Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre – Sección 2

VI
Jesús predica en la sinagoga de Tirza
Había corrido en toda la ciudad lo acontecido en la cárcel
y en las casas de los enfermos. Muchos de éstos, sanos ahora,
habían ido a la sinagoga; otros se juntaron con Jesús y los após-
toles, todavía ocupados en curar. En la sinagoga había fariseos,
saduceos y ocultos herodianos; había también algunos fariseos
de Jerusalén, que habían venido por recreación y descanso. To-
dos estaban llenos de veneno y de irritación por los hechos de
Jesús, que ponía un contraste tan marcado con su poca caridad
hacia los enfermos y los presos. Había muchas gentes de Bezech.
Jesús habló de las fiestas y su significado, de la manera de
recrearse y de recrear a los demás y consolarlos, y de las bien-
aventuranzas. Dijo: “Bienaventurados los misericordiosos” y
explicó una parábola del hijo perdido, que había contado a los
presos y enfermos; y luego habló de los presos y de los enfermos
y del estado miserable en que se encuentran; cómo están aban-
donados y descuidados, mientras otros se enriquecen con las
cosas que debían ser para el alivio de ellos. Habló severamente
de los cuidadores del lugar, entre los cuales figuraban algunos
fariseos presentes que escuchaban la reprimenda con reconcen-
trada ira. La parábola del hijo pródigo la aplicó a aquéllos que
estaban allí por culpas y delitos de los cuales ya estaban arre-
pentidos y que querían reconciliarse con los suyos. Todo esto
fue en extremo conmovedor. Contó la parábola del rey bonda-
doso que perdona al siervo una gran suma porque le rogó, y él
no perdona las pequeñas deudas de sus compañeros; y la aplicó
a los que dejan podrirse en la cárcel a aquéllos que deben una
pequeña cantidad de dinero, mientras ellos a su vez tienen enor-
mes deudas de pecado para con su Dios y Señor: los ocultos hero-
dianos de aquí hacían poner en la cárcel a ciertos hombres por
causas injustas. Jesús se refirió en general a ellos en su repri-
menda a los fariseos, cuando dijo: “Habrá entre vosotros quie-
nes quisieran saber cómo le va a Juan el Bautista”. Los fariseos
decían con desprecio de Jesús, entre otras cosas: “Él hace la
guerra con las mujeres que le siguen por todas partes; no
alcanzará a fundar ningún gran reino con semejante ejército”.
Pidió Jesús que lo acompañase al jefe romano de la
cárcel y exigió que se diese libertad a todos los presos mediante
la paga de las deudas. Como esto se trató delante de todo el
pueblo, no pudieron los fariseos negarse. Como Jesús fuese con
los suyos al jefe romano, le siguió mucho pueblo alabando su
buena acción. El jefe romano era mucho mejor que los fariseos,
quienes por venganza ponían el rescate muy superior a lo justo;
y así por algunos tuvo Jesús que pagar el cuádruplo. Como no
tenía la suma de dinero consigo, dio en garantía una moneda
triangular, en la cual colgaba un trozo de pergamino, sobre el
cual escribió algunas palabras empeñando el castillo de Magda-
la, que Lázaro estaba en esos días por vender. El precio del
castillo ya lo habían destinado Magdalena y Lázaro para los po-
bres, deudores y pecadores y su rescate. El castillo de Magdala
era mucho mejor que la villa de Betania. Los lados de la moneda
triangular eran de unas tres pulgadas; en el medio estaba la
escritura asegurada y tenía señalada la cantidad prometida. Un
extremo de la moneda estaba sujeto a un trozo movible de metal,
como a una cadenilla de pocos eslabones, y así se aseguraba la
escritura. Después de esta formalidad mandó el jefe sacar a los
presos. Jesús y los discípulos ayudaban en esta tarea. Algunos
eran sacados como de agujeros y pozos y estaban completamente
deshechos, medio desnudos, con los cabellos crecidos. Los fari-
seos se apartaban asqueados de ellos. Otros estaban desfallecidos
y enfermos; caían a los pies de Jesús, que los consolaba y los
animaba, los hizo vestir, bañar y lavar, les dio de comer y les
procuró vivienda y libertad. Debía hacerse bajo vigilancia en
las cercanías de la prisión y en la casa de los enfermos hasta que
en pocos días estuviese pagada toda la caución. Lo mismo se hizo
con las mujeres prisioneras. Todos fueron regocijados con ali-
mentos, que Jesús y los apóstoles les servían. Jesús refería la
parábola del hijo pródigo y de la bondad del padre. De este
modo se llenó esta casa de alegría; fue como una semejanza de
lo que sucedió con Juan, que llevó al lugar del limbo donde esta-
ban los patriarcas, la noticia y el contento de su próxima libe-
ración y rescate. Jesús y los suyos pernoctaron de nuevo en la
casa delante de la ciudad.
Estos acontecimientos fueron referidos a Herodes, el cual
pensó y dijo: “¿Ha resucitado acaso Juan de su tumba?” Y desde
entonces deseó verlo. Había oído hablar a Juan y a otros de Él,
pero no se había preocupado mayormente de Él. Ahora, que la
conciencia le tenía atemorizado, ponía mayor atención a todos
los rumores. Vivía en Hesebon y había reunido a sus soldados y
a los romanos a quienes pagaba.
