El Antiguo Testamento – Sección 7

XXIX
El paciente Job
El padre de Job, gran conductor de pueblos, fue hermano de Faleg, hijo
de Heber. Poco antes de su tiempo ocurrió la dispersión de la torre de
Babel. Tuvo trece hijos, el más joven de los cuales fue Job y vivía en la parte
Norte del Mar Negro, en una montaña donde de una parte es cálido y de
la otra frío y nevado. Job es un antepasado de Abraham, cuya madre es bisnieta
de Job, casada en la familia de Heber. Job puede haber alcanzado el
tiempo del nacimiento de Abraham. Había vivido en distintos lugares y sus
desgracias las padeció en tres partes. Desde la primera calamidad había tenido
nueve años de tranquilidad; en la segunda, siete años, y en la tercera,
doce años. Las desgracias le pasaron en diversos lugares de su habitación.
En ninguna de sus calamidades había quedado reducido a la última miseria,
de modo que no tuviera ya nada; quedaba reducido a la pobreza en comparación
con su abundancia anterior. Siempre, empero, había podido pagar sus
deudas con lo que le quedaba.
Job no pudo permanecer en la casa de sus padres; tenía otras inclinaciones.
Adoraba al único verdadero Dios, especialmente en Ja naturaleza, en las estrellas
y en las cambiantes de la luz. Hablaba siempre de las admirables
obras de Dios y tenía un culto de la Divinidad, puro y simple. Al separarse
de su padre se dirigió con los suyos al Norte del Cáucaso. Aquí encontró
una comarca muy miserable y cenagosa. Creo que hoy vive allí una gente de
narices chatas, abultados pómulos y ojos pequeños. Aquí comenzó a trabajar
y todo le prosperaba. Reunía a toda clase de gentes pobres y desamparadas,
que vivían en cuevas y matorrales y no tenían para alimentarse otra cosa que
aves y animales de caza, que comían crudos, hasta que Job les enseñó a preparar
debidamente los alimentos. Les enseñó a cultivar la tierra. Job y su
gente llevaban pocos vestidos y vivían en tiendas de campaña. Job tenía ya
mucho ganado, asnos manchados y otros animales. Le nacieron aquí, en una
vez, tres hijos, y en otra ocasión, tres hijas. No tenía aún ciudad estable, sino
que se trasladaba de una parte a otra de sus posesiones que alcanzaban una
extensión de siete horas de camino. No cultivaban en esta tierra pantanosa
ninguna clase de trigo, sino una gruesa caña que crecía aún en el agua, que
contenía una médula que comían como gacha o asaban al fuego. La carne la
tostaban al principio al sol en cavidades en la tierra, hasta que Job les enseñó
a cocinar. Solían plantar muchas clases de calabazas para su alimento.
Job era indescliptiblemente bueno, manso y caritativo y ayudaba a las gentes
pobres. Era muy puro en sus costumbres. Tenía trato familiar con Dios,
que se le aparecía con cierta frecuencia en forma de ángel o de hombre sabio,
como solían decir las gentes. Estas apariciones angélicas las veía yo en
forma de jóvenes resplandecientes, sin barba, con largas y blancas vestiduras
de muchos pliegues, que caían hasta los pies de modo que cubrían toda
la persona. Estaban ceñidos, y los veía tomar alimentos y bebidas.
Job era consolado por Dios, por medio de estas apariciones, en sus calamidades;
y estas mismas juzgaban a sus amigos, a los hijos de sus hermanos y
a los parientes. Job no adoraba ningún ídolo, como lo hacía la gente de los
contornos. Sólo se había confeccionado una imagen del Todopoderoso, según
su idea. Era la figura de un Niño, con resplandores en tomo de la cabeza,
las manos una sobre otra; en una de ellas tenía un globo donde se veían
dibujadas aguas y una nave. Yo creo que era una representación del diluvio,
del cual hablaba a menudo Job con dos de sus más fieles amigos, ponderando
la sabiduría y la bondad de Dios. La figura era resplandeciente como el
metal. Él solía llevarla consigo a todas partes. Job ofrecía cereales, quemándolos
en sacrificio, delante de la imagen. He visto que el humo subía
como por un tubo hacia lo alto. En este lugar le alcanzó a Job su primera
calamidad. Tenía siempre lucha y dificultades con sus vecinos, que era gente
mala. Se trasladó entonces hacia la montaña del Cáucaso, donde recomenzó
su trabajo, que prosperó de nuevo. En este lugar empezó, tanto él
como su gente, a usar más vestidos: vivían con más perfección la vida familiar.
