El Antiguo Testamento – Sección 6

XXIV
Historia de Semíramis
La madre de Semíramis había nacido en la región de Nínive. En lo exterior
parecía esta niña tímida y recatada, pero a escondidas era disoluta
y desenfrenada. El padre era un hombre de la Siria, envuelto en la mayor
corrupción del culto de los ídolos; fue muerto después del nacimiento de
Semíramis. Todo esto tenía relación con las visiones diabólicas y adivinaciones
que se ejercían entonces. Semíramis nació lejos de la Caldea, en Acalon
de la Palestina, y fue criada por los sacerdotes en la soledad, bajo el cuidado
de unos pastores del lugar. Semíramis solía estar, cuando niña, en las
montañas solitarias. A veces veía a los sacerdotes de los ídolos con ella o
con su madre, que se detenía en sus correrías o cacerías contra las fieras.
He visto al diablo, en forma de niño, jugando con ella, de la manera que he
visto más tarde al niño Juan, en el desierto, jugando con los ángeles y ayudado
por ellos. He visto también que pájaros, de alas variopintas, volaban en
torno de la niña y le traían juguetes curiosos. No recuerdo ya ni puedo expresar
cuántas cosas se hacían con ella: era la más repugnante idolatría y
corrupción. Ella era de hermosa presencia, llena de ciencia diabólica y todo
le salía al sabor de sus deseos. Semíramis fue entrega da primero, siempre
por razón de manejos ocultos, como esposa a un personaje guardador de ganados
del rey de Babilonia; más tarde llegó a ser esposa del rey mismo. Este
rey había sojuzgado a un pueblo lejano del Norte y una parte lo había llevado
como esclavo a su comarca. Este pueblo fue cruelmente tratado por la
reina Semíramis, cuando quedó sola en el reino, y obligado a trabajar en las
grandes obras de edificación. Semíramis fue tenida por una diosa por su
pueblo.
He visto a la madre de Semíramis dirigiendo grandes cacerías contra temibles
fieras y llevando un pequeño ejército de hombres sobre camellos, asnos
rayados y caballos. La he visto, en una ocasión, llevando sus correrías a
Arabia, en dirección al Mar Rojo, donde vivía Job. Estas mujeres cazadoras
eran sumamente ágiles y cabalgaban como los hombres. Estaban vestidas
hasta las rodillas y tenían correas sujetas en tomo de las piernas. Llevaban
sandalias que tenían un resalto con figuras grabadas en diversos colores. Los
sacos cortos que usaban estaban adornados con plumas finas y variopintas
de diversas formas. Los pechos y los brazos los cruzaban correas adornadas
de plumas, y sobre los hombros llevaban una especie de collar de plumas
entretejidas con piedras preciosas o perlas. Cubrían la cabeza con gorra de
seda roja o de algodón, y delante de la cara llevaban un velo dividido en dos
mitades con el cual se defendían del viento o del polvo. Detrás flotaba al
viento un pequeño manto. Las armas eran venablos, arcos y hachas; a los
costados llevaban el escudo. Por este tiempo las fieras se habían multiplicado
en gran manera. Los cazadores las rodeaban desde grandes extensiones y
las obligaban a reunirse en un sitio propicio, donde les era más fácil exterminarlas.
Cavaban fosos y hacían trampas para cazarlas, y allí las ultimaban
con lanzas y palos. He visto a la madre de Semíramis cazando al animal que
Job describe con el nombre de Behemoth. Cazaban tigres, leones y otros
animales semejantes. En estos primeros tiempos no he visto monos. También
cazaban en las aguas, donde ejercían, por medio de ella, varias supersticiones
y artes diabólicas. La madre de Semíramis no era, exteriormente por
lo menos, tan depravada como su hija. Con todo, tenía un aspecto demoníaco
y era de fuerza y osadía terribles. Fue algo espantoso verla como luchaba
contra un terrible hipopótamo del Nilo hasta arrojarse en el agua en su persecución.
Cabalgaba sobre un dromedario y persiguiendo su presa, cayó en
las aguas. Fue después venerada como diosa de la caza y tenida por bienhechora
de los pueblos.