Desde Tirza a Cafarnaúm, adonde se dirigía Jesús con los
suyos, había un camino como de diez y ocho horas. No fueron
por el valle del Jordán, sino por los montes de Gelboé, atrave-
sando el valle de Abez y dejando el Tabor a la izquierda. Entra-
ron en un albergue, junto al mar de Betulia, y llegaron al otro
día a Damna, donde estaba María Santísima con varias de las
santas mujeres que los esperaban. Los seis apóstoles restantes
habían llegado allí con los discípulos. En Azanoth se juntaron
con ellos los dos soldados de Macherus que Lázaro había enviado
a través de la Samaria.

VII
Jesús en Cafarnaúm y en los alrededores
A Cafarnaúm habían acudido no menos de sesenta y cuatro
fariseos de todos los contornos. Durante el viaje habían averi-
guado los casos de las curaciones más resonantes. Habían hecho
venir a la viuda de Naim con su hijo a Cafarnaúm como tes-
tigos, y al niño del jefe Achías, de Gischala. Habían citado
también a Zorobabel y a su hijo, al centurión Cornelio con su
siervo y criado, a Jairo y su hija, a varios ciegos y estropeados.
Los habían interrogado e inquírido, y oído a testigos, formando
proceso de todos estos casos. Como a pesar de toda su malicia
no pudieron encontrar nada reprensible, se irritaron aún más
y atribuían todos los casos que no podían negar a intervención
directa de un poderoso demonio que le ayudaba. Declararon:
“Va con malas mujeres, subleva al pueblo, impide las limosnas
a la sinagoga, profana el Sábado”, y decían que iban a poner
término a todo este desorden. Asustados los parientes de Jesús
por estas amenazas, por la cantidad de pueblo y por la decapi-
tación de Juan, le pedían que no fuese a Cafarnaúm, sino que
se retirase a otro lugar cualquiera, como Naim, Hebrón, o del
otro lado del Jordán. Jesús los tranquilizó diciendo que iba a
ir a Cafarnaúm, que allí sanaría y predicaría, que cuando en-
frentase a los fariseos, ellos enmudecerían. A los discípulos que
preguntaron qué debían hacer en adelante les dijo que se lo
diría más tarde y que les daría a los doce el don de cuidar de
ellos como Él (Jesús) cuidaba de los doce. Cuando llegó la no-
che se separaron. Jesús se dirigió con María, las mujeres y
parientes al Este, sobre la posesión de Zorobabel, al valle de
Cafarnaúm, hasta la casa de María Santísima. Los apóstoles y
discípulos tomaron otras direcciones.
De noche estuvo Jairo con Jesús y le contó las persecucio-
nes de los fariseos. Jairo perdió su empleo y ahora está del
todo de parte de Jesús. Cafarnaúm está lleno de extranjeros,
de enfermos y sanos, judíos y paganos. Todos los lugares dispo-
nibles están llenos de tiendas, hasta las alturas de los montes.
En todos los rincones se encuentran camellos y asnos pastando.
Al otro lado del mar también se ven lugares llenos de tiendas
de personas que esperan ver a Jesús. Hay gentes venidas de
todas partes del país, y de Siria, Arabia, Fenicia y aun de Chi-
pre. Jesús visitó a Cornelio, a Zorobabel y a Jairo. Su familia
está totalmente convertida; la hija está más sana que nunca,
y es buena y piadosa. Después fue a casa de Pedro, fuera de la
ciudad; está llena de enfermos que le esperan. Hasta los paga-
nos vinieron aquí, cosa que no habían hecho antes, La cantidad
de enfermos era tan grande que los apóstoles tuvieron que ha-
cer tablados para poner a unos más altos que otros. Como eran
tantos no buscaban sólo a Jesús, sino también a sus discípulos.
Preguntaban: “¿Eres tú un discípulo del profeta? Ten piedad
de mí; ayúdame; llévame a Él”.
Jesús, los apóstoles y veinticuatro discípulos estuvieron toda
la mañana enseñando, exhortando y sanando enfermos. Había
algunos endemoniados que gritaban a Jesús, y fueron librados.
Los fariseos no estaban presentes, pero si algunos espías y otros
mal intencionados. Después de haber sanado se fue Jesús a la
sala donde enseñó; le siguieron los sanados y otras personas;
algunos discípulos quedaron con Él y otros se apartaron para ir
a sanar nuevos enfermos. Jesús enseñó sobre las bienaventuran-
zas y contó algunas parábolas. Entre otras cosas enseñó sobre la
oración: que no debe dejarse de orar siempre. Contó y explicó
la parábola del juez injusto, que hace justicia a la viuda por su
importunidad. “Si esto hace un juez malo, cuánto más hará el
Padre celestial”. Les dijo cómo debían rezar, diciendo las siete
peticiones, una después de otra, y explicó el principio: “Padre
nuestro que estás en los cielos”. Ya había explicado algo sobre
esto a los discípulos en el camino; ahora decía el Padrenuestro
entero y las ocho bienaventuranzas que irá declarando en lo
sucesivo. Los discípulos las repetirán. Hablando de la oración,
dijo: “Si un hijo pide a su padre un pan no le dará ciertamente
una piedra y si le pide un pescado no le dará por ventura una
serpiente o un escorpión”. Eran ya las tres de la tarde y María
había preparado, con las santas mujeres y sobrinos de José, de
Dabrath, de Nazaret y del valle de Zabulón, la comida para
Jesús y los discípulos en un edificio cerca de la casa. Hacía ya
varios días que no habían podido hacer una comida en forma
debido a las continuas ocupaciones. La sala de la comida estaba
separada de la sala donde Jesús enseñaba y del patio donde las
gentes se amontonaban escuchando la predicación a través de
las abiertas columnas del corredor. Como Jesús no terminaba de
hablar se acercó María con otras mujeres para pedirle quisiera
tomar algún alimento. No pudieron acercarse por la muchedum-
bre; pero llegó a oído de un hombre este deseo de María. Este
hombre era de esos mal intencionados y espías de los fariseos.
