Autobiografía de Ana Catalina de Emmerick – Capítulo 2

CAPÍTULO II

SU VOCACIÓN, SUS ESTIGMAS, SUS PRUEBAS
INTRODUCCIÓN
En este capitulo concluyen las manifestaciones de la vidente
acerca de su vida misteriosa. A las preguntas de sacerdotes y
seglares que la asisten, refiere diversos aspectos de su voca-
ción religiosa y las circunstancias en que se le aparecieron los
sagrados estigmas de Jesucristo a semejanza de San Francisco
de Asís, cuya estigmatización contempló en una maravillosa
visión. Cuenta las pruebas inclecibles que debió soportar por
causa de las llagas, la lucha contra enemigos visibles e invi-
sibles y otros privilegios sobrenaturales que recibió, todo lo
cual lo expresa con simplicidad y profundidad sorprendentes.
Algunos párrafos podían haber pasado a otros capítulos
como asimismo en otros capítulos hay numerosos hechos re-
lacionados con su vida que pudieron haberse incluido aquí:
mas debido a la dificultad casi insuperable de deslindarlos por
la vinculación que guardan con otras visiones, hemos preferido
reunirlos en la forma en que aparecen, que juzgamos la más
ordenada posible.

 

1. Siente vocación por el estado religioso.
Todavía era yo muy niña y ya guardaba las vacas, cosa para
mi dificil y penosa. Como sintiera el deseo de dejar la casa y las
vacas para servir a Dios a solas, donde nadie me conociera, se
me representó en una visión que iba yo a Jerusalén. De repente
se llegó a mi una religiosa a la cual después reconocí ser Juana
de Valois, la cual motraba mucha gravedad en el porte y tenía
consigo un hermoso niño como de mi edad. Comprendí que este
niño no era hijo suyo, porque no le llevaba de la mano. Pregun-
tóme qué quería, y como yo le refiriese mi deseo, ella me consoló
diciéndome: “No temas; mira este niño, ¿lo quieres por esposo?”
Yo le respondí que sí, y ella me dijo que esperara tranquila hasta
que él viniera y que yo sería monja. Esto me parecía enteramente
imposible; pero ella me aseguró que entraría en un convento,
pues para mi Esposo no había nada imposible. Entonces lo creí
como cosa cierta y segura.
Cuando volví de la visión, traje tranquilamente las vacas a
casa. Esto se me ofreció en pleno día.
Tales visiones nunca me inquietaban. Creía que todos las te-
nían como yo. Nunca he pensado en las diferencias que hay entre
las visiones y el trato real con los hombres.

 

2. Otra visión la confirma en su propósito de hacerse monja.
Había hecho mi padre el voto de regalar todos los años un
ternero cebado al convento de la Anunciación de Koesfeld. Cuan-
do llevaba el regalo, solía ir yo con él. En el convento las monjas
me hacían sencillas bromas. Poníanme en el torno y le daban
vuelta hacia adentro para obsequiarme; luego le volvían hacia
fuera preguntándome en broma si quería quedarme con ellas.
Siempre les respondía que si y nunca quería salir del convento.
Entonces me decían ellas: “La primera vez que vengas, te que-
darás con nosotras”. Aunque era muy niña, cobré, sin embargo,
mucha afición a este convento, en el cual reinaba el orden.
Cuando oía la campana de la iglesia del convento, hacía ora-
ción con la intención de unir mi devoción a la de las piadosas
monjas. De esta suerte entré en íntima relación con el monaste-
rio de la Anunciación.
En cierta ocasión estaba yo guardando un rebaño de vacas
a las dos de la tarde; era un día muy caluroso de verano. El
cielo se había oscurecido; amenazaba una tormenta y tronaba.
Las vacas estaban muy inquietas con el calor y las moscas. Yo
me hallaba muy apurada porque no sabía qué hacer con aquel
rebaño de casi cuarenta vacas, que a mí, débil niña, me daban
mucho trabajo cuando corrían entre las zarzas. Estas vacas eran
de los labradores de la aldea, cada uno de los cuales tiene que
guardarlas tantos días cuantas son las cabezas que posee. Siem-
pre que yo las guardaba estaba en oración o en contemplación,
caminando a Jerusalén o a Belén, donde en realidad era más
conocida que en mi propia casa.
Ahora, cuando estalló la tempestad, me retiré detrás de una
pequeña colina de arena donde había enebros y me pude ocultar.
Oré allí y se me ofreció una visión. Llegó a mí una religiosa
entrada en años, vestida con el hábito de las de la Anunciación
y habló conmigo. Me dijo que no se honra a la Madre de Dios
con sólo adorar y llevar y traer sus imágenes, ni con decirle
toda clase de palabras piadosas; sino que se deben imitar sus
virtudes, su humildad, su amor y su pureza. Me dijo además
que orando en los peligros y tempestades no hay refugio mejor
que las llagas de Jesús, a las cuales había tenido ella siempre
íntima devoción y que había recibido la gracia de sentir los
dolores de esas llagas; pero no había manifestado esto a ningún
hombre. Me dijo que siempre había usado, sin que nadie lo su-
piera, camisa de crines con cinco clavos sobre el pecho y una
cadena a la cintura, y que siempre había tenido oculta su de-
voción. También me habló de su especial devoción a la Anuncia-
ción de María y me dijo que le había sido dado a entender que
María, desde su más tierna niñez, había tenido vivo anhelo por
la venida del Mesías y que sólo había deseado ser la esclava de
la Madre del Señor. Me refirió, además, que había visto la
Anunciación del Angel. Le comuniqué cómo yo la había visto, y
así nos hicimos muy amigas; todas las cosas las habíamos visto
de igual manera. Serían como las cuatro de la tarde cuando volví
de la visión. Las campanas del convento estaban tocando; la
tempestad había pasado; las vacas se hallaban reunidas y tran-
quilas; no se habían mojado. Entonces hice por vez primera el
voto de ser religiosa en el convento de la Anunciación; pero
luego me resolví a estar más lejos de mi familia y nada dije
de esta resolución. Después conocí en mi interior que mi amiga
era Juana, y supe también que había sido obligada a contraer
matrimonio. Luego la vi muchas veces, especialmente cuando en
dicho estado iba yo a Jerusalén y a Belén. Entonces me juntaba
con ella, y más tarde con Francisca y Luisa.

 

3. Aparición de Jesucristo.
Unos cuatro años antes de entrar en el convento, estaba yo
al mediodía en la iglesia de los Jesuitas de Koesfeld, arrodillada
delante de un crucifijo, en la tribuna del coro, orando con fervor.
Hallábame abstraída interiormente en la meditación cuando vi
salir del altar, donde estaba el Santísimo Sacramento, en el ta-
bernáculo, y llegarse a mí, al celestial Esposo bajo la forma de
un mancebo resplandeciente.
En la mano izquierda tenía una guirnalda de flores y en la
derecha una corona de espinas; me ofreció una y otra para elegir.
Yo tomé la corona de espinas y Él me la puso en la cabeza, con-
tra la cual me la oprimió con ambas manos. Jesús desapareció
y yo empecé a sentir un molesto dolor alrededor de la cabeza.
Pronto tuve que salir de la iglesia, pues el sacristán hacía largo
rato que andaba haciendo ruido con las llaves. Una amiga mía.
que estaba arrodillada a mi lado, debió haber notado algo en mi
estado. Cuando llegamos a casa le pregunté si veía alguna herida
en mi frente y le referí en general la visión que había tenido y el
dolor que sentía desde entonces. Ella no vió nada ni aún pareció
admirarse de lo que yo le dije, porque ya conocía en mí seme-
jantes estados aunque sin tener idea clara de su sentido.
Al día siguiente tenía la cabeza hinchada, por encima de los
ojos y en las sienes, hasta las mejillas, y sentía vivísimos dolores.
Estos dolores y la hinchazón se renovaron con frecuencia y
muchas veces me duraban días y noches enteras. La sangre que
salía alrededor de la cabeza no la advertí hasta que mis compa-
ñeras me dijeron que me mudara la venda, pues la que tenía
estaba llena de manchas como herrumbres. Dejé que mis compa-
ñeras creyeran esto y me puse la venda de tal manera que oculté
felizmente la sangre hasta entrar en el convento, donde sólo lo
ha visto una persona, que ha guardado fielmente el secreto.