XXV
Fundación de ciudades en Egipto
Volviendo desde una excursión al África, Semiramis pasó por Egipto,
reino fundado por Mesraim, nieto de Cam, el cual a su ru1·ibo a esas
tierras había encontrado ya algunas tribus dispersas y corruptas. Egipto fue
fundado y establecido como reino con varias tribus de gentes, y por eso tenía,
ya a uno, ya a otro, de entre ellas, como jefe. Cuando llegó Semíramis a
Egipto había cuatro ciudades. La más antigua era Tebas, donde vivía una
raza más esbelta, ágil y activa que en la ciudad de Menfis, cuyos habitantes
eran de raza inferior. Estaba situada en la oriJia izqu ierda del Nilo, adonde
se llegaba por un Jru·go puente. En la parte derecha estaba el castillo, donde
en los tiempos de Moisés vivió la hija del Faraón. Los habitantes, oscuros,
de cabellos lanosos, fueron desde los primeros tiempos esclavos, y nunca
reinaron sobre el país. Los que primero llegaron y edificaron a Tebas, vinieron,
me parece, de otras partes del África; otros vi nieron a través del Mar
Rojo por el lugar donde más tarde pasaron los israelitas. La tercera ciudad
se llamaba Chume, en un principio; luego Heliópolis. Está situada muy lejos
de Tebas. Cuando María, José y el niño Jesús huyeron a Egipto, había aún
grandes edificios en torno de esta ciudad. Más debajo de Mentis está la ciudad
de Sais; creo que es más antigua que Menfis. Cada una de estas cuatro
ciudades tenía su propio rey.
Semíramis fue muy honrada en Egipto y aumentó, con proyectos y artes
diabólicas, la idolatría que allí se ejercía. La he visto en Menfis, donde ofrecían
sacrificios humanos, hacer planos y ocuparse en observar los astros y
en obras de magia. No he visto, por este tiempo, al buey Apis; pero sí un
ídolo con cabeza como el sol y terminando en cola. Ella dio allí el plano para
la primera pirámide, que se edificó sobre la orilla oriental del Nilo, no
lejos de Menfis. En esta obra se vio todo el pueblo obligado a trabajar.
Cuando esta pirámide estuvo terminada he visto volver a Semíramis con un
centenar de sus guerreros. Se celebró una fiesta de inauguración y Semíramis
fue venerada casi como una diosa. Esta pirámide estaba edificada sobre
un lugar donde había agua y pantanos. Por eso se había hecho un fundamento
sólido, de grandes pilares, que parecía un inmenso puente, sobre el cual
se levantó luego la pirámide. Debajo de la pirámide se podía caminar, alrededor,
como en un gran templo de columnas. Allí debajo habían hecho muchas
cámaras, espacios, prisiones y salas; en la parte interior de la pirámide
había muchas cámaras pequeñas, y en la exterior se veían muchas ventanas
y aberturas de las cuales colgaban paños y lienzos que flotaban al aire. En
tomo de la pirámide había grandes jardines y lugares de baño. En el interior
de esta pirámide se ejercía la más abyecta idolatría; mejor dicho, era el sitio
de la observación de los astros, de la magia y de las peores conupciones. Se
sacrificaban niños y ancianos. Astrólogos, hechiceros y magos de toda categoría
tenían allí su asiento, su morada y sus diabólicas visiones e ilusiones.
En el lugar de los baños había una instalación para purificar las aguas del
Nilo.
Más tarde he visto a mujeres egipcias en grandes orgías, en estos baños, relacionadas
con las mayores atrocidades del culto de los dioses. Esta pirámide
no subsistió mucho tiempo: fue destruida. El pueblo era muy supersticioso
y los sacerdotes de los ídolos estaban sumidos en tanta ignorancia, tinieblas
y en tales artes adivinatorias, que en Heliópolis preguntaban hasta los
sueños de las gentes y los reunían, escribían y conservaban relacionándolos
con las observaciones de las estrellas y astros. Cada vez había más personas
magnetizadas con visiones diabólicas, las cuales mezclaban algo de verdad
con falsedades. De este modo se ordenó el culto de los ídolos y aún la cronología
de los egipcios. He visto, por ejemplo, que los dioses Isis y Osiris
no eran otra cosa que José (virrey del Egipto) y Asenté (su esposa), que los
astrólogos de Egipto habían predicho a raíz de visiones diabólicas, y que
el los habían colocado entre sus dioses. Cuando llegaron, fueron venerados
como dioses. He visto que Asenté se lamentaba y lloraba por ello, y hasta
escribió en contra del culto que se le tributaba.

