Vida de Ana Catalina de Emmerick, por Clemente Brentano

VIDA DE ANA CATALINA DE EMMERICK

Infancia
ANA CATALINA DE EMMERICK, hija de Bernardo Emmerick y de Ana
Hiller, pobres y piadosos campesinos, nació en el lugarcito
de Flamske, a legua y media de Koesfeld, ciudad del obispado
de Münster, el 8 de septiembre de 1774; fue bautizada en la
iglesia de Santiago de Koesfeld. Su infancia tuvo mucha seme-
janza con la de la venerable Ana Garzias de San Bartolomé, con
la de Dominica del Paraíso, y la de algunas otras contemplativas
pertenecientes a la gente del campo. Su Angel de la Guarda se
le aparecía bajo la figura de un niño; el Buen Pastor venía a
ayudar a la pobrecito pastora, a la cual se presentaba en figura
de pastorcito. Desde su niñez le fue revelada la Historia sagrada
en diferentes visiones. La Madre de Dios, la Reina del cielo, se
presentaba a ella en el prado como una mujer llena de belleza,
de dulzura y de majestad; le ofrecía su ternura y su protección,
y le llevaba su Hijo divino para que participase de sus juegos.
Algunos santos hacían lo mismo, y venían a tomar afectuosa-
mente las coronas que tejía para el día de su fiesta. La niña
extrañaba todo esto menos que si una princesa y su corte hu-
bieran descendido hasta ella. Más tarde no le causaba ninguna
sospecha; la inocencia establecía para ella relaciones más ínti-
mas con Jesucristo, su Madre y los santos, que con las personas
más afables del mundo. Los nombres de padre, de madre, de
hermano, de esposo, le parecian expresar las relaciones íntimas
entre Dios y el hombre, pues el Verbo Eterno había escogido
Madre sobre la tierra para ser nuestro Hermano, y esos titulos
no eran a sus ojos palabras vanas.
Siendo niña, hablaba con sencillez de lo que había visto, y
la buena gente que la rodeaba escuchaba con admiración sus
relaciones sobre la Historia sagrada; pero algunas veces, inte-
rrumpida por sus preguntas y sus advertencias, callaba. En
medio de su sencillez pensaba que no era conveniente hablar
de tales cosas; que los otros callaban lo que les sucedía, y que
de ese modo era menester hablar poco; decir “sí” o “no”; “Ala-
bado sea Jesucristo”. Todo lo que le había sido revelado era tan
claro, tan luminoso, tan saludable, que opinaba que lo mismo
sucedía a todos los niños cristianos; y los otros, que no lo con-
taban, le parecían más discretos y mejor educados; y ella calló
para imitarlos.
Desde sus más tiernos años tuvo un don particular, que se
encuentra en las historias de Santa Sebyllina de Pavía, de Ida
de Lovaina, de Ursula y Benincasa, y de algunas otras almas pia-
dosas: el don de distinguir lo que es malo o bueno, santo o pro-
fano, bendito o maldito, en las cosas materiales o en las espiri-
tuales. Siendo aún niña, traía del campo plantas saludables,
cuya virtud conocía ella sola, y las plantaba alrededor de su casa
o en los sitios donde trabajaba o rezaba, y, por el contrario,
arrancaba alrededor las hierbas venenosas, y sobre todo las que
se usan en las prácticas supersticiosas y en los hechizos. Cuando
pasaba por un sitio donde se habían cometido grandes pecados,
huía o rezaba y hacía penitencia; conocía igualmente los sitios
benditos y santificados, complaciéndose feliz en ellos, y daba
gracias a Dios. Cuando un sacerdote pasaba con el Viático, aun-
que fuera a larga distancia de su choza o del sitio donde guar-
daba su ganado, sentíase atraída hacia aquel paraje, corría y
se arrodillaba en el camino, y adoraba la santa Eucaristía. Dis-
tinguía los objetos sagrados y profanos; experimentaba cierta
aversión hacia los lugares donde había sepulturas de paganos,
y, al contrario, atraíanla los restos de los santos, como el hierro
atrae el imán. Conocía las reliquias de los santos hasta el punto
de contar, no sólo particularidades ignoradas de su vida, sino
la historia de la reliquia que le presentaban y de los diversos
sitios que había corrido. Tuvo toda su vida comercio íntimo con
las ánimas del Purgatorio: todas sus acciones, todas sus oracio-
nes se dirigían a las ánimas; sentía a menudo que la llamaban a
su socorro, y recibía algún aviso cuando las olvidaba. Con fre-
cuencia, siendo joven, la despertaban en medio del sueño una
multitud de almas, y en las noches más frías de invierno seguía
con ellas, desnudos los pies y en medio de la nieve, el Via Crucis
que va hasta Koesfeld. Desde sus primeros años hasta su muerte
no cesó de consolar enfermos, de curar llagas y úlceras, de dar
a los pobres lo poco que poseía. Era de conciencia muy delicada:
el pecado más ligero la afligía hasta el punto de enfermar, y la
absolución era para ella una resurrección.
Todos los dones que había recibido no la impedían emplear-
se en sus trabajos, aún los más penosos: es de observar que un
cierto grado de intuición profética no es raro en su patria. Su
escuela interior era la mortificación y el trabajo; se encerraba
en los límites estrictos de lo necesario en cuanto a la comida y al
sueño; pasaba muchas horas en oración cada noche, y en el
invierno se arrodillaba al raso sobre la nieve, acostándose en el
suelo en unas tablas dispuestas en forma de cruz. Comía y bebía
lo que los otros no querían; los mejores pedazos eran para los
pobres y los enfermos, y cuando no sabía a quién darlos, los
ofrecía a Dios con fe sencilla, rogándole se los diera a alguno
más necesitado que ella. Si había alguna cosa que ver o que oír,
que no fuera concerniente a Dios o a la religión, evitaba, bajo
cualquier excusa modesta, ir a donde los otros acudían, o, si se
encontraba en él, cerraba los ojos y oídos. Acostumbraba a decir
que toda inutilidad era pecado, y que cuando se rehusaba a los
sentidos cualquiera cosa de esa especie, se hallaba centuplicado
para la vida interior, lo mismo que la poda da más fertilidad a
la viña y a los árboles frutales. Desde su juventud tuvo cons-
tantemente visiones simbólicas, que se encadenaban una con
otra, y que la acompañaban por todas partes, en las que el
término de su vida, los medios para llegar a él, sus penas, sus
peligros, sus combates futuros, se le mostraban en parábolas.

Deseo de vida monástica
A la edad de dieciséis años, un día que trabajaba en el
campo con sus padres y sus hermanas, el sonido de la campana
del convento de la Anunciación de Koesfeld despertó con tal
violencia su deseo secreto de entrar en el claustro, que cayó sin
sentido; y habiendo sido llevada a su casa, tuvo una enfermedad
de languidez, que duró bastante tiempo. A la edad de dieciocho
años fué a Koesfeld a aprender el oficio de costurera, y después
de haber pasado dos años, volvió a casa de sus padres. Pidió el
ser admitida en las Agustinas de Borken, en las Trapistinas de
Darfeld y en las Clarisas de Münster; pero su pobreza y la de
aquellos conventos fueron un obstáculo. A la edad de veinte años,
habiendo economizado veinte táleros (setenta y cinco pesetas)
que había ganado cosiendo, se fue con esta suma, verdadero
tesoro para una pobre del campo, a casa de un piadoso organista
de Koesfeld, cuya hija habia conocido en su primera residencia
en este pueblo. Ana Catalina esperaba que, en aprendiendo a
tocar el órgano, encontraría medio de ser admitida en un mo-
nasterio.
Pero su deseo irresistible de servir a los pobres y de soco-
rrerlos no le dejó ningún tiempo para aprender la música, y
poco después se despojó de todo, de tal manera, que su buena
madre tuvo que llevarle pan, leche y huevos para ella y para
los pobres con quienes los repartía. Entonces su madre le dijo:
“Nos causas mucho disgusto a tu padre y a mí con el deseo de
separarte de nosotros para ir a un convento; pero siempre eres
mi hija querida; cuando veo en casa el sitio donde te sentabas,
mi corazón se parte al pensar que has dado tus economías y que
ahora estás en la miseria; pero yo te traigo con que mantenerte
algún tiempo”. Y Ana Catalina le respondió: “Sí, querida ma-
dre; no me ha quedado nada, porque era la santa voluntad de
Dios que otros fuesen socorridos por mi mano; y como yo les he
dado todo, Él debe tener cuidado de mí, y Él sabrá ayudarnos
a todos”. Vivió algunos años en Koesfeld en medio del trabajo,
de las buenas obras y de la oración, teniendo siempre la misma
dirección interior. Era como un niño dócil y silencioso en manos
del Angel de la Guarda.

Dolores de La Pasión
Aunque en este compendio de su vida omitimos muchas
circunstancias interesantes, hay una que no debemos pasar en
silencio. A la edad de veinticuatro años recibió una gracia que
el Señor ha concedido sobre la tierra a muchas personas consa-
gradas al culto especial de su Pasión dolorosa; es ésta el pade-
cimiento corporal y visible de los dolores de su santa Cabeza
con la corona de espinas. Nosotros citaremos sus propias pala-
bras: “Cuatro años antes de mi entrada en el convento, poco más
o menos, por consecuencia, en 1798, me hallaba hacia mediodía
en la iglesia de los Jesuitas de Koesfeld, y estaba arrodillada
delante de un Crucifijo: estando absorta en la meditación,
sentí de pronto un calor dulce y vivo, y vi venir del altar donde
estaba el Santísimo Sacramento en el tabemáculo, a mi Esposo
celestial bajo la forma de un joven resplandeciente. Su mano
izquierda tenía una corona de flores, su mano derecha una corona
de espinas, y me las presentó ambas para escoger. Tomé la corona
de espinas. Él me la puso sobre la cabeza, y yo la apreté con
las dos manos; entonces desapareció, y volví en mi con un dolor
violento alrededor de la cabeza. Salí de la iglesia, que iban a
cerrar. Una de mis amigas, que estaba arrodillada a mi lado,
podía haber observado algo de mi estado; al llegar a casa le
pregunté si no veía alguna herida en mi frente, y le hablé en
términos generales de mi sueño y del dolor violento que le había
seguido. Ella no vió nada exteriormente; pero nada extrañó de
lo que yo le dije, porque sabía que estaba algunas veces en un
estado extraordinario, cuya causa no comprendía. Al día si-
guiente mi frente y mis sienes estaban muy hinchadas, y padecía
horriblemente. Estos dolores y esta hinchazón repitiéronse con
frecuencia, y duraron algunas veces días y noches enteras. Yo no
observé sangre alguna alrededor de la cabeza, hasta que mis
compañeras me advirtieron que me pusiera otro gorro, porque
el mío estaba lleno de manchas coloradas. Las dejé que pensaran
lo que quisieran, y me compuse el peinado de modo que cubriera
la sangre que caía de mi cabeza; lo hice así hasta en el convento,
donde una sola persona lo descubrió y guardó fielmente el se-
creto”.
Muchos otros adoradores contemplativos de la Pasión de
Nuestro Señor han recibido la misma gracia de sufrir los dolores
de la corona de espinas, después de una visión igual, en que
se les habia ofrecido la elección de dos coronas: citaremos sólo a
Santa Catalina de Sena y a Pasithea de Crogis, religiosa de
Santa Clara de la misma villa, que murió en el año 1617. Las
mismas circunstancias se presentan con alguna leve variante.
En fin, el escritor de estas páginas ha visto muchas veces, en
medio del dia, y de muy cerca, correr la sangre sobre la frente
y la cara de Ana Catalina Emmerick, en cantidad suficiente para
calar la ropa que tenía alrededor del cuello.

