donde había vivido Jetró, suegro de Moisés. Olvidé sus nom-
bres. Habían viajado y estado en Cafarnaúm, donde escucharon
la predicación de Jesús y estaban bautizados. Estas familias,
unas veinte personas, con las mujeres y los niños, eran comercian-
tes viajeros que se detenían donde podían trabajar. Solían que-
darse algún tiempo en este lugar donde tenían un albergue con
sus herramientas de labor los hombres y de tejeduría las mu-
jeres. Los niños ciegos seguían a sus padres, y tocando y can-
tando se ganaban algunos centavos. Jesús les dijo que no de-
bían llevarlos en sus viajes, sino dejarlos allí y mandarlos a la
escuela. Les indicó algunas familias buenas que se harían cargo
de los niños. Esto lo había arreglado ya Jesús ayer mismo. Los
padres prometieron hacer como Jesús lo indicaba.

XXXVIII
Jesús enseña a los filósofos paganos
Jesús anduvo con los suyos y los siete filósofos bautizados
por las hermosas praderas que se extienden desde Mallep hasta
el pueblo de Sanìfa, por el Sur hacia la montaña. De ese punto,
desde Cythrus, viene un torrente, casi oculto en la montaña,
cruza Sanifa y va por las praderas en dirección de Mallep. No
es el agua que va al pozo del centro de Mallep. Es indescripti-
ble la hermosura de la región comprendida entre estas aguas.
Desde Mallep se extienden las casas desparramadas hasta Sa-
nifa. Todo es verde, lleno de árboles frutales y de flores. Jesús
anduvo por la parte izquierda del torrente hasta Sanifa. En el
camino habló con unos hombres que estaban por embarcarse
para la fiesta de Pentecostés en Jerusalén. Les dijo que salu-
dasen a Lázaro y que, fuera de él, no hablasen con otros de su
estadía en Chipre. Llegó a la parte norte pasado el torrente
cruzó por una aldea llamada Jeppe. La cosecha ha terminado a
veo a la gente haciendo montones de haces que luego regalan
a los pobres.
Jesús habló a los filósofos, ya caminando, ya sentados a la
sombra de algún árbol. Les habló de la perversión de los hom-
bres antes del Diluvio, de la salvación de Noé y de la nueva
perversión; de la vocación de Abraham y de la guarda de esa
raza hasta el tiempo del cumplimiento de la promesa en que
el Consolador había venir entre ellos. Los filósofos pregunta-
ban muchas cosas y traían los nombres de algunos de los dioses
y héroes antiguos y los grandes hechos que de ellos se contaban.
Jesús les dijo que todos tienen algunos dones de la naturaleza
y con ellos pueden obrar y hacer cosas útiles; pero que sus
hechos estaban mezclados con muchos pecados y cosas perver-
sas. Les mostró la perversión de esos pueblos, que en parte ha-
bían desaparecido, y cómo se habían originado esos ridículos
ídolos que ellos llamaban dioses, mezclados con previsiones y
falsos prodigios obrados por virtud de los demonios; engaños
que después pasaban como verdaderos. Los filósofos hablaban
de un anciano y sabio rey que había venido de la India, llamado
Dsemschid, el cual, con una daga de oro, recibida de Dios, ha-
bía repartido muchas comarcas y hecho muchas bendiciones:
preguntaron a Jesús qué pensaba de ese personaje. Jesús les
dijo que Dsemschid había sido un hombre de natural prudente y
sabio en las cosas de la tierra, un guia de pueblos que al sepa-
rarse después de la torre de Babel había guiado a algunas tribus
a ciertas comarcas, donde las había repartido por tribus y fa-
milias. Les dijo que semejantes guías de pueblos los hubo y
que la raza que guió él no había decaído tanto como otras. Por
otra parte mostró que muchas cosas que se decían de él eran
invenciones y falsedades, que apenas había sido una imagen
del verdadero guía de pueblos que en ese tiempo era Melqui-
sedec. Agregó que debían mirar a Melquisedec y a la estirpe de
Abraham. Al moverse los pueblos y dispersarse, Dios mandó a
Melquisedec para que guiara las mejores tribus, les enseñase a
hacer sus viviendas y se conservasen puras en medio de la
depravación general, y hacerse dignas de que de ellas naciera
un día el Mesías. En cuanto a lo que fuera Melquisedec lo po-
dían ellos entender: era figura de Aquél que había de venir;
que ahora era el tiempo de la promesa y que el sacrificio de
pan y vino que ofreció Melquisedec era figura del sacrificio que
pronto se cumpliría para durar hasta el fin del mundo. Jesús
habló tan claramente y con seguridad de Dsemschid y de Mel-
quisedec que estos filósofos quedaron estupefectos y dijeron:
“¡Señor, eres un sabio!. Parece que Tú hubieras vivido con ellos
en aquellos tiempos y los conoces mejor de lo que se conocieron
ellos mismos”. Jesús refirióse luego a los profetas mayores y
menores, especialmente a Malaquías.
Al entrar el Sábado, Jesús fue a la sinagoga con ellos y
enseñó del III libro de Moisés, del año del jubileo y del profeta
Jeremías. Dijo que cada uno debe cultivar bien su campo para
que nuestro hermano, que lo reciba de nosotros, reconozca en
ello el amor que le tenemos. Al día siguiente continuó hablando
del año jubilar, del cultivo del campo y del profeta Jeremías.
