Últimas enseñanzas de Jesús y entrada triunfal en Jerusalén – Sección 2

VI
Jesús enseña en casa de Lázaro. Reprende a Pedro
Hoy estuvo Jesús todo el dia en casa de Lázaro con sus
apóstoles y las santas mujeres. Por la mañana enseñó en el al-
bergue a los discípulos y a las mujeres. Hacia las tres de la tarde
hubo una comida general en las bóvedas subterráneas. Las mu-
jeres sirvieron en la mesa y terminada la comida escucharon,
apartadas en la vivienda con rejas, la enseñanza de Jesús. El
Señor les anunció que no estarían mucho tiempo juntos: que
aquí, en la casa de Lázaro, ya no volverían a comer: que lo
harían todavía en la de Simón el leproso, pero que no estarían
tan tranquilos. Los invitó a que le tuvieran confianza y que le
preguntaran con toda libertad, como si fuera Él uno de ellos.
Preguntaron muchas cosas, especialmente Tomás, que tenía mu-
chas dudas. Juan preguntó algunas veces, pero siempre con
calma y humildemente. Cuando Jesús, después de la comida,
habló de la proximidad de su tiempo y cómo sería entregado
por una traición, no pudo contenerse Pedro, y preguntó a Jesús
por qué siempre decía que sería traicionado: que si era posible
creer que uno de ellos pudiera ser el traidor, y añadió que él
salía en garantía que ninguno de los doce sería capaz de hacerle
traición. Dijo esto con toda audacia, como ofendido en su honor
de jefe de los apóstoles. Jesús le contestó tan severo como nunca,
más que cuando le dijo: “Apártate de mi, Satanás”. Les dijo que
si su bondad y gracia no los socorría, caerían todos; que cuando
llegase el peligro, todos lo abandonarían; que entre ellos había
uno que no flaqueaba, pero que también él huiría, aunque vol-
veria después. Se refería a Juan, el cual, al ser tomado preso
Jesús, huyó dejando la sábana en que iba envuelto. Los após-
toles se pusieron tristes: sólo a Judas Iscariote lo vi en esta
ocasión muy servicial, amigable y sonriente.
Como preguntaran a Jesús sobre el reino que debe venir
a ellos, les habló dulcemente del tema, anunciándoles que ven-
dría sobre ellos el Espíritu Santo, y entonces comprenderían
todas estas cosas. Les dijo que Él debía volver al Padre para
poder mandarles el Espíritu Santo que procede del Padre y de
Él mismo. Añadió algo que no sé expresar, como lo siguiente:
Que Él vino a hacerse carne para redimir al hombre; por eso
su acción es más corporal sobre ellos, sus apóstoles, pues el
cuerpo obra más corporalmente, y para que pudieran llegar a
entenderlo les mandaría al Espíritu Santo, que les daría un
desarrollo espiritual. Luego habló del tiempo de la tribulación,
que ya venía sobre Él: les advirtió que ellos también sufrirían
como dolores de parto. Después pasó a tratar de la belleza del
alma, hecha a imagen de Dios, y qué meritorio era salvar las
almas y llevarlas al cielo. Repitió que ellos muchas veces le
habían interpretado mal y no le habían entendido; que Él siem-
pre los había tratado con suma paciencia: que ellos también
tuviesen mucha paciencia en el trato con los demás, cuando Él
se hubiese alejado de ellos, especialmente hacia los pecadores.
Como Pedro le notara que Él también se había mostrado a veces
severo y decidido, Jesús les enseñó lo que es celo verdadero por
la gloria de Dios y el falso celo.
Todo esto se prolongó hasta muy entrada la noche. Todavía
vinieron secretamente Nicodemo y un hijo de Simeón. Era ya
pasada la medianoche cuando se retiraron a descansar. Jesús
les dijo que durmiesen tranquilos una vez más, que pronto
vendría un tiempo que estarían con angustia, sin poder dormir.
Les anunció que más tarde, en las persecuciones, dormirían con
una piedra bajo la cabeza, tranquilos, como Jacob en la visión
de la escala hasta el cielo. Cuando Jesús terminó de hablar,
dijeron todos: “Señor, qué corta nos pareció esta tarde la cena
y la noche con esas palabras que nos dijiste”.

 

VII
La ofrenda de la viuda
Al día siguiente muy temprano, dirigióse Jesús al templo,
no al sitio ordinario, sino a la galería donde tuvo lugar la pre-
sentación de María. Cerca de la entrada estaba instalado el
cepillo de limosnas, que era una columna de la mitad de la
altura de un hombre, con tres aberturas como embudos donde
los que ofrendaban ponían las monedas para el culto del tem-
plo. Debajo tenía una puerta por donde se retiraban las limos-
nas. El cepillo estaba cubierto con telas rojas y blancas. A la
izquierda había un asiento para el sacerdote que guardaba el
orden y una mesa donde se colocaban los dones de palomas y
otras cosas que ofrecían los devotos. A derecha e izquierda había
asientos para hombres y mujeres; detrás estaba la sala cerrada
por una reja, con el altar donde María ofrecio a Jesús Niño.