En el convento de Dülmen
Su deseo del claustro fue al fin satisfecho. Los padres de una
joven, a quien deseaban tener las Agustinas de Dülmen, declara-
ron que no dejarían a su hija entrar en el convento si no recibía
al mismo tiempo a Ana Catalina: la pobre comunidad accedió,
aunque con dificultad, a causa de la indigencìa absoluta de esta
última. El 13 de noviembre de 1802, ocho días antes de la fiesta
de la Presentación de la Virgen, tomó el hábito de novicia. Los
conventos de nuestro tiempo no ponen a prueba la vocación de
las novicias con el rigor y la severidad de la antigua regla; pero
la Providencia suplió para Ana Catalina a este defecto con rudas
pruebas, a las cuales no podía mostrarse demasiado reconocida.
Las penas y las privaciones que uno se impone por amor de Dios,
bien solo, bien en unión con otros, son fáciles de soportar; pero
la cruz más semejante a la de Jesucristo es aceptar, sin mur-
murar y con amor, acusaciones, afrentas y castigos injustos. Dios
permitió que en el año de su noviciado fuese sometida, sin que
la voluntad de nadie contribuyese, a todos los rigores por los
cuales la hubiera hecho pasar una sabia maestra de novicias en
el tiempo de la mayor severidad de la Orden. Aprendió a mirar
a sus compañeras como instrumento de Dios para su salvación:
otras muchas cosas se le aparecieron más tarde desde este punto
de vista. Mas como esta escuela de la cruz era necesaria para
su alma ardiente, Dios tuvo cuidado de dejársela para toda
la vida.
Su situación en el convento era triste bajo muchos aspectos:
ninguna de sus compañeras, ningún sacerdote, ningún médico
podía comprender su estado. Había aprendido a ocultar los dones
maravillosos que había recibido cuando vivía con la gente del
campo; pero no podía ser lo mismo ahora, puesta en contacto
perpetuo con una multitud de religiosas, excelentes y piadosas
sin duda, pero cuya curiosidad se aumentaba siempre, y que
estaban animadas contra Ana Catalina de una especie de envidia
espiritual. Después, el espíritu apocado del convento y la com-
pleta ignorancia que en él había de los fenómenos por los cuales
la vida interior del alma puede manifestarse a lo exterior, le
atraían sobre si una serie de vejaciones, que eran tanto más
penosas, cuanto que estos fenómenos se producían siempre bajo
la forma más rara y más singular. Oía todo lo que se decía
contra ella, aunque fuese en la otra extremidad del convento, y
estas conversaciones se clavaban en su corazón como dardos
agudos. Lo soportaba todo con paciencia y amor, sin dejar tras-
lucir nada de lo que sabía. Algunas veces la caridad la hacía
echarse a los pies de alguna religiosa, que murmuraba de sus
acciones, y pedirle perdón llorando. Con ese motivo sospechaban
de que ella escucharía tras de las puertas: odios secretos se des-
cubrían sin poderse explicar cómo, y se sentían penetradas de
cierto temor, de cierta inquietud involuntaria delante de Ana
Catalina.
Cuando la regla de la Orden, que era para Ana Catalina
una ley sagrada, se quebrantaba en algún punto, veía en espí-
ritu todas las transgresiones, y algunas veces, llevada por el
espíritu interior, aparecía de pronto en el sitio donde la regla
había sido infringida por falta al precepto del silencio o al voto
de pobreza, y citaba, sin haberlo aprendido antes, el pasaje de
la regla relativo a la circunstancia. Esto la hacía importuna
para las que se descuidaban, y su presencia era para éstas como
la aparición de un espíritu. Dios le había concedido el don de
las lágrimas en alto grado; pasaba horas enteras en la iglesia
llorando en su presencia sobre los pecados y la ingratitud de
los hombres, sobre los sufrimientos de la Iglesia, sobre las im-
perfecciones de la comunidad y sobre sus propios defectos. Mas
estas lágrimas de una sublime compasión nadie podía compren-
derlas, nadie más que Aquél en cuya presencia las derramaba:
los hombres las atribuían a un capricho, a una incomodidad, o
a otro motivo de esta especie. Su confesor le había mandado
recibir la santa Eucaristía con más frecuencia que a las otras,
porque su deseo ardiente de este pan espiritual la ponía algunas
veces casi a la muerte. Esta disposición de su alma excitaba la
envidia, y la trataban algunas veces de hipócrita.

Le echaban en cara con frecuencia el favor que le habían
hecho admitiéndola en el convento, siendo una pobre e ignorante
mujer del campo. La idea de que ella era para las otras una
ocasión de pecado érale muy dolorosa, y no cesaba de pedir a
Dios que hiciera recaer sobre sí la pena de esta falta de caridad.
Tuvo una gran enfermedad, que principió en la Natividad de
1802 por un dolor violento de corazón. Este dolor no cesó aún
después de su cura, y lo sufrió en silencio hasta 1812, época en
que recibió en un éxtasis, en ese mismo sitio, la marca exterior
de una cruz, como lo diremos más adelante. Su debilidad y su
mala salud la hacían mirar más bien como una carga que como
una utilidad para el convento, lo que contribuía a que no la
mirasen con benevolencia. Sin embargo, trabajaba y servía sin
cansarse; amaba a todas sus hermanas, y jamás fue tan feliz
como en esta época de su vida, pasada en las privaciones y en
las penas de toda especie.

Votos solemnes
El 13 de noviembre de 1803, de edad de veintinueve años,
pronunció sus votos solemnes, y se hizo la esposa de Jesucristo
en el convento de Agnetemberg, de Dulmen. “Cuando pronun-
cié mis votos, mis parientes se mostraron llenos de bondad hacia
mí. Mi padre y mi hermano mayor me trajeron dos piezas de
tela. Mi padre, hombre piadoso, pero severo, que me había visto
entrar en el convento con repugnancia, me había dicho al tiempo
de nuestra separación que pagaría gustoso mi entierro, pero que
no daría nada para el convento; cumplió su palabra: esta pieza
de tela era la mortaja de mi entierro en el claustro”.
No me acordaba jamás de mí, decía Ana Catalina; no
pensaba más que en Jesucristo y en mis santos votos: mis com-
pañeras no me comprendían, y yo no podía explicarles el estado
en que me hallaba. Dios les ha ocultado muchas gracias que me
ha concedido, sin lo cual ellas hubieran tenido de mi la idea
más errónea. A pesar de todos los dolores y de todos los pade-
cimientos, jamás tuve más riqueza interior; mi alma estaba
inundada de felicidad. Tenía una silla sin asiento y otra sin res-
paldo en mi celda, y sin embargo estaba para mí tan llena y tan
magnífica, que creía ver en ella el cielo todo entero. Con fre-
cuencia, por la noche, llevada por el amor y la misericordia de
Dios, me exhalaba en palabras ardientes y llenas de familiari-
dad afectuosa, como tenía costumbre de hacerlo desde mi in-
fancia; me espiaban y me acusaban de atrevimiento y de te-
meridad hacia Dios. Una vez respondí que me parecia más teme-
rario recibir el cuerpo del Señor sin haber conversado así
familiarmente con Él, y me reprendieron severamente. En medio
de todo esto, vivía en paz con Dios y sus criaturas. Cuando tra-
bajaba en el jardín, los pájaros venían a mí, se ponían sobre
mi cabeza y sobre mis hombros, y cantábamos juntos las ala-
banzas de Dios. Veía siempre a mi lado al Angel de mi Guarda,
y aunque el espíritu maligno me asaltara y buscase medios de
aterrarme por todos lados, no podía hacerme mucho mal. Mi
deseo de la santa Eucaristía era tan irresistible, que con frecuen-
cia por la noche salía de mi celda y me iba a la iglesia, si estaba
abierta; en el caso contrario, me quedaba en la puerta o cerca
de la pared, aún en el invierno, arrodillada o prosternada, ex-
tendidos los brazos o en éxtasis. El capellán del convento, que
tenía la caridad de venir temprano para darme la comunión, me
hallaba en ese estado; mas al aproximarse y abrir la iglesia,
volvía yo en mí, me acercaba con ansia al comulgatorio, y en-
contraba a mi Señor y mi Dios. Cuando estaba encargada de
las funciones de sacristana, me sentía de pronto como trans-
portada; subía a los sitios más elevados de la iglesia, sobre las
cornisas, los frontones y molduras de albañilería adonde pare-
cía imposible humanamente subir. Entonces lo limpiaba y com-
ponía todo. Me parecía siempre que había sobre mi espíritus
bienhechores que me elevaban y me sostenían. Esto no lo ex-
trañaba, porque estaba acostumbrada a ello desde mi infancia:
nunca veíame mucho tiempo sola, y lo hacíamos todo juntos
familiarmente. Sólo entre ciertos hombres me hallaba sola, hasta
el punto de llorar como una niña que quiere volver a su casa”.
Omitimos algunos otros fenómenos notables de su vida extá-
tica, exhortando sólo al lector a comparar lo que acabamos de
contar con la vida de Santa Magdalena de Pazzis. Ahora pase-
mos a sus enfermedades.
Siendo de una constitución delicada y poco robusta de
cuerpo, se había dedicado desde su infancia a la mortificación.
al ayuno, a velar, a orar por la noche a cielo raso; añádase a eso
los trabajos más penosos del campo en todas las estaciones del
año, y la fatiga del estado singular en que se encontraba casi
siempre. En el claustro continuó trabajando en el jardín y en
la casa, mientras sus trabajos y sus padecimientos espirituales
se iban aumentando; de suerte que no es extraño que estuviera
enferma con frecuencia; pero sus enfermedades tenían todavía
otra causa. Hemos sabido por observaciones exactas hechas por
espacio de cuatro años, y por confesiones tímidas que Ana Ca-
talina no pudo menos de hacer, que en el espacio de su vida
gran parte de sus enfermedades y de sus dolores, sobre tod0
mientras estuvo en el convento, que fue la época más activa de
su vida espiritual, le provenían de que tomaba sobre sí los pa-
decimientros de los otros. Tan pronto pedía la enfermedad de
alguna persona que no sabía sufrir con paciencia, y la aliviaba
de todos sus males o de una parte de ellos tomándolos para sí,
como, queriendo expiar algún pecado o poner un término a al-
gún padecimiento, se entregaba a Dios, y el Señor, aceptando su
sacrificio, le permitía esta expiación en unión con los méritos
de su Pasión, bajo la forma de alguna enfermedad correlativa
del pecado que quería borrar. Así tenía que sufrir las enfer-
medades suyas propias, los males que aceptaba de los otros,
ciertos dolores para borrar los pecados de los demás, y aún las
faltas y la negligencia de tal o cual porción de la comunidad
cristiana, y con frecuencia algunos padecimientos en satisfacción
por las ánimas del Purgatorio. Todos estos sufrimientos se pre-
sentaban en su cuerpo como una enfermedad propia, con sín-
tomas los más opuestos y los más variables, y bajo este aspecto
estaba entregada al médico que, con su ciencia terrestre, se
empeñaba en curar males que eran su vida. Con ese motivo
decía: “El reposo en los padecimientos me ha parecido siempre
el estado más apetecible para el hombre. Los ángeles mismos nos
tendrían envidia, si la envidia no fuese una imperfección. Pero
el sufrimiento, para que sea provechoso, debe aceptar con pa-
ciencia y gratitud los consuelos y los remedios dados a contra-
tiempo, y todo otro peso que se añada a la cruz. Yo misma no
conocía del todo mi estado ni con qué tenía relación. Aceptaba
mis padecimientos en espíritu, y debía combatirlos corporal-
mente. Habíame abandonado enteramente a mi Esposo celestial,
y su santa voluntad se cumplía toda en mi; pero yo era de este
mundo, donde hay un orden y una ciencia terrestre que debía
dejar obrar sin murmurar. Aunque hubiera conocido bien mi
estado, y aunque hubiese tenido el tiempo y la facultad de ex-
plicarlo, no habría habido nadie que pudiera comprenderme.
Un médico, sobre todo, me hubiera tenido por loca, y hubiera
duplicado sus costosos y penosos remedios. Así he sufrido mu-
cho toda mi vida, y sobre todo en el convento, a causa de los
remedios dados fuera de propósito. Con frecuencia, cuando me
habían puesto en la agonía, Dios se compadecía de mí, y me
enviaba algún socorro sobrenatural que me curaba”.
Cuatro años antes de la supresión de su convento, fue a
Flamske a hacer una visita de dos días a sus padres. Mientras
permaneció allí, fue una vez a arrodillarse y a orar muchas
horas delante de la cruz milagrosa de San Lambert de Koesfeld.
Pidió a Dios por la paz y la unión de su convento, le ofreció a
este fin la dolorosa Pasión de Jesucristo, y le pidió que le
hiciera sentir una parte de los tormentos que su Esposo celestial
habia sufrido en la cruz. Desde esta oración, sus manos y pies
estaban abrasando y llenos de dolores: tenía fiebre continua, a
la que ella atribuía los dolores en las extremidades; porque
Ana Catalina no se atrevía a pensar que sus ruegos hubiesen sido
oidos por Dios. Con frecuencia hallábase imposibilitada de andar.
y el dolor de las manos no le permitía ciertos trabajos que
hacía en el jardín.