De este segundo sitio se encaminó Job una vez, con grande acompañamiento,
hacia Egipto, donde reyes pastores extranjeros dominaban una parte
del país. Más tarde estos reyes pastores fueron arrojados del país por otro
rey o faraón de Egipto. Job tuvo la misión de acompañar a una esposa, para
uno de estos reyes al Egipto, ya que era pariente de ese rey. Llevaba muchos
regalos consigo y he visto como treinta camellos cargados y muchos criados
de compañía. Cuando lo vi en Egipto, Job era un hombre de gran estatura,
vigoroso, de agradable rostro amarillo oscuro y de cabellos rubios.
Abraham, en cambio, era de color más claro. Los hombres en Egipto eran de
color moreno oscuro. Job no estaba de buena gana en Egipto, y he visto que
suspiraba por volver al Oriente, a su patria, situada al Sur, más lejos que la
tierra de los Reyes Magos. Yo le oía decir delante de sus servidores que prefería
vivir entre animales salvajes antes que vivir en Egipto con estos hombres.
Estaba sumamente afligido por la espantosa idolatría que reinaba en el
país. Ofrecían sac1ificios de criaturas vivas a un espantoso ídolo con cabeza
de buey y con las fauces abiertas, poniéndole el niño en los brazos calentados
al rojo. El rey pastor, para cuyo hijo Job había traído la esposa a Egipto,
quería retenerlo allí, y le señaló a Matarea para su vivienda. Este lugar era
muy distinto en su aspecto de lo que fue en tiempos en que la Sagrada Familia
se estableció allí. Con todo, he visto que Job vivió en el mismo lugar
donde habitaron María, José y el Niño, y que el pozo de María ya le había
sido mostrado por Dios en ese lugar. Cuando más tarde María lo descubrió,
este pozo estaba sólo cubierto por arriba, pero el interior estaba bien amurallado
y conservado. Job usó la piedra del pozo para la ceremonia de su culto
a Dios. Job libró su habitación de muchas fieras y animales venenosos, con
la oración y los sacrificios. Tuvo visiones de la futura redención de los
hombres y aviso de las pruebas que le esperaban. Hablaba con calor contra
las abominaciones del culto idolátrico de los egipcios y sus sacrificios, y
creo que fueron abolidos en su tiempo.
Al volver por segunda vez a Egipto le sobrevino la segunda calamidad.
Cuando después de doce años le sorprendió la tercera desgracia, vivía Job al
Sur de Jericó, hacia el Oriente. Creo que le fue dada esta región después de
la segunda desgracia, porque en todas partes se le quería mucho y se le honraba
por su grande justicia, temor de Dios y sabiduría. Comenzó de nuevo a
trabajar y a prosperar en una comarca llana. Cerca, en una montaña fructífera,
corrían toda clase de animales apreciados, como camellos en estado salvaje,
que se cazaban como entre nosotros suele hacerse con los animales de
los bosques. En esta altura se acomodó, se hizo rico y poderoso y edificó
una población; esta ciudad tenia sus fundamentos de piedras y lo demás eran
tiendas de campaña. Aquí, cuando se hallaba en el apogeo de su gloria y
grandeza, le sobrevino la tercera prueba que le dejó reducido a la miseria y
postrado en su extrema enfermedad. Cuando hubo pasado esta prueba, sanó
de su enfermedad, tuvo de nuevo muchos hijos e hijas y creo que murió muy
anciano en una época en que se introdujo otro pueblo extraño en sus tierras.
Aunque en el libro de Job están narrados los hechos de otra manera, con todo
hay allí muchos discursos verdaderamente de él y creo que yo los podría
distinguir unos de otros. En la historia de los siervos, que anuncian, uno tras
otro, corriendo y seguidos, hay que notar que las palabras “cuando aún
hablaba” significan: cuando aún la gente hablaba y recordaba las anteriores
desgracias de Job, ya sobrevenía la segunda y tercera. Que Satán se presentó
delante de Dios, con los hijos de Dios, para acusar a Dios, es una manera de
decir. Había entonces mucho comercio entre los malos espíritus y los hombres
perversos, y aparecían en forma de ángeles. De esta forma fueron agitados
los ánimos de los malos vecinos, que murmuraban de Job diciendo
que servía a Dios porque estaba en la prosperidad; que así cualquiera, sintiéndose
feliz, podía servir y amar a Dios. Entonces quiso Dios mostrar que
el dolor y el padecimiento son muchas veces sólo una prueba para el hom-
bre.