Jesús ocupó hoy el asiento junto al cepillo de la limosna: era
un día de ofrendas para todos los que se purificaban para la
próxima Pascua.
Los fariseos se fastidiaron grandemente al ver a Jesús sen-
tado en ese lugar, y cuando Jesús dejó el asiento ellos no qui-
sieron ocuparlo. Los apóstoles estaban en torno de su Maestro.
Al cepillo se acercaron primero los hombres, luego las mujeres:
salían afuera por la puerta de la izquierda. Los que ofrecían
estaban fuera, en largas filas, esperando pasar de cinco en cinco.
Jesús permaneció aquí unas tres horas. Hacia el mediodía se
cerró la puerta de las limosnas como de costumbre. Jesús seguía
aún sentado, de lo que se irritaron nuevamente los fariseos. Era
el mismo lugar donde Jesús perdonó a la mujer adúltera. El
templo tenía como tres partes, una a continuación de otra. Ha-
bía tres grandes arcadas. En la primera estaba la sala redonda
de la enseñanza. El cepillo de la limosna estaba a la derecha
de este sitial de enseñanza, hacia el santuario. Para llegar al
cepillo había que andar por largos corredores. La última per-
sona que ofreció su moneda en el templo era una pobre y hu-
milde viuda. No se podía ver, en realidad, lo que cada uno
ponía, pero Jesús sabía lo que había depositado, y habló a los
discípulos diciendo que ella había puesto más que todos los
otros. Había puesto lo último que le quedaba para comprar
su pan diario. Jesús le mandó decir que lo esperase junto a la
casa de Juana Marcos.
Por la tarde enseñó Jesús de nuevo en el lugar ordinario.
Ese sitio redondo estaba precisamente de frente a la puerta y
a la derecha e izquierda había gradas que llevaban al santuario
y de allí al Santo de los Santos. Cuando los fariseos llegaron
habló Jesús de que ayer no pudieron echarle las manos, aunque
tuvieron el tiempo, oportunidad y voluntad decidida de hacerlo:
esto ocurrió así porque su tiempo no había llegado aún y esa
hora ellos no la podían anticipar. La hora había de venir; pero
los fariseos no celebrarían su Pascua tranquilos como de cos-
tumbre: no sabrán dónde esconderse en esa hora. Toda la sangre
derramada de los profetas caería sobre ellos: saldrán de sus se-
pulcros, y la tierra temblará de espanto. A pesar de todo, ellos
permanecerían obstinados en su malicia. Luego se refirió a la
ofrenda de la pobre viuda y cuando a la tarde salió del templo,
habló Jesús en el camino con ella: le dijo que su hijo viniese
con Él: esto alegró grandemente a la pobre mujer. En efecto,
este joven se unió a los discípulos aún antes de la muerte de
Jesús. La viuda era muy piadosa y observante, pero sencilla
y fiel.

 

VIII
Jesús anuncia la destrucción del Templo
De camino, uno de los apóstoles señaló hacia el Templo, ha-
blando con Jesús y los demás de su magnificencia. Jesús dijo
que no quedaría de él piedra sobre piedra y fue con ellos al
Huerto de los Olivos, donde hay, en sus suaves alturas, lugares
de esparcimiento y un sitial de enseñanza con graderias de cés-
ped para los oyentes. Aquí solían venir a sentarse los sacerdotes
después del trabajo del día para tomar algún descanso. Jesús
se sentó en el sitial y como los apóstoles preguntaran cuándo
sería la destrucción del templo, Jesús pronunció todas las ame-
nazas que están en el Evangelio. Concluyó diciendo: “Bienaven-
turado quien perseverare hasta el fin”. Con esto terminó y se
alejó. No había durado todo esto sino un cuarto de hora. Desde
este lugar el templo ofrecía una espléndida vista. Con el sol
poniente brillaba de tal modo que apenas se podía fijar la mi-
rada. Había piedras brillantes, coloradas y amarillas embutidas
en las paredes del edificio. El templo de Salomón tenía más
riquezas en oro; éste brillaba por sus piedras de construcción.