Cierre del convento
El 3 de diciembre de 1811 el convento fue suprimido, y la
iglesia cerrada. Las religiosas se dispersaron cada una por su
lado. Ana Catalina se quedó pobre y enferma. Una criada cari-
tativa del convento la sirvió por amor de Dios. Un anciano
sacerdote, emigrado, que decía Misa en el convento, se quedó
también. Estas tres personas, las más pobres de la comunidad,
no salieron del convento hasta la primavera de 1812. Ana Ca-
talina estaba todavía enferma, y la transportaron no sin dificul-
tad. El sacerdote encontró un pequeño alojamiento en casa de
una pobre viuda del pueblo: Ana Catalina también encontró
en la misma casa un cuartucho en el piso bajo, cuyas ventanas
daban a la calle. Allí vivió, siempre enferma, hasta el otoño de
1812. Sus arrobamientos en la oración y el comercio espiritual
que tenía con el mundo invisible, eran aún más frecuentes. Iba
a ser llamada a un estado que no conocía bien, y no hizo más
que abandonarse dócilmente a la voluntad de Dios. El Señor, en
aquella época, quiso marcar su cuerpo virginal con las llagas
de su cruz y de su crucifixión; escándalo para los judíos, locura
para los paganos, lo uno y lo otro para muchos de los que se
titulan cristianos. Desde su juventud había pedido al Salvador
que le imprimiese fuertemente su santa Cruz en el corazón. a
fin de no olvidar jamás su amor infinito para con los hombres:
mas no se había acordado nunca de un signo exterior. Rechazada
del mundo, lo pedía con más ardor que nunca. El 28 de agosto,
fiesta de San Agustin, patrón de su Orden, mientras hacía esta
petición en su cama, arrebatada en un éxtasis y los brazos ten-
didos, vió venir a ella un joven resplandeciente, como su Espo-
so celestial se le aparecía algunas veces; y este joven hizo sobre
su cuerpo, con la mano derecha, el signo de una cruz ordinaria.
Con efecto: desde entonces tuvo sobre el epígastrio una señal
parecida a una cruz. Eran dos bandas cruzadas, de tres pulgadas
de largo y de media pulgada de ancho. Más tarde, la piel se
levantaba en este sitio como después de una quemadura, y se
abría, dejando salir un humor ardiente y sin color, sobrado
abundante muchas veces para calar algunos paños. Estuvo mu-
cho tiempo sin saber lo que era, creyendo sólo tener un sudor
copioso. Jamás reconoció la significación particular de este signo.
Algunas semanas después, haciendo igual súplica, vió la
misma aparición, que le presentó una pequeña cruz de la forma
descrita en las historias de la Pasión. La tomó con ardor, la
apretó fuertemente contra su pecho, y la devolvió. Ana Cata-
lina decía que esta cruz era blanda y blanca como la cera; pero
al principio ignoró que le hubiera resultado un signo exterior.
Poco tiempo después, habiendo ido con la nieta del ama de su
casa a visitar una antigua ermita cerca de Dülmen, cayó de
pronto en un éxtasis, y perdió el sentido; después, vuelta ya en
sí, fue llevada a su casa. Como el dolor y el escozor que sentía
en el pecho se aumentaban cada día, vió la figura de una cruz
de tres pulgadas de largo, que estaba aplicada sobre el esternón,
y que parecía colorada sobre la piel. Habiendo comunicado su
visión a una monja, con la cual estaba muy unida, se comenzó a
hablar mucho de sus estados singulares. El Día de los Difuntos,
2 de noviembre de 1812, salió por la última vez, y se llegó con
mucho trabajo hasta la iglesia. Desde esta época hasta el fin del
año, parecía que estaba siempre a punto de expirar, y recibió
los últimos Sacramentos. Por la Natividad se le apareció encima
de la cruz que tenía en el pecho una pequeña marca de la misma
forma, de modo que figuraba una doble cruz partida. Esta cruz
echaba sangre todos los miércoles hasta poderse estampar en un
papel. Después fue el viernes. En 1814 este sudor de sangre fue
más raro; solamente la cruz estaba todos los viernes de color de
fuego. Sin embargo, todavía echó sangre más tarde, y particu-
larmente el Viernes Santo; pero ya no se hacía caso. El 30 de
marzo de 1821, el que escribe estas páginas vió la cruz, de un
encarnado muy vivo, sudar sangre por toda su extensión. En el
estado ordinario quedaba sin color, y se distinguía sólo por al-
gunas grietas de la piel. Algunas otras almas contemplativas han
recibido estigmas iguales de la cruz; entre otras, Catalina de
Raconis, Marina de Escobar, Emilia Bichieri y Juliana Fal-
conieri.

Señales de la Cruz
Recibió las señales de la cruz en los últimos días del año
1812. El 29 de diciembre, a las tres de la tarde, se hallaba en su
cuarto muy mala, acostada sobre la cama, pero los brazos ex-
tendidos y en actitud de éxtasis. Meditaba sobre los padecimien-
tos del Salvador, y le pedía que la hiciese sufrir con Él. Rezó
cinco Padrenuestros en honor de las cinco llagas, redobló su
fervor y se sintió muy inflamada. Entonces vió una luz que
bajaba sobre sí, y distinguió en ella la forma resplandeciente
del Salvador crucificado: sus llagas resplandecían como cinco
soles luminosos. Su corazón estaba conmovido de dolor y de gozo
al ver las santas llagas: su deseo de sufrir con el Señor adquirió
una violencia extremada. Entonces, de las manos, de los pies y
del costado de la aparición, salieron rayos triples de color de
sangre, que acababan en forma de una flecha, y que vinieron a
clavarse en sus manos, en sus pies y en su costado derecho. Los
tres rayos del costado acababan en punta de lanza. Así que la
hirieron, la sangre saltó de las heridas. Estuvo todavía mucho
tiempo sin conocimiento, y, cuando volvió en sí, no supo quién
había bajado sus brazos. Vió con sorpresa la sangre que corría
de la palma de las manos, y sintió dolores violentos en los pies
y en el costado. La hija del ama de la casa había entrado en el
cuarto, había visto sus manos llenas de sangre, y habíalo referido
a su madre: ésta corrió asustada, y le preguntó qué había suce-
dido, y Ana Catalina le rogó que no dijera nada. Después de
haber recibido las llagas, sintió que un cambio se había operado
en su cuerpo: el curso de la sangre parecía haber tomado otra di-
rección, y se dirigía con fuerza sobre las llagas. Decía Ana Ca-
talina: “Esto es indecible”.
Debemos a un singular incidente el conocimiento de las
diversas circunstancias citadas. El 15 de diciembre de 1819 tuvo
una visión circunstanciada de todo lo que le había sucedido hasta
entonces; pero presentada de tal suerte, que creyó que era de
alguna otra religiosa que había pasado lo mismo que Ana Ca-
talina, y que suponía que vivía a poca distancia. Contó todos
estos detalles con un vivo sentimiento de compasión, y humi-
llándose profundamente, sin saberlo, ante sí misma. Era muy
tierno el oirla decir: “Ya no debo quejarme; he visto los pade-
cimientos de esta pobre religiosa; su corazón está rodeado dc
una corona de espinas; ella la soporta tranquilamente y son-
rìéndose. Es vergonzoso que yo me queje, porque ella tiene que
llevar una carga más pesada que la mía”.
Estas visiones, en las cuales conoció después su propia his-
toria, se repitieron muchas veces, y por ellas se descubrieron
los detalles de todas sus llagas, que jamás hubiera dado de un
modo tan sencillo, porque jamás hablaba de ellas, por humildad;
y cuando sus superiores espirituales le preguntaban de dónde
provenían esas heridas, respondía a lo sumo: “Yo espero que
vendrán de Dios”. Los cortos limites que nos hemos impuesto
no nos permiten tratar aquí de la estigmatización en general.
Conocemos en la Iglesia Católica un número bastante conside-
rable de personas piadosas que, desde San Francisco de Asís,
han llegado a ese grado de amor contemplativo de Jesús, expre-
sión la más sublime de la unión con sus padecimientos, desig-
nada por los teólogos bajo el nombre de Vulnus divinum, Plaga
amoris viva. Ha habido lo menos cincuenta, conocidos. Verónica
Giuliani, de la Orden de las Capuchinas, que murió en Cittá di
Castello en 1727, es la última de ese número que ha sido cano-
nizada (el 26 de mayo de 1831). Su biografia, publicada en 1810,
da una descripción del estado de las personas estigmatizadas,
que tiene mucha conexión con nuestra Ana Catalina. Las más
conocidas de nuestros días son las dominicanas Colomba Scha-
molt, que murió en Bamberg en 1787; Magdalena Lorger, que
murió en Hadamar en 1806, y Rosa Serra, capuchina de Orieri,
en Cerdeña, estigmatizada en 1801; Josefa Kumi, del convento
de Wensen, cerca del lago de Wallenstadt, en Suiza, la cual vivía
aún en 1815, pertenecía a esta clase de personas, pero no nos
acordamos bien si tenía llagas.