XXVI
Las cronologías del antiguo Egipto
Los sabios modernos que escriben sobre Egipto están en grande error,
porque tienen por historia, experiencia y ciencia egipcias muchas cosas
que descansan sólo en falsas visiones y en sueños astrológicos. Esto está
claro, puesto que los egipcios permanecieron siendo un pueblo tan ignorante
y de vida tan bestial, como lo fueron en efecto. Los sabios tienen a estas influencias
diabólicas por cosas imposibles; las desechan, y como no pueden
explicar ciertos misterios del Egipto no admitiendo los influjos demoníacos,
se ven forzados a atribuir a los egipcios una gran antigüedad, puesto que tenían
ciertos conocimientos y cálculos misteriosos inexplicables.
Yo misma he visto que, ya en los tiempos de Semíramis, en Menfis, estos
sacerdotes tenían desde entonces grandes pretensiones respecto de la antigüedad,
y hacían toda clase de embrollos en los cálculos de sus reyes. Pretendían
siempre aparecer como el pueblo más antiguo y confeccionaban cálculos
y dinastías de reyes equivocados. Así llegaron a colocarse completamente
fuera de toda cronología. Como repetidas veces cambiaban y corregían
sus cálculos interesados, al final ya no supieron cuál era la verdadera
cronología de su país. Como, además, solían perpetuar sus fechas equivocadas
con grandes edificios y largas inscripciones, la confusión se hizo total e
irremediable. He visto que contaban el tiempo de los antepasados y de los
descendientes, de tal modo que si el día de la muerte del padre fuera el del
nacimiento del hijo. Los reyes siempre discutían con los sacerdotes sobre
estos cálculos e interponían entre sus antepasados a personas que ni siquiera
habían existido. He visto que los cuatro reyes o faraones que reinaron al
mismo tiempo en Tebas, Heliópolis, Menfis y Sais, los calculaban como si
hubiesen reinado uno después de otro. He visto también cómo, en ocasiones,
contaban un año por 970 días, meses por años, y viceversa. Me fue mostrado
como un sacerdote, que hacía cuentas, le salían siempre 1100 años donde
en realidad no había más que 500.
Todas estas cuentas falsas me fueron mostradas en ocasión en que Jesús, en
Aruma, hacía la instrucción del Sábado y hablaba a los fariseos de la vocación
de Abraham y de su estada en Egipto: les hizo ver la falsedad de los
cálculos exagerados de los sacerdotes egipcios. Jesús les dijo a los fariseos
que el mundo tenía entonces 4028 años de existencia. Cuando oí decir esto a
Jesús estaba Él mismo en el trigésimo primero de su edad.
En esta misma oportunidad he visto que mucha gente iba en peregrinación
al supuesto sepulcro de Set, a quien tenían por dios y cuyo sepulcro creían
que estaba en Arabia. Estos viajes eran muy peligrosos y largos. Me parece
que aún hoy viven algunas de estas gentes, que atraviesan ahora por territorio
turco, y se les permite pasar precisamente porque se dirigen a ese sepulcro
sagrado.

XXVII
Melquisedec
He visto muchas veces a Melquisedec; pero nunca como un hombre,
sino como un ser de otra naturaleza, como mensajero y enviado de
Dios. Jamás he visto un determinado lugar de su habitación; ningún país que
fuera su patria; ninguna relación de Melquisedec con palientes, ascendientes
o descendientes.
Jamás lo he visto que comiera, bebiera o estuviera descansando
o durmiendo; ni siquiera me entraba la duda de que pudiera ser un
hombre, como los demás. Tenía vestiduras tales que nadie las usaba sobre la
tierra, ni sacerdotes ni otras personas. En cambio, he visto que tenía parecido
con los ángeles que yo veía en la celestial Jerusalén, y con el estilo que
más tarde, por orden de Dios, Moisés hizo confeccionar los vestidos sacerdotales.
He visto a Melquisedec, en diversos lugares, apareciendo para aconsejar,
interceder, ordenar muchas cosas que miraban al bien de los pueblos y las
tribus, como también en ocasiones de triunfo en algunas batallas. Donde él
se presentaba, su autoridad era incontrastable: todos la acataban aún por el
prestigio personal que rodeaba su aparición. Nunca he visto que alguien le
resistiese, a pesar de que no usaba medio violento; y todos los hombres, aun
los idólatras y paganos, recibían sus decisiones y cumplían sus órdenes. He
visto que no tenían ningún semejante, ningún compañero: siempre aparecía
solo. A veces tenía dos mensajeros que corrían delante, anunciando su llegada.
Vestían de blanco, ropas cortas. Anunciaban su llegada a algunos lugares;
luego él los licenciaba. Todo lo que necesitaba lo tenía siempre consigo.