Los fariseos estuvieron hoy muy irritados, celebraron con-
sejo esta misma noche y enviaron espías tras de Jesús. Deplo-
raban que Jesús no volviese a tratar con ellos: sin Él no podían
llegar a nada concreto. Judas no había vuelto a conversar con
ellos desde aquella noche pasada. A la mañana siguiente estuvo
Jesús de nuevo en ese lugar del monte de los Olivos y volvió
a hablar de la destrucción del templo con la comparación de
una higuera que allí estaba. Dijo que Él ya estaba entregado:
que el traidor ya había tratado con sus enemigos; que los fari-
seos ahora deseaban ver de nuevo al traidor, y que Él deseaba
que el traidor volviera en sí, se arrepintiera y no dudara en
volver de su mal paso.
Jesús decía estas cosas mientras Judas oía sonriente: por
otra, parte Jesús no dio a conocer al traidor, hablando sólo con
palabras algo vagas del asunto. Mandó a los apóstoles que no
se mezclasen en cosas mundanas, porque les dijo que se dis-
persarían: que no olvidasen las cosas que estaban por suceder
y que no cubriesen como con un manto sus sentimientos para
no ser conocidos. Usó de la comparación del manto con el cual
uno suele cubrirse para no darse a conocer. También les repro-
chó sus murmuraciones ante las unciones de la Magdalena. Dijo
esto quizás para recordar a Judas su primer mal paso y prin-
cipio de su traición, que hizo precisamente después de esa
unción, como una advertencia a lo que haría Judas luego de la
próxima unción de la Magdalena, después de lo cual completó
el traidor su mala acción. Otros de entre ellos también se ha-
bían escandalizado de la unción de la Magdalena, pero más por
razón de economía o de inconveniencia, pues sabían que estas
unciones costosas constituirían uno de los desórdenes de las
gentes mundanas, sin comprender que esta misma acción hecha
al Santo de los Santos era altamente laudable.
Jesús les anunció que por dos veces más enseñaria públi-
camente. Y hablando del fin del mundo y de la destrucción de
Jerusalén dio las señales por las cuales podían conocer que el
tiempo y la hora de su partida estaba cerca. Les dijo que había
entre ellos una disputa sobre quién era el mayor: ésta sería una
señal de que se acercaba la hora en que los iba a dejar. Repitió
que uno de ellos lo traicionaría. Estas cosas se las decía para
que estuviesen vigilantes y fueran humildes. Todo esto lo dijo
con infinito amor y paciencia.
Hacia el mediodía enseñó Jesús en el templo con la pa-
rábola de las diez vírgenes y con la de los talentos que se le
confían a cada uno. Reprochó a los fariseos: trató del profeta
que habían matado entre el templo y el altar y aludió a las
malas intenciones que llevaban ahora en sus corazones. A este
respecto dijo a sus apóstoles que allí donde no se esperaba con-
versión ni mejora, debían, sin embargo, avisar y reprender.
Cuando dejó el templo se le acercaron muchos extranjeros que
no habían podido oír su predicación, por ser paganos y no poder
entrar en el templo. Estos estaban convertidos por las maravi-
llas que habían oído y por la entrada triunfal que habían pre-
senciado el Domingo de Ramos. Estaban entre ellos aquellos
griegos que habían hablado antes con Él. Jesús los dirigió a sus
discípulos y se encaminó al Huerto de los Olivos donde pasaron
la noche en un albergue de forasteros. A la mañana siguiente,
cuando llegaron los demás apóstoles, les anunció algunas cosas
que habían de suceder: que estaría aún dos veces con ellos en
una comida; que deseaba celebrar con ellos la última cena, en
la cual quería darles todo lo que como hombres les podía dar
aún. Después se dirigió al templo, donde habló de su retorno
al Padre: expresó que Él era la voluntad del Padre, cosa que
yo no entendí bien. Dijo que Él era la salud de los hombres, que
Él era el que quitaba el peso de los pecados de los hombres y
explicó por qué los ángeles caídos no fueron redimidos, y lo
fueron los hombres. Los fariseos se turnaban, espiando sus pa-
labras. Jesús dijo que había venido para terminar con el do-
minio del pecado en el mundo. En un jardín comenzó el pecado:
en un jardín terminará su dominio, y en ese mismo jardín le
prenderían a Él. Y hablando a los fariseos les dijo que desde la
resurrección de Lázaro ellos habían querido dar muerte al que
les hablaba; pero que Él se había ausentado para que se cum-
pliera todo lo que debe cumplirse en Él. Dijo que su viaje se
dividía en tres partes: no recuerdo si dijo si en tres veces
cuatro o cinco o seis semanas. Dijo a los fariseos cómo lo tra-
tarían: que lo harían morir como un malhechor, pero que no
conseguirían hacerle olvidar después de su muerte. Habló de
los justos asesinados que resucitarían y hasta señaló el lugar
donde se levantarían esos muertos. Ellos, los fariseos, no al-
canzarían el objeto de su odio, y estarían entonces llenos de
temor y de angustia. Habló de Eva, de quien vino el pecado
en el mundo: por eso son castigadas las mujeres de modo que
no pueden entrar en el Santuario. Pero que por una Mujer había
venido la salud al mundo: por eso ahora la mujer es librada de
la esclavitud, pero no de la sujeción al hombre. Jesús perma-
neció esta noche en la posada del Huerto de los Olivos. Bajo la
lámpara rezaron las plegarias prescritas para el Sábado.