El Deán Overberg
Ana Catalina, no pudiendo ya andar ni levantarse de la
cama, llegó pronto a no comer ni poder tomar más que agua
con un poco de vino, y después tan solo agua: algunas veces,
pero muy raras, el zumo sacado de una cereza o de una ciruela:
volvía inmediatamente todo alimento fuerte, aunque fuese en
muy pequeña cantidad. Esta imposibilidad de tomar alimento,
o más bien esta facultad de vivir sin más que con agua, ha te~
nido algunos ejemplos, según la opinión de médicos sabios. Los
teólogos verán en la vida de los contemplativos que muchos
estaban largo tiempo sin tomar otro alimento que la sagrada
Eucaristía. Citaremos, entre otros muchos, a San Nicolás de
Flue, Santa Lìdwina de Schiedam, Santa Catalina de Sena,
Santa Angela de Foligno, Santa Luisa de la Ascensión.
Todos los fenómenos que se manifestaban en Ana Catalina
estuvieron ocultos para todos los que la trataban más de cerca
hasta el 25 de febrero de 1813, en que una casualidad los hizo
conocer a una antigua compañera de convento de la enferma.
A fines de marzo, todo el mundo hablaba de Ana Catalina en el
pueblo. El 23 de marzo, el médico de aquel sitio la sometió a
un examen; se convenció de la verdad contra su modo de pensar;
dió testimonio de lo que había visto, y fue médico suyo y amigo
hasta su muerte. El 28 de marzo la autoridad eclesiástica envió
a su lado una comisión para tomar informes desde Münster.
Con esta ocasión, la enferma captóse la benevolencia de sus su-
periores y la amistad del difunto deán Overberg, que desde en-
tonces le hacía cada año una visita de algunos días, y fue el
director de su conciencia y su consolador. El consejero munici-
pal de Druffel, que presenciaba los informes como médico, no
cesó jamás de venerarla. Dió en 1814, en el periódico de medi-
cina de Salbourg, una relación detallada de los fenómenos ob-
servados en Ana Catalina, a la cual remitimos al lector. El 4 de
abril, Mr. Garnier, comisario general de policía, francés, vino
de Münster para verla; y habiendo sabido que no profetizaba
y que no hablaba de materias políticas, declaró que la policía no
tenía nada que ver con ella. En 1826 se hablaba de Ana Cata-
lina en Paris con respeto y emoción.
El 22 de julio de 1813, Overberg vino a verla, con el conde
Stolberg y su familia. Estuvieron a su lado dos dias. Stolberg,
en una carta impresa muchas veces, confirmó la verdad de los
fenómenos observados en Ana Catalina, y manifestó veneración
constante hacia la misma. Fue su amigo mientras viviera, y su
familia no cesó jamás de encomendarse a sus oraciones. El 29
de septiembre de 1813, Overberg trajo a verla a la hija de la prin-
cesa Gallitzin, que murió en 1816. Ambos vieron con sus propios
ojos correr la sangre abundantemente de sus llagas. Esta mujer,
de alta distinción, repitió su visita, y hecha después princesa
de Salm, estuvo constantemente ella y su familia en comunión
de oraciones con Ana Catalina. Otras muchas personas de todas
condiciones encontraron del mismo modo consuelo y edificación
al lado de su cama.
El 23 de octubre de 1813 la trasladaron a otra habitación
que daba a un jardín. El estado de la pobre religiosa era cada
día más penoso. Las llagas fueron para Ana Catalina, hasta la
muerte, origen de dolores indecibles: no fijaba su pensamiento
en las gracias que atestiguaban; pero los hacía servir de mérito
para su humildad, considerándolos como una cruz pesada que
la abrumaba por sus pecados. Su pobre cuerpo debía también
predicar a Jesús crucificado. Era difícil continuar siendo para
todos un enigma; un objeto de sospecha para la mayor parte;
de respeto, mezclado de temor, para muchos, sin dejarse llevar
de la impaciencia, de la irritación o del orgullo. Se hubiera
ocultado con gusto del mundo entero, pero la obediencia la
obligó pronto a someterse a los juicios diversos de un gran nú-
mero de curiosos. Padeciendo los dolores más crueles, había
perdido además la propiedad de sí misma, y se había vuelto
como una cosa que cada uno creía tener derecho a ver y a juzgar
con frecuencia, sin utilidad para nadie, y con gran perjuicio de
su euerpo y de su alma, por el reposo y el recogimiento de que
la privaban. Las preguntas indiscretas que se le hacían rayaban
en lo descomedido, y se vió a un hombre muy grueso, que ape-
nas podía pasar por la escalera, quejarse de que una persona,
que debía estar expuesta en un camino a la curiosidad pública,
viviese en sitio de tan difícil acceso. En otros siglos, las personas
que se hallaban en tal estado sufrían en secreto un examen de la
autoridad espiritual, acabando su penosa carrera bajo la pro-
tección de los santos muros; pero nuestra pobre amiga había sido
expulsada del claustro al mundo en una época de orgullo, de
indiferencia y de incredulidad: gratificada con las insignias de
la Pasión, le era preciso llevar su túnica de sangre ante hom-
bres que no creían en las llagas de Jesucristo, y menos en las
que sólo eran una imagen suya. Así, esta mujer, que durante
tantas horas de su juventud había orado delante de las estacio-
nes dolorosas de Cristo, o ante una cruz en medio del camino,
se había como identificado con esa misma cruz puesta sobre la
vía pública, insultada por los unos, cubierta de lágrimas de
arrepentimiento por otros, considerada como un objeto de arte
por muchos, y coronada de flores por manos inocentes.
En 1817 su anciana madre vino del campo para morir a su
lado. Ana Catalina le mostró su amor filial en sus consuelos y
en sus oraciones, y le cerró los ojos con sus manos selladas el
13 de marzo del mismo año. La herencia que dejó la madre bas-
taba para la hija, que la legó toda entera a sus amigos. Se com-
ponía de tres proverbios: “Señor, que vuestra voluntad se haga,
y no la mía. – Señor, dadme paciencia, y después herid con
fuerza. – Si esto no es bueno para la olla, es bueno, al menos,
para ponerlo debajo”. El sentido de este último proverbio era:
“Si esto no puede mantener el cuerpo, se puede quemar para
cocer la comida: este dolor no mantiene mi corazón, pero su-
friéndolo con paciencia, puedo aumentar el fuego del amor, el
cual nos hace útil esta vida”. A menudo repetía estos proverbios,
y entonces se acordaba de su madre. El padre había muerto
antes.

Encuentro con Clemente Brentano
El que escribe estas líneas tuvo conocimiento de su estado
por una copia de la carta de Stolberg, citada más arriba, y por
un amigo que había pasado algunas semanas cerca de la en-
ferma. En septiembre de 1818 fue invitado por el obispo Sailer
a reunirse con él en casa del conde de Stolberg en Westfalia;
estuvo primero en Sondermuhelen, en casa de este último, que
lo recomendó a Overberg, el cual le dió una carta para el médico
de Ana Catalina Emmerick. Le hizo su primera visita el 17 de
setiembre de 1818: ella le permitió pasar algunas horas diarias
a su lado, hasta la llegada de Sailer, y le dispensó desde luego
una confianza tan sencilla y tan cordial, que a nadie se la otor-
gara parecida. Conocía, sin duda, que le hacía una limosna es-
piritual bien preciosa, contándole sin reserva las pruebas, los
gozos y los dolores de toda su vida. Le trató con la más gene-
rosa hospitalidad y llaneza, porque él no ofendía su humildad
con una admiración excesiva. Le abría todo su interior con la
misericordia benévola de aquel piadoso solitario que ofrece por
la mañana las frutas y las flores que se han abierto por la noche
en su jardín a un viajero cansado, el cual, habiendo perdido el
camino en el desierto del mundo, lo halla cerca de su ermita.
Toda en Dios, lo hizo como un hijo de Dios, sin sospecha, sin
desconfianza, sin objeto particular. Que Dios se lo recompense.
Su amigo escribía cada día lo que observaba en ella, o lo
que ella le contaba de su vida interior o exterior. Todas sus
comunicaciones, notables tan pronto por una sencillez pueril
como por una profundidad sorprendente, dejaban presentir todo
lo profundo y lo sublime que descubrió más tarde cuando fue
claro que lo pasado, lo presente y lo venidero, la santificación,
la profanación y el juicio, formaban constantemente delante de
Ana Catalina, y en Ana Catalina misma, un drama histórico y
alegórico, al cual el año eclesiástico daba el motivo, las divisiones
y las escenas, porque tal era el hilo que unían los ruegos y los
padecimientos que ofrecía en holocausto por la Iglesia militante.
El 22 de octubre de 1818 Sailer vino a verla, y habiendo
observado que vivía detrás de una taberna, y que jugaban a los
bolos debajo de su ventana, dijo del modo jovial y profundo
que le era propio: “Esto está bien; esto debe ser así; la religiosa
enferma, la esposa de Nuestro Señor, vive en una taberna, en-
cima de un juego de bolos, como el alma del hombre dentro
de su cuerpo”. Su entrevista con Ana Catalina fue tierna; era
un hermoso espectáculo ver estos dos corazones abrasados del
amor de Jesucristo, y dirigidos por la gracia y por caminos tan
diversos, encontrarse al pié de la cruz, cuya imagen visible
llevaba uno de los dos. El viernes 23 de octubre Sailer estuvo
solo a su lado casi todo el día; vió salir la sangre de su cabeza,
de sus manos y de sus pies, y Ana Catalina encontró en él gran-
des consuelos en cuanto a sus trabajos interiores. El le recomendó
que comunicara al que escribe esto, todo sin reserva; y al efecto,
habló con el director ordinario de Ana Catalina. La confesó, le
dió la comunión el sábado 24, y continuó su Viale hasta la resi-
dencia de Stolberg. Al volver, pasó un día con Ana Catalina, a
principio de noviembre. Fue amigo suyo hasta su muerte, rogó
siempre por ella, y le pidió sus oraciones. El que escribe estas
páginas estuvo hasta enero; volvió en mayo de 1819, y continuó
sus observaciones, casi sin interrupción, hasta la muerte de Ana
Catalina.
Esta piadosa mujer pedia a Dios constantemente que le qui-
tara las llagas exteriores, a causa de la perturbación y de la
fatiga que le causaban, y sus ruegos fueron oídos al fin de siete
años. Hacia el año de 1819 la sangre salía rara vez de sus llagas,
y después cesó enteramente. El 25 de diciembre las costras de
los piés y de las manos se cayeron, y se veían cicatrices blancas,
que se volvían encarnadas ciertos días: en cuanto a los dolores,
siempre fueron los mismos. La marca de la cruz y la llaga del
costado fueron con frecuencia visibles como antes, pero con irre-
gularidad. Tuvo siempre en días fijos la dolorosa sensación de
la corona de espinas alrededor de la cabeza. Entonces no podía
apoyarla en ninguna parte ni tocarla con la mano, y estaba
largas horas, y algunas veces noches enteras, sentada en la
cama, sostenida con almohadas, pálida, lamentándose de dolor.
Este estado concluía con un flujo de sangre, más o menos abun-
dante, alrededor de la cabeza. Algunas veces estaba empapada
su toca sola; otras, la sangre le corría por la cara y el cuello. El
Viernes Santo, 19 de abril de 1819, todas sus llagas se abrieron
brotando sangre, y en los dias siguientes se cerraron.
Hubo una información rigurosa sobre su estado, hecha por
médicos y naturalistas. Para esto la encerraron sola en una casa
extraña, en donde estuvo desde el 7 hasta el 29 de agosto: este
examen no produjo ningún resultado ulterior. La llevaron a su
casa el 29 de agosto; desde entonces la dejaron en reposo hasta
su muerte, aparte algunas incomodidades privadas y algunos
insultos públicos. Con este motivo, Overberg le escribió las pa-
labras siguientes: “¿Qué os ha sucedido personalmente de que
podáis quejaros? Yo hago esta pregunta a un alma que no desea
nada más que asemejarse a su Esposo celestial cada vez más.
¿No habéis sido tratada con más dulzura que vuestro Esposo?
¿No debe ser un motivo de gozo para vos, según el espiritu. el
que os hayan ayudado a ser igual a Él, y por consecuencia, más
agradable? Habéis padecido muchos dolores con Jesucristo; pero
hasta ahora los insultos habían sido escasos. Con la corona de
espinas no habíais recibido el manto purpúreo, ni el vestido de
escarnio, ni menos el grito: “¡Que muera! ¡Que sea crucificado!”
Yo no dudo de que estos sentimientos sean los vuestros. ¡Alabado
sea Jesucristo!”

Sufre el día de la Pasión
El Viernes Santo, 30 de marzo de 1820, su cabeza, sus pies,
sus manos, su pecho y su costado echaron sangre. Uno de los
que la rodeaban, sabiendo que se aliviaba aplicándole alguna
reliquia, aproximó a sus pies un paño que había servido para
envolver una, y la sangre de sus llagas llegó hasta este paño.
Por la tarde, habiéndole puesto el mismo lienzo con las reli-
quias sobre el pecho y sobre la espalda, porque sufría mucho,
dijo de pronto en un estado de éxtasis: “¡Cosa singular! Yo veo
a mi Esposo celestial reposar en su sepultura en la Jerusalén
terrestre: además yo lo veo vivo en la Jerusalén celeste, en me-
dio de muchos santos que lo adoran, y en medio de esos santos,
veo una persona que no es santa, una religiosa. La sangre corre
de su cabeza, de su costado, de sus manos, de sus pies, y los
santos están encima de sus miembros, que vierten sangre”.
El 9 de febrero de 1821 estuvo en éxtasis durante el entierro
de un sacerdote muy piadoso. La sangre corrió de la cabeza y
de la cruz de su pecho. Uno le preguntó: “¿Qué tenéis?” Y Ana
Catalina respondió sonriéndose y como saliendo de un sueño:
“Estábamos cerca del cuerpo. He perdido la costumbre del canto
de la Iglesia, y el De profundis me ha hecho una impresión muy
grande”. Tres años después murió en el mismo dia. En 1821,
algunas semanas antes de Pascua, contó que le habían dicho en su
oración: “Ten cuidado: tú sufrirás el día verdadero de la Pasión,
y no el día designado este año en el calendario eclesiástico”.
El viernes 30 de marzo, a las diez de la mañana, cayó sin cono-
cimiento. Su cara y su pecho se inundaron de sangre; el cuerpo
apareció cubierto de heridas, que parecían provenir de azotes;
al mediodía se puso en forma de cruz, y sus brazos se exten-
dieron hasta dislocarse. Algunos minutos antes de las dos, sus
manos y pies echaron gotas de sangre. El Viernes Santo, 20 de
abril, estuvo en contemplación tranquila. Esta excepción notable
pareció un efecto de la protección divina, pues en la hora en
que sus llagas echaban sangre ordinariamente, vinieron muchos
curiosos incrédulos, que querían atraerle nuevas incomodidades
publicando cuanto hubieran visto, pero que contribuyeron, con-
tra su intención, a tranquilizarla, diciendo que ya no echaba
más sangre.
El 19 de febrero de 1822 fue también advertida que sufriría
el último viernes de marzo y no el Viernes Santo. Sintió con
frecuencia escozores en el sitio de las llagas. Los viernes 15 y 29
la cruz del pecho y la llaga del costado brotaron sangre. Antes
del 29 le pareció más de una vez que un torrente de fuego se
precipitaba de su corazón a su costado y por los brazos y las
piernas hasta las llagas, que estaban encarnadas e inflamadas.
El jueves 28, por la tarde, estuvo absorta en contemplación rela-
tiva a la Pasión, hasta la tarde del viernes. Echó sangre por el
pecho, la cabeza y el costado: todas las venas de sus manos es-
taban hinchadas, y en medio había un punto doloroso y húmedo,
aunque la sangre no corría. No salió sangre de las llagas hasta
el 3 de marzo, día de la Invención de la Santa Cruz. Tuvo tam-
bién una visión sobre el descubrimiento de la verdadera Cruz
por Santa Elena. Creía estar acostada en la fosa cerca de la
cruz. Por la mañana echó mucha sangre por la cabeza y el cos-
tado; por la tarde, por las manos y los pies, y le parecía que
probaban sobre ella si era la verdadera Cruz. de Jesucristo, y
que su sangre daba testimonio.
En 1823, el 27 y el 28 de marzo, Jueves y Viernes Santos, tuvo
visiones sobre la Pasión, y mientras tanto echó sangre por todas
sus llagas, con dolores agudos. En medio de estos padecimientos
mortales, cuando no tenía su espíritu presente. tuvo que hablar
y responder sobre todo lo concemiente a su casa, como si hu-
biera estado con fuerza y en sana salud; lo hacía sin murmurar,
aunque estaba casi moribunda. Esta fué la última vez que su
sangre dió testimonio de su unión con los padecimientos de
Aquel que se sacrificó todo entero por nosotros todos.

