Desde la segunda fiesta de los Tabernáculos hasta la primera conversión de la Magdalena – Sección 1

I
Jesús en Betania y en Jerusalén
Desde Bethzur fue andando Jesús en compañía de Lázaro
y los discípulos por varias poblaciones, hasta Emaús, y de allí
volvieron a Betania. Durante el camino enseñaba a uno y otro
grupo de labradores que trabajaban en los cercos que empezaban
a cubrirse de hojas verdes. A una distancia de una hora le salie-
ron al encuentro Marta, Magdalena y una viuda llamada Salomé que
hacía algún tiempo vivía allí con Marta. Esta mujer es hija de
uno de los hermanos de José, parienta de la Sagrada Familia y
estuvo entre las mujeres cuando el descendimiento de la Cruz.
Éstas se detuvieron en el albergue dispuesto por Lázaro y por
la tarde volvieron a Betania.
Los cuatro apóstoles y discípulos que habían ido en misión
en las cercanías del Tabor llegaron hoy a Betania y se entera-
ron, con grande tristeza, de la muerte de Juan Bautista. Ellos
contaron cómo había enseñado y sanado a los enfermos de
acuerdo al modo que les había dicho Jesús, y que en algún lugar
los habían despachado arrojándoles piedras, aunque sin alcan-
zarlos. Por último fueron a Sarón, cerca de Lioda. Cuando todos
estuvieron recogidos por la noche en casa de Lázaro, salió Jesús
solo, se fue al Monte de los Olivos y se puso en oración en un
lugar solitario. El lugar era muy verde, con muchos hermosos
árboles y había en él espacios muy recogidos.
Magdalena vive en los aposentos estrechos donde había es-
tado su hermana María la Silenciosa. Con frecuencia la veo en
un ángulo en forma de torrecita, que es sitio de penitencia. Aún
llora a menudo; ya no está enferma, pero sí decaída y demacrada
por la penitencia y el arrepentimiento. Hubo dos días de ayuno
y después del Sábado viene una fiesta que dura tres días. Debía
haber tenido lugar antes, pero fue diferida. Es un día de acción
de gracias a Dios por todos los beneficios recibidos desde que el
pueblo fue sacado de Egipto. No es necesario celebrarlo en Je-
rusalén: se lo puede festejar en cualquier parte. Muchos de los
principales fariseos y altos enemigos de Jesús están fuera de
Jerusalén, porque Pilatos está ausente: ellos no tienen tanto
que hacer con él ni tanto que discutir y prevenirse contra sus
planes. Al día siguiente entró Jesús en Jerusalén y fue a casa de
Juana Chusa. No estaban allí ni Marta ni Magdalena. Hacia las
diez he visto a Jesús en el templo en el sitial de la antesala de
las mujeres, leyendo la ley y enseñando. Todos se admiraban de
su sabiduría y nadie lo contradijo ni impidió la enseñanza. Los
sacerdotes presentes o no lo conocían aún o no le eran contrarios.
Los enemigos principales, los fariseos y saduceos, estaban casi
todos ausentes.