Los amigos de que hablan los libros santos significan los dichos y pareceres
de los que le eran favorables y la manera de juzgar los hechos de su prueba.
Job aguardaba con ansia al Redentor y es parte del tronco de David, ya que
se relacionaba con Abraham, por la madre de este patriarca, que era de su
descendencia, como fueron los ascendientes de Ana respecto de María Santísima.
La historia de Job y sus conversaciones con Dios fueron escritas por dos de
sus fieles servidores, que eran como sus mayordomos, a los cuales les narró
él mismo sus vicisitudes y la historia de sus calamidades. Estos dos servidores
se llamaban Hay y Uis u Oís. Escribían sobre cortezas de árboles. Esta
historia se conservó como cosa santa entre sus descendientes y llegó de generación
en generación hasta Abraham. En la escuela de Rebeca se narraba
esta historia a los Cananitas, para enseñarles la resignación en las pruebas
que Dios manda en esta vida. Así llegó esta historia, por medio de Jacob y
José, a los hijos de Israel en Egipto, y Moisés le dio otra redacción para que
sirviera de consuelo a los israelitas, durante su esclavitud en Egipto y en su
peregrinación a través del desierto. Antes la historia tenía mayor extensión;
había muchas cosas en ella que no hubiesen entendido los israelitas, ni les
hubiese servido de nada. Más tarde Salomón le dio nueva redacción: dejó
fuera muchas cosas y puso mucho de lo suyo a esta historia. De este modo
el primitivo escrito se fue convirtiendo en un libro de edificación, lleno de la
sabiduría de Job, de Moisés y de Salomón, pero difícilmente se puede extraer
del escrito de hoy la verdadera historia de Job. También en los nombres
de personas y lugares hubo cambios: se hizo a Job habitante de Idumea para
acercarlo más a los pobladores de la tierra de Canán.

XXX
El patriarca Abraham
Abraham y sus descendientes eran de una raza de hombres de gran estatura.
Llevaban vida pastoril y no eran, en realidad, de Ur, en Caldea,
sino que habían emigrado hasta ese lugar. En aquellos tiempos la gente tenía
un modo particular de apropiarse de las tierras, mezcla de justicia y de poder.
Llegaban a una comarca desocupada donde había buenos pastos, marcaban
los límites de sus posesiones, levantaban piedras en forma de altar y
de este modo el terreno designado venía a ser su propiedad. En su juventud
le pasó a Abraham algo semejante a lo que le pasó al niño Moisés: su nodriza
le salvó la vida. Le había sido predicho al jefe de la tribu que tendría un
descendiente que sería un niño maravilloso, el cual, con el andar del tiempo,
vendría a ser peligroso para él. El jefe tomó medidas de precaución. La madre
de Abraham se mantuvo oculta, y el niño nació en la misma gruta donde
había visto que Eva tuvo que ocultar a Set de la ira de los perseguidores.
Abraham fue criado aquí secretamente por su nodriza Maraha. Esta mujer
vivía como sierva pobre en el desierto y tenía su habitación no lejos de la
cueva que después, por ella, se llamó gruta de la leche, y donde, a su pedido,
fue enterrada por Abraham. Abraham era de alta estatura. Sus parientes lo
admitieron con los demás, porque les pareció que ya debía haber nacido antes
de la profecía recibida. Estuvo, sin embargo, en peligro por su extraordinaria
prudencia, que lo distinguía demasiado de los demás. La nodriza lo
salvó nuevamente y lo ocultó largo tiempo en la cueva. He visto que en esta
ocasión se mataron a muchos niños de su edad. Abraham estuvo siempre
muy agradecido a esta nodriza y la llevaba consigo en sus viajes sobre un
camello. Vivió Abraham con ella en Sukot. Murió a los cien años, y Abraham
le preparó la sepultura en un bloque de piedra blanca que, como una
colinita, estrechaba la misma cueva. Esta gruta se convirtió en un lugar de
peregrinación y de devoción, especialmente para las madres.