Vida extática
La mayor parte de las circunstancias de la vida extática
que vemos en la vida y en los escritos de Santa Brígida, Ger-
trudis, Matilde, Hildegarda, Catalina de Sena, de Génova, de
Bolonia, Colomba de Riettì, Lidwina de Schiedam, Catalina Va-
nini, Teresa de Jesús, Ana de San Bartolomé, Magdalena de
Pazzis, María Villana, María Buonomi, Marina de Escobar, Cres-
cencìa de Kaufbeuern y de otras muchas religiosas contempla-
tivas, se manifiestan también en la historia de la vida interior
de Ana Catalina Emmerick. El mismo camino le fue trazado por
Dios. ¿Había llegado Ana Catalina al término como estas santas
mujeres? Dios sólo lo sabe: debemos pedir que así sea, y nos
es permitido esperarlo. Los lectores que no conocen la vida ex-
tática, según los escritos de los que la han tenido, hallarán los
detalles sobre esto en la introducción de Goerres a los escritos
de Enrique Suso, publicados en Ratisbona en 1829.
Como los cristianos celosos, para transformar su vida en un
culto perpetuo. buscan en su trabajo diario la representación
simbólica de algún modo de honrar a Dios, y se lo ofrecen en
unión con los méritos de Jesucristo, no debe parecer extraño
que los que pasan de la vida activa a una vida de padecimientos
y de contemplación, vean algunas veces sus trabajos espirituales
bajo la forma de las ocupaciones terrestres en que empleaban
antes sus días. Entonces sus actos eran oraciones; ahora sus rta-
ciones son actos, siendo la forma la misma. Así es que Ana Ca-
talina, en su vida extática, veía la serie de sus oraciones por la
Iglesia bajo la forma de parábolas, sacadas de la agricultura,
de la cría de los ganados, del oficio del tejedor o de costurera.
Todos estos trabajos se distribuían, según su significación, en
las diversas épocas del año ordinario y eclesiástico, y se cum-
plían bajo la invocación y con el socorro del santo de cada día
y la aplicación de la gracia especial de las fiestas correspondien-
tes a la Iglesia. La significación de este círculo de símbolos tenía
relación con toda la parte activa de su vida interior. Un ejemplo
explicará nuestras palabras. Cuando Ana Catalina, siendo mu-
chacha aldeana, arrancaba una mala hierba, pedia a Dios que
arrancara la cizaña del campo de la Iglesia. Si sus manos estaban
picadas de las ortigas, si tenía que hacer el trabajo de los obre-
ros negligentes, ofrecía a Dios su pena y su fatiga, y pedía en
nombre de Jesucristo que los pastores de las almas no se can-
sasen, y que ninguno dejara de trabajar con ardor. Así su trabajo
diario era una oración.
Ved aqui ahora un ejemplo de su vida contemplativa y
extática. Había estado enferma muchos días y en éxtasis casi
continuo, en el cual gemía muchas veces, y con sus dedos hacía
los movimientos de una persona que arranca hierba. Una ma-
ñana se quejó de escozor y de picor en las manos y en los
brazos, y cuantos los miraron de cerca los vieron cubiertos de
hinchazones iguales a las que producen las picaduras de las
ortigas. Entonces rogó a algunas personas conocidas que unieran
sus ruegos a los suyos para cierta intención. Al día siguiente
sus dedos estaban doloridos e inflamados como después de un
trabajo excesivo. Habiéndole preguntado la causa, respondió:
“¡Ah!, he tenido que arrancar tantas ortigas en la viña, por-
que los que estaban encargados de ello arrancaban sólo la ca-
beza, y yo tenía con mucho trabajo que arrancar las raíces de
un terreno pedregoso”. El que le preguntaba, habiendo repren-
dido a los trabajadores negligentes, se quedó lleno de confusión
al oirla responder: “Vos erais de ese número: los trabajadores
que arrancan sólo la cabeza de las ortigas y dejan subsistir las
raíces, son los que rezan con negligencia”. Se supo más tarde
que había pedido por todas las diócesis que le habían sido pre-
sentadas bajo la imagen de viñas abandonadas, a donde había
que trabajar. La inflamación verdadera de sus manos prueba la
extirpación simbólica de las ortigas, y es de creer que las igle-
sias que le habían sido designadas por las viñas, sintieron el
efecto de su oración y de su trabajo espiritual; pues si es verdad
que la puerta está abierta para el que llama, debe estarlo sobre
todo para los que llaman con tanto ardor que sus dedos están
heridos.
Reacciones iguales del espíritu sobre el cuerpo se hallan
con frecuencia en la vida de las personas sujetas al éxtasis y
que participan de la fe. Santa Paula, según San Jerónimo, visitó
los Lugares Santos en espíritu como si los hubiera visto corpo-
ralmente: lo mismo sucedió a Santa Colomba de Rietti y a
Santa Lidwina de Schiedam, cuyo cuerpo conservó la marca de
este viaje espiritual: Ana Catalina sintió todas las fatigas de
un viaje penoso, se hirió los pies y tuvo en ellos señales que
parecían causadas por piedras o por espinas; en fin, se torció un
pie que la hizo suírir mucho tiempo corporalmente. Conducida
en este viaje por su Angel de la Guarda, le oyó decir que esas
heridas corporales eran una señal de que había sido arrebatada
en cuerpo y en espíritu. Iguales lesiones materiales se veían
también en Ana Catalina pocos instantes después de algunas
de sus visiones. Lidwina comenzaba su viaje extático, según su
Angel bueno, por la capilla de la Virgen delante de Schiedam:
Ana Catalina comenzaba los suyos por seguir a su Angel a la
capilla próxima a su casa, o al camino de la cruz de Koesfeld.
Sus viajes a la Tierra Santa los hacía por los caminos más
opuestos; algunas veces daba vuelta a la tierra cuando su marcha
espiritual lo exigía. En el curso de sus viajes desde su casa
hasta los países más lejanos, socorría a mucha gente y ejercía
con ellas las obras de misericordia espirituales y corporales;
esto se hacia con frecuencia en parábolas. Al fin del año volvía
a hacer el mismo camino, veía las mismas personas, y contaba
su progreso espiritual o su retraso. Todo este trabajo se dirigía
a la Iglesia o al reino de Dios en la tierra. El objeto de estas
peregrinaciones diarias que hacía en sueños, era siempre la
tierra prometida, que ella observaba con los mayores detalles, y
que veía tan pronto en su estado actual como en el estado en
que aquélla se encontraba en las diversas épocas de la Historia
Sagrada; pues lo que la distinguía de las otras personas de la
misma categoría era la gracia inaudita de una intuición directa
de la historia del Antiguo y del Nuevo Testamento, de los per-
sonajes de la Sagrada Familia y de todos los santos, hacia los
cuales se dirigía su espíritu. Ana Catalina veía la significación
de todos los días de fiesta del año eclesiástico bajo el aspecto
del culto y de la historia. Vió y narró día por día, describiendo
los pormenores y nombrando los sitios, las personas, las fiestas,
las costumbres y los milagros, los años de la predicación de
Jesús hasta la Ascensión, y la historia de los Apóstoles muchas
semanas después de la venida del Espiritu Santo. No miraba
todas estas visiones como un goce espiritual de su alma, sino
como un campo fértil lleno de méritos de Jesucristo, y que no
habia aún rendido beneficios: se ocupaba en espíritu con fre-
cuencia en reclamar para la Iglesia el fruto de tal o cual pena
del Señor; suplicaba a Dios que aplicara a su Iglesia los méritos
del Salvador, que eran su herencia, de los cuales ella parecía
tomar posesión en su nombre de una manera llena de sencillez.
Jamás traducía sus visiones a la vida cristiana exterior, y
menos les atribuía ninguna autenticidad histórica. Exteriormente
no conocía ni creía más que el Catecismo, la historia popular
de la Biblia, los Evangelios de los domingos y de las fiestas, y
el Calendario, que parecía a sus ojos el libro más rico y más
profundo; pues él le ofrecía en unas cuantas hojas el hilo con-
ductor con el cual iba atravesando el tiempo; pasando de un
misterio de redención a otro, y solemnizándolo con todos los
santos, para recoger los frutos de la eternidad a su tiempo, con-
servarlos y distribuirlos en su peregrinación alrededor del año
eclesiástico, a fin de que la voluntad de Dios se cumpliera así
en la tierra como en el cielo. No había jamás leído el Antiguo
ni el Nuevo Testamento; cuando estaba cansada de contar sus
visiones, decía algunas veces: “Leedlo en la Biblia”, y extrañaba
mucho oír que eso no se encontraba allí; y añadía: “Pues hoy
se oye decir sin cesar que todo está en la Biblia, que no se debe
leer más libro que ése…”.