II
Curación del hombre con treinta y ocho años de enfermedad
Hacia las tres de la tarde fue Jesús con algunos apóstoles a
la piscina de Betesda. Se dirigió por la parte exterior a una de
las puertas que ya no se usaba y estaba siempre cerrada. Allí
estaban los más pobres y abandonados, y en un rincón de la
puerta cerrada hallábase un hombre baldado y enfermo desde
hacía treinta y ocho años; lo habían puesto en uno de los lugares
de otros hombres enfermos. Cuando Jesús golpeó en la puerta
cerrada, ésta se abrió. Pasó a través de los enfermos a los pasi-
llos más cercanos y desde allí enseñó. Había toda clase de enfer-
mos tendidos, echados y sentados. Los discípulos repartían a los
más pobres vestidos, panes, mantas y telas, que habían recibido
de las santas mujeres. A los que estaban abandonados de sus
parientes y entregados al cuidado de los empleados, les conmovió
mucho esta caridad de Jesús. Jesús enseñó en diversos grupos;
a veces preguntaba si creían y tenían fe de que Dios los podía
sanar, si deseaban ser sanos, si se arrepentían de sus pecados, si
harían penitencia y se bautizarían. Como les adivinase a algunos
sus pecados, decíanle: “Señor, Tú eres un profeta. Tú eres Juan
Bautista”. En muchos lugares se ignoraba su muerte, y habían
hecho correr la voz de que estaba libre. Jesús habló en general
de quién era Él y sanó a algunos enfermos. A los ciegos los ha-
cía lavarse en las aguas de la piscina, mezclaba aceite y les man-
daba que fuesen sin hacer ruido a sus casas y no dijesen nada
hasta después del Sábado. Los discípulos sanaban en otros luga-
res de la piscina. Todos los sanados tuvieron que lavarse en la
piscina.
Como empezara a haber conmoción entre la gente que veían
a tantos lavarse en la piscina, acercóse Jesús con sus discípulos
al rincón donde estaba el hombre enfermo desde 38 años. Era un
jardinero que se ocupaba de podar los cercos y cultivaba y sacaba
bálsamo de las plantas. Como hacía ya tanto tiempo enfermo,
estaba allí como un pordiosero y se alimentaba de las sobras.
Era conocido en todas partes como enfermo incurable. Jesús le
preguntó si deseaba ser sano. Él, no sospechando siquiera que
Jesús podía sanarle, y pensando que sólo preguntaba por pre-
guntar, contestó que hacía mucho tiempo que no tenia ayuda,
sin criado ni amigo que lo echase a la piscina cuando se movían
las aguas; que cuando él se arrastraba al estanque ya otros ha-
bían ganado los escalones que llevan a las aguas. Jesús habló un
rato con él; le afeó sus pecados, para despertar su dolor; le dijo
que no viviese en la impureza y no blasfemase contra el templo,
puesto que por ello le había venido la enfermedad. Le consoló
luego diciéndole que Dios recibe a todos y ayuda cuando se vuel-
ven a Él arrepentidos. El pobre hombre, a quien jamás habían
llegado palabras de consuelo y de animación, y que siempre se
quejaba de su abandono, estaba conmovido. Jesús le dijo: “Le-
vántate, toma tu camilla y camina”. Esto es lo principal de lo
que le dijo. En realidad, le dijo que fuera a lavarse al estanque,
y luego, a un discípulo, le mandó que llevase al hombre a uno
de los albergues que tenían los amigos de Jesús para los pobres,
junto al Cenáculo, en el monte Sión. Era una posesión del taller
de piedras, de propiedad de José Arimatea. Este hombre, hasta
entonces baldado, se fue tan apresurado a lavarse la cara que
casi olvidaba de llevarse su camilla.
El Sábado había empezado y Jesús salió afuera por la puerta
donde había estado tendido el pobre enfermo. El discípulo que
tenía que presentar al hombre en el albergue iba delante y el
nombre con su camilla detrás. Cuando hubo salido del recinto
de Betesda y lo vieron algunos judíos, le dijeron, creyendo que
había sanado por el movimiento de las aguas: “¿No sabes que es
Sábado y que no puedes llevar tu camilla?” El hombre replicó:
“Aquel hombre que me ha sanado me dijo: “Levántate, toma tu
camilla y vete””. Le preguntaron: “¿Quién es el hombre que te
dijo: Toma tu camilla y vete?”. No sabía decirlo porque no cono-
cía a Jesús y no lo había visto nunca. Jesús ya se había alejado
con sus discípulos. Lo que se encuentra escrito en el Evangelio,
que este hombre encontró luego en el templo a Jesús y lo indicó
a los demás diciendo que era Él que lo había sanado, y la disputa
que se suscitó por parte de los fariseos por razón de lo que
llamaban la profanación del Sábado, todo esto sucedió en otra
ocasión, en una fiesta en el templo, aunque el Evangelista lo
pone como una continuación del hecho (Juan, 5, 15). Esto me
ha sido declarado expresamente. Por esos judíos que le repro-
charon llevar su camilla en Sábado, se propagó la fama de la
curación de ese hombre, tenido por incurable. Cuando Jesús se
hubo alejado de Jerusalén el hecho suscitó grandes comentarios.