Al día siguiente fue Jesús con los suyos a través del torrente
Cedrón y luego hacia el Norte entre una hilera de casas donde
había pequeñas praderas con rebaños de ovejas, Allí estaba la
casa de Juan Marcos. Torció hacia Getsemaní, un poblado como
Betfagé, a ambas orillas del Cedrón. La casa de Juan Marcos
estaba a un cuarto de hora delante de la puerta, a través de la
cual se conducían los animales al mercado al Norte del templo,
en una colina que más tarde se cubrió de casas. Había un cuarto
de hora a Getsemaní y de aquí, por el Huerto de los Olivos, una
hora a Betania. Betania está en línea recta al Este del templo,
a una hora de Jerusalén. Desde Betania se podían ver algunos
puntos del templo y los edificios que estaban detrás. Desde Bet-
fagé no se podía porque estaba en una hondonada y tenía de-
lante el monte de los Olivos: sólo en un punto del camino donde
había una garganta de montaña se podía ver el templo.
Mientras Jesús iba con sus discípulos a través del torrente
Cedrón a Getsemaní, dijo a los apóstoles, señalando una pro-
fundidad del Huerto de los Olivos: “Aquí me abandonarán: aquí
me tomarán preso”. Jesús estaba muy triste. Se dirigió a Be-
tania, a la casa de Lázaro, luego al albergue de los discípulos,
con los cuales caminó por los alrededores de Betania, conso-
lando a muchas gentes, como quien se despide de ellas. Por la
tarde hubo una comida en casa de Lázaro, con la presencia de
las santas mujeres, en el salón separado por la verja. Al fin de
la comida dijo a todos que descansasen tranquilos por última vez.

 

IX
Ultimas enseñanzas de Jesús en el Templo
Jesús fue muy temprano con los discípulos a Jerusalén.
Cuando llegó frente al templo, a través del Cedrón, anduvo fuera
de la ciudad hacia el Sur; luego entró por una puerta pequeña
y llegó al pie del monte Sión a un puente amurallado, sobre
una profunda hondura. Bajo el templo había cuevas y grutas:
de aquí, por un corredor largo que tenía luz sólo por arriba,
encaminóse al patio de las mujeres: de aquí torció al Este y
pasó por la puerta donde se ponían a las mujeres acusadas;
luego por el gazofilacio, y llegó al sitial de la enseñanza. Esta
puerta estaba siempre abierta; otras eran cerradas por los fa-
riseos cuando Jesús enseñaba. Ellos decían: “La puerta de los
pecadores quede siempre abierta para el pecador”. (Aludian a
Jesús).
Jesús enseñó admirablemente sobre la unión y la separa-
ción. Trajo la comparación del fuego y del agua, que se repug-
nan uno a la otra; pero si el agua no es superior al fuego, no
hace sino avivar la llama. Habló de persecuciones y martirios.
Bajo el fuego entendía a los discípulos que le permanecieron
fieles; bajo el agua aquellos que se separaron de Él y amaron
más el abismo. Declaró y explicó el agua como martirizador
del fuego. Habló de la mezcla de la leche y el agua, que se
unen de modo que no se pueden separar. Entendía la unión de
su Persona con los suyos, notando la bondad de la leche como
alimento. De este modo se refirió a la unión conyugal, ya que
los apóstoles le habían preguntado sobre las relaciones de los
casados después de la muerte. Jesús les dijo que había una doble
unión: la de la carne y la sangre que la muerte deshace y
separa para no volverse a unir, y la unión de los espíritus que
se perpetúa después de la muerte. Añadió que no se angustiasen
pensando si allá se encontrarán juntos o no. Los que están uni-
dos en el espíritu se encontrarán también unidos. Habló de la
Iglesia como su esposa. Les dijo que no se asustaran de los que
martirizan a los cuerpos: los del alma son de temer. Como los
apóstoles no entendían y olvidaban muchas cosas, les dijo que
las anotasen en seguida. He visto a Juan, a Santiago el Menor
y a otro, con unas tablillas sobre sus rodillas donde de vez en
cuando anotaban algo. Escribían sobre pequeños rollos, con pin-
tura que llevaban consigo en una especie de cuerno. Sacaban
los pequeños rollos del bolsillo del pecho y escribían algo de
lo que oían.