Padecimientos por los demás
La verdadera ocupación de su vida fue el padecer por la
Iglesia y por algunos de sus miembros, cuyo desamparo veía
en espíritu, o que le pedían oraciones, sin saber que esta pobre
religiosa enferma tuviera alguna cosa más que ver con ellos
que rezar un Padrenuestro, ignorando, sobre todo, que sus pa-
decimientos espirìtuales y corporales venían a ser los suyos, y
que debía luchar contra los dolores más terribles, sin ser soco-
rrida, como las contemplativas de otro tiempo, por las oraciones
de una comunidad religiosa. En el siglo en que vivía no tenía
más socorro que el de los remedios del médico. Cuando luchaba
así contra algunos padecimientos, por los cuales se había sus-
tituído a otra persona, volvía los ojos hacia los padecimientos
de la Iglesia, y sufriendo por un enfermo, ofrecía al mismo
tiempo sus penas por la Iglesia entera.
Ved aquí un hecho notable de esa especie. Por espacio de
muchas semanas se vieron en Ana Catalina sintomas de una
tisis en último grado: irritación extremada del pulmón, sudores
que calaban toda la cama, tos arraigada, expectoración conti-
nua, y calentura violenta sin interrupción; se esperaba cada dia
su muerte, o, por mejor decir, se deseaba: tan horribles eran sus
padecimientos. Observábase en Ana Catalina una lucha extraña
contra una grande facilidad a irritarse. Si sucumbía un instante,
derramaba lágrimas, sus padecimientos se aumentaban, y no
podía vivir sin reconciliarse por medio del sacramento de la
Penitencia. Luchaba siempre contra la aversión a una persona
que estaba separada de Ana Catalina desde muchos años. Se
desesperaba al observar que esa persona, con la cual nada tenía
que ver, aparecíale siempre delante con malas disposiciones de
toda especie, y lloraba amargamente en medio de una gran per-
turbación de conciencia, diciendo que no quería pecar, que dc-
bían ver su dolor, y otras cosas poco inteligibles para los que las
oían. Su enfermedad se fue agravando, y se creyó que iba a
morir. En el mismo momento uno de sus amigos se quedó sor-
prendido al verla levantarse de pronto y decir: “Rezad conmigo
las oraciones de los agonizantes”. Hizo lo que le decía, y Ana
Catalina respondió con voz reposada durante la Letania. Al poco
rato se oyó tocar a muerto, y una persona vino a pedirle por
su hermana que acababa de morir. Ana Catalina inquirió con
interés los detalles de su enfermedad y de su muerte, y su amigo
oyó la descripción más exacta de la tisis que había tenido Ana
Catalina. La difunta había estado primero tan atormentada y
tan inquieta, que parecía no poderse preparar a morir; pero
hacía quince días que estaba mejor, se había reconciliado con
Dios, y antes con una persona con quien estaba reñida; en fin,
había muerto en paz, y acompañada de todos los Sacramentos,
con la asistencia de aquella misma persona. Ana Catalina dió
una limosna para su entierro. Sus sudores, su tos y su calentura
desaparecieron; estaba como un hombre rendido de cansancio,
que se ha mudado de ropa y se ha acostado en una cama fresca.
Su amigo le dijo: “Cuando habéis tenido esta enfermedad sobre
vos, esa mujer se puso mejor: su odio contra la persona de que
se hablaba era el solo obstáculo de su reconciliación con Dios.
Vos tomasteis este odio sobre vos misma; ella ha muerto recon-
ciliada, y vos estáis en buen estado. ¿Os halláis todavía inquieta
con motivo de esa persona?”. “Dios me preserve de estarlo, res~
pondió Ana Catalina; eso me parecería muy irracional; pero,
¿cómo no sufrir cuando la punta sola de un dedo padece? Todos
somos un solo cuerpo en Jesucristo”. “Gracias a Dios por haber
recobrado un poco de tranquilidad”, le dijo su amigo. Ana Ca-
talina se sonrió, y contestó: “No durará mucho tiempo; hay otras
que me esperan”. Entonces se volvió, y quedó tranquila.
Pocos días después sintió dolores agudos en todos los miem-
bros, y todos los síntomas de una hidropesía del pecho se mani-
festaron. Descubrimos la enferma por quien sufría, y veíamos
que sus padecimientos disminuían o aumentaban de pronto con-
siderablemente, según que los de Ana Catalina crecían o cesa-
ban. Así la caridad la hacía tomar sobre sí las enfermedades, y
aún las tentaciones de otros, a fin que los que de este modo so-
corría pudieran prepararse a la muerte. Tenía que sufrir en
silencio para ocultar las miserias de su prójimo, y para no pasar
por una loca; tenía que aceptar con paciencia los socorros de la
medicina para estas enfermedades que no eran suyas, y los re-
proches por las tentaciones de los otros; en fin, tenía que pasar
por una mujer pervertida a los ojos de los hombres, para que
las personas por quienes sufría aparecieran convertidas a los
ojos de Dios.
Un amigo muy afligido estaba sentado a su lado; de pronto
tuvo ella un éxtasis, y se puso a orar en alta voz: “¡Oh, mi buen
Jesús! Dejadme llevar un rato esta piedra tan pesada”. Su
amigo le preguntó qué tenía. “Estoy en el camino de Jerusalén,
dijo, y hay un pobre hombre que va arrastrando con una piedra
enorme sobre el pecho”. Y después añadió: “Dadme esa piedra;
vos no la podéis llevar más; dadmela”. De pronto cayó sin cono-
cimiento, como oprimida de un peso enorme. En el mismo ins-
tante su amigo sintió el pecho libre de la pena que le oprimía,
y le sobrevino alegría extraordinaria. Cuando la vió en estado
tan triste, le preguntó qué tenia. Ana Catalina le miró sonrién-
dose, y le dijo: “No puedo estar aquí más tiempo; pobre hom-
bre, tomad vuestra carga”. Al momento toda la aflicción de este
hombre volvió a su corazón, y habiendo Ana Catalina vuelto a
su estado precedente, continuo su viaje en espíritu hasta Je-
rusalén.
Contaremos todavía un hecho notable de su actividad de
espíritu. Una mañana dio a un amigo un saquito lleno de harina
de centeno y huevos, y le descubrió una casa en donde vivía una
pobre mujer tísica con su marido y dos niños. Debía decir a la
mujer que con aquello hiciera unas puches, que serían buenas
para el pecho. Cuando al entrar en la choza este amigo sacó el
saquito de debajo de su capa, la pobre madre, que estaba con
una calentura abrasadora y tendida en un jergon en medio de
sus hijos casi desnudos, lo miró con ojos ardientes, tendió hacia
él sus manos lividas, y le dijo con voz temblorosaz “¡Oh, señor!
¡Dios es quien os envía, o la hermana Emmerick! Me traéis
harina de centeno y huevos”. Esta mujer, enternecida, lloró,
tosió e hizo seña a su marido que respondiera por ella. Este dijo
que Gertrudis había tenido un sueño muy agitado la noche pre-
cedente, y había hablado durmiendo: que habiéndose desper-
tado, le habia contado asi su sueño: “Me parecía estar contigo a
la puerta de casa; la piadosa monja ha salido de una casa vecina,
y te ha dicho que la miraras. Se ha parado delante de nosotros,
y me ha dicho: “¡Ah, Gertrudis! tienes el semblante de estar muy
enferma. Yo te mandaré harina de centeno y huevos; eso es
bueno para el pecho”. Entonces he despertado”.
Tal fue la simple relación de este hombre; mostraron viva-
mente su gratitud, y el que les había llevado la limosna de Ana
Catalina, salió de la casa conmovido. Cuando la vio, no le dijo
nada de todo esto; pero algunos días después Ana Catalina
lo envió a la misma casa con un presente igual, y él le pre-
guntó cómo conocía a aquella mujer. “Ya sabéis, le respon-
dió, que yo rezo por la noche por todos los que padecen; qui-
siera ir a ellos para ayudarlos; y sueño ordinariamente que voy
de una casa de dolor a otra, y que así los ayudo como puedo.
Así he ido en sueños a casa de esta pobre mujer, que estaba a
su puerta con el marido, y le he dicho: “¡Ah, Gertrudis! tienes
semblante de estar muy enferma. Yo te mandaré harina de
centeno y huevos; esto es bueno para el pecho”. Así lo hice con
vos por la mañana”. Las dos habían estado cada una en su cama
y soñado lo mismo, y el sueño se había verificado. San Agustín,
en la Ciudad de Dios, cuenta un hecho igual de dos filósofos que
se visitaron en sueños y explicaron algunos pasajes de Platón,
habiendo dormido cada uno en su casa.

Visión del cuerpo de la Iglesia
Esos padecimientos y ese género de actividad eran como
un rayo, cuya luz alumbraba toda su vida. El número de tra-
bajos espirituales y de padecimientos simpáticos que desde el
mundo en que vivía penetraban en su corazón, abrasado del
amor de Jesucristo, era infinito. Como Santa Catalina de Sena
y otras contemplativas, sentía con toda la fuerza de una pro-
funda convicción que el Salvador le arrancaba el corazón del
pecho, y que ponía el suyo por algún tiempo en su lugar.
La relación siguiente puede dar una idea del simbolismo
profundo que la dirigía interiormente. Una parte del año 1820
trabajó en espiritu por algunas parroquias; sus oraciones estaban
representadas bajo la forma de diversos trabajos penosos de un
viñador. A esto hace alusión la historia de las ortigas, referida
más arriba. El 6 de setiembre su conductor le dijo; “Tú has
cavado, podado, atado la viña; tú has quemado las malas hier-
bas para que no puedan nacer jamás; después te has marchado
llena de gozo y has dejado en reposo tu oración: prepárate ahora
a trabajar bien desde la Natividad de la Virgen hasta San Mi-
guel; la uva madura, y es menester guardarla”. Entonces me
condujo a la viña de San Liborio, y me mostró las viñas en que
había trabajado. Mi trabajo había prosperado; las uvas colo-
reaban y crecían, y el mosto corría hasta el suelo en algunos si-
tios. Mi conductor me dijo: “Cuando la vida se manifiesta en
las personas de piedad, tienen que combatir, están oprimidas,
sufren la tentación y la persecución. Es menester plantar un
seto para que las uvas maduras no sean destruidas por los la-
drones o por los animales que representan la tentación y la perse-
cución”. Entonces me enseñó a levantar una pared con piedras
amontonadas y a formar alrededor un seto espeso de espinos.
Como mis manos echaban sangre con este rudo trabajo, Dios, para
animarme, permitió que la esencia y la significación de la viña
y de algunos árboles frutales me fuesen reveladas. La verdadera
cepa es Jesucristo, que debe crecer en nosotros; todo sarmiento
inútil debe cortarse para no dispersar la savia, que debe transfor-
marse en vino, y en el Santísimo Sacramento en la sangre de
Jesucristo. La poda de la viña se hace con ciertas reglas que me
han sido reveladas. Es, en un sentido espiritual, la privación de
todo lo superfluo, la penitencia y la mortificación, para que la
verdadera cepa crezca en nosotros y produzca frutos, en lugar
de la naturaleza corrompida, que no produce más que sarmientos
y hojas. Se poda con reglas fijas; consiste únicamente en supri-
mir en el hombre ciertas varas exuberantes; que no quede ni
raíz de una mutilación culpable. La poda no debe jamás atacar
al tronco, que ha sido plantado en la humanidad por la interce-
sión de la Virgen Santísima para toda la eternidad. La verdadera
cepa une el cielo a la tierra; la Divinidad a la humanidad;
lo que es humano debe ser podado, a fin de que sólo lo divino
pueda crecer. Yo ví tantas cosas relativas a la viña, que un libro
tan grande como la Biblia no podría contenerlas. Un día en que
padecía horriblemente del pecho, pedí a Dios que no me hiciera
llevar una carga superior a mis fuerzas; entonces mi Esposo ce-
lestial se me apareció, y me dijo: “Yo te he acostado sobre mi
lecho nupcial, que es un lecho de dolores, y te he dado por vesti-
dura y por joyas los padecimientos y la expiación; debes sufrir;
no te abandonaré; estás atada a la cepa, no te perderás”. Enton-
ces me sentí consolada en medio de mis dolores. También me ha
explicado por qué en las visiones relativas a las fiestas de la
familia de Jesús, por ejemplo, a la de Santa Ana, de San Joaquín,
de San José, veo siempre a la iglesia de la fiesta como el tallo
de una cepa. Lo mismo es en la fiesta de San Francisco de Asís,
de Santa Catalina de Sena y todos los santos estigmatizados.
“La significación de mis dolores en todos los miembros me
fue explicada en la visión siguiente: vi un enorme cuerpo hu-
mano mutilado horriblemente y elevado hacia el cielo; no tenía
dedos en los pies ni en las manos; el tronco estaba cubierto de
horribles heridas; algunas estaban frescas, y echaban sangre;
otras cubiertas de carne muerta. Un lado entero estaba negro.
gangrenado y carcomido. Yo sentia en mi todos estos padecimien-
tos, y entonces mi conductor me dijo: “Es el cuerpo de la Iglesia.
el de todos los hombres y el tuyo”. Después. mostrándome cada
herida, me indicaba con el dedo una parte del mundo; vi una
infinidad de hombres y de pueblos separados de la Iglesia, cada
uno de su manera, y yo sentí esta separación tan dolorosamente
como si se hubieran separado de mi cuerpo. Entonces mi conduc-
tor me dijo: “Aprende la significacion de tus padecimientos, y
ofrécelos a Dios con los de Jesucristo por los que se han separado.
Un miembro debe llamar al otro, y sufrir para curarlo y atarlo
al cuerpo. Cuando son los más próximos los que sc separan, es
la carne que se arranca del pecho alrededor del corazón”. Yo
pensé en mi sencillez que se trataba dc hermanos y de herma-
nas que no están en comunión con nosotros; pero mi conductor
añadió: “¿Quiénes son mis hermanos? Los que guardan los man-
damientos de mi Padre. Los más próximos al corazón no son los
más cercanos en la sangre, sino los más próximos en la sangre
de Cristo, los hijos de la Iglesia que caen”. El me enseñó que el
lado negro y gangrenoso se curaría pronto; la carne corrompida
que habia crecido alrededor de las heridas representan los heré-
ticos, que se dividen conforme crecen; la carne muerta es la
imagen de los que están muertos espiritualmente, y que no sien-
ten nada; las partes transformadas en hueso representan los he-
réticos obstinados y endurecidos. Yo vi y sentí así cada llaga
y su significación. El cuerpo llegaba al cielo. Era el cuerpo de la
esposa de Jesucristo. Este espectáculo era bien triste. Yo lloraba
amargamente; pero afligida y fortificada al mismo tiempo por
el dolor y la compasión, me puse a trabajar con todas mis
fuerzas”.
Sucumbiendo bajo el peso de la vida y del trabajo que le
había sido impuesto, así suplicaba diariamente a Dios que la
libertase, y se la veía con frecuencia al borde del sepulcro; pero
siempre decía: “Señor, no mi voluntad, sino la vuestra. Si mis
ruegos y mis padecimientos son útiles, dejadme vivir mil años;
pero que muera antes que ofenderos”. Entonces recibía orden de
continuar viviendo: se levantaba con su cruz, y la llevaba si-
guiendo al Señor. De cuando en cuando el camino de su vida le
era mostrado; se dirigía hacia lo alto de una montaña, adonde
había una ciudad resplandeciente: la Jerusalén celeste. A me-
nudo creía haber llegado al lugar de beatitud, que estaba cerca,
y su gozo era grande. Pero de pronto se veía separada de él por
un valle; por todas partes había que sufrir, que trabajar, que
ejercer la caridad. Era menester enseñar el camino a los que se
perdían, levantar a los que se caían, algunas veces llevar paralí-
ticos, y arrastrar por fuerza a los que se resistían: eran otras
tantas nuevas cargas que se unían a su cruz. Entonces andaba
más dificilmente; se doblaba bajo el peso, y caía al suelo.
En 1823 repitió con más frecuencia que de ordinario que
no podía cumplir su trabajo en la situación en que se hallaba;
que sus fuerzas no bastaban; que necesitaba un convento tran-
quilo para vivir y morir. Añadía que Dios la llamaría pronto a
El; que le había pedido que le permitiera obtener por sus ruegos
en el otro mundo lo que su debilidad le impedía acabar en éste.
Santa Catalina de Sena, poco antes de morir, había hecho una
oración igual. Ana Catalina había tenido antes una visión sobre
lo que podían producir sus ruegos después de su muerte con
relación a ciertas cosas que no existían en su vida. El año
1823, que fue el último en que Ana Catalina corrió por entero el
círculo del año eclesiástico, le dio trabajos infinitos. Quiso
cumplir todo su trabajo, y cumplió, en efecto, la promesa hecha
anteriormente de referir toda la Pasión. Fue objeto de sus me-
ditaciones la Cuaresma de este año, las cuales componen el
presente volumen. Su parte no fue menos grande en el misterio
fundamental de este tiempo de penitencia, que en los misterios
de cada uno de los días de fiesta de la Iglesia: si la palabra
tomar parte significa bastante la relación en virtud de la cual
Ana Catalina daba un testimonio visible al misterio celebrado
en cada fiesta por una alteración en su vida espiritual y corpo-
ral, leed con este motivo el capitulo de este libro titulado
“Interrupción de los cuadros de la Pasión”
(Clemente Brentano publicó esta biografía en el volumen titulado “La
dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo)”.

