De la Natividad de la Virgen a la muerte del patriarca San José- Sección 19

XCII
Un ángel avisa a la Sagrada Familia que abandone Egipto
He visto que la Sagrada Familia abandonaba su residencia en Egipto.
Aunque Herodes había muerto hacía mucho tiempo, no pudieron regresar
antes porque subsistía el peligro. La estadía en Egipto se le hacía a
José insopo1table porque sus habitantes practicaban la más horrible idolatría.
Sacrificaban a los niños deformes, y cuando sacrificaban a los mejores
creían hacer una obra más meritoria. Su culto estaba lleno de impurezas, y
los mismos judíos se contagiaban, pues tenían un templo que decían ser como
el de Salomón, aunque era una ridícula vanidad. Poseían una imitación
del Arca de la Alianza y en ella conservaban figuras obscenas, y se dedicaban
a las prácticas abominables del culto idolátrico. No cantaban ya los
Salmos, hasta que José estableció un orden perfecto en esta comunidad de
Matarea. El sacerdote egipcio que habló en favor de la Sagrada Familia en
la vecina ciudad de Heliópolis, donde cayeron los ídolos, se había establecido
allí con varias personas, reuniéndose a la comunidad judía. Veía a San
José ocupado en su carpintería, y cuando llegaba la hora de dejar el trabajo,
estaba triste, pues no le daban el salario y no tenía nada que llevar a su casa,
donde se sufría grandes privaciones.
Afligido por estas preocupaciones, José se hincó de rodillas en el campo y
expuso a Dios su necesidad rogándole que acudiera en su ayuda. He visto
que durante la noche se le apareció un ángel en sueños y le dijo que los que
buscaban la muerte del Niño ya no existían; que se levantara y preparase lo
necesario para volver a la patria por los caminos más frecuentados. Le animó
asegurándole su protección para que nada temiera. José hizo conocer
esta orden a María y al Niño Jesús. Ellos, obedeciendo en seguida, hicieron
los preparativos con la misma rapidez con que lo hicieron cuando debieron
partir para Egipto. Cuando conocieron al día siguiente su designio de partir,
muchas gentes se entristecieron por su salida, y fueron a despedirse con regalos
contenidos en pequeños vasos de corteza. Se veía que su aflicción era
sincera. Entre ellos había algunos judíos, aunque la mayoría eran paganos
convertidos. La mayor parte de los judíos que habitaban allí habían caído de
tal modo en la idolatría que era casi imposible reconocerlos por israelitas.
Algunos hubo que se alegraban de la partida de la Sagrada Familia, porque
los consideraban magos que tenían por protectores a espíritus maléficos
muy poderosos. Entre las personas buenas vi algunas madres con sus hijos,
que habían sido compañeros de juego del Niño Jesús. Había una mujer distinguida
que llevaba un pequeñuelo a quien llamaba “el hijo de María”.
Había deseado mucho tiempo tener hijos, y por las oraciones de María había
conseguido tener esa criatura a quien llamó Deodato. Ella se llamaba Mira.
Vi que daba monedas al Niño Jesús; eran pequeños trozos triangulares amarillos,
blancos y pardos. El Niño Jesús, al recibirlos, miraba a su madre.
Cuando José hubo cargado el asno con las cosas necesarias se pusieron en
camino acompañados por aquellos amigos. El asno era el mismo que había
montado María al ir a Belén. Habían tenido también una burrita en la huida
a Egipto, pero José en sus apuros tuvo que venderla.

XCIII
Regreso de Egipto
Siguieron el camino que pasa por Heliópolis, desviándose un tanto hacia
el Mediodía en dirección de la fuente que había brotado mediante la
oración de María. Aquel lugar se encontraba ahora cubierto de tupida vegetación,
y el arroyo corría en torno a un jardín cuadrado, rodeado de balsameros.