Después, con los suyos y muchos acompañantes, judíos y paga-
nos, dirigióse hacia el Sur, a un lugar de baños de las aguas de
Cythrus. Había allí una hermosa cisterna y asientos en torno,
bajo una techumbre de ramas. Todo estaba dispuesto para los
bautismos. Muchos acompañaron a Jesús a un sitial de enseñan-
za, entre ellos siete novios que habían venido con sus acompa-
ñantes y parientes. Enseñó de la caída del primer hombre, de la
perversión de la humanidad, de la promesa de la redención, de
la depravación, y cómo Dios apartó a algunas razas menos malas.
Les dijo que cuidasen de los casamientos, que hereden las vir-
tudes de los padres y cómo debían santificar el estado del ma-
trimonio por las virtudes y la continencia. De este modo vino
a hablar del novio y de la novia y de una clase de plantas que
hay en la isla, las cuales son fecundadas por otras lejanas y
aun fuera de la isla. Así la esperanza, la confianza en Dios y
el ansia de la salud mesiánica, y la humildad y la contìnencia,
madre de la promesa. De este modo llegó a la significación mis-
teriosa del matrimonio: la unión del Consolador de Israel con
su pueblo, diciendo que el matrimonio era un gran misterio.
Habló tan hermosamente que no puedo expresarlo. Trató de
la penitencia y del bautismo que purifica y quita la mancha
de la separación y hace a todos capaces para tomar parte de la
salud mesiánica.
Jesús se apartó con algunos de los bautizandos para oír su
confesión; les perdonó sus pecados y les impuso algunas obras
buenas y mortificaciones como penitencia. Santiago el Menor y
Barnabás, mientras tanto, bautizaban. La mayoría eran ancia-
nos y algunos paganos; se bautizaron también los tres niños
curados de ceguera, que no lo habían hecho con sus padres en
Cafarnaúm. Después de la conclusión del Sábado preguntaron
algunos filósofos si era realmente necesario que Dios mandara
el Diluvio sobre la tierra; por qué había tardado tanto Dios en
enviar al Consolador, al Mesías. Él podía haber cambiado las
cosas enviando alguno que lo arreglara todo. Enseñó Jesús que
eso no estaba en los designios de Dios: que Dios creó a los ánge-
les con libre voluntad y con dotes celestiales, y que, a pesar de
todo, se apartaron de Dios por soberbia, cayendo en un reino
tenebroso: que el hombre también estuvo con libre voluntad
entre este reino tenebroso y el reino de la luz, y que, sin embar-
go, se echó en el reino de las tinieblas por la fruta prohibida.
Ahora debe el hombre cooperar para que Dios lo ayude a
atraerse ese reino de la luz, y Dios se lo conceda. El hombre quiso
ser como Dios gustando de la fruta prohibida, y no es posible que
reciba ayuda, si el Padre no enviara a su propio Hijo entre ellos,
para que por Él sean de nuevo reconciliados con el Padre. El
hombre está ahora tan pervertido en todo su ser que necesita
de gran ayuda y especial misericordia, para establecer el reino
de Dios en la tierra que habita, pues el reino de las tinieblas
se esfuerza en todas formas por desechar a este reino de la luz.
Les dijo que no era el suyo un reino temporal, sino una reno-
vación, una regeneración y reconciliación del hombre con Dios
Padre, y la unión de todos los buenos en un Cuerpo Místico.
Al día siguiente enseñó nuevamente en ese lugar. Estaban
allí las siete parejas y algunos paganos que habían abrazado la
circuncisión, ya que debían casarse con doncellas judías. Otros
paganos que simpatizaban con los judíos habían obtenido per-
miso de escuchar la enseñanza de Jesús. Primero enseñó Jesús,
en general, sobre los deberes de los casados, especialmente los
deberes de la mujer: que miren a los ojos de su marido y cierren
sus ojos a otras personas. Habló de humildad, obediencia, conti-
nencia, del trabajo doméstico y de la educación de los hijos.
Mientras se apartaban las mujeres para preparar la comida,
Jesús dispuso a los hombres para el bautismo. Habló de Elías y
de la gran sequía que hubo en sus tiempos y de la nube que
trajo la lluvia por la oración de Elías. También hoy había una
espesa neblina sobre el campo, como hace unos días: casi no se
veían los alrededores. Jesús habló de esa sequía como castigo
por la idolatría del rey Acab. La gracia y la bendición se habían
alejado: había también sequía y dureza en los corazones. Habló
del escondite de Elías, junto al arroyo Karith, a quien el cuervo
le traía el pan; cómo llegó hasta la viuda de Sarepta y cómo la
ayudó; luego de su victoria sobre los sacerdotes de los ídolos en
el Carmelo y de la nube que se deshizo en agua y regó esa tierra.
Comparó esa lluvia con el bautismo de ahora, exhortándolos a
convertirse y a no permanecer en la dureza y en el pecado
como Acab y Jezabel, después de esta lluvia del bautismo que
recibían. Mencionó a Ségola, piadosa mujer pagana venida de
Egipto, y que, establecida en Abila, había hecho mucho bien y
obtenido de Dios gracia y bendiciones. Explicó cómo deben los
paganos esforzarse para santificarse y conseguir la gracia de
Dios. Estos paganos sabían mucho de Elías y de Ségola.