 

4. Se enferma y recibe un libro maravilloso.
Desde aquella hora empecé a enfermar; vomitaba con mu-
cha frecuencia y estaba muy triste. Como andaba tan anhelosa
e inquieta, mi madre me preguntó qué tenía. Yo le declaré ter-
minantemente que quería entrar en el convento. Mucho le des-
agradó este propósito y me preguntó cómo quería entrar en
un convento no teniendo bienes algunos y estando delicada de
salud. Luego fue a quejarse a mi padre y ambos trataron de
quitarme por todos los medios la idea de ser religiosa. Descri-
biéronme la vida del claustro como cosa sumamente difícil
para mí y me dijeron que una pobre labradora, como yo, sería
desatendida. Respondí: “Aunque nada tengo, Dios es todopode-
roso y lo llevará a cabo”. La negativa de mis padres me llegó
tan a lo vivo, que mi enfermedad se agravó y hube de quedarme
en cama.
Durante esta enfermedad vi una vez, al mediodía, cuando
penetraba el sol por la pequeña ventana de mi habitación, lle-
garse a mi lecho un santo varón y dos religiosas. Los tres tenían
figuras resplandecientes. Me traían un libro grande como un
misal y me dijeron: “Si sabes leer en este libro, verás lo que
es propio de una religiosa”. Yo respondí que lo leería y lo puse
sobre mis rodillas. Estaba en latín; pero yo lo entendía todo y
lo leía con mucho afán. Ellos me dejaron el libro y desapare-
cieron. Las hojas del libro eran de pergamino y estaban escritas
con letras rojas y doradas. Había en él imágenes de santos de
tiempos antiguos. Su encuadernación era amarilla y no tenía
broches. Este libro lo llevé conmigo cuando entré en el convento
y lo leía con atención. Luego que había leído alguna parte de él,
me lo quitaban, A veces entendi que me decian: “Ahora tienes
que leer tantas hojas”. En los últimos años veía yo este libro
cuando era arrebatada a algún lugar que se referia a las pre-
dicciones y escritos de los santos profetas.
Este libro me era mostrado entre otros muchos libros profé-
ticos de todo el mundo y de todos los tiempos, como la parte que
yo tenía en estos tesoros.
Igualmente veía cómo estaban guardados allí otros consue-
los y auxilios que de vez en cuando había yo recibido y poseido
largo tiempo. Ahora (20 de diciembre de 1819) me quedan toda-
vía cinco hojas para leer; pero necesito reposo para penetrar
su sentido.

 

5. Obstáculos a su entrada en religión.
La vida ordinaria me mostraba que podía dirigirme adonde
quisiera, pero que entrar en un convento era imposible. Por el
contrario, las visiones me conducían allí siempre y cada vez con
más seguridad. Siempre conocía yo en lo íntimo de mi alma que
Dios todo lo puede y que Él me conduciría hasta el fin, lo cual
me daba mucho ánimo. Creo que a todos los que desde su juven-
tud procuran con celo alcanzar su fin, que es la bienaventuran-
za, les sucede lo mismo, si bien es invisible la manera como Dios
los dirige. Aunque no vean esta dirección, obran conforme a
ella y reciben todas sus bendiciones tan luego como siguen los
impulsos, las inspiraciones y las ideas que Dios les da por medio
del Angel de la Guarda, o en la oración, o por medio del confe-
sor o de los superiores o sacerdotes de la iglesia, así como por
los acontecimientos y accidentes de la vida.
Una vez quiso mi hermano mayor que fuese en su compañia
al baile. Como yo me negara resueltamente a complacerle, se
disgustó mucho y se encolerizó conmigo y salió de casa muy des–
contento. Pero pronto volvió, se postró de rodillas delante de mí,
en presencia de mis padres, y me pidió perdón. Antes de esto
nunca habíamos estado discordes; después, nunca hemos vuelto
a discutir.
Como una vez me dejase conducir por falsa condescendencia
a tal diversión, sentí suma tristeza y anduve allí medio deses-
perada. Verdaderamente no estaba allí presente con mi espíritu;
pero experimentaba tanto tormento como si estuviera en el in-
fierno y sentía tal turbación que no quise permanecer más tiem-
po. Sin embargo, no me fui, temiendo que no me convenía irme
y que yéndome llamaría la atención, y así permanecí aún largo
tiempo.
Entonces me parecía como si me llamara desde afuera mi
celestial Esposo y yo huyera de Él; y como mirando alrededor le
buscara, le hallé bajo unos árboles, triste y airado, con el rostro
desfigurado y cubierto de sangre. “¡Qué infiel eres! -me decía-
¡Cuánta amargura me causa! ¡Qué mal me tratas! ¿No me cono-
ces ya?”. Yo le pedía perdón y veía lo que debía hacer para
evitar los pecados ajenos. Debía arrodillarme en un rincón y orar
con los brazos en cruz o ir al lugar donde podía impedir que se
cometiesen pecados.

 

6. Reprende la Virgen su falsa condescendencìa
Cuando por falsa condescendencia me dejé conducir otra
vez a una diversión, era tanto mayor la fuerza que experimen-
taba para alejarme de allí cuanto mayor empeño ponían mis
compañeras en retenerme. Huí de allí, pues me pareció como si
la tierra quisiera tragarme. Estaba indeciblemente turbada.
Apenas había atravesado las puertas de la ciudad y tomado el
camino que conduce a mi casa, se llegó a mí una mujer admi-
rable y me dijo con grave ademán: “¿Qué has hecho? ¿Qué vida
en ésta? ¿Te has desposado con mi Hijo, y no has de tener parte
alguna con Él?” Luego se acercaba el Hijo con el rostro desfigu-
rado y triste y sus censuras me partían el alma; pues yo había
estado en tan mala compañía, mientras Él me esperaba sufrien-
do. Lloré y creí morirme de dolor y rogué a su Madre que pi-
diera perdón por mí, prometiéndole ya no volver a ser jamás
tan condescendiente. Y ella, en efecto, lo pidió y fui perdonada.
Prometí de nuevo no concurrir a tales reuniones. Entonces me
dejaron, después de haberme acompañado largo trecho. Yo es-
taba en mis cinco sentidos y ellos hablaron conmigo como pu-
diera haber hablado cualquiera persona viva. Sentía mortal tur-
bación y fui a casa llorando a gritos. A la mañana siguiente me
reprendieron por haber salido sola.
Finalmente logré la tranquilidad. Vino a manos de mi padre
un librito en el cual leyó que los padres no deben llevar a sus
hijos a semejantes diversiones. Fue tanta su aflicción entonces,
que lloró amargamente, diciendo: “Dios sabe que yo creía era
algo bueno”. Yo misma hube de consolarle lo mejor que pude.
Mis padres me hablaron también de matrimonio, hacia el
cual sentía yo gran aversión. Ocurrióseme que acaso esta aver-
sión provenía por temor de las penalidades que trae consigo este
estado. Sin embargo, si fuera voluntad de Dios, decía yo, que lo
abrazara, tales penalidades habrían de serme agradables. Em-
pecé a pedir a Dios que quitara de mi aquella aversión, si era
voluntad suya que yo condescendiera con mis padres y me ca-
sara. Pero entonces crecía todavía más en mí el deseo de entrar
en el claustro.

Al párroco y a mi confesor les había manifestado esta duda,
pidiéndoles consejo. Ambos me dijeron que si no tenía ningún
hermano ni hermana que cuidara de mis padres, no debía en-
trar en el convento contra su voluntad; pero como mis padres
tenían muchos hijos, yo conservaba mi libertad. Así que per-
manecí firme en mi propósito.

 

7. Entra en la casa de Söntgen para aprender el órgano.
Para admitirla en el convento, las monjas le exigieron la
dote de costumbre, o bien que fuera útil tocando el órgano en
las funciones de la comunidad. Como no era rica para hacer el
voto de pobreza, entró como criada en la casa del organista Sänt-
gen, para aprenderlo.
Nunca llegué a tocar el órgano. Yo era la criada y nunca lo
aprendí, porque apenas paraba en la casa, pues buscaba la ma-
nera de ayudar a los que padecían trabajos y miseria. Servía
como criada, hacía todas las cosas y daba todo lo mío.
¡Cómo aprendí a pasar hambre!… Muchas veces pasaron
ocho días sin ver el pan. Nadie le fiaba, ni aún por el valor de
siete cuartos, a la familia del organista Söntgen. Todo lo que ha-
bía ganado cosiendo se acabó y llegué a pasar hambre. Di hasta
mi última camisa. Mi buena madre tuvo asimismo compasión y
me llevaba huevos, manteca, pan y leche, con lo cual vivían.
En cierta ocasión me dijo mi madre: “No sabes la aflicción que
nos causas queriendo a toda costa irte a un convento. Cuando
miro el lugar que en casa ocupabas, se me parte el corazón, pues
eres mi hija”. Yo le respondí: “Dios te lo pague, madre mía,
que yo nada tengo con que pagártelo. Pero es voluntad de Dios
que sean sustentados los pobres por mi medio. Ahora Dios pro-
veerá. Todo se lo he dado y Él sabrá ayudarnos a todos”. Y mi
madre volvía a estar contenta. Muchas veces pensaba yo: ¿Cómo
podré entrar en un convento si no tengo nada y todas las cosas
me son contrarias? Pero después, dirigiéndome a Dios, decía: “Yo
no sé valerme; mas Tú, que has suscitado en mi este deseo, le
darás cumplimiento”.