Jesús habló de su unión con ellos: que se realizaría en la
última cena y que ya nadie podría separarlos. El deber de la
continencia perfecta la propuso en una serie de preguntas: “¿Po-
déis hacer esto o aquello en seguida?” Habló de un sacrificio
que debían hacer y la conclusión de todo esto fue la necesidad
de la continencia perfecta. Les trajo el ejemplo de Abraham y
de otros patriarcas, quienes antes del sacrificio se purificaban lar-
gamente y observaban la continencia. Cuando habló del bau-
tismo y los otros sacramentos les anunció que les mandaría al
Espíritu Santo, el cual, por su bautismo, los hacía a todos hijos
de la Redención. Mandóles que después de su muerte bautiza-
sen en el estanque de Betesda a todos los que se presentasen
pidiéndole. Que si venían muchos, tomasen de a dos en dos, pu-
siesen las manos sobre los hombros y los bautizasen bajo el
chorro de la bomba que hay en el estanque. Como en otro tiempo
venía el ángel a remover las aguas, ahora vendría el Espíritu
Santo sobre los bautizados, no bien hubiese Él derramado su
sangre, aunque ellos no hubiesen recibido todavía al Espiritu
Santo.
Pedro, que había sido designado primero entre los demás,
preguntó, como tal, si siempre tendrían que hacer así, sin exa-
minar antes o instruir a los bautizandos. Jesús contestó que las
gentes se cansan de esperar las fiestas y desmayan en la dureza
y rigor; conviene que hagan como les dijo. Cuando hayan reci-
bido el Espíritu Santo ya sabrán lo que deberán hacer en cada
caso. Habló también a Pedro de la penitencia, de la confesión
y de la absolución. A todos habló del fin del mundo y de las
señales que le habían de preceder. Dijo también que uno de
ellos tendría una visión de esos tiempos. (Aludía al Apocalipsis
de Juan). Y al hablar de este tema usó algunas figuras de la
Revelación. Habló de los señalados en la frente y anunció que
la fuente del agua viva que viene del Calvario, sería al final de
los tiempos enturbiada y como envenenada; pero que toda el
agua buena sería juntada en el valle de Josafat. Me pareció que
decía: toda agua tendrá que ser agua de bautismo. Durante esta
enseñanza no estaba presente ningún fariseo. Por la tarde Jesús
volvió a Betania, a casa de Lázaro. Durante todo el día siguiente
Jesús enseñó en el templo sin ser molestado. Habló de la verdad,
del cumplimiento y de la observancia de aquello que se enseña:
ahora quería Él cumplir. No basta la fe sola; hay que completar
y llenar la fe con las obras. Todos, ni los fariseos, no lo podrán
acusar de haber dicho o enseñado algo falso. Ahora llenará y
completará su obra con su retorno al Padre.
Antes de apartarse de ellos, quiere dejarles lo que Él tiene.
Oro y plata no tiene: les quiere dejar su fuerza y su poder, y
quiere fundar con ellos una Sociedad que durará hasta el fin
de los tiempos. Esta unión deberá ser más íntima de la que tie-
nen ahora con Él. Quiere unirlos entre sí y con Él como miem-
bros de un mismo cuerpo. Les dijo tantas cosas que quería hacer
que Pedro concibió la idea de que Jesús permanecería más
tiempo con ellos; por eso manifestó a Jesús que si pensaba ha-
cer todo eso, se quedaría con ellos hasta el fin de los tiempos.
Jesús habló de los misterios y de la fuerza de la última cena, sin
nombrarla claramente. Les dijo que quería celebrar la última
Pascua con ellos; y como Pedro preguntara dónde quería cele-
brarla, respondió Jesús que a su tiempo indicaría el lugar. Des-
pués de esta última Pascua volvería a su Padre. Pedro preguntó
si se llevaría a su santa Madre, a la cual todos amaban y re-
verenciaban. Jesús contestó diciendo que permanecería con ellos
quince años, porque dijo una cantidad donde entraba el número
cinco. Habló mucho todavía de su santa Madre. Hablando de la
fuerza y virtud de la cena eucarística, refirióse a Noé que se
embriagó con el vino, y al pueblo judío a quien se le hizo pesado
el pan del cielo y habló del ajenjo con el cual debemos amar-
garlo. Jesús quiere ahora preparar el pan de la vida, antes de
su partida: aun no está cocido y amasado. Añadió Jesús que Él
les había predicado la verdad tantas veces, pero que ellos habían
dudado y aún dudan al presente. Jesús ya no les puede ser útil
con su presencia corporal: les dará pronto todo lo que tiene y
sólo se reservará lo que cubra su cuerpo. Esto no lo entendieron:
pensaban, quizás, que iba a morir o a desaparecer de su vista.