Como Jesús varias veces hablase de su Padre celestial, dijo el
hombre malicioso: “Mira, tu madre y tus hermanos están alli
afuera y desean hablar contigo”. Jesús lo miró y le preguntó:
“¿Quién es mi madre y mis hermanos?” Juntó a los apóstoles a
su lado, e indicándolos, dijo: “Éstos son mi madre -y señalando
a sus discípulos- y éstos son mis hermanos, los que oyen mi
palabra y la siguen; quien hace la voluntad de mi Padre, que
está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
No fué todavia a comer, sino que siguió enseñando; pero envió
a sus discípulos que se turnaran para tomar alimento.
Cuando salió Jesús de la sinagoga le pidieron algunos enfer-
mos que los sanase de sus dolencias, y los sanó. A la entrada
de la sinagoga se presentó a Él un hombre con la mano torcida
y estropeada, y le pidió que lo curase. El Sábado había ya empe-
zado. Jesús le dijo que esperase hasta mañana. Gritaban detrás
de Él unos hombres que traían a un endemoniado atado con
sogas; era sordomudo y estaba furioso. Jesús le dijo que se
echase junto a la sinagoga y estuviese allí quieto y esperase.
El endemoniado se sentó cruzando las piernas, inclinó la cabeza
hacia las rodillas y estuvo quieto durante la enseñanza; sólo
miraba, de lado, hacia Jesús y temblaba de vez en cuando.
La lección del Sábado referíase a Jetró: cómo él aconsejó
a Moisés, cómo llegaron al Sinaí, cómo éste subió al monte y
recibió las tablas de la ley. Habló del profeta Isaías: cómo vio
el trono de Dios y cómo el serafín le purifica la boca con la
brasa encendida (2 Mois. 18-21; Isai. 6, 1-13). La sinagoga es-
taba llena y había muchos afuera escuchando. Todas las puertas
se habían abierto y muchos escuchaban desde los lugares veci-
nos. Había muchos fariseos y herodianos llenos de enojo; los
sanados estaban en la sinagoga, como también los discípulos y
los parientes de Jesús. Los habitantes de Cafarnaúm y los extran-
jeros estaban llenos de entusiasmo por Jesús. No se atrevían
los fariseos a molestar a Jesús. Estaban allí más bien por hacer-
se los valientes delante de los demás que porque en realidad
tuvieran ánimo de contradecir a Jesús. No les gustaba contra-
decir, porque generalmente las respuestas de Jesús los ponían
en ridículo delante del pueblo. Cuando Jesús se alejaba enton-
ces trataban por todos los medios de desacreditarlo y apartar
al pueblo de su enseñanza. Sabían que el hombre de la mano
árida estaba presente y querían ver si sanaba en Sábado para
acusarlo. Eran de los venidos de Jerusalén que querían llevar
algo concreto al Sanedrín. Como no podían acusarle por nin-
gún lado traían siempre la misma dificultad, que ya había re-
suelto tantas veces, lo del Sábado, y Jesús volvía cada vez a
contestar.
Volvieron a preguntar: “¿Es lícito curar en Sábado?” Je-
sús, conociendo sus pensamientos secretos, llamó al de la mano
árida y habiéndose éste acercado, lo puso en el medio, y dijo:
“¿Es permitido en Sábado hacer bien o hacer el mal? ¿Es lícito
salvar una vida o dejarla perder?”. Ninguno contestó. Jesús les
dijo lo que ya había dicho otras veces, una semejanza: “¿Quién
de ustedes, si cae una oveja en un pozo, no la sacará en día
Sábado? Mejor es un hombre que una oveja. Luego hacer el
bien en Sábado, es lícito”. Jesús estaba realmente contristado
por la obstinación de estos fariseos; los miró severamente, pe-
netrando en su interior; luego tomó la mano del hombre con
su izquierda, pasó su derecha sobre el brazo, enderezó los dedos
torcidos, y le dijo: “Extiende tu mano”. Extendió el hombre la
mano y la movió; estaba sana y buena como la otra. Todo fue
en un momento. El hombre se echó a los pies de Jesús, el pueblo
se entusiasmo y los fariseos, llenos de rencor, se retiraron, para
juntarse a la entrada y hablar entre sí. Jesús, mientras tanto,
echó el demonio del endemoniado, el cual pudo hablar y oír.