 

8. Ve la cruz del Salvador. 
Esta aparición me causó espanto. Sentía escalofríos; pues
miraba alrededor y veía la cruz ensangrentada, no con miradas
interiores, sino con los ojos corporales delante de mí. Me vino
entonces con mucha viveza el pensamiento de que Dios quería
anunciarme con esta aparición algún trabajo muy grande. Temí
y vacilé; pero el triste aspecto de mi Salvador venció mi resis-
tencia y me sentí firmemente resuelta a conformarme con todo,
por amargo que fuese, con tal que el Señor me diera paciencia.

 

9. Hace profesión de religiosa agustina.
Yo no tenía de qué disponer. Acudí a mis padres y herma-
nos, pero ninguno quiso darme nada, ni siquiera mi buen her-
mano Bernardo. Todos vinieron sobre mi y levantaron la voz
como si los hubiera arruinado con aquella fianza. Pero la deuda
había que pagarla antes que yo hiciera los votos. Yo no cesaba
de pedir a Dios que se compadeciera de mi, hasta que por fin
tocó el corazón de un hombre piadoso que les dió tres téleros.
Mi hermano lloró después muchas veces por haber sido tan duro
conmigo.
Vencido al cabo este obstáculo y terminados los preparati-
vos para hacer los votos, se presentó por último otra dificultad.
La Reverenda Madre me anunció a mi y a Clara Söntgen que
hacían falta algunas cosas que habían de traerse de Münster,
por las cuales era preciso que cada una de nosotras pagara tres
táleros. Esto me turbó mucho, porque no tenía dinero. En mi
apuro fui a quejarme al abate Lambert, el cual me dió dos es-
cudos; cuando volví a mi celda muy contenta hallé encima de
la mesa seis táleros. Los dos escudos se los llevé a mi amiga,
que tampoco sabía cómo reunir la cantidad exigida, pues nada
poseía.
Ocho dias antes de la Presentación de la Virgen en el tem-
plo, el segundo día de la novena que precede a esta fiesta, en
cuyo mismo día del año anterior habíamos tomado el hábito
Clara Söntgen y yo, hicimos la profesión religiosa de agustinas
en el convento de Agnetenberg, en Dülmen, en el año 1803 y
desde aquel dia fuimos consagradas esposas de Jesucristo bajo
la regla de San Agustín.
Después de la profesión volvieron mis padres a ser buenos
conmigo. Mi padre y mi hermano vinieron a Dülmen y me tra-
jeron de regalo dos piezas de tela de hilo. Mi piadoso y severo
padre, que con toda mi familia había llevado a mal que yo en-
trara en el convento, me había dicho, al despedirme de él, que
pagaría con gusto mi entierro, pero que para el convento nada
me daba. Ahora cumplía su palabra, pues aquella tela era la
mortaja con que habían de sepultarme en el claustro.

 

10. Ve la causa de ciertas enfermedades de los animales.
Como una vez hubiera en aquella pequeña ciudad una gran
mortandad de vacas, las gentes llevaban su ganado a cierta casa
para que las curasen, pero la mayor parte de los animales mo-
rían. Una mujer vino a mí lamentándose y llorando y me pidió
que rogara por ella y por aquellos pobres labradores. Cuando
hice oración, vi los establos de aquellas gentes y las vacas sanas
y las enfermas. Vi también cual era la causa del mal y la eficacia
de la oración para remediarlo. Muchas vacas estaban enfermas
en castigo del orgullo y falsa seguridad de las gentes, que no
sabían que Dios puede dar y quitar los bienes y para exhortarlos
a penitencia. Yo pedí a Dios que se dignara corregirlo de otra
manera.
Vi además muchas vacas enfermas a causa de la maldición
y envidia de los que querían mal a sus prójimos, lo cual sucedía
especialmente entre aquéllos que no se cuidaban de dar filial-
mente gracias a Dios por los bienes que poseían, ni de pedirle
su bendición. Junto a estas vacas vi yo una como oscuridad, en
la cual se deslizaban sombras negruzcas y siniestras. La bendi-
ción no sólo consiste en descender la gracia de Dios sobre nos-
otros, sino también en quitar los efectos de la maldición. Las
vacas que, según había visto yo, habían sido perdonadas por la
virtud de la oración, se diferenciaban de las demás en algo
como luminoso; y de las que se curaron vi salir un vapor oscuro,
así como vi oscilar cierto brillo luminoso sobre las que habían
sido bendecidas desde lejos por la oración. Vi por último que, de
repente, cesó el contagio. El ganado de aquella mujer salió del
todo ileso.

 

11. Recibe remedios sobrenaturales.
Los remedios los recibía yo de mi guía y también de mi ce-
lestial Esposo, de María y de los santos. Los recibía ya en bri-
llantes botellitas, ya en forma de flores, capullos y hierbas y
también en pequeños trocitos. A la cabecera de mi lecho había
una repisa de madera donde hallaba yo aquellas admirablcs
medicinas cuando tenía alguna visión y aún estando despierta
a la vida natural. Muchas veces los manojos de hierbas olorosas
y delicadas sobre toda ponderación, estaban junto a mi cama o
los tenía yo misma en la mano cuando volvía en mí. Yo tocaba
las tiernas y verdes hojas y sabía cómo habían de aplicarse.
Con su buen olor me confortaban o comía de ellas o las ponía
en agua y bebía. Siempre notaba alivio y estuve curada el tiem-
po necesario para ejecutar algún trabajo.

 

12. Recibo diversos objetos de modo sobrenatural
Además recibía imágenes, figuras y piedras, de los seres que
se me aparecían, los cuales me instruían sobre el modo de hacer
uso de tales dones. A veces estos dones eran puestos en mis
manos o sobre mi pecho y me daban fuerza y consuelo. Muchos
de ellos podía poseerlos largo tiempo y aún darlos a otros para
que se curasen, lo cual hacia yo de vez en cuando, pero sin
decir cómo los había obtenido. Todos estos dones son hechos
reales, que ciertamente sucedieron; pero el modo cómo en mi
sucedieron no lo puedo explicar. Fueron cosa cierta y como tal
los tomaba yo para honrar a Aquél que, por compasión de mí,
me los enviaba.
Durante la enfermedad, que después padecí, me dió mi
celestial Esposo una piedra blanca y transparente, en forma de
corazón, del tamaño de un tálero, donde estaba la imagen de la
Madre de Dios con el Niño, en color rojo, azul y dorado. La
piedra era lisa y dura, la imagen muy delicada y su rostro tan
consolador, que me curé. Yo la guardé en un bolsillo de cuero
y la llevé conmigo largo tiempo, hasta que me fue substraída.
Después recibí un anillo que Él mismo me puso en el dedo. Te-
nía una piedra preciosa con la imagen grabada de su Santísima
Madre. Lo poseí largo tiempo hasta que Él me lo sacó del dedo.
También he recibido semejante don del santo patrón de mi
orden. Era el día de su fiesta y yo me hallaba en cama con
vivos dolores. Ya estaba próxima la hora en que la comunidad
iba a recibir la sagrada. Comunión y nadie creía que yo pudiera
comulgar. Pero sentí como si fuera llamada y fui a la iglesia y
recibí con las demás el Santísimo Sacramento. Al volver a mi
celda, caí desmayada, y en tal estado y vestida no sé quién me
recostó en el lecho. Se me apareció San Agustín y me dió una
piedra brillante y transparente en forma de haba, en la cual
sobresalía a manera de grano de trigo un corazón rojo con una
cruz. Se me dió a entender que el corazón había de ponerse tan
claro como el resto de la piedra. Cuando desperté, me ví con esta
piedrecita en la mano.La puse en un vaso de agua y bebí ame-
nudo de ella y me vi curada. Después me quitaron la piedrecita.

 

13. Ve a Jesús en la santa Hostia.
Muchas veces he visto brotar sangre de la cruz en la hostia
y lo he visto con toda claridad. Otras veces he visto al Senor
aparecerse en la sagrada Hostia en forma de niño sonrosado y
resplandeciente como un relámpago. Al recibir la santa Comu-
nión veo con frecuencia al Salvador acercárseme como Esposo v
desaparecer luego que yo he recibido el Santísimo Sacramento;
y siento la mayor suavidad en su divina presencia. Cuando Jesús
entra en el pecho de los que comulgan, se funde con el alma en
semejanza del azúcar que se deshace en el agua. Tanto más in-
timamente penetra cuanto más vivo es el deseo del que lo
recibe.