Ayer, cuando habló de la persecución de los judíos contra
Él, preguntó Pedro por qué no se alejaba, que ellos estaban dis-
puestos a seguirle adonde Él fuera: ya lo había hecho una vez,
huyendo después de la resurrección de Lázaro. Cuando Jesús a
la tarde dejó el templo, dijo, despidiéndose de él, que ya no
vendría más a él con su cuerpo. Lo dijo con tanta ternura, y
los apóstoles se conmovieron tanto, que se postraron en tierra,
llorando y clamando en alta voz. Jesús también lloraba. Sólo
Judas no lloró: manifestaba terror y miedo como en estos úl-
timos días. Jesús, desde ayer, no dijo nada más del traidor. En
el lugar de los gentiles lo esperaban muchos que querían verlo.
Habían visto a los apóstoles llorar. Jesús les dijo que se vol-
vieran a sus apóstoles, a quienes Él les dejaba todo su poder:
ahora ya no había más tiempo. Jesús se alejó por el camino del
Domingo de Ramos, fuera de la ciudad, y con la mirada y con
dolorosas palabras se dirigió varias veces al templo. Se enca-
minó al albergue del Huerto de los Olivos, y al oscurecer entró
en Betania.
Le esperaban las santas mujeres y enseñó durante la cena:
ahora se habían arrimado más al Señor. Para la tarde encargó
Él mismo una cena más abundante en el albergue de la casa
de Simón el leproso. Este día hubo mucha tranquilidad en Je-
rusalén. Los fariseos no fueron al templo, sino que se reunieron
en consejo y se manifestaron preocupados de que Judas no se
hubiese presentado de nuevo. Mucha gente buena de Jerusalén
estaba en gran tristeza porque habían conocido por los após-
toles las últimas palabras de Jesús sobre el templo. He visto
muy aflìgidos a Nicodemo, José de Arimatea, los hijos de Si-
meón y otros; pero todavía no se habian apartado de los demás
judíos. A la Verónica la he visto afligida, llorando y clamando,
retorciéndose las manos de dolor. El marido le preguntó por
qué andaba tan afligida. Su casa en la ciudad estaba entre el
templo y el monte Calvario. En las galerías del Cenáculo se
hospedaban diecisiete discípulos.

 

 

X
Última unción de la Magdalena
En la mañana del siguiente día enseñó Jesús en el patio de
la casa de Lázaro: estaban presentes más de sesenta discípulos.
Por la tarde, hacia las tres, se prepararon mesas para los dis-
cípulos en el local del patio, y Jesús mismo sirvió a los discí-
pulos, ayudado de los apóstoles. Iba de mesa en mesa, servía
y enseñaba al mismo tiempo. Judas no estaba presente: hacía
compras para la comida preparada en la casa de Simón. Mag-
dalena también había ido a Jerusalén a comprar perfume. María
Santísima, a quien Jesús había anunciado su próxima Pasión y
Muerte, estaba indeciblemente triste. Su sobrina, María Cleofás,
estaba siempre en torno de Ella para consolarla: la acompañó,
llena de aflicción, al albergue de los discípulos.
Jesús habló con sus discípulos de su próxima muerte y de
sus consecuencias: uno que le debía todo y que le era familiar,
le había de vender y entregar a los fariseos; no negociaría ni
siquiera por el precio; preguntará: “¿Qué me queréis dar por
Él?” Cuando los fariseos compran un esclavo preguntan el pre-
cio; el traidor lo venderá por lo que le den: lo venderá peor
y a más vil precio que a un esclavo.
Los discípulos lloraban amargamente: no podían ya comer
de pura aflicción y pena. Jesús, al ver esto, los invitó amable-
mente a comer. Muchas veces he comprobado que los discípulos
eran más sensibles y más tiernos con Jesús que los apóstoles:
creo que, como no estaban tan familiarizados con Jesús, eran
más humildes y más atentos. Con los apóstoles habló Jesús mu-
cho esta misma mañana. Como no comprendían todo, les volvió
a decir que tomaran anotaciones de sus palabras. Cuando les
mande al Espíritu Santo entenderán también las cosas anota-
das. He visto que Juan y otros anotaban muchas cosas. Jesús
dijo algo de la huida de los suyos cuando a Él lo llevasen a los
tribunales. Ellos no podían ni pensarlo; sin embargo, lo hicie-
ron. Les anunció cosas que sucederían después y les enseñó cómo
debían portarse. Habló de su santísima Madre: que Ella pade-
cería juntamente con Él todos los martirios; que Ella moriría
con Él de amarguísima muerte; y que viviría con ellos aún
quince años más sobre la tierra. A los discípulos les dijo dónde
debían ir después: unos a Arimatea, otros a Sichar, otros a Ke-
dar; a los tres jóvenes, que le habían acompañado en su viaje,
que no volviesen a sus casas. Les avisó que cuando tuviesen
tentaciones de desaliento no fuesen nunca a sus propias casas,
pues darían escándalo y sería fácil la caída y la apostasía. Eliud
y Eremenzear fueron, creo, a Sichar. Silas quedó aquí. Así les
enseñó Jesús y les aconsejaba en todas las cosas. He visto que
la misma tarde algunos ya se alejaron.