El año esclesiástico
Todas las ceremonias y las fiestas de la Iglesia eran para
Ana Catalina algo más que la consagración de un recuerdo. Vela
el fundamento histórico de cada solemnidad, como un acto de
Dios operado en el tiempo para reparación de la humanidad
decaída. Aunque estos actos divinos le aparecían con el carácter
de la eternidad, conocía que para aprovechar al hombre en la
esfera estrecha y medida del tiempo, era menester que tomara
posesión de ellos por una serie de monumentos sucesivos, y que
para esto debían ser repetidos y renovados en la Iglesia en un
orden establecido por Jesucristo y el Espiritu Santo. Todas las
fiestas y las solemnidades eran a sus ojos gracias de la eternidad
que volvían en épocas fijas cada año eclesiástico, lo mismo que
los frutos de la tierra vienen en su época cada año. Recogía
con celo infatigable estos frutos de gracia, los conservaba, y los
ofrecía por todos los que no cuidaban de atesorarlos. Así como
su compasión hacia el Redentor crucificado había sido acogida
por Dios, y le había merecido el ser marcada con las llagas de
la Pasión como un sello de amor el más perfecto, así siempre
que la Iglesia y los afligidos padecían, sus padecimientos se
reproducían en su cuerpo y en su alma. Y todo esto pasaba sin
que lo supiera nadie de los que la rodeaban, y sin que Ana
Catalina tuviera más conocimiento que el que tiene la abeja
de su trabajo; mientras que cuidaba y cultivaba como una jar-
dinera fiel y diligente el jardín fértil del año eclesiástico, vivía
de sus frutos, y los distribuía; animaba sus fuerzas y las de los
otros con las flores y las hierbas que en él tomaba, o por mejor
decir, Ana Catalina era en él una sensitiva, un mirasol, una
planta maravillosa, en donde se producían, sin el concurso de
su voluntad, todas las estaciones del año, todas las horas del dia,
todas las variaciones de la temperatura.
Al fin del año eclesiástico 1823, tuvo por la última vez una
visión relativa a las cuentas de aquel año. Diversos símbolos le
representaron las negligencias de la Iglesia militante y de sus
servidores; vio cuantas gracias no habían sido cultivadas o reco-
gidas, y cuántas se habían perdido. Le fue enseñado que el
Redentor había puesto para cada año en el jardín de la Iglesia
un tesoro completo de sus méritos, para suplir a todas las ne-
cesidades y a todas las expiaciones. Las gracias despreciadas,
disipadas o perdidas (y había bastante para levantar al hombre
más decaído, para libertar el ánima del Purgatorio más olvi-
dada), debían de ser pedidas con el mayor rigor, y la Iglesia
militante estaba castigada por esas negligencias e ìnfidelidades
de sus servidores, con la opresión de sus enemigos y con humi-
llaciones temporales. Estas revelaciones exaltaban en el más
alto grado su amor hacia la Iglesia, su madre. Pasaba días y no-
ches orando por ella, ofreciendo a Dios los méritos de Jesucristo
y pidiendo misericordia. En fin: reconcentró todas sus fuerzas,
y se ofreció a tomar sobre sí el pecado y el castigo, lo mismo
que un niño que se presentase ante el trono del rey para sufrir
el juicio hecho contra su madre. Fuéle dicho entonces: “Ve
como estás llena de miserias, tú que quieres satisfacer por los
otros”; y Ana Catalina se vio con terror como tristísima imagen
llena de imperfecciones infinitas. Pero la impetuosidad de su
amor se mostró todavía con más instancia en estas palabras:
“Sí, estoy llena de miserias y de pecados, pero soy vuestra es-
posa, ¡oh, mi Señor y mi Salvador! Mi fe en Vos y en la reden-
ción que viene de Vos cubre todos mis pecados con vuestro
manto real. Yo no os dejaré hasta que aceptéis mi sacrificio,
porque el tesoro abundante de vuestros méritos no está cerrado
para ninguno de los fieles”. Al fin, su oración fue singularmente
enérgica; era para oídos humanos como una querella y una
lucha con Dios. a que la llevaba el atrevido impulso del amor.
Cuando su sacrificio era aceptado, su actividad cesaba por algún
tiempo, y estaba ocupada con la repugnancia de la naturaleza
humana contra los padecimientos. Cuando había sostenido este
combate, fijos los ojos sobre el Redentor en el Huerto de las
Olivas, los dolores que soportaba de toda especie eran indeci-
bles. La vimos con frecuencia estar muchos días sin conoci-
miento, como un cordero al morir. Si le preguntábamos cómo
estaba, abría los ojos para sonreírse, y decía: “¡Estos dolores
son tan saludablesl”
Al principio del Adviento sus dolores se calmaron con dul-
ces visiones sobre los preparativos del viaje de la Virgen San-
tísima, y después sobre todo su viaje a Belén con San José.
Ana Catalina los acompañaba cada día en las posadas, o iba
delante para procurarles alojamiento. En ese tiempo tomaba
pedazos viejos de tela, y por la noche, en medio del sueño,
hacía pañales, camisas y gorros para los niños de las mujeres
pobres que estaban de parto. Por la mañana veía con sorpresa
todas las cosas compuestas en su armario. Esto le sucedía todos
los años por la misma época; pero este año tuvo más fatiga y
menos consuelo. Así, en la hora del nacimiento del Salvador,
que era ordinariamente para Ana Catalina un momento de
gozo, se arrastró con mucho trabajo en espíritu hasta el niño
Jesús en su pesebre, y no le llevó otro presente mas que mirra,
ni otra ofrenda más que su cruz, con el peso de la cual cayó
como muerta a sus pies. Parecía que acababa su cuenta terrestre
con Dios, y que se entregaba por la última vez por todos los
hombres afligidos espiritual y corporalmente. Lo poco que se
pudiera saber de esta sustitución a los diversos padecimientos
de los otros, toca en lo incomprensible. Ana Catalina decía con
razón: “El Niño Jesús no me ha traído este año más que una
cruz e instrumento de martirio”.
Desde entonces se concentró cada día más en sus padeci-
mientos; no habló casi nada, y aunque continuaba viendo los
viajes de Jesús en su predicación, indicaba a lo sumo en pocas
palabras la dirección de sus pasos. Una vez preguntó de pronto,
con una voz que apenas se percibía: “¿Qué día es hoy?” Ha-
biéndole respondido que era el 14 de enero, añadió: “Dentro
de pocos días habré contado toda la vida del Señor; pero esto
ya no me es posible”. Estas palabras parecieron tanto más ex-
trañas, cuanto que no parecía saber en qué año de la predicación
de Jesucristo estaba su espíritu actualmente ocupado. En 1820
había contado la historia del Salvador hasta la Ascensión, ha-
biendo comenzado por el 28 de julio del tercer año de la predi-
cación de Jesús; después volvió al primer año de la vida de
Jesús, y había continuado hasta el 10 de enero del tercer año
de la predicación. El 27 de Abril de 1823 hubo, a causa de un viaje
que hizo el escritor, una interrupción, que duró hasta el 21 de
octubre. Reanudó el hilo de la historia donde lo había dejado,
y continuó hasta las últimas semanas de su vida. Cuando habló
de algunos días que faltaban, su amigo no sabía hasta dónde
llegaba la historia, porque no había coordinado lo que escribía.
Después de su muerte se convenció de que si Ana Catalina
hubiera podido hablar los catorce últimos días de su vida, la
narración habría vuelto al 28 de julio del tercer año de la pre-
dicación, y, por consecuencia, al sitio donde había comenzado
en 1820.
Su estado cada día hacíase más alarmante. Ana Catalina,
que ordinariamente sufría en silencio, daba gemidos; tal era la
fuerza de sus dolores. El 15 de enero dijo: “El Niño Jesús me
ha traído en su Natividad grandes dolores. Me he encontrado
de nuevo en el pesebre de Belén. El divino Infante tenía ca-
lentura, y me revelaba sus padecimientos y los de su Madre.
Estaban tan pobres, que tenían un pedazo de pan por todo ali-
mento. Me ha dado angustias todavía mayores, y me ha dicho:
“Tú eres mía; tú eres mi esposa. Sufre como Yo he sufrido, y
no preguntes por qué”. Yo no sé lo que será, ni si durara mucho
tiempo. Me abandono enteramente a mi martirio, ya sea me-
nester vivir o que sea preciso morir. Yo deseo que la voluntad
secreta de Dios se cumpla sobre mí. Estoy tranquila, y tengo
consuelo en mis penas. Esta mañana aún era muy feliz. Bendito
sea el nombre del Señor”.
Sus dolores, si es posible, se aumentaron todavía. Sentada
sobre su cama, cerrados los ojos, lamentábase con voz apagada,
y caíase a uno y otro lado. Si se acostaba, parecía ahogarse: su
respiración era agitada, todos sus nervios y sus músculos tem-
blaban estremecidos de dolor. Su garganta estaba abrasada, su
boca hinchada, sus mejillas coloradas con la calentura, sus manos
pálidas como el marfil. Las cicatrices de las llagas brillaban
como la plata sobre la piel estirada; su pulso daba 160 a 180
pulsaciones por minuto. Aunque no podía hablar a causa del
exceso de sus padecimientos, todas sus obligaciones estaban
presentes a su espíritu. El 26 por la tarde dijo a su amigo con
voz casi extinguida: “Hoy es el dia noveno; es menester pagar
la vela y la novena a la capilla de Santa Ana”. Era una novena
que había mandado hacer por su intención, y temía que las
personas que la rodeaban la olvidasen. El 27, a las dos de la
tarde, recibió la Extremaunción. Por la noche, su amigo, el
excelente cura H…, rezó al lado de su cama: fue esto de tanto
consuelo para Ana Catalina, que le dijo: “¡Cuán bueno y cuán
bello es todo esto!” Y después: “¡Dios sea mil veces bendito y
alabado!”
La proximidad de la muerte no destruía enteramente la
unión maravillosa de su vida con la de la Iglesia. Habiéndola un
amigo visitado el 1º de febrero por la noche, se había colocado
detrás de su cama sin ser visto, y escuchaba con gran compa-
sión sus gemidos y su respiración fatigosa. De pronto no oyó
nada, y creyó que estaba muerta. En este momento la campana
que anunciaba los maitines de la fiesta de la Purificación co-
menzó a tocar. Era el principio de esta fiesta el que había arre-
batado su alma en un éxtasis. Aunque su estado era siempre
muy alarmante, algunas palabras afectuosas sobre la Virgen
Santísima salieron de su boca en la noche y en el día de la
fiesta. A las doce dijo, con voz alterada ya por la muerte: “No
había estado tan bien desde hace mucho tiempo. Ocho días van
que estoy enferma, ¿no es verdad? Ya no sé nada de este mundo
tenebroso. ¡Oh, qué luz me ha hecho ver la Madre de Dios! Me
ha llevado a su lado, y hubiera querido estarme allí”. Aquí se
recogió un momento; y después dijo, poniéndose el dedo en la
boca: “Pero yo no debo hablar de eso”. Desde entonces decía
que todo lo que podían decir en su elogio redoblaba sus pa-
decimientos.