 

14. Oración para después de cometer una falta.
A pedido del Deán Overberg, Ana Catalina le dijo cómo
acostumbraba a orar después de cometer alguna falta.
¡Oh Madre de mi Salvador! Tú eres por dos razones Madre
mía; pues tu Hijo me dió a ti misma por Madre, cuando dijo al
apóstol San Juan: “He aqui a tu Madre”; y porque yo me he
desposado con tu Hijo. Ahora, habiendo desobedecido a mi Es-
poso, tu Hijo, me avergüenza de comparecer en su presencia.
Ten, pues, compasión de mí, ya que es tan bondadoso tu corazón
maternal. Pídele que me perdone, que a Ti no te negará mi
perdón.
Yo soy el hijo pródigo, oh Dios mío. He disipado la herencia
que Tú me diste; no soy digna de llamarme hija tuya. Compa-
décete de mí. Recíbeme de nuevo. Te lo pido por mi dulcisima
Madre, que también es Madre tuya.

 

15. Las oraciones en latín.
No puedo usar de las oraciones de la iglesia traducidas al
alemán, pues así me parecen más lánguidas y pesadas. Cuando
hago oración no me sujeto a las palabras de ninguna lengua,
pero durante toda mi vida me han parecido mucho más claras
y profundas las oraciones latinas de la Iglesia. Estando en el con-
vento me alegraba al pensar que íbamos a cantar y a rezar en
latín. Entonces sentía más vivamente la solemnidad y veía
todo lo que cantaba. Especialmente cuando cantábamos en latín
la letanía lauretana, veía yo en admirables visiones, uno tras
otro, todos los símbolos de María que se nombran en ella. Me
parecía que pronunciaba yo esas imágenes, por lo que sentía en
el principio temor; pero estas visiones pronto me causaban
gracia y alegría, que realzaban mucho mi devoción. He visto
las imágenes más admirables.

 

16. Ve como recibió sus llagas San Francisco de Asis.
Vi al santo en lo alto de una montaña, solo, rodeado de zar-
zas. En ella había grutas como celdas. Francisco había abierto
muchas veces el Evangelio y siempre salía en él la Pasión de
Cristo. Así rogaba al Señor que le diera parte en sus dolores.
Ayunaba allí de ordinario con mucho rigor; no se sustentaba
sino con pan y raices y sólo en la cantidad necesaria para no
desfallecer. Estaba de hinojos con las rodillas desnudas sobre
piedras de forma irregular, y todavía se puso sobre las espaldas
dos pesadas piedras. Le vi de noche, después de las doce, de
espaldas a la montaña y apoyado en la roca, orando con los brazos
extendidos. Con él vi a su Angel Custodio, que le sostenía las
manos. Su rostro brillaba con el fuego del divino amor. Era
flaco y demacrado y tenía un manto pardo abierto por delante,
con una capucha, como el que a la sazón usaban los pastores
pobres en aquel lugar. Alrededor del cuerpo tenía una cuerda.
Le vi enteramente rígido. Un indescriptible resplandor celestial
descendía perpendicularmente sobre él y en medio de esta gloria
vi un ángel con seis alas, dos en la cabeza, dos con las cuales
parecía volar y otras dos en los pies. En la mano derecha tenía
una cruz, menor que la mitad del tamaño que un hombre y en
ella un cuerpo del todo vivo y transparente. Los pies los tenía
cruzados y las cinco llagas lucían y resplandecían como soles. De
cada una de ellas salían tres rayos encendidos y brillantes que
terminaban en una flecha: primeramente desde las manos hasta
la superficie interna de las del santo; después desde la llaga del
costado derecho a su costado derecho, siendo esta llaga más
ancha que las otras; y por último, de los pies a las plantas de
San Francisco. En la mano izquierda tenía el ángel un tulipán
rojo en el cual había un corazón de oro. Recuerdo confusamen-
te cómo se lo dió. Al volver el santo en sí, no podía andar. Vi
que con grandes dolores se volvió al convento y que le ayudó su
Angel Custodio. Ocultó sus heridas lo mejor que pudo, pues no
quería que nadie se las viera. En la parte superior de las manos
tenía costras de sangre grandes y oscuras. No todos los viernes
salía sangre de sus manos con regularidad. De su costado salía
muchas veces tanta, que regaba el suelo. Le vi orar y vi la san-
gre que le caía por los brazos. Todavía he visto muchas cosas
de él. Así vi cómo antes que el santo fuera a ver al Papa, Su San-
tidad le vió llevando sobre sus hombros el templo de Letrán,
que se venía a tierra.

 

17. Cómo recibió sus propios estigmas.
Después de esto tuve otra visión concerniente a mi misma y
a mis llagas. Vi cómo las hube recibido. Antes no lo sabía. Ha-
llábame sola en mi habitación en casa de Roters, tres días antes
de año nuevo, aproximadamente a las tres de la tarde. Había
meditado en la Pasión de Cristo y le había pedido que me con-
cediera participar en sus dolores, rezando cinco Padrenuestros
en honor de las cinco llagas. Estando en cama, con los brazos
extendidos, experimenté gran dulzura y sed insaciable de los
dolores de Jesús. Vi descender sobre mi una luz que venía de
arriba oblicuamente. Era un cuerpo crucificado, vivo y trans-
parente, pero sin cruz; sus heridas brillaban más que el cuerpo:
eran cinco aureolas, las cuales salían de la gloria. Yo estaba
transportada y mi corazón se sentía movido con gran dolor y
suavidad, al mismo tiempo, del deseo de padecer los dolores de
mi Salvador juntamente con Él. Y como a la vista de sus llagas
se aumentara mi deseo, que parecía brotar de mi pecho y pa-
saba a través de mis manos y de mi costado y de mis pies en
dirección a sus llagas, luego descendieron, primero de las ma-
nos y después del costado y de los pies de la imagen, tres rayos
rojos y brillantes, acabados en flechas, sobre mis manos, sobre
mi costado y sobre mis piés. Así permanecí largo rato sin saber
lo que me sucedía, hasta que una niña de la dueña de casa me
bajó las manos. La niña salió de la habitación diciendo a los
suyos que me habían hecho sangre en las manos. Yo les rogué
que guardaran silencio.
La cruz del pecho hace largo tiempo que la tengo; la he
recibido alrededor de la fiesta de San Agustín. Estando arro-
dillada con los brazos extendidos me la imprimió mi celestial
Esposo. Después de habérseme impreso las llagas experimenté
en mi cuerpo una violenta mudanza. Sentía que el curso de mi
sangre se alteraba dirigiéndose con dolorosa violencia hacia esos
parajes. Francisco ha conversado conmigo esta noche y me ha
dado consuelo. Me ha hablado de la violencia de los dolores
interiores.

 

18. Es consolada con la presencia del Niño Jesús.
El deán Rensing le había impuesto rezar por una intención,
sin decirle cuál fuese. Ella cumple con el mandato, pero no ob-
tiene respuesta.
He pedido ardientemente la intercesión de María por el fin
que me ha sido impuesto, pero no he sido escuchada; por tres
veces he rezado por esa intención diciendo a Maria: “Debo rezar
porque me ha sido mandado por santa obediencia; pero no he
obtenido respuesta y he olvidado hacerlo una vez más por cau-
sa de la grande alegría que me trajo la presencia del Niño Jesús.
Espero que al fin será escuchada mi oración”. No rezo por mí
misma y cuando pido por otras personas casi siempre soy oída.
Cuando rezo por mí, no consigo nada, sino cuando pido nuevos
sufrimientos.
Soy un instrumento de Dios. Poco sé de las cosas que pasan
en torno mío. No deseo sino estar en paz.
Se lamentó con el deán Rensing de no poder llevar por más
tiempo los dolores y rogó al Señor que la aliviara. Fue escu-
chada y recitó el Te Deum. Sobre esto se expresó en la forma
siguiente:
Entonces recité el Te Deum, que pude recitar hasta el fin,
ya que lo había empezado varias veces, teniendo que interrum-
pirlo por la vehemencia de los dolores.
Le he rogado frecuentemente al Señor que me mandara
dolores y sufrimientos; pero ahora tengo la tentación de pedir
así: “Basta, Señor; no más, no más.” Los dolores en la cabeza
se hicieron tan crueles que temía perder la paciencia. Después,
al terminar el día, me puse sobre la cabeza la parte de la reli-
quia de la santa Cruz que el señor Overberg me ha dejado. Ro-
gué al Señor que me ayudara y en seguida sentí alivio. Mas aún
que las penas temporales me atormentan los sufrimientos del
alma: la aridez, la amargura, la inquietud interna; pero desde
que he recibido por dos veces la santa Comunión he gustado de
quietud y dulce consolación en el alma.

 

19. Es molestada por una horrible aparición.
He tenido esta noche graves angustias. Mi hermana estaba
sumergida en profundo sueño; la lámpara ardía, y yo estaba
despierta en mi lecho. De pronto oí un rumor en la estancia.
Miré y vi una figura horrible, suciamente vestida, que se acer-
caba poco a poco hacia mí. Cuando estuvo junto a mi lecho y
descorrió la cortina, vi que era una feísima mujer que me mi-
raba fijamente con rostro amenazador. Cuanto más me miraba,
más horrenda y espantosa me parecía. Tenia una cabeza mons-
truosamente grande y abría la boca como si quisiera echarse
sobre mí y tragarme. Al principio no me dió miedo; luego mi
temor fue en aumento. Empecé a rezar y pronuncié confiada-
mente, en alta voz, los santos nombres de Jesús y María De
pronto todo desapareció.