Después del bautismo de los novios, fue conducido Jesús
con los suyos, los novios y los rabinos a una comida en la aldea
de Jeppe, al Oeste de Mallep, invitados por el maestro de los
judíos del lugar, cuya hija era novia de uno de los filósofos
de Salamina. Había éste escuchado la enseñanza de Jesús y se
había hecho judío, recibiendo la circuncisión. El camino hasta
allí iba subiendo; luego se bajaba en medio de una galería de
árboles y de plantas. Por Jeppe pasaba el camino que llegaba
hasta la población y el puerto de Cirinia, como a dos horas de
allí. El otro camino, donde Jesús habló con los árabes, va hacia
el puerto de Sapithus, más al Oeste. En Jeppe viven los paga-
nos en una hilera de casas a lo largo de la senda principal.
Veo comercio e industria aquí. Los judíos viven separados y
tienen una hermosa sinagoga. Veo en los jardines de los paga-
nos ídolos de niños fajados, y en lugar público, en el camino,
un ídolo grande con cabeza de buey. Entre los cuernos tiene
como un haz; está sentado sobre sus piernas y sus manos de-
lanteras cortas cuelgan por delante. La comida fue muy senci-
lla: aves, peces, miel, panes y frutas. Las novias y sus doncellas
estaban sentadas aparte, con sus velos. Vestían trajes largos;
sobre la cabeza tenían coronas con adornos de plumas de color
y algodones variopintos. Jesús enseñó, durante y después de la
comida de bodas, sobre la santidad del matrimonio; dijo que
los hombres debían tener una sola mujer, pues había aquí
cierta facilidad en divorciarse para tomar otra mujer. Habló
sobre esto con severas palabras, y contó parábolas del banquete
nupcial y de los viñadores perversos que maltratan al hijo
enviado por el rey. Los tres niños sanados tocaban y cantaban
con otros; luego hubo diversos juegos.
Anochecía cuando Jesús con los suyos volvió a Mallep.
Desde una altura del camino se veía un hermoso panorama,
que llegaba hasta el mar de luciente y tranquila superficie.
En Mallep todo era movimiento por las bodas de las siete pare-
jas. Parecía que toda la ciudad tomaba parte en la fiesta, pues
la gente vive aquí como si fueran hermanos. Pobres del todo no
se ven: los que hay viven aparte y son atendidos por la co-
munidad.

 

XXXIX
Las fiestas de bodas en Mallep
La ciudad estaba edificada con orden y concierto. Parecía
una gran torta dividida en cinco partes iguales. Las cinco calles
terminan en el centro donde hay una hermosa fuente rodeada
de árboles y terrazas. Cuatro partes de la ciudad están cruzadas
por dos sendas transversales que van a parar también al centro
de la ciudad. En una de estas calles circulares hay un gran
edificio donde viven las viudas o personas ancianas que no tie-
nen sostén. Son mantenidas por la comunidad: las que pueden
dan enseñanza a los niños y cuidan de los huérfanos. Hay otra
casa para viajeros pobres y para extranjeros, mantenida por la
comunidad.
En las otras partes hay edificios públicos y por el medio
corre el acueducto que lleva el agua al centro. Se ve allí un
mercado público, albergues y una casa para vigilar a los ende-
moniados, a los cuales no se les deja vagar sueltos. De estos
Jesús sanó a algunos que le habían traído con los enfermos.
En otra parte de la ciudad se levanta el gran salón de fiestas,
junto a la fuente, formando su techumbre igual altura que la
fuente central. La entrada a esta sala no mira a la fuente del
centro, sino a otra dirección, donde se encuentra el pórtico de
la sinagoga. A este lugar no pueden concurrir cuando quieren
los habitantes sino con permiso, en las fiestas establecidas. Toda
la mañana estuvieron arreglando y adornando la sala. Jesús
estaba en el albergue y acudían a Él hombres y mujeres en busca
de consejo, consuelo y enseñanza, pues debido a la convivencia
con los paganos se daban muchas ocasiones de dudas y escrú-
pulos en la conducta práctica. También vinieron las parejas y
estuvieron largo rato escuchando sus enseñanzas. Recibió luego
a las novias una por una; a quienes confesaba y daba normas
de conducta. Les preguntaba por qué se casaban, si habían pen-
sado en los hijos y en su educación, que es fruto del temor de
Dios, de la continencia y moralidad. Sobre estas cosas no esta-
ban instruidas.
En los caminos se pusieron arcos de ramas, coronas de flo-
res y de frutos y alfombras, y se levantaron galerías y palcos
desde los cuales se podía ver la fiesta. Delante de la sinagoga
había unos arcos de ramajes con hojas y flores. He visto traer
a la casa de banquetes utensilios para la comida: los que con-
tribuían con algunos objetos tenían derecho a tomar parte en
la fiesta. Traían los alimentos sobre tablas que luego servían
de mesas; eran como ramas o mimbres tejidos: sobre ellos se
extendía el mantel y debajo ponían los comestibles que se
extraían por los lados. Los comensales estaban como echados
sobre alfombras, apoyados en almohadas. Bajo la glorieta donde
estaban los casados habían corrido una techumbre de tela. Jesús
fue rogado de ir allí con los suyos y como había entre los no-
vios algunos ex paganos, los filósofos y otros paganos se mantu-
vieron a cierta distancia. Las siete parejas vinieron de distintas
direcciones con sus acompañantes, músicos y cantores: niños y
niñas coronadas de guirnaldas de flores. También venían los
parientes del novio y de la novia. Los novios vestían grandes
mantos y fajas anchas con letras e inscripciones: traían calzado
blando y en las manos pañuelos amarillos. Las novias tenían
vestidos largos adornados con piedras y perlas. Traían velo y
sobre la cabeza coronas hechas de seda con plumas de color.