Muerte
Los días siguientes estuvo peor. El 7 por la noche, encon-
trándose más tranquila, dijo: “¡Ah, Jesús! mil gracias por el
tiempo de mi vida. Señor, que vuestra voluntad se haga y no la
mía . El 8 de febrero por la noche, un sacerdote rezaba junto
a su cama; le besó la mano con gratitud, le rogó que asistiera
a su muerte, y le dijo: “Jesús, vivo por Vos y muero por Vos”.
¡Señor, bendito seáis; ya no veo, ya no oigo!” Ayudándola a
mudar de postura para aliviarla, dijo: “Estoy sobre la cruz;
pronto se acabará: dejadme”. Había recibido todos los Sacra-
mentos; pero quería confesarse de una falta ligera de que se
había acusado muchas veces: esta falta era probablemente de
la misma especie que aquel pecado de su infancia de que se
acusara con frecuencia, y que consistía en haber entrado por
cima del seto del jardín de su vecino, y haber mirado con envidia
unas manzanas caídas del árbol; “porque, gracias a Dios, decía,
no las había tocado”. Esto le parecía una violación del décimo
mandamiento. El sacerdote le dió la absolución general. Ana
Catalina hizo un movimiento para extenderse. Creyeron que se
moría. Acercóse a la cama una persona que decía haberle cau-
sado pena con frecuencia, y le pidió perdón. Ana Catalina la
miró sorprendida, y le dijo con acento de verdad muy expresivo:
“No hay nadie sobre la tierra contra quien yo tenga algo”.
En los últimos días, como se esperaba a cada momento el
verla morir, había con frecuencia amigos en el cuarto que pre-
cedía al suyo. Estando ellos hablando muy bajo, y de modo que
Ana Catalina no pudiera oirlos, de su paciencia, de su fe y de
sus otras virtudes, oyeron de pronto su voz moribunda que
decía: “¡Ah! por el amor de Dios, no me elogiéis; eso me tiene
aquí, porque tengo que sufrir doble. ¡Oh, Dios mio! Ved aquí
nuevas flores que caen sobre mí”. Veia siempre las flores como
el símbolo y el anuncio de algún dolor. Después añadió: “Dios
solo es bueno: todo se ha de pagar, hasta el último maravedí.
Yo soy pobre y llena de pecados; yo no puedo pagar ese elogio
sino con dolores unidos a los de Jesús. No me elogiéis; dejadme
morir en la ignominia con Jesús sobre la cruz”. Boudon, en la
Vida del P. Sevein, trae un hecho igual de un moribundo que
parecia que ya no oía, y que rechazó todo elogio proferido a
su lado.
Pocas horas antes de su muerte, que imploraba con fre-
cuencia por estas palabras: “¡Señor, socorredme, venid, Jesús
mío!”, un elogio pareció contrariarla, y protestó con eneríia
por el acto de humildad siguiente: “Yo no puedo morir si tan-
tas buenas personas piensan bien de mí por error: decid, pues
a todos que soy una miserable pecadora. ¡Ah! ¡Si pudiera gritar
de modo que todos supieran cuán pecadora soy! Soy menos que
el Buen Ladrón que estaba en cruz cerca de Jesús, pues él y
todos los que vivían entonces no tenían que dar cuenta tan
terrible como nosotros, que tenemos todas las gracias conce-
didas a la Iglesia”. Después de esta declaración, pareció tran-
quilizarse, y dijo al sacerdote que la auxiliaba: “Ahora tengo
tanta paz y tanta confianza, como si jamás hubiera cometido
un pecado”. Sus ojos se dirigían con amor sobre la cruz puesta
al pie de su cama; su respiración era precipitada; bebía con
frecuencia, y cuando le presentaban el Crucìfijo, le besaba sólo
los pies por humildad. Un amigo que lloraba de rodillas al lado
de su cama, tenía el consuelo de presentarle el vaso de agua
para humedecer los labios. Habiendo puesto sobre el cobertor
su mano, donde brillaba la cicatriz blanca de su llaga, él se la
tomó, y como interiormente deseaba tener una señal de adiós
de su parte, Ana Catalina le apretó ligeramente la suya; su
cara tranquila y serena tenía una gravedad sublime; era la
expresión de un atleta que, habiendo hecho esfuerzos inauditos
para llegar al término, cae y muere al tomar la corona. El
sacerdote rezó de nuevo a su lado las oraciones de los agoni-
zantes, y Ana Catalina se sintió advertida de que se acordase
delante de Dios de una joven y piadosa amiga de quien eran
los días. Dieron las ocho; respiró más tranquilamente algunos
minutos, y gritó tres veces con un gemido profundo: “¡Señor,
socorredme! ¡Señor, Señor, venidl” El sacerdote tocó la cam-
panilla, y dijo: “¡Se muere!” Muchos parientes y amigos que
estaban en la pieza contigua entraron en el cuarto y se arrodi-
llaron para rezar. Ana Catalina tenía en la mano una vela
encendida, que sostenía el sacerdote. Dió todavía algunos leves
suspiros, y su alma pura salió de sus castos labios con la ves-
tidura de esposa, para precipitarse llena de esperanza ante su
Esposo celestial, y para unirse al coro de las virgenes que acom-
pañan al divino Cordero por todas partes. Su cuerpo inanimado
se hundió poco a poco en las almohadas a las ocho y media de
la noche, el 9 de febrero de 1824.
Una persona que se tomó mucho interés por Ana Catalina
durante su vida, ha escrito lo siguiente: “Después de su muerte.
me acerqué a la cama; estaba recostada sobre las almohadas.
del lado izquierdo; encima de su cabeza estaban colgadas en
cruz, en un rincón, las muletas que le habían preparado sus
amigas en una ocasión en que Ana Catalina habia podido dar
algunas vueltas por el cuarto. Al lado había un cuadrito al óleo
representando el tránsito de la Virgen Santísima, que le había
dado la princesa Salm. La expresión de su cara era sublime:
estaba retratada en Ana Catalina todo una vida de sacrificios,
de paciencia y de resignación; parecia haber muerto por amor
a Jesucristo en el ejercicio de alguna cuidad para con los otros.
Su mano derecha reposaba sobre el cobertor; una mano, a la
cual Dios había dado la gracia ìnaudita de conocer y tocar todo
lo que era santo. todo lo consagrado por la Iglesia, gracia que
quizá nadie recibió en igual grado, gracia cuyos resultados po-
dían ser incalculables con tal que se hiciera de ella un uso sabio,
y que sin duda no había sido dada a una mujer del campo sólo
para distracción espiritual. Yo tomé por última vez esta mano
marcada con signo tan venerable; este instrumento espiritual
que seguía detrás del velo de la naturaleza toda sustancia san-
tificada para reconocerla y honrarla aún en un grano de arena;
esta mano bienhechora, laboriosa, que tantas veces había dado
de comer al hambriento y vestido al desnudo; esta mano estaba
fría y sin vida. Una gracia sobrenatural se había ido de la tierra:
Dios nos había retirado la mano de su esposa, que daba testi-
monio, que rezaba, que sufría por la verdad. No parecía que
había puesto sin objeto. con resignación, sobre su cama, esta
mano, símbolo de una virtud particular. concedida por la gracia
divina. Como los preparativos necesarios, que se hacían a su
alrededor con grande actividad. amenazaban interrumpir la viva
impresión que me causaba su semblante, sali del cuarto todo
pensativo. “Si, como tantas otras santas habitantes del desierto,
decía yo entre mi, hubiera muerto solitaria en un sepulcro abier-
to con sus manos, los pájaros, sus amigos, la hubieran cubierto
de hojas y de flores; si, como tantas personas de su profesión,
hubiera muerto entre las vírgenes consagradas a Dios, y hu-
biera sido acompañada al sepulcro por sus cuidados y su vene-
ración, hubiera sido edificante y satisfactorio para el corazón;
pero sin duda estos honores dados a sus restos no agradarían a
su amor a Jesucristo, a quien deseaba parecerse también en
la muerte”.
El mismo amigo escribía más tarde lo siguiente: “Por des-
gracia no se hizo constar oficialmente el estado de su cuerpo
después de su muerte; no se hicieron pesquisas, con las cuales
la habían atormentado tanto durante su vida. Aun los que la
rodeaban descuidaron examinarla, por miedo. sin duda, de en-
contrar algún fenómeno extraño, cuyo descubrimiento hubiera
podido ocasionar muchas incomodidades. El miércoles 11 de fe-
brero prepararon su cuerpo para la sepultura. Una mujer piadosa,
que no quiso ceder a nadie el cuidado de darle esta última
prueba de afecto, me describió en estos términos el estado en
que la encontró: “Sus pies estaban cruzados como los de un
Crucifijo. Las llagas estaban más coloradas que de costumbre.
Cuando levantaron su cabeza, le salió sangre de las narices y
de la boca. Todos sus miembros conservaron su flexibilidad
hasta en la caja”. El viernes 13 de febrero fue conducida al
sepulcro, acompañada de todas las personas del lugar. Reposa
en el cementerio, a la izquierda de la cruz, al lado del seto. En
la fosa que está delante de la suya, reposa un buen viejo la-
brador de Welde; en la que sigue, una piadosa labradora de
Dernekamp.
“La tarde del día en que fue enterrada, vino un hombre rico.
no a casa de Pilatos, sino a casa del cura del pueblo. Le pidió
el cuerpo de la difunta. no para ponerlo en un sepulcro nuevo,
sino para comprarlo por una suma considerable por cuenta de
un médico holandés. La proposición fue desechada, como debía
serlo; pero parece que corrió la voz en el pueblo de que habían
robado el cadáver, y que los habitantes fueron al cementerio a
ver si habían profanado su sepultura”.
Añadiremos a estos detalles el extracto siguiente de un
relato impreso en diciembre de 1824, en el periódico de literatura
católica de Kertz. Proviene de una persona que no conocemos,
pero que está bien instruída: “Seis o siete semanas después
de la muerte de Ana Catalina Emmerick, habiéndose esparcido
la voz de que su cuerpo había sido robado, la sepultura y la caja
fueron abiertas secretamente por orden superior, en presencia
de siete testigos. Vieron con gozo y sorpresa que la corrupción
no había llegado a su cuerpo. Su fisonomía era risueña como la
de una persona que descansa en agradable sueño. Parecía que
se acababa de enterrar: no exhalaba ningún olor fétido. “Es un
deber guardar el secreto del Rey, dice Jesús, hijo de Sirac;
pero es también un deber el revelar al mundo la grandeza
de las misericordias de Dios”. Nos han asegurado que una piedra
había sido puesta sobre su tumba. Nosotros deponemos ante ella
estas hojas; ¡ojalá contribuyan a conservar la memoria de una
persona que ha remediado tantas penas de alma y cuerpo, y la
del sitio en donde espera la resurrección!

CLEMENTE BRENTANO.