Si recibía algo de los hombres, éstos no sufrían necesidad: lo daban de
buena voluntad, libremente y con gozo. Se consideraban dichosos los que
gozaban de su presencia y le tenían un temor reverencial. Los perversos, al
hablar de él, solían burlarse en su ausencia; pero delante de él se humillaban
y le tenían. Ocurría mi modo de ver, a Melquisedec, entre los paganos,
idólatras y sensuales, lo que ocurre hoy con un hombre de reconocida santidad
de vida: que aparece entre la multitud y derrama a su paso salud, bendiciones
y palabras de consuelo.
De este modo lo he visto también entre los cortesanos de la reina Semíramis,
en Babilonia. Tenía la reina un esplendor extraordinario; hacía construir
con turbas de esclavos los más soberbios edificios y trataba a estos
pueblos con mayor crueldad que los faraones a los hijos de Jacob en Egipto.
Se ejercía allí la más abominable idolatría. Se ofrecían sacrificios humanos,
enterrando a seres humanos hasta el cuello. Todo el lujo, el esplendor, la
riqueza y el arte estaban allí en todo su apogeo, de modo que parecía exceder
toda medida y moderación. Semíramis acometía grandes empresas guerre-
ras, con numerosos soldados, casi siempre contra pueblos del Oriente. La
vi poco en el Occidente. En el Norte no había entonces más que pueblos
atrasados, sumidos en la oscuridad y la bajeza. Existía entonces, en los confines
de Semíramis, un pueblo muy numeroso, de raza semita, que después
de la torre de Babel se había establecido allí multiplicándose mucho. Vivían
como los pastores, bajo tiendas; tenían mucho ganado y celebraban culto
durante la noche en una tienda abierta bajo la bóveda del cielo estrellado.
Tenían la bendición de Dios. Todo prosperaba entre ellos y sus animales
eran siempre los mejores y más preciados. A esta raza bendecida pensó la
satánica Semíramis destruirla y ya había comenzado su obra en parte. Sabía
la perversa mujer, por la bendición que había en esa raza, que Dios tenía algún
designio especial con ese pueblo; y por esto, como ella era hechura del
demonio, quiso destruirlo. Cuando la persecución se hizo intolerable, vi aparecer
a Melquisedec. Se presentó ante Semíramis y le exigió que dejase partir
de allí a ese pueblo. Le echó en cara su crueldad. Ella no pudo oponer
resistencia a la exigencia de Melquisedec, que sacó a ese pueblo elegido y,
en diversos grupos, lo trasladó a la tierra prometida. Durante su permanencia
en Babilonia, he visto que Melquisedec habitaba en una tienda, y desde
allí repartía pan a los necesitados del pueblo, para que pudieran viajar. Llegados
a la tierra de Canán, les señaló lugares para edificar, y adquirieron
tierras en propiedad. El mismo Melquisedec Jos distribuyó en lugrares donde
no se mezclasen con razas impuras e idólatras. El nombre de esta raza suena
como Samanes o Semanes. A algunos de ellos les señaló lugares hacia lo
que fue más tarde el Mar Muerto. La ciudad que edificaron pereció en la
destrucción de Sodoma y Gomorra.
Semíramis había recibido a Melquisedec con una mezcla de reverencia, de
secreto temor y de admiración por su sabiduría. Melquisedec apareció ante
ella como Rey de la Estrella Matutina, es decir, rey del lejano Oriente. Ella
se imaginaba quizás poder conquistarlo como esposo y aumentar su poderío.
Melquisedec le habló con mucha severidad y le afeó su crueldad y su tiranía,
y le predijo la cercana ruina de la pirámide que había hecho edificar
cerca de Menfis. Semíramis pareció muy atemorizada y permanecía delante
de Melquisedec muy apocada. He visto que sobrevino un castigo: se volvió
como un animal y estuvo largo tiempo encerrada. Se le daba con desprecio
paja y heno, como a un animal en un pesebre. Sólo un criado la aguantaba,
dándole de comer y beber. Cuando recobró el juicio, volvió a sus crueldades
antiguas. He visto que terminó miserablemente; se le arrancaron las entrañas
del cuerpo. Vivió ciento diecisiete años.

XXVIII
Melquisedec y los Samanes
Melquisedec era considerado como un ser superior: un profeta, un sabio,
un hombre de jerarquía a quien todas las cosas le salían bien.