De los otros sanados no se hizo mucho caso porque se atribuía
en parte a las propiedades curativas de las aguas. Tampoco hicie-
ron cuenta de ello porque no había habido, según ellos, violación
del Sábado. Por otra parte los guardianes de la piscina y los fari-
seos que solían estar en la entrada no lo habían visto entrar ni
salir. En el interior de la piscina había, además de los enfermos
en cuartuchos cavados en las murallas, pocos hombres, y los
pudientes se habían hecho llevar a sus casas, porque en los últi-
mos tiempos sucedía el movimiento de las aguas muy pocas ve-
ces y casi siempre al despuntar la aurora y los que tenían sir-
vientes se hacían traer a esa hora. Todo el edificio estaba casi
en ruinas, especialmente las paredes. Había creyentes que iban a
ese lugar como se va, entre nosotros, a lugares de peregrinaciones.
Este estanque de Betesda era aquél en el cual Nehemías es-
condió el fuego sagrado y un pedazo de la madera con que se
tapó fue más tarde desprendido y formó una parte de la cruz de
Cristo. La propiedad milagrosa de las aguas comenzó precisa-
mente desde entonces. En los primeros tiempos, enfermos pia-
dosos veían al ángel descender y mover las aguas. Más tarde lo
veían muy pocos, y llegaron tales tiempos que hasta los pocos
que lo veían no decían nada; se veía, en cambio, claramente mo-
verse las aguas en todo tiempo; por lo menos, muchos lo veían.
Después de la venida del Espiritu Santo fue éste el sitio de los
bautismos. El descendimiento del ángel y el movimiento de las
aguas era una figura del bautismo de regeneración, como el cor-
dero pascual fue la figura de la última Cena, del santísimo Sa-
cramento y de la muerte de Jesús.

III
Jesús sana muchos enfermos en Jerusalén y se mantiene oculto
Después de estas curaciones fue Jesús con los discípulos a
una sinagoga, en una montaña del templo donde Nicodemo y
otros amigos celebraban el Sábado. No enseñó allí. Escucha la
lectura del Sábado. Se leyó la salida de Egipto, el paso del Mar
Rojo y la profetisa Débora. (II libro de Moisés, 13, 17, hasta 15,
27, y Jueces, 4-4, hasta 5, 32). Se cantó el pasaje del Mar Rojo,
donde se enumeran todas las misericordias de Dios con el pueblo
hebreo, especialmente en el templo y en el servicio de Dios. Se
cantó sobre los vestidos y adornos que Dios ordenó en el Sinaí
y sobre la reina de Saba y de Salomón. Este Sábado lo llaman
Beschallah, y después de él viene una festividad de tres días,
cuyo nombre suena como Ennorum que es como principio y final
de todas las fiestas del año. Dan gracias cantando de todas las
cosas que Dios les concedió desde el principio, de la salida de
Egipto, paso del Mar Rojo, de la Ley, del Arca de la Alianza, de
las vestiduras e institución del sacerdocio, del tiempo; de ha-
berles dado al sabio rey Salomón, y pedían otro rey semejante.