Este sitio tenía una entrada y era tan grande como el picadero del Duque
de Dülmen. Había muchos frutales de pocos años, datileros, sicómoros y
otros más, y los balsameros eran casi tan grandes como cepas de vid de mediano
tamaño. José había hecho pequeños vasos con la corteza de los árboles,
elegantes, bien pulidos y untados con pez. Con frecuencia hacía recipientes
para diversos usos. Arrancó hojas parecidas a las del trébol de los
ramajes rojizos de los balsameros y colgó de ellos los pequeños vasos de
co1teza para almacenar el bálsamo que destilaban los arbustos. Al llegar a
este lugar se despidieron los acompañantes en forma tierna y la Sagrada
Familia peermaneció allí varias horas. Vi a María lavando y secando ropa.
Descansaron, llenaron sus recipientes y continuaron el viaje por las sendas
más frecuentadas.
Los vi varias veces en este camino, donde no corrieron ningún peligro. El
Niño Jesús, María y José llevaban, para protegerse del sol, la corteza de una
planta muy grande sobre la cabeza, sujeta bajo el mentón con un paño. Jesús
llevaba vestidito pardo y calzado de corteza, fabricado por José, que le cubría
la mitad de los pies. María llevaba sandalias. Con frecuencia los vi inquietarse
porque el Nifio apenas podía andar mucho tiempo por la arena ardiente,
y tenían que detenerse para sacarle la arenilla de sus zapatitos; otras
veces lo hacían subir sobre el asnillo para que no se cansara demasiado. Los
vi atravesando varias ciudades o pasando cerca de otras, cuyo nombre no me
acuerdo, excepto Rameses. Cruzaron un arroyo que habían atravesado al ir:
este arroyo iba del Mar Rojo al Nilo. José no quería volver a Nazaret, sino
más bien establecerse en Belén, su patria; pero estaba inquieto porque supo
que en Judea reinaba Arquelao, también cruel y malo. He visto que al llegar
a Gaza permanecieron unos tres meses. Había en Gaza muchos paganos.
Finalmente un ángel ordenó a José que volviera a Nazaret, lo que hicieron
de inmediato. Santa Ana vivía aún y sabía donde habitaba la Sagrada Familia,
como también lo sabían algunos parientes, El regreso de Egipto tuvo lugar
en el mes de Septiembre. La edad de Jesús entonces era de ocho años
menos tres semanas.

XCIV
La Sagrada Familia en Nazaret
En la casa de Nazaret había tres divisiones. La mayor y más arreglada
era para María, adonde acudían José y Jesús para el rezo en común.
Cuando rezaban lo hacían de pie con las manos cruzadas sobre el pecho, y
oraban en voz alta. Los he visto a menudo rezar bajo la luz de una lámpara
con varias mechas. En la pared había un candelero donde brillaba una luz.
Fuera de estos casos cada uno estaba en su propio compartimiento. José trabajaba
en su taller: lo vi haciendo listones, tallando palos y cepillando maderas,
o transportando tirantes. Jesús le ayudaba en estos trabajos. María estaba
de ordinario ocupada en coser y tejer con palillos, sentada, con las piernas
cruzadas, y teniendo a su alcance un canastillo con los utensilios de labor.
Cada uno dormía en lugar aparte. El lecho consistía en mantas, que por
la mañana eran arrolladas.
He visto a Jesús haciendo toda clase de trabajos para sus padres, en la casa y
en la calle, ayudando a todo el que se encontrase necesitado, con benevolencia
y gracia. Cuando no ayudaba a José, se entregaba a la oración y a la meditación.
Era un modelo para todos los niños de Nazaret, que lo querían bien
y se guardaban mucho de disgustarle. Los padres solían decir cuando sus
criaturas se portaban mal: “¿Qué dirá el hijo de José cuando sepa tu comportamiento?
… ¿Querrás darle un disgusto?”. A veces llevaban a sus hijos, delante
de Jesús, para reprenderlos, pidiéndoles que les dijera que no hicieran
esto o aquello. Jesús recibía estas quejas con simplicidad infantil, y lleno de
benevolencia les decía lo que debían hacer. A veces rezaba con ellos, solicitando
a Dios fuerza para corregirse, los persuadía a que se mejorasen y pidiesen
perdón a sus padres, reconociendo sus faltas.