 

20. Recibe consuelo después de la Comunión.
Me sucedió algo que me trajo mucha consolación. He visto.
después de la C0munión, dos ángeles que llevaban una hermosa
corona de flores. Eran rosas cándidas, pero guarnecidas de lar-
gas y agudas espinas, que me punzaron cuando quise sacar una
del ramillete. “¡Ah! si no tuviera espinas”, pensé entre mi. Al
punto recibí la respuesta: “Si quieres tener las rosas, debes
soportar que las espinas te puncen”. Tendré que sufrir mucho
todavía, antes de llegar a las alegrías libres de sufrimientos.
Más tarde tuvo una imagen de igual significación.
Fuí llevada a un hermoso jardín donde había rosas de ex-
traordinario tamaño y bellos colores. Estaban circundadas de
espinas tan largas y agudas que no se podian sacar sin rocilnr
sensibles pinchazos. Dije: “Esto no me agrada.” Pero mi Angel
Custodio me replicó: “Quien no quiere padecer, no tendrá glo-
ria alguna.”
Otra visión del sufrimiento y el gozo tuvo poco tiempo
después.
Me vi a mí misma que yacía en el sepulcro; estaba tan ale-
gre que no lo puedo decir. Al mismo tiempo me pareció que me
decían que antes de mi fin tendría que padecer mucho; que
me abandonase a la gracia de Dios y fuese firme y perseverantc.
Después he visto a Maria con el Niño y tuve una alegría inde-
cible, porque la benigna Madre puso al Niño en mis brazos.
Cuando se lo devolví pedí a Maria tres gracias que me hicieran
agradable a su Hijo Divino: le rogué que me concediera amor,
humildad y paciencia.
Volviéndose hacia el deán, añadió:
¡Oh, cuán de buena gana me iria al cielo con nuestro buen
Salvador! Pero mi tiempo no es llegado aún; mis sufrimientos
y dolores se multiplican y debo ser mejor probada y purificada.
Sea hecha la voluntad de Dios, con tal que me dé la gracia de
la perseverancia en la paciencia y en el abandono al amor divino.
Confesó al deán que durante la comunión oyó estas palabras:
“¿Prefieres morir o sufrir más aú’?”… A esto respondí:
“Quiero sufrir más aún, si esto te agrada, Señor.” Mi deseo ha
sido satisfecho, pues ahora sufro más que antes.

 

21. Circunstancias en que recibió los estigmas.
Interrogada por el padre Overberg acerca de las circunstan-
cias en que recibió los estigmas, declaró lo siguiente:
Cuatro años antes de la supresión del convento hice una
visita a Koesfeld para ver a mis padres. Mientras me encon-
traba allá, una vez estuve en oración durante un par de horas,
detrás del altar que está bajo la Cruz puesta delante de la igle-
sia de San Lamberto. Sentía gran turbación por el estado de
nuestro convento y había rezado para que tanto yo como mis
hermanas pudiésemos conocer nuestras faltas y hubiese paz
firme entre todas nosotras. Había rogado a Jesús que me hiciese
sentir todos sus dolores. Creía tener una fiebre continua y que
de ella venían los dolores que experimentaba. A menudo me
venía el pensamiento de que esto proviniese por haber sido oída
mi oración; pero deseché este pensamiento cada vez que se pre-
sentaba, por no creerme digna de gracia semejante. A veces no
podía caminar a causa de los dolores en los piés. Las manos me
dolían de tal manera que no podía comenzar ningún trabajo,
como cavar, y el dedo medio de las manos no lo podía doblar y
en ocasiones lo tenía. como enteramente perdido.
Después de estos dolores, cierta vez en el convento rogué
con fervor que tanto yo como mis hermanas conociésemos bien
nuestras faltas, para que renaciese la paz y cesasen mis sufri-
mientos. Me fue respondido: “Tus padecimientos no serán dis-
minuidos; te basta la gracia de Dios. No morirá ninguna de
tus hermanas antes de haber conocido sus faltas.” Por esta res-
puesta, cuando me sobrevinieron las señales externas, pensé,
entre mi, que sólo serían visibles para mis hermanas, y me
sometí fácilmente. ¡Pero grande fue mi espanto cuando supe
que estas señales debían ser también visibles para los del mundo!
Respecto a las llagas del pecho, dijo:
Desde mi niñez he pedido frecuentemente al Señor que me
imprimiese su cruz en el corazón para no olvidar jamás sus
sufrimientos; pero nunca pensé en algún signo externo.
Preguntada por qué se cubría los estigmas de las manos,
contestó:
No puedo yo misma ver estos signos descubiertos, porque
son causa de que se estime a mi persona como dotada de gra-
cias especiales, de las cuales no soy digna.
Se me hace muy duro tener que mostrar estos signos; pero
tanto más duro se me hace cuando veo que lo desean no por
amor a Dios sino para charlar sobre lo visto. No pido al Señor
verme libre de los dolores corporales. Dios me los dejará siem-
pre. Pero ¿para qué mirar y examinar? El mismo Señor Jesu-
cristo no logró contentar a todos para que creyeran y se con-
virtieran. Otros muestran demasiada compasión por mí. ¡Oh!
¡Preferiría que rogaran por mí, para que me sometiera humil-
demente a lo que Dios dispone por medio de la autoridad ecle-
siástica, sin que yo pierda la divina gracia! Dios guia a cada
persona por un camino especial. ¿Qué importa que nosotros.
llegando al cielo, lo hayamos hecho por un camino o por otro?
¡Oh, si pudiésemos hacer solamente lo que Dios nos pide a cada
uno según nuestro propio estado!

 

22. Revela al deán Rensing algunas gracias del Señor.
A ciertas preguntas que formuló el deán Rensing, después
de narrar los sufrimientos de Santa Verónica, Ana Catalina
contestó:
No he tenido que sufrir tanto. Con todo, la disposición de
la autoridad eclesiástica, de que se intentase curar las llagas,
fué muy dura, porque me causó muchos dolores. Los dolores
de la corona de espinas en torno de la cabeza, los he probado
antes de mi ingreso en el convento y, precisamente, por primera
vez, en la iglesia de los Jesuitas de Koesfeld.
Viendo la sangre de sus estigmas, cuando el deán expresó
su maravilla, añadió:
Sí, es verdad; Dios me ha concedido gracias que yo no he
merecido. Yo hubiese deseado que Él encubriese estas gracias
a los ojos de los hombres, porque temo que me estimen por me-
jor de lo que soy en realidad.
El Señor me preguntó la noche pasada: “¿Quieres venir
presto junto a Mí o sufrir aún mucho tiempo por mi amor?”
A esto respondí: “Si Tú lo quieres, prefiero sufrir aún más;
con tal que me des la gracia de que sufra como Tú lo deseas.
Dios me ha prometido esta gracia y ahora me encuentro muy
contenta. El Señor me ha hecho notar que durante mi vida mo-
nástica había incurrido en muchas faltas contra la perfección,
a la cual estaba llamada por mis votos. Me he arrepentido de
nuevo de estas faltas y he obtenido de Dios la seguridad de que
no había perdido, por esas faltas, su divina gracia, porque me
había humillado delante de Él y de los hombres. Se me ha re-
cordado también que durante mi vida en el monasterio, cuando
era desconocida y mal interpretada por mis hermanas, yo, per-
severantemente, rogaba al Señor se dignase hacer conocer la
falta en que incurrían contra la caridad respecto de mi persona.
Muy a menudo, especialmente en los últimos días de verano
pasado, se me ha dado a entender, durante aquellas oraciones,
que las hermanas llegarían a reconocer sus faltas antes de mi
muerte. Ahora ellas han entrado en sí mismas, después que el
Señor me ha dado estas señales tan extraordinarias. Y esto es
para mí motivo de un gozo tal, que aún en medio de las graves
molestias ocasionadas por estas señales exteriores, doy gracias
al Señor por todas ellas.
Preguntada respecto de la llaga que Jesús tenía en los
hombros, respondió:
Sí, ciertamente, el Señor tuvo una dolorosísima llaga en
la espalda que le produjo la conducción de la cruz. Yo no tengo
esta herida, pero he sentido mucho tiempo los dolores de ella
sobre mis hombros. Desde mi infancia he honrado y venerado
esta herida de los hombros y he entendido que este recuerdo es
sumamente grato al Señor. Estando todavía en el monasterio,
Él me reveló que había tenido esa herida, en la cual tan poco
se piensa y que le había ocasionado gravísimos dolores. Me dijo
que le era tan agradable que se honrase esa llaga como le hu-
biese sido grato que alguien, en el camino del Calvario, le hu-
biese aliviado de la cruz llevándola hasta la cumbre del monte.
Desde pequeña y de seis a siete años yo acostumbraba, cuando
me encontraba sola y pensaba en los sufrimientos del Señor, a
ponerme sobre los hombros un pedazo de leño pesado o algún
otro peso que apenas podía arrastrar por el suelo.