El pueblo estaba lleno de júbilo. Los fariseos gritaron: “Tiene
demonios; echa los demonios con el poder de otros”. Jesús se
volvió a ellos y les dijo: “¿Quién de vosotros me puede acusar
de alguna injusticia? Si el árbol es bueno, bueno es también
el fruto; si el árbol es malo, lo será también el fruto. Por el fruto
se conoce el árbol. Vosotros, raza de víboras, ¿cómo podéis ha-
blar bien si sois malos? La boca habla de lo que tiene en el
corazón”. Entonces levantaron una griteria los fariseos: “¡Que
acabe de una vez; ya basta!” Uno fué tan audaz que dijo: “¿No
sabe acaso que lo podemos echar fuera de aquí?”.
Después de esto salieron Jesús y los suyos por diversas di-
recciones; Jesús con algunos a la casa de María, y otros a la
casa de Pedro, junto al mar. En la casa de su Madre tomó Je-
sús algún alimento y luego con los doce pernoctó en casa de
Pedro, que por estar más apartado les ofrecía más seguro refu-
gio. Todo el día siguiente se mantuvo Jesús retirado en casa de
Pedro. El pueblo lo buscaba por diversos lugares, pero Jesús
no salió. Aquí, en la casa, hizo venir a su presencia a aquellos
apóstoles y discípulos que habían salido de dos en dos, man-
dándoles contar todo lo que les había sucedido en su misión;
resolvió las dificultades y dudas que les habían ocurrido en
diversos lugares y les dijo cómo debían proceder en casos pare-
cidos. Les dijo de nuevo que quería darles una misión particu-
lar. Los seis apóstoles que habían recorrido la Alta Galilea no
habían encontrado grandes dificultades, y por eso habían po-
dido bautizar a muchos. Los que fueron por la Judea, no ha-
bían logrado bautizar por encontrar más resistencia. Como por
la conclusión del Sábado la multitud se iba engrosando en torno
de la casa, salieron de noche bajo un cielo estrellado y por sen-
deros extraviados fueron a la orilla del lago. Subió Jesús en la
barca de Pedro y pasaron al otro lado, desembarcando entre la
casa del publícano Mateo y la pequeña Corazín. Subieron a la
montaña, junto al puesto de Mateo, porque Jesús quería estar
sólo con sus apóstoles.
Pero el pueblo notó el viaje de Jesús y corrió la voz de tien-
da en tienda entre todos los que lo esperaban. Los que estaban
cerca de Betsaida se embarcaron y los que no pudieron hacerlo
subieron más arriba del Jordán y pasando el puente se dirigie-
ron a la montaña, donde estaba Jesús con los suyos, que se vie-
ron de nuevo rodeados de gran muchedumbre. Los discípulos
ordenaron al pueblo y Jesús comenzó a enseñar sobre las Bien-
aventuranzas y la oración explicando de nuevo el principio del
Padrenuestro. Después de algunas horas aumentó el gentío, vi-
niendo gentes de todos los contornos, de Julias, Corazín, Ger-
gesa, trayendo enfermos y endemoniados. Jesús sanó a muchos,
con los discípulos que ayudaban. Cuando hubo terminado la pre-
dicación se despidió al pueblo citándolo para el día siguiente.
Jesús subió más arriba en el monte y estuvo solo con sus discí-
pulos en un lugar sombreado. Además de los doce estaban allí
72 discípulos, contándose entre ellos los dos soldados venidos de
Macherus y otros que aún no habían recibido misión de tales.
Los hijos del hermano de José estaban entre ellos. Les dijo aquí
lo que les sucedería en su misión; les mandó que no llevasen
bolsas ni dinero ni pan sino un bastón y algunas suelas de re-
puesto; donde no fueren recibidos sacudieran el polvo de sus
suelas contra ellos. Les dio instrucciones sobre el oficio de após-
tol y de discípulo para el futuro; los llamó sal de la tierra; que
la luz no se ponía debajo del celemín, y de la ciudad que está so-
bre la montaña; pero no les dijo nada de lo pesado de las persecu-
ciones que les esperaban. Lo principal fue que realmente esta-
bleció a los apóstoles sobre los discípulos diciéndoles que los
apóstoles debían llamar y hacerse ayudar de los discípulos, como
Él se hacía ayudar de los apóstoles; como Él mandaba y llamaba
a los apóstoles, ellos mandasen a los discípulos en fuerza de su
propia misión. Entre los discípulos hizo distinción de los más
antiguos e instruidos, que debían mandar a cuidar a los más
jóvenes y recién venidos. Los puso en orden de este modo: Pedro
y Juan estaban en primera fila, y luego los apóstoles, de dos en
dos. Los discípulos estaban, los más antiguos en primera fila, y
los más jóvenes y recién venidos detrás de ellos. Luego les ha-
bló seria y conmovedoramente. A los apóstoles les impuso las
manos en el orden que los había dispuesto y a los discípulos les
dió su bendición. Todo esto procedió con gran recogimiento y
ternura. Ninguno sintió envidia o deseo de precedencia. Entre-
tanto se hizo de noche y Jesús con Andrés, Juan, Felipe y San-
tiago el Menor se adentró más en la montaña, pasando la noche
en oración.

VIII
Jesús multiplica los panes para cinco mil oyentes
Cuando a la mañana siguiente se dirigió Jesús al monte
donde otras veces había explicado las Bienaventuranzas, se ha-
bía reunido una gran muchedumbre en torno. Los apóstoles y
discípulos habían ordenado a los enfermos en sitios apropiados.