Hubo en aquellos tiempos y aún más tarde varios de estos seres de superior
jerarquía. No eran extraños a aquellos pueblos, como no lo fueron los ángeles
que conservaban familiarmente a Abraham. Pero he visto que también
había apariciones de seres malignos que trataban de turbar las obras de los
buenos; así como entre los buenos profetas, los había malos y engañadores.
La salida de los Samanes de la tierra de Babilonia tuvo parecido con la salida,
más tarde, de los israelitas de Egipto. No eran estos Samanes tan numerosos
como los israelitas. De los Samanes llevados a la tierra prometida, he
visto tres hombres en las cercanías del monte Tabor, en el lugar llamado
Montaña del Pan, viviendo en cuevas, mucho tiempo antes de Abraham. Estaban
vestidos con pieles; eran de rostro más oscuro que Abraham, y sobre
la cabeza llevaban sujeta una hoja muy ancha para protegerse de los rayos
del sol. Llevaban una vida santa de solitarios, al modo de Henoc; tenían un
conjunto de creencias simples, aunque secretas, y recibían revelaciones y
visiones muy simples. Había en su religión la persuasión de que Dios se ligaría
un día con los hombres y como si ellos debían preparar el camino para
su realización. Ofrecían sacrificios: de todos sus alimentos separaban la tercera
parte, la exponían al sol y la dejaban allí. Esto es lo que me pareció a
mí. Podría ser también que lo pusieran allí para los pobres, pues he visto a
veces a estos acudir y llevarse los alimentos. Los he visto vivir muy sencillamente,
apartados de los demás hombres que aún no eran numerosos y
habitaban en tiendas, formando agrupaciones de pueblos. He visto a estos
hombres peregrinar a diversos lugares del país, cavando, a veces, pozos,
desmontando montes y colocando piedras como fundamentos de futuras poblaciones.
Los he visto arrojar a los malos espíritus de ciertos lugares del
aire, desterrarlos a sitios pantanosos, estériles y llenos de neblinas. En esta
ocasión he comprobado, una vez más. que los malos espíritus suelen habitar
frecuentemente en sitios pantanosos y oscuros. He visto a menudo a estos
hombres en lucha abierta con los malos espíritus. Yo me maravillaba al
principio cuando veía que los lugares donde colocaban piedras para levantar
poblaciones, eran cubiertos por hierbas y plantas salvajes; y con todo he visto
que las ciudades de Safet, Betsaida, Nazaret, etc., se edificaron precisamente
donde habían puesto por fundamento esas piedras. Así trabajaron en
el sitio donde más tarde se levantó la casita en la cual recibió María el anun-
cío del ángel. Del mismo modo los he visto trabajando en Fatefer, Séforis,
en el lugar de la casita de Ana, cerca de Nazaret; en Megido, Naím, Ainón y
Hebrón, y en la cueva cerca de Belén. También fundaron Micmetat y otros
lugares de cuyos nombres ya no me acuerdo.
Sobre el monte Tabor los veía reunirse mensualmente con Melquisedec,
quien les traía cada vez un pan cuadrado, de un grosor de tres pies cuadrados,
ya dividido en muchas partes pequeñas. Este pan era moreno y estaba
cocido en la ceniza. He visto a Melquisedec llegar hacia ellos siempre solo.
El pan que traía en las manos parecía flotar en ellas sin peso; pero cuando se
acercaba lo ponía sobre el hombro, como si le pesara. Creo que procedía así
para aparecer como hombre. Ellos se comportaban con temor reverencial y
se postraban con el rostro en tierra en su presencia. Melquisedec les enseñaba
a cultivar la viña en las cercanías del Tabor y ellos sembraban por muchas
partes del país toda clase de buenas semillas que él les daba. Estas
plantas aún crecen allí en estado selvático. Los veía cortar cada día un trozo
de pan con el oscuro instrumento o pala con que trabajan la tierra. Observaban
los días festivos, conocían las estrellas, y el octavo día lo celebraban
con sacrificio y oración, como también ciertos días del año. Los he visto
abrir caminos hacia donde habían puesto las piedras de futuras fundaciones
y donde habían sembrado o abierto pozos. Los sitios de donde arrojaban a
los espíritus malignos, luego los purificaban, los limpiaban y los desocupaban
con toda naturalidad. Hicieron caminos hacia Caná, Megido, Naín, y
prepararon la mayoría de los lugares en donde nacieron los profetas. Pusieron
los fundamentos de Abelmehola y Dotaim e hicieron el he1moso pozo y
los baños de Betulia. A Melquisedec lo veían caminando de un lado a otro
del país, y nadie sabía cuál era su residencia. Los hombres me parecían muy
viejos, pero aún activos y llenos de vida. En el paraje donde estuvo después
el Mar Muerto y en Judea, ya había ciudades. También había algunas en el
Norte del país. En cambio, en el centro no había ninguna población.