A una hora de distancia más o menos de Nazaret, hacia Séforis, había una
aldea llamada Ofna, donde vivían en tiempos de Jesucristo los padres de
Juan y de Santiago el Mayor. Estos niños se encontraban con frecuencia con
Jesús hasta que sus padres se trasladaron a Betsaida y ellos se entregaron al
oficio de pescadores. En Nazaret vivía una familia, parienta de Joaquín,
esenia, con cuatro hijos: Cleofás, Jacobo, Judas y Jafet, unos mayores y
otros menores que Jesús. Estos también eran compañeros de infancia de Jesús,
y sus padres solían juntarse con la Sagrada Familia cuando marchaban a
las fiestas del templo de Jerusalén. Estos cuatro hermanos fueron más tarde
discípulos de Juan Bautista, y después de la muerte del Precursor pasaron a
ser discípulos de Jesucristo. Cuando Andrés y Saturnino atravesaron el Jordán,
permanecieron todo el día con Jesús y más tarde fueron, como discípu-
los de Juan, a las bodas de Cana. Cleofás es el mismo que, en compañía de
Lucas, tuvo la aparición de Jesús en Emaús. Estaba casado y vivía en Emaús.
Su mujer se agregó más tarde a las santas mujeres de la comunidad cristiana.
Cuando Jesús tuvo ocho años fue por primera vez con sus padres a Jerusalén
y desde entonces iba año tras año a las festividades del templo. Jesús había
despertado curiosidad desde su primera aparición en el templo, entre sus
amigos y entre los escribas y fariseos del templo. Se hablaba, entre los pa-
rientes y amigos de Jerusalén, del niño tan prudente y piadoso, hijo de José,
llamándole admirable, tal como aquí entre nosotros, se habla en las anuales
peregrinaciones o en los encuentros de personas conocidas, de éste o aquel
niño piadoso o modesto de alguna familia de campesinos. De este modo tenía
Jesús, cuando a los doce años se quedó en el templo, varios amigos y
conocidos en Jerusalén, y no se extrañaron sus padres de no verlo al salir de
Jerusalén, porque ya desde la primera hasta esta quinta vez que iba al templo
siempre solía juntarse con los niños de otras familias que viajaban camino
de Nazaret. Esta vez se separó Jesús de sus acompañantes al llegar al
huerto de los Olivos y ellos pensaron que lo hacía para juntarse con sus padres,
que venían detrás. Jesús se dirigió a la parte de la ciudad que mira
hacia Belén y se fue a aquella posada donde se detuvo la Sagrada Familia
cuando se dirigía al templo para la Presentación. Sus padres creían que estaría
con los que iban a Nazaret, y éstos pensaron que se apartaba de ellos para
juntarse con sus padres. Pero cuando llegaron a Gofna y advirtieron que
Jesús no estaba con los viajeros, el susto de María y de José fue muy grande.
De inmediato volvieron a Jerusalén, preguntando en el camino a los parientes
y amigos por el Niño; pero no pudieron encontrarlo por ningún lado,
pues no se había detenido donde ordinariamente solía hacerlo al ir al templo.