A esta fiesta está unida una serie de diversiones instituídas
antes de Salomón por un profeta y que este rey confirmó en
ocasión de la visita que le hizo la reina de Saba, trayéndole los
regalos de que se habla en la Escritura. De estos regalos hizo
Salomón agasajo a los sacerdotes y al pueblo, y así se originó
una fiesta de vacación en la cual cada uno se recrea. Como esta
fiesta se puede celebrar en cualquier lugar, los sacerdotes y
empleados, los fariseos y todos los que pueden hacerlo escapan
de la ciudad y van a visitar a sus parientes y amigos: este des-
canso les sirve para los grandes preparativos de las cercanas
fiestas del Purim y de la Pascua. Se hacen en estos días muchas
limosnas. Hacen unos panecillos blancos muy delgados en re-
cuerdo del maná del desierto y los reparten en cantidades a los
pobres. Esta fiesta es como el Amén de todas las demás y como
el principio de las que comienzan.
Después de la sinagoga fue Jesús al templo; había poca gente
allí; los levitas andaban de un punto a otro limpiando, llenando
de aceite las lámparas para mañana. Jesús se dirigió hacia ellos
por caminos no acostumbrados y habló de varias cosas de signi-
ficado misterioso. Llegó hasta la antesala del Santuario, donde
está el gran sitial de enseñanza. Escucharon un tiempo, hasta
que intervinieron otros, reprochándole su audacia, porque venía
hasta los lugares reservados, por caminos no comunes y en tiem-
pos no acostumbrados. Y acabaron por llamarlo con desprecio
el Galileo. Jesús les respondió severamente, alegando su derecho,
por ser casa de su Padre, y se alejó de allí. Se burlaban de Él,
pero se sentían, sin embargo, temblorosos en su presencia. Jesús
permaneció esta noche dentro de la ciudad. A la mañana siguien-
te sanaron muchos enfermos Jesús y los apóstoles, en las cerca-
nías del Cenáculo, un sitio junto al monte Sión, rodeado de un
gran patio. José de Arimatea lo tiene alquilado para su taller de
picapedreros. Las santas mujeres de Jerusalén estaban ocupadas
en toda clase de ayuda a los enfermos, por los cuales había salido
José de Arimatea de Jerusalén a Hebrón para invitar a Jesús a
venir a verlos. Estos enfermos eran en la mayoría gentes buenas,
creyentes, parientes o amigas de las santas mujeres y de Jesús,
y habían sido traídos por la noche a este lugar del Cenáculo.
Jesús pasó toda la mañana sanando a los enfermos, mientras
enseñaba a un grupo de ellos. Eran baldados, ciegos, estropeados
en las manos o en los pies y con llagas; había hombres, mujeres
y niños. Entre ellos estaban muchos de los heridos en el derrum-
be de las obras de Siloé, con las cabezas lastimadas, manos o
pies y diversos miembros rotos. Se ven muchos trabajadores en
Jerusalén removiendo los escombros del derrumbe. Cayeron pa-
redes que ahora obstruyen el curso de las aguas. Hay hombres
en los fosos que cavan y limpian. En otras partes echan árboles,
piedras y otras cosas para hacer diques.

IV
Jesús enseña en el templo de Jerusalén
Después de haber tomado una frugal refección en el Ce-
náculo con sus discípulos, en la cual tomaron parte también los
enfermos sanados antes, Jesús se dirigió al templo y se fue al
sitial de enseñanza donde estaban los rollos de la Escritura; los
pidió y enseñó sobre la lección de ese Sábado. La lectura versô
sobre el pasaje del Mar Rojo y de Débora, y se cantó el himno
de esta fiesta. Estaba escrito sobre él para cantarlo a la mañana
temprano o a la víspera. Jesús enseñó con admiración de cuantos
le escuchaban. Ninguno se atrevió a contradecir. Algunos fariseos
le preguntaron dónde habia estudiado, de dónde le venía el de-
recho de enseñar y cómo se tomaba la libertad de hacerlo. Jesús
les respondió con tanta seriedad y justeza que no pudieron repli-
car palabra. Salió del templo y se dirigió con sus apóstoles y
amigos a Betania. Su presencia no fué notada esta vez, porque
sus principales enemigos estaban ausentes. Sólo cuando terminó
su sermón sobre el gran sitial del templo se dio cuenta la mayo-
ría de sus mismos amigos que estaba en Jerusalén y comentaban
sobre el llamado Galileo.