En toda esta historia hay un misterio y preanuncio de la persecución que sufrirían
María con el niño Jesús, ya que la Virgen escondió al Niño Jesús precisamente
en esta cueva, cuando se acercaban los soldados de Herodes que
buscaban al Niño para matarlo. El padre de Abraham sabía muchas artes
secretas y poseía muchos dones. La gente de su estirpe tenía el don de conocer
y descubrir donde había oro en la tierra, y él hacía de oro algunos ídolos
semejantes a aquellos que Raquel había sustraído a Laban. Ur es la población
que está al Norte de Caldea. He visto en esta comarca, en muchos lugares
de la llanura y en la montaña, salir un fuego blanquizco, como si ardiese
la tierra. No sé si este fuego era natural o lo hacían los hombres.
Abraham era gran conocedor de las estrellas: veía las propiedades de lascosas
y la influencia de los astros sobre los nacimientos. Veía muchas cosas
por las estrellas; pero lo refería todo a Dios, seguía a Dios en todo y le servía
a Él solo. Enseñaba también a otros esta ciencia en la Caldea; pero vinculaba
toda esta ciencia a Dios. Vi que recibió de Dios en una visión la orden
de salir de su país. Dios le mostró otro país; y Abraham, sin decir nada a
nadie, dispuso a toda su gente a la mañana siguiente y partió. Después vi
que tenía su tienda levantada en una región de la tierra prometida, que me
pareció era donde estuvo más tarde Nazaret. Abraham levantó aquí un altar
extenso de piedras, con techo. Mientras estaba hincado delante del altar,
llegó un resplandor sobre él y apareció un ángel, mensajero de Dios, que le
entregó un don muy resplandeciente. El ángel habló con Abraham y éste
recibió el sacramento o misterio de la bendición, el misterio santo del cielo.
Abrió su vestido y lo guardó en su pecho. Me fue dicho que ello era el Sacramento
del Antiguo Testamento. Abraham no conocía aún su contenido;
le era desconocido, como a nosotros nos está oculto el Sacramento de la Euca-
ristía. Le fue dado, empero, como misterio y prenda de una descendencia
prometida y santificada. El ángel que se le apareció era semejante al que se
le apareció a la Virgen María anunciándole la concepción inmaculada del
Mesías. Este ángel era manso, quieto en sus modales y no tan veloz ni acelerado
como veo a otros ángeles cuando dan sus comunicados.
Pienso que Abraham llevaba siempre consigo este misterio sagrado. El ángel
habló con Abraham de Melquisedec, que celebraría delante de él un sacrificio,
que debía ser completado después de la venida del Mesías y durar
eternamente. Abraham tomó luego cinco grandes huesos de una caja y los
puso sobre su altar en forma de cruz. Encendió luz delante y ofreció un sacrificio.
El fuego brillaba como una estrella; en el medio era blanco y en las
puntas, rojo.
Más tarde vi a Abraham en Egipto con Sara. Había emigrado por necesidad
de sustento; pero también para rescatar un tesoro que, por medio de una parienta
de Sara, había sido llevado allí. Esto le había sido revelado y mandado
por Dios. El tesoro era un registro de la descendencia de los hijos de
Noé, especialmente desde Set hasta ese tiempo. El registro estaba hecho de
trozos de oro, en forma de triángulos enhebrados. Una hija de una hermana
de la madre de Sara lo había sustraído y llevado a Egipto. Esta había venido
a Egipto con los pueblos pastoriles de la raza lateral, algo decaída de la civilización,
del patriarca Job. Allí había servido como sirvienta. Había sustraído
el tesoro de igual modo que Raquel sustrajo los ídolos de Labán. Este
árbol genealógico estaba hecho a manera de platillo de balanza junto con
hilos o cordones, formados de trozos triangulares enlazados con otras líneas
laterales. Sobre estos trozos de oro estaban grabados, con figuras y letras,
los nombres de los patriarcas, desde Noé, especialmente desde Sem, hasta
esa fecha. Cuando se soltaban estos cordones, todo el artificio quedaba encerrado
en el platillo. Se me ha dicho cuántos siclos valía este tesoro; pero
lo he olvidado. Este árbol genealógico había ido a parar a manos de los sacerdotes
de Egipto y del Faraón, los cuales por medio de él habían tratado
de contar y fijar sus genealogías; pero todo lo hacían falsamente. Cuando
más tarde el Faraón fue afligido con graves plagas y desgracias, se aconsejó
con sus sacerdotes idólatras y entregó a Abraham cuanto éste le había pedido.