Jesús y los apóstoles comenzaron a sanar enfermos y a enseñar.
Muchos que habían venido por primera vez a Cafarnaúm eran
bautizados, hincados de rodillas en círculo, con agua que habían
traído en odres, procediendo de tres en tres a la vez. María San-
tísima había venido con las santas mujeres para ayudar a las
enfermas y volvió luego a Cafarnaúm sin hablar a Jesús. Jesús
habló de las Bienaventuranzas y explicó hasta la sexta. Repitió
su enseñanza sobre la oración, explicando las peticiones del Pa-
drenuestro. La enseñanza y las curaciones duraron hasta las
cuatro de la tarde.
La mayoría de la gente no tenía nada que comer. Desde el
día anterior lo habían seguido y su pequeña provisión se había
concluido. Muchos entre ellos desfallecían de hambre. Los após-
toles que notaron esto se acercaron a Jesús y le rogaron termi-
nase su predicación para que la gente pudiese retirarse antes que
se hiciese noche y se procurasen alimento, Jesús les dijo: “No
necesitan irse, dadle vosotros alimentos”. Replicó Felipe: “¿Ire-
mos a comprar panes por unos cientos de denarios para darles
de comer?” Dijo esto con algún malhumor, pensando que Jesús
les encargaría todavia buscar por los contornos, pan y alimento,
para toda esa multitud. Jesús le replicó: “Mirad cuántos panes
tenéis”. Esto diciendo continuó su enseñanza. El criado de un
hombre de allí había traído a los apóstoles, de regalo, cinco pa-
nes y dos peces. Esto se lo comunicó Andrés al Señor, diciendo:
“¿Qué es esto para tantos?” Jesús dijo que trajesen esos panes
y esos peces, y continuó enseñando al pueblo sentado sobre la
hierba sobre la petición del pan de cada día. Muchas personas
desfallecían de debilidad y los niños clamaban a sus padres por
pan, y lloraban.
Entonces dijo Jesús a Felipe, para probar su fe: “¿Dónde
compraremos pan para que estos puedan comer?” Contestó Fe-
lipe: “Doscientos denarios no alcanzan para dar a todos un
pedazo de pan”. Jesús dijo entonces: “Haced sentar al pueblo
en la hierba, a los más necesitados y hambrientos en grupos de
a cincuenta, los demás de a cien, y traedme los canastos que
haya por allí”. Trajeron una fila de canastos de juncos y esteras
y los pusieron delante de Jesús, y distribuyeron al pueblo en
grupos de a cincuenta y de a cien en las faldas de la montaña,
cubierta de pasto abundante. Estaban más abajo del lugar que
ocupaba Jesús. Alrededor del sitial de Jesús había una altura
cortada en forma de escalones, cubierta de hierba. Sobre esa
plataforma hizo Jesús extender una manta y sobre ella los cin-
co panes y los dos peces. Estos panes eran más largos que anchos
y gruesos como dos pulgadas, amarillos, de corteza fina, no del
todo blanco por dentro y estaban señalados los lugares por donde
podía cortarse o partir para hacer las partes. Los peces eran
largos como de un codo abundante, tenían cabezas más salientes
y nada parecidos a nuestros peces comunes. Estaban ya partidos.
asados y preparados; se pusieron sobre grandes hojas. Otro hom-
bre trajo unos panales de miel, que estaban sobre las hojas enci-
ma de la manta.
Mientras los discípulos disponían a las gentes de a cincuen-
ta y de a cien y los contaban como les había encargado Jesús,
cortó Jesús con un cuchillo de hueso esos cinco panes, y cortó
los peces en pedazos; luego tomó uno de los panes en su mano,
alzándolo, y oró, y lo mismo hizo con un trozo de pescado. No
recuerdo que haya hecho lo mismo con el panal. Tres discípu-
los estaban al lado de Él. Jesús bendijo los panes, los peces y
los panales de miel, y comenzó a romper los panes al través en
pedazos, y cada pedazo era otra vez grande como el primero,
con las mismas señales por donde partirlo nuevamente. Los
pedazos eran lo suficientemente grandes para saciar a un hom-
bre. Jesús entregaba esos panes y esos peces. Saturnino, que
estaba al lado, ponía un trozo de pescado sobre el pan y un
joven discípulo del Bautista, hijo de un pastor, ponía algo de
miel encima. He visto que este joven fue más tarde obispo. Los
peces no disminuían y los panales parecían crecer. Tadeo ponía
estas porciones, preparadas en el canasto, que eran llevadas a
los grupos de cincuenta, por ser los más hambrientos. Cuando
volvían los canastillos vacíos, eran llenados de nuevo, durando
este trabajo dos horas, hasta que todos estuvieron satisfechos.