La mayoría de las personas hablaban del derrumbe de la
obra de Siloé, de la enemistad de Pilatos con Herodes y de la
partida de Pilatos a Roma. De la muerte de Juan se hablaba
poco, porque era ignorada aún. De Jesús se habló poco esta vez.
Pasa aquí como en otras grandes ciudades. Alguien decía: “Jesús
de Galilea debe estar en la ciudad”. Otros decían: “Si no viene
con algunos miles de sus secuaces nada podrá hacer aquí”. En
Betania estuvo Jesús en casa de Simón el leproso, que no se
muestra en público por su enfermedad; se le ven muchas man-
chas rojas, está envuelto en un gran manto y se mantiene en
una cámara apartada. Jesús habló con él. Simón es uno de esos
que no quieren que se le note su enfermedad; pero no la podrá
disimular mucho tiempo. Se muestra con reserva y pocas veces.
Por la noche, muy tarde, vinieron los discípulos de vuelta de
Juta, que habían dejado después del Sábado, y contaron a Jesús
cómo habían conducido el cuerpo de Juan desde Macherus y lo
habían enterrado junto a su padre. Los dos soldados de Mache-
rus estaban con ellos. Lázaro los ocultaba y quiere proveer a su
subsistencia. Cuando Jesús les dijo: “Debemos ir a un lugar soli-
tario donde descansar y llevar luto, no por la muerte de Juan,
sino por lo que ha de venir aún”, pensé yo: “¿Cómo podrá des-
cansar, ya que los otros apóstoles partieron para Cafarnaúm
donde se encuentra María?” Una gran muchedumbre de pueblo
acude de todas partes, aun de Siria y de Basán; y cerca de
Corazín está todo preparado: se llenó de tiendas y chozas con
gentes que esperan la venida de Jesús.

V
Jesús en Lebona y en Tirza
A la mañana siguiente dejó Jesús a Betania con seis apósto-
les y unos veinte discípulos; caminaron sin detenerse, evitando
entrar en los pueblos, a unas once horas al Norte hasta Lebona,
al Sur del monte Garizim. José había trabajado aquí antes de
su desposorio con María, como carpintero, y tuvo amigos en esta
localidad. En un resalte de la montaña se levanta un castillo
al cual se llega desde Lebona caminando entre murallas y edi-
ficios por una senda empinada. En este lugar estuvo el taller de
José, y Jesús fue allá con todos sus acompañantes. Aunque no
esperado y algo tarde fue recibido con extraordinaria alegría
por todos los de la casa. Paró en una casa de levitas. Arriba ha-
bía una sinagoga. Desde Lebona marchó Jesús con pasos apresu-
rados todo el día siguiente a través de Samaria, hacia el Jordán,
en dirección Noroeste. Llegaron a Aser-Michmethath; perma-
necieron algún tiempo en el albergue de Aser y fueron a Tirza
como a una hora del Jordán y a dos de Abelmehola, que es una
región muy hermosa. En Tirza, como en Jerusalén y en todas
partes, se están celebrando las fiestas con mucha alegría. Se
veían arcos de triunfo, había juegos públicos y corrían carreras
con vallas para ganar premios. Grandes cantidades de trigo y
de frutas estaban amontonados al aire libre para ser distribuidos
a los pobres. Tirza está dividida en dos partes. Una alcanza con
sus casas hasta a una media hora del Jordán: toda la región está
tan poblada de árboles, casi ocultan la ciudad, que no se la ve
sino cuando se está delante de ella. La otra parte de la ciudad
está tan interrumpida por jardines y ruinas que más parece una
sucesión de casas entre plantas que una ciudad; de modo que la
parte que da hacia el Jordán es la mejor edificada y la más
unida. Está edificada sobre el valle, a veces están las casas sobre
empalizadas y corren calles debajo como bajo un puente. Desde
este camino se ve el valle lleno de árboles verdes como a través
de un fresco sótano al aire libre. Tirza, edificada sobre una
ancha plataforma sobre la montaña, ofrece una espléndida vista
hacia el Jordán y las montañas. Se ve al Norte y al otro lado del
Jordán la ciudad de Jogbea, escondida entre los árboles, por
la derecha, hasta Perea, y se contempla la superficie del Mar
Muerto hasta descubrirse Macherus. Muchas vistas dan al Jor-
dán, que se ve en largo trecho de su curso, unas veces escondido
entre plantas, otras saliendo y serpenteando por el valle, bri-
llando a los rayos del sol. Por el Oeste hay montañas que la sepa-
ran de Dothan. Abelmehola está a dos horas al Noroeste, en un
barranco mirando al Sur de aquel sitio donde fué vendido José
por sus hermanos.