Jesús pasó la noche en la posada cerca de la puerta betlemítica, donde eran
conocidos él y sus padres. Se juntó con otros jovencitos y se fue a dos escuelas
que había en la ciudad. El primer día file a una escuela y el segundo a
la otra. El tercer día estuvo por la mañana en una escuela del templo y por la
tarde en el templo mismo, donde lo encontraron finalmente sus padres. Estas
escuelas eran de diversas clases y no sólo para conocer la ley y la religión:
se enseñaban diversas ciencias, y la postrera de ellas estaba situada junto al
templo, y era la de la cual salían los levitas y sacerdotes. Con sus preguntas
y respuestas asombró tanto el Niño Jesús a los maestros y rabinos de estas
escuelas y tanto los estrechó, que éstos se propusieron a su vez humillar al
Niño con los rabinos más sabios en diferentes ramas del saber humano. Con
este fin se habían confabulado los sacerdotes y escribas, que al principio se
habían complacido con la preparación del Niño Jesús, pero luego quedaron
mortificados y querían vengarse. Aconteció esto en el aula pública, situada
en el vestíbulo del templo, delante del Santo de los Santos, en el ámbito circular,
desde donde Jesús más tarde enseñó al pueblo. Vi sentado al Niño Jesús
en una gran silla, que no llenaba, y alrededor de Él había una multitud
de judíos y ancianos con vestimentas sacerdotales. Escuchaban atentos, y
parecía que estaban todos furiosos contra Él y por momentos creí que lo iban
a maltratar. En la parte alta de la cátedra había unas cabezas pardas como si
fueran perros y en los puntos superiores lucían y relumbraban. Tales figuras
y cabezas veíanse en varias mesas largas de cocina que había en la parte lateral
de este recinto del templo y que estaban llenas de ofrendas. Todo el
espacio era tan grande y amplio y tan lleno de gente que no parecía estarse
en un templo. Como Jesús hubiese aducido en las otras escuelas toda clase
de ejemplos de la naturaleza, de las artes y de las ciencias en sus respuestas
y explicaciones, se habían reunido aquí maestros en todas esas diversas
asignaturas. Cuando ellos comenzaron a preguntarle y a disputar en particular
con Jesús sobre estas materias, Él dijo que no pertenecía esto al lugar del
templo; pero que también quería satisfacerlos en esto por ser tal la voluntad
de su Padre. Como ellos no comprendían que hablaba de su Padre celestial,
pensaron que José le había dicho que hiciera alarde de toda su ciencia delante
de los sacerdotes. Jesús comenzó a responder y a enseñar sobre medicina
describiendo el cuerpo humano y diciendo cosas que no conocían ni los más
entendidos en la materia.
Habló asimismo de astronomía, de arquitectura, de agricultura, de geometría
y de matemática. Luego pasó a la jurisprudencia. De este modo todo lo que
iba ofreciendo lo aplicaba tan bellamente a la ley, a las promesas, a las profecías,
al templo y a los misterios del culto y del sacrificio, que unos estaban
admirados sobremanera, mientras otros estaban avergonzados y disgustados.
Así discurrieron, hasta que todos corridos se molestaron mucho especialmente
al oir cosas que jamás habían sabido ni entendido o que interpretaban
de muy diferente manera.
Hacía algunas horas que Jesús estaba enseñando cuando entraron en el templo
José y Maria, y preguntaron por su Hijo a los levitas que los conocían.
Estos dijeron que estaba en el atrio con los escribas y sacerdotes, y no siendo
éste lugar accesible para ellos, enviaron a un levita en busca de Jesús.
Mas éste les hizo decir que primero quería terminar su trabajo. La circunstancia
de no acudir afligió mucho a María: era la primera vez que les daba a
entender que había para Él otros mandatos fuera de los de sus padres terrenales.
Continuó enseñando aún no menos de una hora, y cuando todos se
vieron refutados, confundidos y corridos en sus preguntas capciosas, dejó el
aula y se llegó al vestíbulo de Israel y de las mujeres. José, tímido, callaba,
lleno de admiración. María se acercó a Él diciéndole: “Hijo, ¿por qué nos
has hecho esto? … He aquí que tu padre y yo te hemos buscado con tanto dolor”.
Jesús estaba todavía muy serio, y dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No
sabíais que yo debo estar en las cosas de mi Padre? … “. Esto no lo entendieron
y regresaron con Él de imnediato. Los que habían oído tales palabras
estaban asombrados y quedaron mirándolo. Yo estaba llena de temor: me
parecía que iban a echarle mano, porque estaban llenos de encono contra el
Niño. Me admiré que dejasen partir tranquilamente a la Sagrada Familia,
porque le abrieron ancho camino en medio de la muchedumbre apilada en
el lugar. La doctrina de Jesús excitó fuertemente la atención de los escribas:
algunos anotaron sus dichos como algo notable y se hacían toda clase de
comentarios y murmuraciones acerca del particular. Pero todo lo acontecido
en el templo se lo guardaron entre sí tergiversando las cosas y calificando al
Niño de intruso y atrevido, a quien habían corregido: que sin duda tenía mucho
talento, pero que eran cosas que había que pensarlas mejor.