Los velos eran de seda y muy vistosos. Llevaban antorchas bas-
tantes largas, que sostenían en las manos con un pañuelo oscuro,
y calzaban botines o sandalias blancas.
En estos casamientos hechos por los rabinos, he visto usos y
prácticas diversas cuyo orden no recuerdo. Leyeron en nume-
rosos rollos, oraciones y las fórmulas del contrato. Las parejas
se adelantaban bajo el dosel, y al terminar, los parientes arro-
jaban sobre ellos granos de trigo con palabras de bendición y
de prosperidad. El rabino hería levemente al novio y a la novia
en el dedo meñique y mezclaba algunas gotas de la sangre de
ellos en un vaso de vino, que luego bebían los esposos. Al con-
cluir el esposo entregaba el vaso por detrás y era puesto en una
fuente con agua. De la herida hecha en el dedo corría alguna
gota en la palma de la mano y se daban la mano frotando sobre
esa sangre. La herida se cubría con una venda blanca y luego
se cambiaban los anillos. Creo que tenían dos anillos, uno en el
meñique y otro en el anular. Luego ponían un lienzo bordado
sobre la cabeza de los esposos. La novia volvía a tomar con el
paño oscuro la antorcha que había entregado al acompañante y
con la derecha la ponía en la mano derecha del novio, el cual
la pasaba a su mano izquierda y de allí a la izquierda de la
novia. Por último la devolvían a los acompañantes. En estas
ceremonias he visto que bendecían un vaso de vino, del cual
tomaban todos los parientes. Cuando estaba casada, la acompa-
ñante le quitaba la cinta de la cabeza y le ponía el velo. Enton-
ces vi que el conjunto del adorno del cabello era postizo. Esta
ceremonia la hacían entre tres rabinos y duraba tres horas.
Luego se dirigía la comitiva de la esposa hacia la sala de fiesta,
a través de la galería de ramajes. Los hombres iban detrás
mientras los presentes decían palabras de felicitación y augu-
rios. Después de la comida se pasaba a los jardines, junto al
acueducto y allí se divertían.
Por la tarde hubo en la sinagoga una enseñanza para los
recién casados. Después que hubieron hablado los rabinos, pi-
dieron que Jesús dirigiese su palabra a los recién casados. Al
día siguiente volvieron las siete parejas al salón de fiestas,
entre música y acompañados de todos los invitados. Los discí-
pulos de Jesús estaban entre ellos, pero hicieron esta vez la
parte de servidores en las mesas. Presentaron a los esposos tor-
tas y frutas en hermosas fuentes, con adornos de manzanas de
oro y hojas doradas entremezcladas con flores. Intervinieron
coros de niños y niñas con canto y música: eran extranjeros y
trabajaban a cambio de panes y otros comestibles. Luego can-
taron los tres niños sanados y otros coros de la ciudad; y por
último se inició un movimiento de danza muy particular en una
glorieta cuadrada con piso de hojas y flores. Parecía que hubiera
tablones movibles sobre un piso vacío. Todo estaba cubierto de
hojarasca y de musgo. Los danzantes se tocaban con los pañue-
los. Su danza eran movimientos rítmicos y las mujeres y las no-
vias tenían el velo recogido. Se sirvieron algunos refrescos en
los cuatro ángulos de la glorieta. Luego entre música y cantos
salieron afuera para caminar por los jardines cerca de la fuente.
Se inició una serie de juegos, consistentes en carreras, saltos y
tiros de objetos al blanco. Los hombres jugaban separados de
las mujeres. Se daban premios a los ganadores y penas a los
perdedores. Los objetos eran monedas, correas, pañuelos y telas
que llevaban al cuello. El que no tenía consigo nada debía obte-
nerlo de un mercader estacionado en las cercanías.
Lo que ganaban los vencedores como lo que perdían los
otros, era entregado a los ancianos que lo repartían a los pobres
que estaban allí mirando. Las novias y doncellas jugaban por
premios de anillos y brazaletes. Las que corrían carreras se
ceñían los vestidos, cubriendo sus piernas con otras telas y reco-
giéndose los velos por atrás, Eran ágiles y esbeltas. A veces se
sujetaban con la mano izquierda a la faja de la compañera, for-
mando un círculo que se movía: con la derecha una arrojaba a
la otra una manzana amarilla que debía barajar la compañera,
y si no lo conseguía debía inclinarse hasta recogerla del suelo
sin salirse de la fila. Por último jugaron un desafío entre hom-
bres y mujeres: un círculo de mujeres arrojaba al de hombres
frutas amarillas que, al encontrarse y chocar en el aire, reven-
taban, provocando la risa de unos y otras. Hacia la tarde vol-
vieron a sus casas con acompañamiento festivo. Esta vez los
esposos fueron paseados en asnos muy adornados; las mujeres
se sentaban de lado. Acompañados de música, canto y aclamacio-
nes volvieron a la sala de fiesta, donde se sirvió la cena.