El deán Rensing le dijo palabras de compasión por los da-
lores que sufría en la espalda al no poder cambiar de posición.
Estos dolores los tengo por nada comparados con los que
siento constantemente en las otras llagas. A pesar de esto, qui-
siera sufrir todos los dolores posibles en el cuerpo, siempre que
el Señor se dìgnase consolarme interiormente con su gracia.
En vez de estos consuelos siento ahora una amargura muy
grande en el alma. Esto se me vuelve muy duro; pero que se
haga la voluntad de Dios. Siento que los dolores se me suben
desde las plantas de los pies hasta el pecho y todas estas llagas
me parece que están entre sí en tanta relación, que los dolores
de una herida se sienten también en las demás. Pero mi sufri-
miento me ha traído gozo. Cuando tengo que padecer algo, me
alegro, y doy gracias a Dios de no estar ociosa en el lecho.

Una vez que sentía un agudo dolor de cabeza, dijo:
Mi sufrimiento no me será tan gravoso porque el Señor lo
ha mitigado con consuelos que no merezco. Cuando estaba en el
monasterio no merecía estos consuelos, porque allí a menudo
me lamentaba de la conducta de mis hermanas y he fantaseado
mucho acerca de la manera cómo ellas se debían portar y dema-
siado poco me he preocupado de cómo yo misma debía haberme
portado. Era ingratitud e imperfección a un tiempo; ahora estoy
contenta de que Dios me haga sufrir. Si supiese que con mis
sufrimientos puedo contribuir en algo a su honor y a la conver-
sión de los pecadores, quisiera sufrir con gusto más, y todavía
por más tiempo. Sólo pido que Dios me conceda paciencia.

Cuando se le habló de un traslado a Darfeld, para nuevas
visitas de médicos, dijo:
Estoy convencida, en conciencia, no poder ir más allá en
esto de recibir visitas y mostrar los estìgmas. Este aviso me fue
dado en espiritu. Yo estaba hincada en una hermosa capilla
delante de una imagen de María con el Niño Jesús y rogaba a
la Madre de Dios. Ella vino hacia mi, me abrazó y me dijo;
“Hija, está atenta y no vayas más allá. Aleja de ti las visitas v
custodia tu humildad”.

 

 

23. Salva de un peligro a su confesor.
He aquí lo que Ana Catalina relató un día al abate Lambert:
Me encontraba rodeada de muchas personas sobre el ca-
mino que conduce a la Jerusalén celestial y tenía que llevar
un peso tan grande que apenas podía ir adelante. Me detuve
algún tiempo para descansar bajo la imagen del Redentor Cru-
cificado y vi en torno de esta cruz, esparcidas. infinidad de
cruces pequeñas, formadas por hilos de paja o de ramitas del-
gadas. Mientras, llena de admiración, pensaba lo que signifi-
caban esas cruces, mi guía me dijo: “Estas son las crucecitas
que tú debías haber llevado en el convento, que eran bien
ligeras. Ahora se te ha impuesto una pesada sobre los hom-
bros; y bien, llévala”.
De pronto la numerosa comitiva se esparció a uno y otro
lado. Allí se encontraba mi confesor, que se había colocado
detrás de una mata y estaba espiando a una liebre. Le rogué
que no hiciera eso, sino más bien que me acompañara más
adelante en mi penosa senda; pero él no quiso seguirmc y
tuve que hacer mi camino sola, oprimida por el grave peso.
Entonces me vino el escrúpulo pensando que era de mi parte
poco noble y amistoso dejar a mi confesor entretenido en cosa
semejante, mientras debía, por el contrario, rogarle y aún vio-
lentarle a que caminara y me siguiera hacia una meta tan mag-
nífica. Volví atrás y lo encontré dormido y ví, con terror, que
bestias feroces estaban en torno suyo dispuestas a devorarle.
A fuerza de ruegos lo desperté con violencia, teniendo casi que
arrastrarlo conmigo, con lo que se me aumentó el peso que ya
tenía sobre mí. Al fin esto me resultó de gran provecho, puesto
que pronto llegamos a un estanque ancho y profundo a través
del cual sólo se podía pasar por un estrecho sendero. Aquí yo
hubiese caído con mi pesada carga si el buen Padre no me
hubiese ayudado. Al fin llegamos felizmente a la meta.

 

 

24. Ve la muerte de la Virgen.
En una ocasión dijo al padre Limberg:
He visto a la Madre de Dios cuando moría, rodeada de los
apóstoles y de sus parientes. He visto por mucho tiempo esta
visión. Luego la pieza y todo lo que allí dentro había me fue
puesto sobre la palma de la mano. Esto me ocasionó un gozo
indecible; pero me admiraba grandemente de que pudiese tener
en la palma de la mano una casa y lo que dentro había; me fue
dicho interiormente que eso era pura virtud y que la virtud es
más ligera que una pluma.
Durante esta noche pasada también he tenido visiones de
la muerte de la Virgen. Yo estaba en viaje a Jerusalén y mien-
tras tanto me encontraba en un estado muy particular: yacía
con los ojos abiertos, ni durmiendo ni soñando, y veía todos los
objetos de mi pieza, sin que esto me estorbase en el viaje y en
las impresiones que recibía durante el camino recorrido.

 

25. Diversas declaraciones hechas al doctor Guillermo Wesener.
Estando turbada. declaró la razón al doctor Wesener, di,-
ciéndole:
Temía sentir disminuir mi absoluta confianza en Dios, mi
unico sostén. Debiendo yacer en este lecho sin ayuda humana o
remedio, todo me conturba. Otras veces sentía una confianza tan
grande en Dios, que no me angustiaba por ningún sufrimiento,
aunque fuese muy grande; pero ahora me siento turbada ante
el proyccto de mi confesor de buscar otro alojamiento, porque
lo estimo sobre todos los demás a causa de su saludable severidad.
Confiemos en Dios y mantengámonos firmes en nuestra santa
fe. ¿Hay acaso alguna cosa más consoladora en esta tierra? ¿Qué
otra religión o filosofia podía reemplazarla? Más que a todos
compadezco a los judíos. Ellos son peores que los más ciegos
paganos. Su religión ya no es más que una fábula poética de
sus rabinos, y la maldición de Dios pesa sobre ellos. ¡Cuán in-
finitamente bueno es el Señor con nosotros, con venírnos al
encuentro a medio camino de nuestra buena voluntad y con
hacer depender la más rica participación de su gracia de nuestro
simple deseo! Si, aún un pagano, un hombre que no tiene nin-
gun conocimiento de nuestra santa fe, puede salvarse cuando,
con firme convicción y voluntad de servir a Dios, como a Altí-
simo Señor y Creador de todas las cosas, sigue aquella luz di-
vina que está infundida en nuestra naturaleza y practica la
justicia y la caridad con el prójimo.

Como le dijera el doctor Wesener que le parecía incompren-
sible que pasara tanto tiempo en oración, contestó:
Piense un poco si no es posible que alguien se sumerja de
tal manera en la lectura de un libro agradable, que olvide hasta
las cosas que le rodean. Si esto es posible ¿cómo no se perderá
del todo y olvidará todo aquél que se entretiene con Dios mismo
que es la primera fuente de toda belleza? Empezad una vez con
verdadera humildad esta adoración de Dios y veréis como os
sucederá también todo lo demás. La plegaria más acepta a Dios
es la que se hace por el prójimo, especialmente por las almas
del Purgatorio. Rogad por ellas y estad seguro que habréis pues-
to vuestra oración a buen interés.
En cuanto a mí, yo me ofrezco al Señor y digo: “Señor,
haced de mí lo que queráis”. Con esto estoy plenamente segura,
puesto que Dios, óptimo Padre. no puede hacerme sino todo el
bien deseable. Las pobres almas sufren penas indeciblemente
grandes en el Purgatorio. La diferencia entre las penas del Pur-
gatorio y las del Infierno reside en esto: en que en el Infierno
reina sólo la desesperación, y en el Purgatorio reina la esperanza
de la redención. El mayor tormento de los condenados consiste
en la ira de Dios. Del enojo de Dios se puede tener idea si se
representa el terror de un hombre a punto de caer en manos
de un furioso enemigo, de cuyas manos no podrá ya librarse.