Aquellos tres varones se cavaron ellos mismos su sepultura, el uno cerca de
Hebrón, el segundo cerca del Tabor y el tercero no lejos de Safet. Estos varones
fueron para Abraham lo que fue más tarde Juan para la venida de Jesús.
Ellos preparaban y purificaban el país; hacían caminos, sembraban buenas
semillas y fruos y encauzaban canales de agua para el que había de ser
padre de las muchedumbres del pueblo de Dios. Juan, en cambio, preparaba
los corazones a la penitencia y al renacimiento, por medio de Jesucristo.
Ellos hacían para Israel lo que Juan hizo para la Iglesia. He visto en diversos
lugares hombres semejantes a éstos, los cuales habían sido puestos en sus
sitios por el mismo Melquisedec.

Muchas veces he visto a Melquisedec, mucho antes de Semíramis y de
Abraham, recorriendo Tierra Santa, entonces salvaje e inculta, ordenando,
disponiendo y señalando lugares. Lo veía siempre solo y pensaba para mí:
‘¿Qué querrá este hombre aquí ahora, siendo que no hay nadie en esta tierra?”
Lo he visto cavar un pozo en una montaña, en donde brotó el río Jordán.
Tenía en sus manos un taladro delgado y largo, que entraba como un
rayo en las entrañas de la tierra. Lo he visto abrir en diversos lugares fuentes
de agua. En los primeros tiempos del mundo no había, como ahora, rios que
fluyen y corren engrosados por la tierra; veía yo, en cambio, que muchas
aguas descendían desde una alta montaña en el Oriente.
Melquisedec tomó en posesión muchos lugares de la Tierra Santa señalándolos
desde entonces. Midió el espacio donde más tarde estuvo la fuente de
Betesda. Puso una piedra donde debía levantarse el templo, antes que existiera
Jerusalén. Lo he visto plantar como semillas, y crecieron esas doce nobles
piedras, a orillas del Jordán, donde se detuvieron los sacerdotes con el
Arca de la Alianza en su paso por el río. De este modo he visto siempre a
Melquisedec, solo, menos cuando intervenía entre los hombres para reconciliar,
apartar y guiar familias y jefes de pueblos de un punto a otro del mundo.
He visto que Melquisedec edificó un castillo cerca de Salén. Era más
bien una serie de tiendas, con galería en tomo y escaleras, semejante al castillo
que vi en el país del rey Mensor, en Arabia. Sólo los fundamentos eran
de piedras firmes. Me parece haber visto que subsistían aún en tiempos de
Juan Bautista los cuatro ángulos donde estaban metidos los principales pilotes.
Quedaba sólo un fuerte fundamento de piedras que parecía un parapeto,
donde Juan puso su casita de pajas y juncos. Ese castillo o tienda era un lugar
donde caminantes y viajeros se detenían como en público albergue, cerca
de agradables y abundantes aguas. Quizás tenía Melquisedec el castillo
alli para albergar y enseñar a las gentes que pasaban, ya que yo veía a Melquisedec
siempre ocupado en aconsejar y en dirigir a las razas y los pueblos.
El lugar tenía desde entonces una relación con el futuro bautismo. Este era
el punto de partida de Melquisedec; de alli salía para las obras de edificación
de Jerusalén, hacia Abraham o a cualquier otro punto del país. El reunía
aquí y repartía familias y tribus, que luego se establecían en diversos
lugares. Esto sucedía mucho antes del sacrificio de pan y vino, el cual me
parece sucedió en un valle en la parte meridional de Jerusalén. Había edificado
a Salén antes de comenzar la misma Jerusalén.
Donde él obraba o edificaba parecía colocar el fundamento de una futura
gracia, como si señalase el lugar de un acontecimiento o comenzase algo
que debía realizarse con el andar de los tiempos. Melquisedec pertenece a
ese coro de ángeles que están puestos sobre países, comarcas y pueblos. Al
mismo coro pertenecieron aquellos ángeles que llevaban mensajes a Abraham
y a los patriarcas. Estos ángeles están como enfrentando a los arcángeles
Miguel, Gabriel y Rafael.