Mientras enseñaba Jesús, llegó la Magdalena con sus per-
fumes. Había estado con Verónica y esperó en su casa, mientras
esta le compraba el perfume en la ciudad. Había de tres clases:
lo más precioso que pudo encontrar. Magdalena gastó lo que
aún tenía en adquirir esos perfumes: había entre ellos esencia
de nardo. Se compraba con los envases, que eran de una sustancia
brillante, algo dúctil, semejante en el brillo a la concha de mar.
Tenían forma de urnitas y estaban atornillados con un pie y
enroscados con botoncitos. Magdalena traía los cofrecitos de per-
fumes bajo su manto, en un bolso que le colgaba de los hombros
sobre el pecho. La madre de Juan Marcos fue con ella a Betania
y la Verónica la acompañó un trecho del camino.
Cuando llegaron a Betania se encontraron en el camino con
Judas, que dijo algo a Magdalena, irritado contra ella. Magda-
lena había oído a Verónica que los fariseos habían resuelto apo-
derarse de Jesús para darle muerte; pero no ahora, por causa
de los muchos extranjeros paganos partidarios de Jesús. Se lo
contaron a las otras mujeres. Estas fueron a la casa de Simón
y ayudaron a preparar la comida. Judas había hecho compras:
había abierto su bolsa y pensaba que por la noche la tendría
de nuevo llena. De un hombre de Betania compró hierbas, en-
salada, dos corderos, fruta, pescados, miel, etc. La sala de Si-
món no era la misma donde habían comido después de la entrada
triunfal en Jerusalén. Hoy era un local abierto y adornado,
detrás de la casa que miraba al patio. Tenía una claraboya en
el techo en forma de cúpula. De ambos lados de esta cúpula
colgaban pirámides verdes y varias colgaduras de ramas con
pequeñas hojas. Estas pirámides se juntaban abajo y me parece
que las mantenían siempre verdes. Debajo de estos adornos
estaba el asiento de Jesús. Una parte de la mesa de donde se
traían los alimentos estaba desocupada. Simón, que ahora ser-
vía, solía sentarse en ese lugar. De ese lado había, debajo de la
mesa, tres recipientes de agua. Los comensales estaban esta vez
sobre asientos bajos con un brazo delante para apoyarse. Los
bancos eran tan anchos que podían estar de dos a dos enfrente.
Sólo Jesús se apoyaba en el medio en un asiento. Las mujeres
comían a la izquierda, en un salón abierto, y podían ver las
mesas de los hombres.
Cuando estuvo todo preparado fue Simón con su criado a
buscar a Jesús, a los apóstoles y a Lázaro. Llevaban vestidos de
fiesta. Simón llevaba un vestido largo, una faja con figuras y
letras y en el brazo un manípulo largo con borlas. El siervo
llevaba un vestido superior sin mangas. Simón acompañó a Je-
sús; el siervo a los apóstoles. No fueron por la calle, sino a través
del jardín a la sala de la casa. Había mucha gente en Betania,
y debido a que muchos forasteros deseaban ver a Lázaro, hubo
bastante alboroto. Llamó la atención de la gente que Simón
hubiera hecho tantas compras en la ciudad y que su casa, ha-
bitualmente abierta, ahora se mantenía cerrada. Había inquie-
tud mezclada de curiosidad: ésta era tanta que la gente subió
hasta por las paredes para ver. No recuerdo haber visto antes
de la comida un lavatorio de los pies: sólo unos lavados en la
puerta de entrada.
En la mesa había varios vasos grandes, y siempre dos más
pequeños al lado con tres clases de bebidas: una verdosa, otra
amarilla y otra colorada. Creo que una era jugo de frutas. Pri-
mero trajeron un cordero: estaba extendido con la cabeza entre
las patas anteriores sobre una fuente larga, redondeada; y lo
pusieron con la cabeza en dirección de Jesús. Él tomó un cu-
chillo blanco de hueso o de piedra y cortó el cordero extendido
así en varias partes en forma de cruz. Dio de lo que había cor-
tado una parte a Juan, otra a Pedro y la tercera para Si mismo.
Luego Simón hizo otras porciones a ambos lados dando su parte
a cada uno, según el orden, a los apóstoles y a Lázaro. Las santas
mujeres estaban en su mesa. La Magdalena, siempre llorosa,
estaba frente a María. Eran siete o nueve. Tenían un cordero,
algo menor y estaba en la fuente con la cabeza hacia María,
que lo cortó en partes para las demás. Después del cordero tra-
jeron tres pescados grandes y otros más pequeños. Los pescados
grandes estaban colocados, como si nadaran, en una gran fuente
con una salsa espesa. Luego trajeron una torta, panecillos o
confituras en forma de peces, de corderitos, de aves con alas ten-
didas; miel, ensalada con jugo y peras. En el medio había una
gran fruta y a los lados otras más pequeñas con los tallos me-
tidos en la grande. Las fuentes eran blancas, amarillas por den-
tro, playas y hondas, según la clase de alimentos.