Aquellos hombres que tenían allí mujer e hijos, sentados aparte,
encontraban su porción tan abundante que pudieron dar de su
parte a sus mujeres e hijos. El agua la tomaban en odres de
cuero que se llenaban, y la mayoría tenía consigo vasos de cor-
tezas, de zapallos de tronco vaciados y de otras materias en
forma de cucuruchos. Toda esta faena procedió con máximo
orden. Los apóstoles y discípulos estuvieron ocupados en traer
y llevar alimentos y repartirlos. Todos estaban silenciosos y ad-
mirados de tanta abundancia, después de tanta penuria. Los
panes eran de dos palmos en lo largo. Cada pan era grueso co-
mo tres dedos. Estaban divididos en veinte muescas, cinco a lo
largo y cuatro a lo ancho, de modo que la sustancia de cada
parte se multiplicó cincuenta veces para alimentar a las cinco
mil personas, Los peces estaban divididos en dos partes a lo
largo y Jesús los subdividió en muchas porciones, de modo que
siempre quedaban peces para dividir de nuevo; así la sustancia
de ellos se multiplicó en innumerables partes. Cuando todos
estuvieron satisfechos mandó Jesús a sus discípulos que reco-
giesen los sobrantes de los panes y juntaron de ellos doce canas-
tos. Muchos pedían les dejasen llevar de ese pan milagroso para
recuerdo. No había esta vez soldados, como suele ocurrir siempre
en estas grandes reuniones; todos estaban reunidos con Herodes
que moraba en Hesebón. Cuando los hombres se levantaron satis-
fechos se iban juntando entre ellos y comentaban diciendo: “Este
es verdaderamente el profeta que debía venir al mundo. Él es
el prometido”.
Anochecía cuando Jesús dijo a los apóstoles que se embar-
caran hacia Betsaida y allá lo esperasen. Mientras tanto Él des-
pedia al pueblo. Se dirigieron los apóstoles con los canastos de
pan hacia las barcas para ir a Betsaida y a otras direcciones.
Los panes los llevaron para repartirlos a los pobres. Los apósto-
les y algunos discípulos más antiguos se detuvieron algún tiem-
po más; luego subieron en la barca de Pedro. Jesús despidió al
pueblo, que estaba entusiasmado. No había apenas dejado Je-
sús su sitial cuando comenzaron a levantarse voces: “Él nos ha
dado pan. El es nuestro Rey. Queremos que sea nuestro Rey.
Lo queremos hacer Rey”. Jesús desapareció de entre la multi-
tud y se retiró a la soledad.

IX
Jesús camina sobre las aguas
La barca de Pedro con los apóstoles que estaban adentro
quedó detenida durante la noche por el fuerte viento. Remaban
enérgicamente; sin embargo, eran arrastrados hacia el Me-
diodía. He visto que cada dos horas salían de un lado y de otro
del mar pequeñas barcas con antorchas y hacían señales a las
embarcaciones indicándoles en la oscuridad la meta, como si
fueran faros. Como se cambiaban cada dos horas estos vigías,
se llamaban guardias nocturnas. He visto que esta noche se
cambiaron cuatro veces los vigías y la barca de Pedro iba hacia
el Sur. Entonces caminó Jesús sobre las aguas desde el Noreste
hacia el Suroeste. Resplandecía, había un brillo en torno de Él,
de modo que se veía su persona reflejada al revés en las aguas
del mar. Saliendo de Betsaida-Julias hacia Tiberíades, enfrente
de la nave de Pedro, atravesó entre los botes de los vigías noc-
turnos que habían salido de Cafarnaúm y del otro lado y se
habían internado un tanto en el mar. Los hombres de estos
botes vieron a Jesús caminando sobre las aguas. Levantaron un
grito de espanto creyendo fuera un fantasma y tocaron el cuerno
de caza. Los apóstoles, que estaban en la barca de Pedro y mira-
ban a los botes que les indicaban la ruta perdida, vieron a Jesús
acercarse hacia ellos; mas bien que caminar, parecía que se mo-
vía ligeramente sobre la superficie de las aguas. Cuando estuvo
cerca, el mar se había calmado. Había neblina y lo vieron cuando
estuvo bastante cerca. Aunque ya lo habían visto caminar así
sobre las aguas, con todo les sobrevino un grande espanto, y
comenzaron a clamar.
Cuando volvieron en si, y pensaron en la otra vez que lo
habian visto andar sobre las aguas, Pedro quiso mostrar de
nuevo su fe, y clamó en su entusiasmo: “Señor, si eres Tú,
mándame ir a Ti”. Jesús le dijo: “Ven”. Esta vez Pedro caminó
un trecho mucho mayor que la primera vez; con todo su fe no
alcanzó más. Cuando estaba muy cerca de Jesús, se puso a
pensar y a dudar en el peligro, y comenzó a hundirse de nuevo,
aunque menos que la otra vez, y clamó: “¡Señor, sálvamel”
Jesús le dijo: “Hombre de poca fe ¿por qué has dudado?” Je-
sús entró en la barca, los apóstoles se echaron a sus pies y
dijeron: “En verdad, eres el Hijo de Dios”. Jesús les reprochó
su poca fe y su pusilanimidad, les dió una reprimenda y enseñó
aún sobre el Padrenuestro. Les mandó navegar hacia el Me-
diodía. Tenían el viento favorable; navegaron con ligereza, y
durmieron algún tanto en los cajones que había en torno del
mástil y de los remos. No fue esta vez la tormenta tan grave
como la vez pasada, pero habían caído en la corriente central
del lago, que es muy fuerte, y no podían salir. Jesús hizo venir
a Pedro sobre las aguas, para darle una lección de humildad,
sabiendo bien que iba a hundirse. Pedro es pronto, ama a Je~
sús, es creyente, pero tiene la manía de querer mostrar a Jesús
y a los demás apóstoles ese amor. Al hundirse, se hace reflexivo
y se humilla. Los otros no se atreven a tanto; se admiran de la
fe de Pedro, pero reconocen que no es aún suficiente, aunque
tiene más fe que todos ellos.