En derredor de estos lugares está Tirza, en medio de árbo-
les y de jardines, con frutales y arbustos de bálsamo y manzanas
llamadas del paraíso, que usan los judíos para adornar sus arcos
y gallardetes de plantas y hojas. Estos árboles sólo crecen en
lugares soleados y fértiles. Tienen allí caña de azúcar, una espe-
cie de lino amarillo y largo, que parece seda, algodón, y un trigo
con tallo grueso con meollo. Los habitantes son agricultores y
viven de sus huertas y frutales. Los mercaderes comercian con
lino, caña de azúcar y algodón. La calle que pasa debajo de
la ciudad es la principal, lleva a Tarichea y a Tiberíades; va a
veces entre montañas y colinas, como aquí donde la ciudad está
edificada en el camino sobre columnas. En el medio, es decir, en
lo que era el medio antes, hay un extenso edificio sobre una
plataforma amplia, con gruesos murallones, varios patios y to-
rres con piezas adentro. Es el antiguo castillo de los reyes de
Israel; en parte está destruido, en parte sirve de morada a enfer-
mos, y el resto es una prisión. Una parte está ya tan derruída
que hay vegetación y huertas sobre sus ruinas. En ese lugar hay
un pozo delante del edificio, cuyas aguas son ascendidas por
una noria que hace girar una mula. De allí se reparte a cada
lado de la ciudad en canales de cuero.
Junto a este pozo se juntaron cinco discípulos que venían
del otro lado del Jordán, y se reunieron con Jesús y los demás.
Dos de ellos eran aquellos jóvenes levemente endemoniados que
libró Jesús, los dos endemoniados de Gerasa cuyos demonios en-
traron en los cerdos, y otro más. Estos cinco dieron cuenta de
que habían predicado y hecho conocer las maravillas obradas
con ellos en la Decápolis y en la región de los gerasenos: habían
predicado y sanado en nombre de Jesús, y anunciado el reino
de Dios. Abrazaron a los discípulos y se lavaron unos a otros los
pies junto al pozo de la ciudad. Jesús venía en ese momento de
la casa de la ciudad, donde había pasado la noche con sus discí-
pulos. Estos cinco trajeron la noticia de que todos los discípulos
que habían salido en misión para la Alta Galilea, habían vuelto
a Cafarnaúm y que una gran multitud se ha reunido en los alre-
dedores para escuchar nuevamente a Jesús. Jesús entró y se vió
con el jefe del lugar, pidiendo ser llevado adonde estaban los
enfermos. El jefe lo llevó. Jesús pasó por las galerías y rincones
del edificio, consolando, animando y sanando a los enfermos y
enseñando. Los discípulos hacían otro tanto en otras salas o
rincones, sanando y preparando, mientras algunos de los apósto-
les ayudaban a Jesús a sostener a los enfermos. En un patio ha-
bía algunos endemoniados furiosos, atados a cadenas, que grita-
ban y se agitaban al ver a Jesús. Jesús les impuso silencio, los
sanó y los libró de los demonios. Había allí también leprosos en
un sitio apartado; a éstos también limpió y sanó. A ellos fue solo.