Los novios se dirigieron a los rabinos y pronunciaron en la
sinagoga su voto de continencia para determinadas fiestas o ayu-
nos. Se les imponía una penitencia si quebrantaban ese voto.
Prometían velar en la noche de Pentecostés y pasarla juntos
en oración. Desde la sala de fiestas cada pareja fue llevada a su
casa. La persona que llevaba al matrimonio a la casa propia,
estaba de pie delante de ella, y los parientes llevaban al otro
desde la sala de fiestas a la casa dando antes tres vueltas alre-
dedor. Los regalos de bodas eran llevados jubilosamente a la
casa y los pobres del lugar recibían una parte de ellos.

 

XL
La fiesta de Pentecostés. Visión del pasaje del Mar Rojo
En Mallep todo son preparativos para la fiesta, limpiando,
adornando y preparando los baños para las purificacionea. La
sinagoga y muchas casas están adornadas con enramadas, hojas,
festones y flores,y los pisos con hojas y flores. La sinagoga fue
también perfumada e incensada y los rollos de las Escrituras
están adornados con coronas de flores. Delante están cociendo
los panes para esta fiesta  y los rabinos bendicen la harina que
se emplea. Dos panes tienen que ser de  la cosecha del presente
año. Para los otros panes y especies de tortas delgadas y largas
que se rompen con los dientes, se usa harina que anticipada-
mente han traído de la región donde Abraham asistió al sacri-
ficio que ofreció Melquisedec. Esta harina fue enviada hasta
aqu´en tarros: la llaman la semilla de Abraham. Estos panes
eran ácimos y debián estar listos para las cuatro de la tarde.
Habia además ciertas hierbas, que eran bendecidas por los
rabinos.
A la mañana siguiente enseñó Jesús delante de los paganos
bautizados y de los judíos ancianos sobre la fiesta de Pente-
costés, la ley de Sinaí y el bautismo, diciendo cosas muy miste-
riosas. Habló mucho de los profetas: de los panes santos que
se bendecían en Pentecostés, del sacrificio de Melquisedec y
de sacrificio anunciado por Malaquías. Dijo que la institución
de ese sacrificio estaba cerca y que cuando volviera esta fiesta,
vendría una gracia nueva sobre el bautismo, y que todos los
bautizados que habían creído en el Consolador, serían partici-
pantes de sus dones y gracias. Como se suscitara entre ellos
discusión sobre las cosas dichas, Jesús tomó aparte a unos cin-
cuenta de los mejores dispuestos a creer, despidiendo a los de-
más para hablarles en otra ocasión. Anduvo con ese grupo
selecto por los alrededores de la ciudad y del acueducto, ense-
ñando y aclarando su doctrina. A veces los veía detenerse y
formular ellos toda clase de preguntas. Jesús contestaba y a
veces levantaba el dedo, como señalando. He visto que cuando
hablan, ellos lo hacen con muchos visajes y ademanes con las
manos o los dedos. Cuando les habló de la gracia que vendría
y de la salud que se consigue sólo por el bautismo y de aquel
sacrificio único que se iba a instituir, preguntaron si el bautis-
mo tenía esa gracia que les anunciaba. Les dijo que sí, si per-
severaban en la fe y reconocían ese sacrificio que instituiría.
Les dijo que hasta los Padres antiguos, que no habían tenido
este bautismo, pero que deseaban y esperaban al Mesías en
espíritu, recibían ayuda y redención por esa fe en el futuro
sacrificio y en este bautismo. Les habló de la oración perseve-
rante, en esta fiesta, que los piadosos israelitas observaron
siempre pidiendo el cumplimiento de la promesa del Redentor
y Consolador de Israel. Jesús dijo en estas ocasiones cosas muy
profundas que ya no me es posible reproducir. He visto luego
que trajeron a Jesús y a los suyos alimentos, desde la sala de
fiestas al albergue y que más tarde volvió con sus discípulos.
Los paganos venidos de Salamina se volvían ahora, y Jesús
los acompañó durante un trecho. Los exhortó a no dejarse enre-
dar de nuevo en el culto de sus dioses y a no entregarse a la
especulación y que, cuando pudiesen, abandonaran esta tierra de
paganos para vivir entre judíos: oí en esta ocasión que les habló
de las comarcas de Jerusalén, de la Judea, entre Gaza, Hebrón
y Jericó. Les recomendó que viesen a Lázaro, a Juan Marcos,
al sobrino de Zacarías y a los padres del discípulo Manahem, a
quien había dado la vista. Antes del Sábado, los niños de la
escuela fueron a recibir solemnemente a los rabinos para acom-
pañarlos a la sinagoga. Lo mismo hicieron las doncellas con las
recién casadas y los jóvenes con los esposos. Jesús fue también
con los suyos a la sinagoga. En este culto no hubo predicación:
sólo se leía, se oraba y se cantaban salmos. Los panes benditos
fueron partidos y distribuidos en la sinagoga. Los conservaban
en las casas como cosas benditas contra enfermedades, daños e
influencias diabólicas.