Al amanecer llegaron a la ribera oriental del mar, entre
Magdala y Dalmanutha, a un par de casas que pertenecen a la
ciudad. Este es el lugar mencionado en el Evangelio por la re-
gión de Dalmanutha. (Marc. 8-10). Los habitantes de este lugar
habían traído a todos sus enfermos disponiéndolos en orden, y
salieron al encuentro de Jesús al desembarcar. Sanó allí Él y
sus discípulos, y luego se retiró detrás de la ciudad, a una coli-
na, donde se reunieron todos los habitantes, judíos y paganos.
Allí predicó las Bienaventuranzas y el Padrenuestro, y sanó a
todos los enfermos que le trajeron. Era un lugar de pasaje del
Jordán y de publicanos para el pago de impuestos. Comercia-
ban en hierro, que venía de Ephron, en Basán, desde donde lo
despachaban para las otras ciudades de la Galilea. Desde la
montaña se puede ver Ephron.
Luego se embarcó para Tarichea, a tres o cuatro horas al
Sur de Tiberíades, sobre una altura, y a un cuarto de hora de
la orilla del mar. Las casas llegan hasta la costa. Desde aquí
hasta la salida del Jordán está la orilla fortificada por una mu-
ralla oscura sobre la cual corre un camino. La ciudad está bien
edificada al modo de los paganos, con arcadas en las calles,
debajo de las casas y en el mercado hay un pozo cubierto, muy
hermoso, con columnas. Jesús se dirigió al pozo y el pueblo se
reunió con sus enfermos, a los cuales sanó. Muchas mujeres
estaban detrás de los hombres, cubiertas con velos y teniendo a
sus criaturas. Había fariseos, saduceos y herodianos. Enseñó
sobre las Bienaventuranzas y el Padrenuestro. Los fariseos hi-
cieron toda clase de interrupciones, siempre las mismas: que
andaba con publicanos, pecadores y mujeres de mala vida, que
sus discípulos no se lavaban las manos al comer, que sanaba
en Sábado. Jesús terminó pronto y llamando a los niños en de-
rredor suyo, los sanó, enseñó y bendijo, presentándolos como
modelos a los fariseos. Tarichea está más abajo que Tiberíades.
Veo que salan aquí muchos pescados y los secan; y se ven mu-
chas maderas delante de la ciudad sobre las cuales ponen a
secar los peces salados. El país es muy fértil y las alturas de
la ciudad están cubiertas de terrazas y las faldas de las colinas
llenas de frutales y viñedos. Toda esta región hasta el Tabor y
los baños de Betulia es sobre toda ponderación fértil y amena;
se llama la región de Genesaret. A la tarde navegó Jesús con
los apóstoles hacia el Noreste y enseñó en la barca acerca del
Padrenuestro y de la cuarta petición. Los prepara así para la
mayor explicación cuando tenga a los discípulos y apóstoles
solos.

X
Jesús habla del Pan de vida
Pasó Jesús la noche sobre la barca anclada entre la oficina
de Mateo y Betsaida-Julias. A la mañana siguiente enseñó a
un centenar de personas sobre el Padrenuestro, y al medio día
navegó hacia Cafarnaúm, donde desembarcaron sin ser vistos
y se fueron a la casa de Pedro. Aqui se encontró con Lázaro
que había venido con el hijo de la Verónica y algunas personas
de Hebrón. Cuando Jesús tomó, detrás de la casa de Pedro, el
camino más corto entre Cafarnaúm y Betsaida, la muchedum-
bre, que estaba estacionada por los alrededores, lo siguió. Algu-
nos que habían estado en la multiplicación de los panes y le
habían estado buscando le dijeron: “Maestro ¿cuándo has ve-
nido? Te hemos buscado aquí y en el otro lado”. Jesús respondió,
empezando su enseñanza: “En verdad, en verdad os digo: Vos-
otros no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque
habéis sido saciados de pan. No os preocupéis del alimento pere-
cedero, sino del alimento que llega hasta la vida eterna, que os
dará el Hijo del Hombre, pues a Él le ha hecho el Padre acreedor
de la fe”. Dijo estas cosas más extensamente; en el Evangelio
está solo el resumen. Los hombres se decían unos a otros: “¿Qué
dice ahora con esto del Hijo del Hombre? También nosotros
somos hijos del hombre”.