Vi a la Sagrada Familia salir de nuevo de Jerusalén y reunirse con dos mujeres
y algunos niños que yo no conocía, pero que parecían ser de Nazaret.
Fueron por diversos lugares alrededor de Jerusalén, por varios caminos, por
el Monte de los Olivos, deteniéndose acá y allá, en los hermosos y verdes
lugares de recreo, y orando con las manos cruzadas sobre el pecho. Los vi
cruzar un gran puente sobre un arroyo. El caminar y el orar del pequeño
grupo me recordaban vivamente una peregrinación.

XCV
Fiesta en casa de Ana
Cuando Jesús estuvo de vuelta en Nazaret, vi en la casa de Ana una gran
fiesta, a la cual asistieron todos los jóvenes y niñas de los parientes y
amigos. No sé si sería una fiesta por el hallazgo del Niño Jesús u otra solemnidad
acostumbrada al regreso de la Pascua o la conmemoración del
duodécimo aniversario de los hijos que solía celebrarse. Jesús estaba allí
como el principal festejado. Encima de las mesas estaban tendidas bellas
enramadas y colgaban sobre ellas guirnaldas de hojas de vid y espigas, y los
niños llevaban uvas y panecillos. Estaban presentes treinta y tres niños, todos
futuros discípulos de Jesús, lo que guardaba referencia con los años de
vida de Jesús. Enseñó Jesús y contó a esos niños, durante la fiesta, una muy
maravillosa y poco comprendida parábola de unas bodas donde el vino se
convertiría en sangre y el pan en carne, y que ésta quedaría con los convidados
hasta el fin del mundo para consuelo, fortaleza y vínculo de unión. Dijo
también a un joven llamado Natanael, pariente suyo: “En tus bodas estaré
presente”. A partir de este año duodécimo de su vida, Jesús fue siempre como
el maestro de sus compañeros de infancia. A menudo estaba sentado con
ellos refiriéndoles algo y paseando al aire libre. Más tarde comenzó a ayudar
a José en su oficio. Era el Salvador de figura delgada y delicada, de rostro
largo, ovalado y reluciente, de color sano, aunque pálido. El cabello, muy
liso y rubio encendido, caíale en crenchas por la alta y serena frente sobre
los hombros. Vestía larga túnica gris pardusca, que le llegaba hasta los pies;
las mangas eran un tanto abiertas cerca de las manos.

XCVI
Muerte de San José
Cuando Jesús se acercaba a los treinta años, José se iba debilitando cada
vez más, y vi a Jesús y a María muchas veces con él. María sentábase
a menudo en el suelo, delante de su lecho, o en una tarima redonda baja, de
tres pies, de la cual se servía en algunas ocasiones como de mesa. Los vi
comer pocas veces: cuando traían una refección a José a su lecho era ésta de
tres rebanadas blancas como de dos dedos de largo, cuadradas, puestas en
un plato o bien pequeñas frutas en una taza. Le daban de beber en una especie
de ánfora. Cuando José murió, estaba María sentada a la cabecera de la
cama y le tenía en brazos, mientras Jesús estaba junto a su pecho. Vi el aposento
lleno de resplandor y de ángeles. José, cruzadas las manos en el pecho,
fue envuelto en lienzos blancos, colocado en un cajón estrecho y depositado
en la hermosa caverna sepulcral que un buen hombre le había regalado.
Fuera de Jesús y María, unas pocas personas acompañaron el ataúd, que
vi en cambio, entre resplandores y ángeles.