Muchos judíos, entre ellos los siete esposos, pasaron toda la
noche en la sinagoga, en oración. Numerosas personas de la ciu-
dad salían en grupos de diez o doce y se iban a orar al aire libre,
a las colinas o a los jardines. Llevaban una antorcha sujeta a
un palo largo y a su luz pasaban la noche cantando salmos y
rezando. Los discípulos y los paganos bautizados hicieron lo
mismo, mientras Jesús se retiró para hacer oración solo. Las
mujeres se reunían en sus casas para rezar.
El día de Pentecostés se pasaba toda la mañana en la sina-
goga en la oración, en el canto y en la lectura de la Torá. Tam-
bién se hacía una especie de procesión. Los rabinos, tomando a
Jesús entre ellos, pasaban por los alrededores de la sinagoga,
acompañados del pueblo; y, deteniéndose en los cuatro puntos
cardinales, pronunciaban bendiciones sobre los campos, sobre
la mar y sobre los elementos, hacia todas las regiones. Después
de una pausa de dos horas, regresaban a la sinagoga y continua-
ban la lectura, la oración y el canto. En algunas de estas pausas
Jesús preguntaba: “¿Habéis entendido lo leído?” Y explicaba
el sentido de lo que se leía. Se leyó desde el pasaje del Mar Rojo
hasta la llegada de Israel al monte Sinaí.
Yo he visto este hecho y contaré lo que aún recuerdo. Los
israelitas estaban acampados en un valle profundo, como a una
hora del Mar Rojo. Allí el mar era bastante ancho y había varias
islas, como de media hora de camino en su anchura. Faraón los
había buscado más al Norte, y como había enviado exploradores,
venía ahora sobre ellos, creyendo tenerlos seguros en su poder.
Los egipcios estaban muy irritados por haberse llevado los israe-
litas sus utensilios, muchos ídolos y secretos de su culto idolá-
trico. Cuando los israelitas los divisaron se llenaron de temor
mortal. Moisés oró, les dijo que orasen a Dios y luego les mandó
que lo siguiesen. De pronto la nube que siempre los acompañaba,
se puso detrás de ellos, tan tenebrosa, que los egipcios no podían
verlos. Moisés se adelantó al mar con su vara, que tenía dos bro-
tes y arriba otro, oró, y con su vara hirió las aguas del mar. De
pronto aparecieron delante del ala media del ejército, a derecha
e izquierda, dos grandes columnas de luz, que parecían tener
su raíz en el mar y que terminaban arriba en una llamarada,
al mismo tiempo que un viento impetuoso dividía las aguas a
lo largo del campamento como hasta una hora de camino.
Moisés se adelantó y entró por la bajada suave del fondo del
mar, y todo el ejército de los israelitas lo siguió detrás en un
ancho como de cincuenta hombres a la vez. Al principio encon-
traron el fondo un tanto resbaloso; luego caminaron sobre un
suelo muelle de hierba. Las columnas de fuego los alumbraba
como en plena luz de día. Lo mejor fue que de las islas que
estaban allí, como jardines llenos de árboles y de animales,
pudieron hacer gran provisión de frutas y animales, pues de
otro modo hubieran sufrido escasez de alimento en esos lugares.
Las aguas del mar habían quedado a ambos lados, no preci-
samente como murallas levantadas, sino parecían más bien con-
vertidas en algo semejante a gelatina. He visto que al pasar los
israelitas lo hacían con andar apresurado, casi llevados, como
quienes bajan una pendiente. Era la medianoche cuando entraron
en el mar. El arca con las reliquias de José iba en medio del
ejército. Las columnas de luz parecían nacer de las aguas, y se
movían allí y en derredor de las islas, iluminando todo el paso
a plena luz. Después se perdieron en las alturas en un resplan-
dor. He visto que el agua no se apartó de repente, sino que iba
haciéndolo ante Moisés, abriéndose en cuña, hasta el paso com-
pleto de los israelitas. Las columnas de fuego reflejaban en las
aguas los árboles, los frutos y los animales que había en las
islas para que los israelitas se proveyeran. En tres horas pasa-
ron todos milagrosamente, pues hubieran tardado naturalmente
nueve horas. A unas seis o nueve horas más arriba se veía una
ciudad en la orilla, la cual pereció más tarde en las aguas. Des-
pues de tres horas llegó también Faraón con su ejército a la
orilla del mar y por la oscuridad y la neblina tuvo que retroceder
de nuevo. Finalmente encontró el vado; sin más se metió con
sus hermosos carros y detrás de él todo su ejército. Cuando Moi-
sés, que estaba ya en la orilla opuesta, mandó a las aguas volver
a su lugar, el ímpetu de las aguas, la neblina y el fuego de las
columnas, acabaron con Faraón y su brillante ejército. El pue-
blo de Israel cantó el himno de alabanza a Dios cuando vio a la
mañana el desastre completo de los egipcios. Las dos columnas
de fuego volvieron en la orilla a juntarse en una sola nube, que
los guió luego a través del desierto. No me es posible describir
la belleza de toda esta escena.