Jesús enseñó durante toda la comida: hacia el fin he visto
que los apóstoles estaban literalmente con la boca abierta escu-
chando su palabra. Hasta Simón, que estaba sirviendo, quedó
parado y suspenso, escuchando. Magdalena, entre tanto, silen-
ciosamente se había levantado de su asiento entre las mujeres.
Llevaba un manto azul celeste muy fino, que me recordó el de
los Reyes Magos. Tenía los largos cabellos sueltos y ocultos
bajo el velo. Con el ungüento bajo el manto se encaminó hacia
el sitio de Jesús, se echo a sus pies, llorando, inclinando el rostro
sobre los pies de Jesús, que estaba recostado a la mesa. Mag-
dalena le quitó las sandalias y le ungió los pies con sus perfu-
mes. Luego tomó sus sueltos cabellos con ambas manos y los
pasó sobre los pies de Jesús, calzándole de nuevo las sandalias.
Hubo una interrupción en la palabra de Jesús. Él había visto
la venida de la Magdalena: a los otros les sorprendió grande-
mente. Jesús dijo: “No os escandalicéis en esta mujer”. Luego
le habló a ella en voz más baja. Magdalena se puso detrás de
Jesús y le derramó sobre su cabeza el precioso perfume, que se
esparció sobre el vestido, y pasó su mano sobre la sagrada ca-
beza, ungiéndola toda, mientras el agradable aroma llenaba
toda la sala. Los apóstoles cuchicheaban o murmuraban; el mis-
mo Pedro estaba contrariado por este contratiempo. Magdalena
se alejó, llorosa, cubierta con su velo. Como pasara junto a Ju-
das extendió éste la mano a su paso, de modo que Magdalena
se detuvo. Judas habló, irritado, de aquella prodigalidad, y de
que eso se hubiera podido dar a los pobres. Magdalena no habló,
sino que lloró más amargamente. Jesús intervino, diciendo que
la dejasen en paz, que lo había ungido para su muerte y que
más tarde ya no lo podría hacer. “En todas partes donde se
predique este Evangelio -añadió- se contará este hecho suyo
y la murmuración de los otros”.
Magdalena se retiró triste y llorosa. En el resto de la comida
el tema fue las murmuraciones de unos y la reprensión que
Jesús les dio. Después se dirigieron todos a la casa de Lázaro.
Judas, lleno de irritación y de avaricia, pensó para si mis-
mo: “Esto es intolerable y no puede seguir así”. Disimuló, dejó
su vestido de fiesta y mostró como que tenía que ir a la sala
del banquete para repartir a los pobres el resto de la comida;
pero en realidad corrió desalado derechamente a Jerusalén. He
visto junto a él al demonio en forma de un ser colorado, pun-
tiagudo y enjuto: estaba a veces delante, a veces detrás de él,
como haciéndole luz en el camino. De este modo Judas caminaba
apresuradamente en la oscuridad, sin tropiezos. Lo vi entrar en
la casa donde Jesús fue burlado en Jerusalén. Los fariseos es-
taban aún reunidos con el Sumo Sacerdote. El no fue introdu-
cido en la sala de la reunión. Salieron dos de ellos y hablaron
con él abajo, en el patio. Cuando dijo que quería entregar a
Jesús y preguntó qué le darían por ello, demostraron mucha
alegría y fueron a avisarlo a los demás. Vino entonces uno y
ofreció treinta monedas de plata. Judas quería que se las diesen
en seguida, pero ellos no quisieron. Dijeron que ya habia estado
una vez aquí y después no apareció más: que cumpliera primero
su palabra y después le pagarían. He visto que sellaron el con-
trato con un apretón de manos y rompieron algo del vestido de
ambos. Querían que se detuviese aún y les dijese el cómo y el
cuándo. Judas contestó que tenía que partir para no despertar
sospechas. Dijo que tenía que estudiar la situación y que sería
posible mañana mismo, sin llamar la atención. He visto siempre
al diablo junto a él. Corrió de nuevo a Betania, se puso el traje
de fiesta y estuvo entre los demás como si nada hubiera su-
cedido.
Jesús permaneció en la casa de Lázaro mientras los demás
se retiraban al albergue que tenían los discípulos. La misma
noche llegó todavía Nicodemo, y Lázaro lo acompañó de vuelta
a Jerusalén un trecho de camino.