Como les mandara que hicieran obras buenas, preguntaron
qué debían hacer para hacer obras de Dios. Jesús les contestó:
“Creer en Aquél que Él ha enviado”. Continuó enseñando sobre
la fe. Ellos preguntaron de nuevo qué milagro iba a hacer para
que ellos creyesen. “A nuestros padres, dijeron, dio Moisés el
pan del cielo para que creyesen en él, el maná. ¿Qué nos darás a
nosotros?” Respondió Jesús: “Yo os digo que no fue vuestro
Moisés quien os dió el pan del cielo, sino mi Padre os da el ver-
dadero pan del cielo; puesto que el pan de Dios es Éste que ha
venido del cielo y da la vida al mundo”. Sobre esto enseñó luego
más claramente, y algunos dijeron: “Señor, dadnos siempre de
este pan”. Otros decían: “Su Padre nos da pan del cielo… ¿Qué
es esto? Su padre José está muerto…” Jesús lo explicó más
claramente, en diversas formas; pero muy pocos lo entendieron,
porque se creían prudentes y entendidos. Dejó de hablar de esto
y pasó a las Bienaventuranzas y al Padrenuestro, sin decir aún
que Él era el pan de la vida. Los apóstoles y los más antiguos
discípulos no preguntaron nada y estuvieron reflexionando; al-
gunos entendieron, otros pidieron explicaciones entre ellos mis-
mos. Al día siguiente continuó Jesús su predicación en la altura
detrás de la casa de Pedro. Había algunos miles de personas que
se iban turnando, pasando los de atrás adelante para oír mejor.
Jesús a veces cambiaba de sitio, yendo de un grupo a otro, repi-
tiendo la explicación con gran paciencia y amor. Entre los oyen-
tes había muchas mujeres algo apartadas y con velo. Los fari-
seos iban y venían y se soplaban unos a otros sus dudas y sus
malignas insinuaciones.
Hoy dijo Jesús claramente: “Yo soy el Pan de vida; el que
viene a Mi no tendrá hambre y quien está en Mi no tendrá sed.
Aquél a quien el Padre le envía, vendrá a El, y El no lo desechará.
Él ha venido del cielo, no para hacer su voluntad, sino la volun-
tad del Padre. Es voluntad de mi Padre que Yo no pierda a
los que me ha dado, sino que los resucite en el último día. Es
voluntad de mi Padre que quien ve al Hijo y cree en Él, tenga
la vida eterna y El lo resucitará en el último día”. Había mu-
chos que no entendieron y decían: “¡,Cómo puede El decir que
ha venido del cielo, si es el hijo del carpintero José? Su Madre
y sus parientes están entre nosotros y conocemos a los padres
de su padre José. El dice que Dios es su Padre y luego dice que
es el Hijo del hombre”. Así murmuraban entre ellos. Jesús les
dijo que no murmurasen; por si mismos no podrían venir a Él;
el Padre que lo ha enviado a Él, es el que debe traerlos a Él.
Esto tampoco pudieron entenderlo y preguntaron qué signifi-
caba eso de que el Padre tenía que traerlos; pensaban en un
sentido material. Jesús les respondió: “Está escrito en los pro-
fetas: serán todos enseñados por Dios. Quien oye al Padre y
lo entiende, vendrá a Mi”. Dijeron otros: “¿No estamos acaso
con Él? Y con todo no lo hemos oído ni aprendido del Padre”.
Explicó Jesús: “Nadie ha visto al Padre, sino aquél que es de
Dios. Quien cree en Mi tiene la vida eterna. Yo soy el Pan ba-
jado del cielo, el Pan de la vida”. Replicaron: “No conocernos
otro pan del cielo que el maná”, Les respondió: “Éste no es el
pan de la vida, porque vuestros padres, que lo comieron, mu-
rieron todos, a pesar de haberlo comido. Aquí está el Pan que
vino del cielo y el que come de este Pan no morirá. Yo soy el
Pan vivo y el que come de él vivirá eternamente”. Todas estas
enseñanzas fueron con explicaciones y exhortaciones y con
pruebas de los profetas y de la ley; pero la mayoria no lo admi-
tía; todo lo tomaban en sentido material, y preguntaban: “¿Có-
mo se entiende eso de comer de Él para vivir eternamente?
¿Quién puede vivir eternamente y quién podrá comerlo a Él?
Enoch y Elías fueron sacados de la tierra y decimos que no
murieron; también de Malaquías no se sabe donde reposa y
no se sabe de su muerte; pero fuera de éstos, todos los hombres
han de morir”. Jesús les preguntó si sabían donde estaban
Enoch, Elías y Malaquías. El sabía donde estaban. Y añadió
si sabían lo que Enoch había creído y lo que Elias y Malaquías
habían profetizado. Luego les explicó muchas cosas de estos
dos profetas.
Había entre los oyentes un murmullo de disputas y de pre-
guntas. Muchos de los discípulos nuevos y discípulos de Juan
recién venidos dudaban ya en sus pensamientos. Eran de los que
habían completado el número de los 72, pues antes Jesús no
tenia más que treinta y seis discípulos. Las mujeres eran ahora
treinta y cuatro; pero luego, contando otras que estaban al ser-
vicio de éstas, como sirvientas o guardianas de las posadas, eran
unas 70. Jesús enseñó de nuevo al pueblo delante de la ciudad,
pero no habló del pan de vida sino de las Bienaventuranzas y
del Padrenuestro. La multitud era muy grande. Como la mayo-
ría de los enfermos ya habían sido curados, no había tanta con-
fusión y tumulto; el traer y llevar los enfermos era lo que
siempre causaba desorden y movimiento, porque deseaban siem-
pre ser los primeros para poder retirarse primero. Todos, espe-
cialmente algunos discípulos de Juan, están ahora alterados, en
expectativa, ante la conclusión de la enseñanza sobre el Pan de
la vida.