Cuando Abraham volvió a la tierra prometida, he visto a Lot, con él, en la
tienda y a Abraham señalando con la mano toda la extensión. Abraham tenía
mucha semejanza en su proceder con los Reyes Magos: vestidura blanca y
larga, de lana, con mangas; por delante, colgábale un cinturón también blanco,
con borlas, y por detrás, una capucha. Sobre la cabeza llevaba una especia
de gorra y en el pecho ostentaba un escudo de metal o piedra preciosa en
forma de corazón. Llevaba barba larga. Me es imposible expresar cuán bondadoso
y generoso era. Cuando tenía algo que a otros les agradaba poseer,
especialmente animales, lo daba de inmediato. Era adversario de las enemistades,
la envidia y la codicia.
Lot estaba vestido como Abraham; pero no era de tan elegante estatura ni de
tan noble porte. Era bueno, aunque algo codicioso. He visto como sus criados
discutían y reñían, y cómo se apartó de Abraham; pero he visto oscuridad
y niebla en torno de él. Sobre Abraham yo veía resplandor. Vi que se
alejó de allí, peregrinando, y levantó un altar de piedras, debajo de un pabellón.
Los hombres eran bastante industriosos para hacer figuras de las piedras
y trabajaban en ello tanto el patrón como el siervo. Este altar estaba en
Hebrón, que fue más tarde lugar de la vivienda de Zacarías, padre del Bautista.
La comarca elegida por Lot era muy buena, como todos los campos en
torno del Jordán. He visto luego que fueron saqueadas las ciudades donde
vivía Lot y él mismo llevado de allí con todo lo que poseía. He visto que un
fugitivo logró narrar el hecho a Abraham. Este rezó y salió con todos sus
siervos en persecución de los asaltantes, los sorprendió y libró a su hermano
Lot. Este le dio las gracias y mostraba pesar de haberse apartado de Abraham.
Los jefes y guerreros enemigos, especialmente los gigantes que asaltaban
y subyugaban con prepotencia, y que fueron esta vez vencidos, no vestían
como Abraham y su gente. Llevaban vestidos más angostos y más cor-
tos; su vestimenta tenía más pliegues, con muchos botones y adornos de estrellas
y alhajas.

XXXI
El sacrificio de pan y vino de Melquisedec
A Melquisedec lo he visto varias veces con Abraham. Llegaba de la
manera que otros ángeles solían visitar a Abraham. Una vez le ordenó
un sacrificio triple de palomas y otras aves y le predijo lo que había de suceder
a Sodoma y a Lot. Le anunció que volvería para ofrecer un sacrificio
de pan y de vino. Le indicó también lo que debía pedir a Dios. Abraham se
mostraba lleno de respeto delante de Melquisedec y ansioso de ver el sacrificio
que se le había anunciado. Levantó un altar muy hermoso y lo rodeó de
una techumbre de hojas.
Cuando Melquisedec volvía para celebrar el sacrificio de pan y de vino,
hízose anunciar a Abraham por un mensajero, como rey de Salén. Abraham
le salió al encuentro, se hincó delante y recibió su bendición. Esto sucedió
en el valle meridional de una llanura que se extiende hacia Gaza. Melquisedec
venía del lado donde fue más tarde Jerusalén. Venía en un animal muy
veloz, de cuello corto y ancho, que estaba muy cargado. De un lado traía un
recipiente con vino, algo achatado en la parte que tocaba a la bestia; del
otro, un recipiente con panes ovalados, planos, apilados unos sobre otros, y
el cáliz que he visto más tarde en la institución del Sacramento del altar,
junto con los vasos pequeños en forma de barrilitos. Estos vasitos no eran de
oro ni de plata sino de una materia transparente como piedras preciosas, de
color oscuro. Me parecían más bien nacidos y crecidos, que hechos a mano.