Hablando del destino del hombre, Ana Catalina dijo:
¿Sabéis por qué Dios ha creado al hombre? Lo ha creado
para su gloria y para felicidad del hombre. Por la caída de los
ángeles decidió Dios crear a los hombres para llenar las legiones
de los ángeles caídos. Cuando el número de los ángeles caídos
se haya completado con hombres justos, será el fin del mundo.
Hablando de la limosna, se expresó así:
Vos debéis emplear vuestras fuerzas y vuestras sustancias
en favor y beneficio de los enfermos, de tal modo que vuestra
propia familia no tenga daño, No uno solo, sino muchos tienen
derecho de pedir vuestros cuidados. Los pobres deben tratar de
ganarse méritos por causa de su pobreza, porque la fe nos enseña
que la pobreza es un estado digno de envidia, puesto que el
mismo Hijo de Dios eligió para si ese estado, y ha conferido a
los pobres el primer lugar en el reino de los cielos.

Respecto de la conversación acerca. de Dios, dijo:
Me sucede siempre lo mismo: por más débil que esté, me
siento siempre fortalecida y confortada con toda conversación
quc mire a Dios y a nuestra santa fe; en cambio, el hablar de
cosas del mundo me abate y me debilita más.

Sobre la obediencia, se expresó así:
Es verdad que esta medicina me repugna de modo particu-
lar. He sufrido ya mucho por causa de ella y me ha ocasionado
mucho mal. Con todo, debo tomarla por obediencia a mi confesor,
el cual, sin embargo, ha visto en qué debilidad me quedo por
tomar esta medicina.

 

26. Visión compleja de todas las tribulaciones de su vida.
Fue una visión que me pareció contenía la representación
de todas las penas y sufrimientos de mi vida entera. Todo lo
que personas conocidas por mi han hecho o han dejado de hacer
respecto de mi misión durante todo el curso de mi vida hasta el
presente, me ha sido puesto ante la vista en imágenes. Eran
cosas tales que al principio no quería ni pensar para que no me
causaran tentaciones de aversión 0 de malevolencia, hacia al-
gunas personas. Así también. en la noche pasada, tuve que
luchar contra estas imágenes y me he defendido hasta el ex-
tremo cansancio, pero he oído, con consuelo, que he combatido
bien.
Esos cuadros se me presentaban en diversas formas: a veces
un acontecimiento como presente; otras veces veía personas que
entre si conversaban y obraban; en ocasiones imaginaba el cua-
dro como después de haber oído una narración. Me fue mos-
trado todo lo que he perdido por causa de estas cosas así en la
vida física como en la actividad espiritual. He visto el mucho
mal que me  han hecho ocultamente varias personas, cosas que
había ignorado absolutamente. Todo lo que yo había apenas
sospechado, ahora lo veía claramente. en su completa conca-
tenación. Esta ha sido para mi una verdadera lucha, porque
tenía que soportar por segunda vez las más duras pruebas de
la vida, la perversidad y la falsedad de los hombres, y debía no
solamene no sucumbir a la tentación de malevolencia hacia
ciertas personas, sino usar mayor caridad con mis peores ene-
migos.
Estos cuadros comenzaron con mi estado religioso, preci-
samente con la oposición de mis padres a mi entrada en el
monasterio..Ellos me han ejercitado en la paciencia y han re-
gulado y dispuesto todo con absoluta discreción.
Las monjas me han ocasionado muchos sufrimientos. He
visto su perversidad y cómo primeramente me maltrataban.
Cuando luego mis particulares circunstancias se hicieron públi-
cas, me honraban con exageración para volver luego a las charlas
y chismes. Mucho me hicieron sufrir porque mucho yo las
amaba. He visto al médico del convento y sus remedios y cuanto
daño me han ocasionado. He visto el segundo médico y cómo sus
remedios me han arruinado el pecho y puesto al extremo. He
visto mi pecho como si estuviese vacío y exhausto, de modo
que sin un cuidado mayor hubiera debido sucumbir. Habría
sanado de todas mis enfermedades sin medicina alguna si los
medios saludables de la Iglesia hubiesen sido regularmente em-
pleados en mi.
He visto la sinrazón con la cual he sido puesta tantas veces
a la vista del público, mirando sólo mis heridas y no las otras
cosas que las acompañaban. He visto cómo fui obligada a estar
de muestra y a servir de espectáculo; por esto fui impedida de
hacer mucho bien y no he aprovechado nada a otros. Hubiera
podido ser mucho más útil si me hubiesen dejado en paz y
tranquilidad. He visto todas mis súplicas y pedidos sobre esto;
yo no pedía por impulso propio sino por aviso interno. He visto
cómo todo esto fue en vano y cómo contra mi propia y segura
convicción he debido servir de espectáculo para el mundo y
obedecer cosas verdaderamente vergonzosas; y mientras con el
corazón oprimido hacía esto, por sola obediencia, se me reprendía
con desfachatez y temeridad, sin ser defendida por aquéllos que
me obligaban a mostrar abiertamente las señales externas de
mis llagas.

 

27. Manifiesta su pensamiento ante el proyecto de ser
trasladada a Münster.
Como quisieran conducirla a Münster para someterla a nue-
vos exámenes, privados y públicos, Ana Catalina se resistió a
ellos, exponiendo sus razones:
El señor Overberg permite que otros abusen de su gran
bondad. Quiere sacrificarme para probar, como me lo dijo otras
veces, a algunas buenas personas que los fenómenos que apa-
recen en mí no son mentidos ni artificiales. Pero ¿cómo estas
personas, que son sus penitentes, pueden concebir desconfianza
alguna, cuando él, siendo un dignisimo sacerdote, les asegura los
hechos, y después que él se ha asegurado de los hechos y puede
en todo momento procurarse nuevas pruebas? ¿Podrían estas
personas encontrar un testimonio más irrecusable y más valioso?
Si cinco mil personas; no creen a diez hombres rectos y
justos que dan testimonio de la verdad, tampoco veinte millones
creerán a algunos centenares de personas.

Como insistiese el doctor Wesener en que se trataba de
salvar algunas almas, Ana Catalina añadió:
Seguramente haría el sacrificio por la salud de una sola al-
ma; pero ¿cómo podría yo saber que esto sucederá en virtud de
un cambio de domicilio, si no fuera por la voz íntima del espíritu
que hasta ahora siempre me ha guiado, y ahora nada me ordena,
y  al contrario, siento que mi espíritu se rebela a esta idea de
cambio? Sobre esto podría añadir mucho más, pero no es lle-
gado el tiempo. Si ahora, contrariando mi interna voz, empren-
diera este viaje y muriese en el camino, ¿no sería esto contrario
al bien de mi alma y a los designios que Dios tiene sobre mí?
¿Quién me podría decir que éste no sería mi caso si no es por
la voz que suele hablar en mi interior? Digo, pues, que no bien
mi juez interno me dijese que parta, partiría al instante.
El señor Overberg me dice que debiera hacerlo para dar
gusto al buen médico Druffel, ya que su honor es atacado pú-
blicamente por causa mía. Muy de buena gana haría todo por
el honor de este médico y por todos los que por causa mía fueron
juzgados injustamente, siempre que los medios me fueran per-
mitidos, aunque hubiese yo deseado que él no imprimiese la
historia de mis enfermedades. ¡Cuántas veces le he rogado tam-
bién a él que no permitiese que fuera impresa cosa alguna de
mi durante mi vida! ¿Y por qué razón debo sacrificar mi vida,
y aún más por salvar en un hombre un poco de honor terreno?
¿Dónde estaría aquí la humildad cristiana? Además, el mayor
número nunca sería convencido, porque la pereza, la avaricia,
la desconfianza, el amor propio, la incredulidad y el temor de
tener que admitir la creencia en cosas de mayor importancia,
hacen que la muchedumbre sea ciega aún para las verdades cla-
ras como el sol.
Si tanta importancia se da a la confirmación irrecusable de
las circunstancias en las cuales me encuentro, aquellos que go-
zan de buena salud pueden venir aquí sin peligro alguno; yo,
por otra parte, no puedo ir a ellos sin evidente peligro. Me
someto a todas las pruebas y exámenes que no repugnan a mi
conciencia. Si muchos desean convencerse, pueden hacer como
otros que ya están convencidos, pueden sentarse aquí junto a
mi lecho y observarme y vìgilarme. No puedo ahorrar a los cu-
riosos la incomodidad y el dinero con daño de mi conciencia.
Quien puede viajar, que venga aquí. Si yo quisiese ir a ellos,
sería temeridad, vanidad y cosa peor; puesto que, según toda
seguridad, no podría hacer el mínimo viaje sin evidente peligro.
No puedo ponerme a disposición de todo curioso; envien hom-
bres de juicio que gocen de la estima del público y me someteré
a todas las prescripciones que no traigan daño a mi alma. Por
lo demás, no pido cosa alguna a nadie. No aparento ser nada
grande. Soy una pobre pecadora y no deseo más que olvido de
los hombres y estar en paz, para que pueda rogar y sufrir por
mis pecados y, si es posible, también por el bien dc mis próji-
mos. El Vicario General ha vuelto recientemente de Roma. ¿No
habrá dicho alguna palabra de mi al Santo Padre? El me deja
ahora en paz, ¡sean dadas gracias a Dios! ¡Oh, estad tranquilos
vosotros, buenos creyentes, que el Señor ciertamente manifes-
tará sus obras! Si todo esto viene de Dios. quedará y se man-
tendrá; si es obra de los hombres, caerá y será destruido.