Al día siguiente fue Jesús con sus discípulos a dos lugares
de la ciudad donde no había estado aún. Se lo habían rogado
muchos que vivian allí. Sanó a enfermos, hombres y mujeres,
que estaban en lugares preparados para ellos. Consoló y exhortó
a algunos atacados de melancolía, a los cuales devoraba una
aflicción muy grande. En Mallep estaba todo tan bien organi-
zado que cualquiera que padeciera una desventura podía encon-
trar allí un refugio sin desmedro del honor de su familia. Algu-
nas mujeres preguntaron cómo debían conducirse: sus maridos
les eran infieles y ellas no querían acusarlos por temor al des-
honor y a la pena severa que les esperaba. Jesús las consoló y
exhortó a la paciencia; les dijo que pensasen lo que les convenía
más para no dar sospechas a sus maridos: si preferían que los
exhortase Él o alguno de sus discípulos extranjeros. También le
trajeron a muchas criaturas para que las bendijera. Por la tarde
fue a una gran casa donde habían reunido, en grupos separados,
bastantes hombres y mujeres enfermos, de condición distinguida.
Había algunos que padecían tan gran melancolía, que lloraban
inconsolables. Sanó a unos veinte y les enseñó lo que debían
comer o beber y cómo purificarse en las aguas. Después juntó
a las mujeres, dándoles una enseñanza, y a los hombres, sepa-
radamente, hasta la tarde. Al terminar se dirigió a la sinagoga.

XLI
Jesús predica severamente en la sinagoga
La lección versó acerca del libro III de Moisés, 26, y de Je-
remías, 17, sobre las maldiciones de Dios a los que no observan
sus mandamientos: de los diezmos, de la idolatría, de la profa-
nación del Sábado. La prédica de Jesús fue tan severa que mu-
chos lloraban y gemían. La sinagoga estaba abierta y el timbre
de su voz resonaba en las afueras en modo imposible de expresar.
Habló de los que esperan en las criaturas y ponen en ellas
su confianza, esperando ayuda y contento. Habló de la atracción
diabólica de los adúlteros de unos a otros, de la maldición de los
que faltan a la santidad del matrimonio, de las consecuencias
que recaen sobre los hijos, siendo los padres los mayores cul-
pables. Las gentes estaban tan conmovidas, que muchos decían:
“Habla como si el día del juicio fuera inminente”. Habló contra
la astucia de los que se creen sabios y de sus maquinaciones. Se
refirió al proceder de aquellos que frecuentaban las escuelas
principales, de las cuales había una allí, donde se aprendían
estas argucias y falsa ciencia.
Después de esta prédica tan severa vinieron muchos a ver
a Jesús al albergue, pidiendo consejo y reconciliación de sus
pecados. Había algunos doctores y alumnos de estas escuelas,
los cuales preguntaban cómo debían portarse en adelante en sus
estudios. También acudieron algunos que tenían negocios y tra-
tos prohibidos con los paganos, porque vivían cerca de donde
ellos moraban. Estuvieron aquellos hombres de los cuales se
habían quejado sus respectivas mujeres, y otros más. Venían
uno por uno ante Jesús, se echaban a sus pies, confesaban su
culpa y obtenían el perdón de los pecados. Estaban especial-
mente preocupados, temerosos de que las maldiciones de sus
mujeres pasaran a sus hijos por su culpa, y preguntaban cómo
podían impedir el efecto de estas maldiciones. Jesús les dijo que
eso se remediaba con el amor y la reconciliación de las que ha-
bían dicho esas imprecaciones y con la penitencia de los que
habían dado motivo. Tales maldiciones deben ser reconocidas
delante del sacerdote y remediadas, para recibir la bendición que
ellos pronuncien. Les dijo que las maldiciones no alcanzan al
alma, pues el Padre dice: “Todas las almas son mías”. Tocan
sólo al cuerpo y a los bienes materiales. La carne es la casa y
el instrumento del alma, y un cuerpo maldecido refluye en el
alma y aumenta el peso ya de por si tan grave.
En esta ocasión he visto, en efecto, cómo obra la maldición
diferentemente según la intención del que maldice y según el
ser de los hijos. Muchos de los que están poseídos y sufren
convulsiones tienen su origen en estas maldiciones. Los hijos
ilegítimos los veo especialmente con estas fallas e inclinaciones
malas tanto en lo material como en lo espiritual. Tienen en si
algo de aquello que yo veía que tenían los hijos de Dios que se
unían y casaban con las llamadas hijas de los hombres. A me-
nudo son hermosos, despiertos; pero llenos de codicia, de malos
deseos; quisieran atraerlo todo a si mismos, no reconocen sus
fallas naturales. Llevan el sello de su origen malo en su pro-
pia carne y así su propia alma se contamina y está en peligro
de perderse.
Después que Jesús atendió en particular a cada uno de
estos hombres, tuvieron ellos que traerle a sus mujeres. A cada
una de ellas les anunció el arrepentimiento de sus maridos y
cómo debían reconciliarse con ellos y retirar las imprecaciones
que habían pronunciado. Si esto no lo hacían de corazón, vendría
sobre ellas la culpa de una mayor caída. Las mujeres lloraban,
dieron gracias y prometieron remediarlo todo. A varios de ellos
el Señor los reconcilió hoy mismo, llamándolos a su presencia,
pidiéndoles su consentimiento, juntándoles las manos, ponien-
do su estola encima y bendiciéndolos. La mujer de un adúltero
reconciliado, quiso quitar solemnemente el efecto de sus mal-
diciones de la cabeza de los hijos de su infiel marido. cruzando
sus manos con las de su marido sobre las cabezas de los hijos
habidos con una mujer pagana, y en presencia de Jesús bendijo
de corazón a los hijos de su marido infiel. Jesús imponía alguna
penitencia a los adúlteros, como una limosna, un ayuno, conti-
nencia y oración. El hombre que había pecado con la pagana
estaba ahora muy arrepentido. Invitó a Jesús a una comida y
Jesús fue a su casa con los suyos. Estaban presentes algunos
rabinos. los que, como todos, estaban maravillados de lo que
veían, pues ese hombre era tenido por liviano, mundano e indi-
ferente de los sacerdotes y profetas. Era hombre rico, tenía cam-
pos que cultivaban sus siervos y su casa no estaba lejos de aque-
lla gran sala donde Jesús habia sanado a sus enfermos. Durante
la comida vinieron dos hijitas de la casa, las cuales se acercaron
y derramaron un precioso ungüento sobre la cabeza de Jesús.