Melquisedec me parecía ahora como el Señor durante su vida pública. Era
esbelto y alto de estatura, de rostro severo y bondadoso. Llevaba un vestido
largo, tan blanco y cándido que me recordó la vestidura resplandeciente con
que apareció Jesús en el Tabor. El vestido blanco de Abraham parecía gris
en comparación con el de Melquisedec. Llevaba un cinturón con letras, como
he visto más tarde a los sacerdotes judíos, y como ellos, también, una
especie de mitra en la cabeza cuando ofrecía el sacrificio. Sus cabellos eran
de amarillo resplandeciente, lúcidos como seda; su rostro, luminoso.
El rey de Sodoma estaba presente cuando se acercó Melquisedec a la tienda
de Abraham. En derredor había mucha gente con cabalgaduras, sacos, cajones
y diversas cargas. Todos permanecían silenciosos, en actitud respetuosa
y solemne, llenos de veneración hacia Melquisedec, cuya presencia infundía
temor. Este se acercó al altar, sobre el cual había una especie de tabernáculo,
creo que para el sactificio. Abraham, como acostumbraba hacerlo, había
puesto sobre el altar huesos de Adán, que antes había tenido Noé consigo en
el arca. Pedían con ellos a Dios quisiera cumplir la promesa del Mesías, que
antes había hecho a Adán. Melquisedec puso sobre el altar un mantel colorado
que había traído consigo y luego otro de blancura transparente. Las ceremonias
me recordaron el rito de la Santa Misa. Lo he visto alzar en sus
manos el pan y el vino, ofrecer, bendecir y repartir el pan. Le dio a Abraham
el cáliz, que se usó más tarde en la última Cena, para beber de él; los otros
bebieron en los vasitos, que fueron distribuidos por Abraham y por los principales
del pueblo. Lo mismo se hizo con los panes. Cada uno recibía un
bocado bastante grande, como se acostumbraba en los primeros tiempos de
la Iglesia, durante la comunión. He visto que esos bocados resplandecían;
estaban solo bendecidos, no consagrados. Los ángeles no pueden consagrar.
Todos estaban conmovidos y elevados hacia Dios. Melquisedec dio a Abraham
pan y vino para gustar: este pan era más delicado y luminoso que los
otros. Recibió en esta ocasión gran fortaleza y una tan robusta fe que no dudó
más tarde en ofrecer a su propio hijo, el hijo de la esperanza, por mandato
de Dios. Profetizó y dijo estas palabras: ‘Esto no es lo que Moisés dio a
los Levitas en el Sinaí”. No puedo asegurar si Abraham mismo ofreció luego
el sacrificio de pan y vino; pero puedo asegurar que el cáliz del cual él
bebió es el mismo que usó Jesucristo más tarde cuando instituyó el Santísimo
Sacramento del altar. Al tiempo que Melquisedec bendijo a Abraham,
durante el sacrificio de pan y vino, lo consagró sacerdote. Pronunció sobre
él estas palabras: “Y dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha. Tú
eres sacerdote etemo, según el orden de Melquisedec. El Señor lo ha jurado
y no se arrepentirá de ello”.
Le impuso las manos, y Abraham le dio los diezmos. He entendido el significado
del diezmo de Abraham después de su consagración; pero se ha borrado
de mi memoria. He visto también que David, al escribir esas palabras,
tuvo una visión de la consagración de Abraham por Melquisedec y que pronunció
las últimas palabras proféticamente. Las palabras ‘siéntate a mi diestra”,
tienen una especial significación.
Cuando veo en forma de figura la eterna generación del Verbo en el seno
del Padre, se me muestra al Hijo saliendo de la derecha del Padre en forma
luminosa, rodeada de un triángulo, como se representa el ojo de Dios; en la
parte superior se ve al Espíritu Santo. Todo esto es inexplicable para mí.
Asimismo he visto a Eva salir del costado derecho de Adán. Los patriarcas
tenían la bendición en la parte derecha, y colocaban a sus hijos, cuando les
daban la bendición, a su derecha. Jesús recibió la lanzada en el costado derecho.
La Iglesia nace del costado derecho de Jesús. Para entrar en la Iglesia,
lo hacemos por el lado derecho del costado de Jesús y así estamos unidos
por medio de Él con su Etemo Padre.

Creo que con el sacrificio de Melquisedec y la bendición de Abraham, terminó
su misión sobre la tierra. Después de esto no he vuelto a verlo. Melquisedec
dejó a Abraham el cáliz con los seis vasitos que usó en el sacrificio.