Hubo José de morir antes que Jesús pues no hubiera podido sufrir la crucifixión
del Señor: era demasiado débil y amante. Padecimientos grandes fueron
ya para él las persecuciones que entre los veinte y treinta años tuvo que
soportar el Salvador, por toda suerte de maquinaciones de parte de los judíos,
los cuales no lo podían sufrir: decían que el hijo del carpintero quería
saberlo todo mejor y estaban llenos de envidia, porque impugnaba muchas
veces la doctrina de los fariseos y tenía siempre en torno de Sí a numerosos
jóvenes que le seguían. María sufrió infinitamente con estas persecuciones.
A mí siempre me parecieron mayores estas penas que los martirios efectivos.
Indescriptible es el amor con que Jesús soportó en su juventud las persecuciones
y los ardides de los judíos. Como iba con sus seguidores a la
fiesta de Jerusalén, y solía pasear con ellos, los fariseos de Nazaret lo llamaban
vagabundo. Muchos de estos seguidores de Cristo no perseveraban y le
abandonaban.
Después de la muerte de José, se trasladaron Jesús y María a un pueblito de
pocas casas entre Cafarnaúm y Betsaida, donde un hombre de nombre Leví,
de Cafarnaúm, que amaba a la Sagrada Familia, le dio a Jesús una casita para
habitar, situada en lugar apartado y rodeada de un estanque de agua. Vivían
allí mismo algunos servidores de Leví para atender los quehaceres domésticos;
la comida la traían de la casa de Leví. A este pueblito se retiró
también el padre del apóstol Pedro cuando entregó a éste su negocio de pesca
en Betsaida. Jesús tenía entonces algunos adeptos de Nazaret, pero se
apartaban con facilidad de Él. Jesús ya iba con ellos alrededor del lago y a
Jerusalén a las fiestas del templo. La familia de Lázaro, de Betania, ya era
conocida de la Sagrada Familia. Leví le había entregado esa casa para que
Jesús pudiera refugiarse allí con sus discípulos sin ser molestado. Había entonces
en torno del lago de Cafarnaúm una comarca muy fértil, con hermosos
valles, y he visto que recogían allí varias cosechas al año: el aspecto era
hermoso por el verdor, las flores y las frutas . Por eso muchos judíos nobles
tenian allí sus casas de recreo, sus castillos y sus jardines; también Herodes
tenía una residencia. Los judíos del tiempo del Señor no eran como los judíos
de otros tiempos; éstos, a causa del comercio con los paganos, estaban
muy pervertidos. A las mujeres no se las veía de ordinario en público ni en
los campos, a no ser las muy pobres que recogían las espigas de trigo. Se las
veía, en cambio, en peregrinaciones a Jerusalén, y en otros lugares de oración.
El comercio y la agricultura se hacían principalmente por medio de los
esclavos y sirvientes. He visto todas las ciudades de Galilea, y allí donde
ahora veo apenas dos o tres pueblitos entonces un centenar estaba lleno de
gente en movimiento. María Cleofás, que con su tercer marido, padre de
Simeón de Jerusalén, vivía hasta ahora en la casa de Ana, cerca de Nazaret,
al dejar María y José su casa de Nazaret, se trasladó a esa casa con su hijo
Simeón, mientras sus criados y parientes quedaban en la de Ana. Cuando en
este tiempo Jesús se dirigió desde Cafarnaúm, a través de Nazaret, hacia
Hebrón, fue acompañado por María hasta Nazaret, donde quedó esperando
su vuelta. María solía acompañar a su Hijo con mucho cariño en estos cortos
viajes. Acudieron allí José Barsabas, hijo de María Cleofás, habido con su
segundo marido Sabas, y otros tres hijos de su primer marido Alfeo: Simón,
Santiago el Menor y Tadeo, los cuales ejercían oficios fuera de casa. Todos
iban para consolarse con la vista de María y consolarla de la muerte de José,
y para ver de nuevo a Jesús, a quien no habían vuelto a ver desde su infancia.
Habían oído comentar las palabras de Simeón en el templo y la profecía
de Ana en ocasión de la Presentación de Jesús en el templo; pero apenas si
las creían y por esto se unieron a Juan el Bautista, que había hecho su aparición
en esos lugares.