Después de la comida fue Jesús con los demás a la sina-
goga para terminar la festividad del Sábado. Jesús siguió su
predicación de ayer, pero ya no tan severo, y dijo que Dios
nunca abandona a los que en Él confían y le invocan. Después
habló de la demasiada afición a los bienes terrenos, y los exhortó,
si creían de veras a su palabra, que cuanto antes volvieran a Pa-
lestina, dejando la compañía peligrosa de los paganos y siguie-
ran la verdad entre las gentes de su misma nación. Añadió que
la Judea era suficientemente grande para mantenerlos a ellos
también, aun cuando tuvieran que habitar bajo tiendas antes
de establecerse mejor. Añadió que era preferible abandonarlo
todo antes que perder el alma con sus aficiones a las buenas
casas y comodidades, bienes que conducen al pecado. Para que
el reino de Dios venga a ellos era necesario que ellos le fueran
al encuentro. Que no se gloriaran de sus cómodas casas y bie-
nes terrenos en este alegre lugar, porque la mano de Dios muy
pronto los alcanzaría y perderían todo lo que tenían y sus
viviendas serían destruidas. Sabía Él, añadió, que su religión
era más de apariencia, que descansaba sobre las comodidades y
las riquezas y la indiferencia por las cosas de Dios. Buscaban
riquezas de los paganos y trataban por medio de la usura, del
comercio, de los trabajos en las minas y de casamientos de
atraerse a los paganos. Añadió que todo lo perderían muy pron-
to. Adivirtióles de los peligros de esos casamientos con los pa-
ganos, porque luego se tornaban indiferentes a las cosas de
religión y buscaban sólo dinero, bienestar y vivir con más li-
bertad y más licencia de costumbres. Todos estaban conmovidos
y muchos pidieron hablar luego con Jesús a solas.
Al día siguiente estuvo Jesús en muchas casas amonestando,
consolando y reconciliando a los desavenidos. Estuvieron con Él
algunas mujeres que se acusaron de tener hijos fuera del ma-
trimonio. Jesús hizo llamar a sus maridos y los volvió a unir
con ciertas ceremonias. Los mismos hijos fueron recibidos por el
marido y bendecidos, aunque ignoraban la razón de la ceremo-
nia que se hacía con ellos. Para las mujeres fue una gran peni-
tencia tomar a su cargo a los hijos que sus maridos infieles les
habían traído; pero lo hicieron de corazón y esto fue motivo de
que los hombres tomasen para si y bendijesen a los hijos que le
traían algunas mujeres infieles. De este modo se llegó a una cor-
dial reconciliación, se evitó el escándalo y se quitó el mal
ejemplo.
Muchas personas fueron a ver al Señor con motivo de las
palabras severas y de las exhortaciones que habían hecho de
que se fueran a Judea. Les había gustado su predicación y se
consideraban como judíos de la Diáspora; pero eso de abando-
nar el lugar y volver a la Palestina no les agradaba. Estaban
tranquilos, con vida cómoda, con mucho comercio y teniendo
parte en las ganancias de las minas. Se enriquecían, decían
ellos, a costa de los infieles; no eran molestados por los fariseos
ni oprimidos por Pilatos. Estaban en las mejores condiciones,
aunque expuestos a grandes peligros morales por vivir en me-
dio de los paganos. Los campos y posesiones de los infieles lin-
daban con los de los judíos y las hijas de los paganos se casaban
mejor con los judíos, porque éstos no trataban como esclavas a
sus mujeres, como era costumbre entre los infieles. Por este
motivo las doncellas paganas trataban de ganarse la voluntad
de los jóvenes judíos con regalos, visitas y toda clase de seduc-
ciones. Aunque se hacían judías, no lo hacían de verdad, sino
de conveniencia, y así traían la indiferencia religiosa y la diso-
lución de costumbres en las familias de los israelitas. Los judíos
de aquí, no eran tan francos ni hospitalarios como en Palestina:
estaban mejor provistos de comodidades y no eran tan recios y
decididos: así tenían toda clase de excusas para no salir. Jesús
les dijo que también sus padres en Egipto habían tenido cam-
pos y casas y que todo lo habían dejado; les repitió sus predic-
ciones de que serían más adelante infelices en este lugar. Los
discípulos entretanto, especialmente Barnabás, andaban por
los alrededores enseñando y amonestando a la gente. Con Bar-
nabás tenian más confianza y familiaridad; por eso estaba
siempre rodeado de grandes grupos de gentes.