Los sanados, que eran de Tirza, eran recibidos con fiestas por
sus parientes. Jesús hizo que les dieran bebidas y alimentos, a
los pobres les hizo dar mantas y telas, que habían traído los
discípulos desde el albergue de Bezech a Thirza, Jesús fue luego
adonde estaban las mujeres enfermas; éstas ocupaban un edifi-
cio redondo que parecía una torre en torno de un patio. Se
subía al patio por escalones cavados por la parte de afuera de
un piso a otro. En el interior había pequeñas escaleras como
entre nosotros. En los patios que miraban afuera había enfermas
de todas clases. Jesús sanó a muchas de esas mujeres. En el
interior estaban encerradas algunas mujeres, por viciosas y mal
habladas, y algunas inocentes, por calumnias. Había también en
estos cuartos muchos hombres presos, en parte por deudas, otros
acusados de tumultos, otros por venganza de poderosos 0 por
quitárselos del camino; estaban en dura prisión y algunos, ya
olvidados, desfallecidos y acabados por el sufrimiento. De los
enfermos sanados y de otras personas oía Jesús amargas quejas
de este lugar. Bien lo sabía Jesús y había venido por eso.
Tirza tiene muchos fariseos y saduceos, entre ellos hero-
dianos. La cárcel estaba custodiada por soldados romanos y tenía
un jefe también romano. Delante de algunos presos había solda-
dos y guardias. Jesús pasó entre éstos y pudo hablar con los pre-
sos que no estaban incomunicados. Jesús oyó las quejas de cada
uno, los consoló, les dio una refección, los adoctrinó, y como
algunos confesaran sus pecados, les perdonaba sus culpas. A
muchos que estaban por deudas y a otros, les prometió libertad;
a los demás alivió en sus penas. Después de esto fue al jefe
romano, que no era mal hombre, le habló seria y tiernamente
sobre la situación de los presos y se comprometió a pagar las
deudas de unos y dar garantía de mejoramiento y de cambio
de costumbres por los otros. Pidió también poder hablar con
otros presos incomunicados y encerrados. El jefe oyó a Jesús res-
petuosamente, pero le dijo que todos esos presos eran judíos y
estaban bajo las autoridades judías y que debía hablar del caso
con las autoridades y con los fariseos antes de dar curso a su
petición. Jesús le dijo que vendría con los jefes judíos después
que hubiese hablado y enseñado en la sinagoga; y fue luego a
las prisiones de las mujeres, consolando, exhortando y recibiendo
la confesión de algunas, a las cuales perdonó sus pecados; les
hizo dar regalos y les prometió interesarse por reconciliarlas con
los suyos. De este modo Jesús pasó las horas desde las nueve de
la mañana hasta las cuatro de la tarde en esta casa de dolor
llenándola de gozo y de consuelo, en un día en que afuera era
todo diversión por ser el primer día de las fiestas instituídas por
Salomón en memoria de la visita de la reina de Saba, que lla-
maban Ennorum. El Sábado de este primer día lo había visto
festejar ayer Jesús en Bezech, y hoy era todo alegria en la parte
más poblada de la ciudad. También aquí se veían arcos de triun-
fo, cascadas, juegos públicos, carreras con premios y los mon-
tones de trigo y de frutas que debían repartirse a los pobres.
Como contraste, en casa de estos recluidos, presos y enfermos es-
taba todo en tristeza y silencio. Jesús sólo había pensado en ellos
y les había traído la verdadera alegría. Después de esto tomó un
alimento fuera de la ciudad, en compañía de los suyos, que
consistió en pan, miel, frutas, y envió regalos de vestidos y ali-
mentos para distribuirlos a los presos y enfermos de aquella
casa. Con los demás se dirigió a la sinagoga.