En otra ocasión declaró al doctor Wcsener:
Es cierto que no es sólo por mí misma que estoy aquí pa-
deciendo. Usted no debe publicar nada respecto de mí antes de
mi muerte. Lo que tengo, no lo tengo para mí ni como cosa
mía: soy solamente un instrumento en las manos de Dios. Como
ahora puedo trasladar mi pequeño crucifijo de un lado a otro, así
debo someterme y agradar en todo a lo que Dios quiere  hacer
de mi y esto lo hago con alegría. Sé perfectamente por qué estoy
aquí sufriendo, y aún en la noche pasada me fue enseñado esto.
Siempre he pedido como gracia especial el poder sufrir y si fuese
posible expiar por aquellos que por error o debilidad se encon-
trasen en senderos equivocados. Como esta ciudad y el convento
que aquí existía me han recibido a mí, pobre campesina, des-
pués que muchos otros me habían rechazado, así me he ofrecido
especialmente en sacrificio por esta ciudad. He tenido cl con-
suelo de que Dios recibiese mi plegaria y he alejado ya más de
un mal de este lugar y espero poder ayudar todavía mucho más
en adelante.

 

28. La bendición del sacerdote alivia sus dolores.
He orado fervorosamente para que Dios me perdone si por
ventura he pedido alguna pena superior a mis fuerzas; pero
que se cumpla en mi su divina voluntad.¡El Señor se compa-
dezca de mí, por la sangre de su Hijo, y me de su gracia para
que pueda yo hacer algún bien en el mundo! Cuando solo se me
daba esta respuesta; “Es preciso que se consuma el fuego que
has puesto, sobre ti”, ya no tenia esperanza alguna; al punto me
veía en un estado muy peligroso y encomendaba a Dios todo
lo mío, que tenía que dejar en desorden
Cuando el párroco ponía sobre mí sus manos y hacía ora-
ción, me parecía sentirme penetrada de una dulce corriente lu-
minosa; y cuando me dormía, me veía como un niño a quien
mecen en su cuna. También me parecía que una luz reposaba
sobre mí y que cuando el sacerdote apartaba la mano, la luz se
retiraba de mí. Yo sentía consuelo y recobraba la esperanza.
He aquí lo que pueden la mano y la oración del sacerdote.
Esta noche he padecido espantosos dolores en todo el cuer-
po y sed abrasadora, pero no me he atrevido ni me atrevo aún a
beber. Por último perdí el conocimiento y hoy, por la mañana,
creía morirme, pues toda la noche la había pasado como en
agonía. Quise decir en mi interior: “Jesús, María, José”. pero
ni siquiera eso podía decir. Entonces conocí y experimenté que
el hombre no puede nada, que no puede pensar en Dios si Dios
no le ayuda con su gracia y que el simple deseo de pensar en Él
es también una gracia de Dios. Supe que vino el padre Niesing,
pero yo no podía mover ningún miembro ni hablar. Sabía que
traía consigo un libro, y conoci con esperanza que iba a rezar
por mí. Cuando él comenzó a rezar, su compasión penetró en
mi alma como calor, y volví en mí, y pude decir con profunda
devoción los nombres de Jesús, María y José, y la vida me fue
restituida como un don de la bendición sacerdotal.

 

29. Reconoce las reliquias que lleva el capellán Niesing.
No dejaba de admirarme que no se quemara, y casi me
parecía cosa de risa que recorriera todo el camino sin ver lo que
llevaba, ya que el relicario arrojaba llamas de colores como el
arco iris. Al principio sólo veía el resplandor, pero cuando se
acercó Niessing, percibí el relicario. El que lo llevaba pasó
delante de mi habitación y atravesó la ciudad.
Esto no lo podía yo comprender; casi estaba turbada pen-
sando que llevaría las reliquias a otra casa. Estas reliquias me
dieron mucho que pensar; conocí que algunas de ellas eran muy
antiguas; otras no tanto; habían sido sacadas de su lugar en
tiempo de los anabaptistas.

 

30. Milagrosamente recibe una imagen de la Virgen.
Una noche, mientras estaba rezando a la Virgen, arrodillada
delante de la mesita de mi celda, vi una mujer resplandeciente
pasar a través de la puerta cerrada, avanzar hasta el lado menor
de la mesa e hincarse como para rezar. Tuve un momento de
temor, pero a pesar de todo permanecí tranquilamente en ora-
ción. Entonces la aparición arrodillada puso delante de mí una
pequeña imagen en escultura de la Madre de Dios, alta como una
mano, de blancura deslumbrante; después ella dejó posar su
mano abierta sobre la mesa por algunos momentos, por detrás
de la imagen. Yo me retiré un poco atrás por timidez y la mano
acercó a mi la pequeña imagen, a la que yo rendí homenaje en
mi interior. La aparición se desvaneció, pero la imagen quedó.
Representa una Madre de pié, teniendo al Niño en sus brazos;
ella es de una belleza admirable y parece de marfil. La he
llevado mucho tiempo conmigo con grande respeto; más tarde,
por una inspiración interior, la he donado a un sacerdote ex-
tranjero, a quien le fue retirada la imagen en la hora de la
muerte.

 

31. La flor maravillosa.
Recibí de María una flor maravillosa que se abría cuando
era puesta en el agua. Cerrada, parecía un botón de rosa. Cuando
estaba abierta desplegaba pequeños pétalos de variados colores,
muy delicados, que estaban en relación con los diversos efectos
espirituales que esa flor debía producir en mí. La flor tenía
un perfume de una suavidad inexplicable. La puse en mi vaso
y durante más de un mes yo bebía el agua en que había estado
sumergida. Al fin me puse inquieta por querer saber a dónde
podía yo llevar ese regalo saludable para que no fuese profa-
nado; fui advertida, entonces, en una visión, que debía hacer
componer una nueva corona a la imagen de la Madre de Dios,
que estaba en la iglesia del convento, y colocar en ella esa pe-
queña flor. Cuando le hablé de esto a la superiora y al confesor,
me exigieron que yo ahorrase mi dinero y que esperase antes
de poner en práctica mi proyecto. Pero me fue mandado otra
vez no esperar más tiempo; por esto mi confesor dió el permiso
pedido. Hice preparar ia corona en el convento de las Clarisas
de Münster y le agregué mi flor. Como las hermanas no estu-
vieron bastante atentas por tener en buen estado el adorno de
la estatua de María, yo no dejaba de mirar la corona. He visto
a la pequeña flor allí hasta la supresión del convento; después
desapareció y me fué mostrado en visión que fue llevada a otro
lugar.

 

32. Recibe un frasco lleno de bálsamo.
Recuerdo que recibí de mi guía un frasco lleno de bálsamo
Era un licor blanquecino, semejante a un aceite espeso. Me serví
de él en una grave herida que me hizo un canasto lleno de
ropa blanca mojada que cayó sobre mi y pude también curar
con ese bálsamo a otros pobre senfermos .El frasco tenía forma
de pera con cuello delgado y alargado; su tamaño era como el de
una botellita o pomo de perfumes. Era de una materia muy
transparente y lo tuve mucho tiempo en mi armario.
En otra época recibí también pequeñas porciones de un
alimento muy dulce al paladar, del cual comí por bastante tiem-
po y del cual daba a los pobres para curarlos. Habiendo hallado
esto en mi poder, la superiora me dió una reprensión, pues yo no
pude decir de dónde lo había recibido.

 

33. Satanás se aparece fingiéndose ángel.
Padecía tan agudos dolores en las llagas que me vi pre-
cisada a gritar en alta voz, porque ya no podía soportarlos. La
sangre se dirigía violentamente hacia las llagas como impulsada
de un modo intermitente. De pronto se me apareció Satanás
fingiéndose ángel de luz, y acercándose me dijo: “Traspasaré tus
llagas y mañana estarán curadas; ya no volverán a dolerte ni
te atormentarán más”. Al punto le conocí y le dije: “Vete, que
no me haces falta. Tú no me has causado estas llagas; nada
quiero contigo”. Entonces saltó y se arrojó como un perro de-
bajo de un armario. Después de un rato volvió y me dijo: “No
creas que, porque te figuras que vas siempre con Jesús, estás
siempre con Él. Todo esto procede de mí. Yo soy el que te mues-
tro todas las cosas que tú ves; también yo tengo mi reino”. Siem-
pre le ahuyenté con mis respuestas.
Ya era muy tarde cuando volvió otra vez y me dijo con
toda claridad: “¿Por qué te atormentas sin saber cómo ni cuán-
do? Todo lo que tienes y ves, procede de mí. A pesar de todo,
yo tomaré posesión de ti. Luego, ¿por qué quieres atormentarte
de este modo?” Yo le respondí: “¡Apártate de mí! ¡Quiero ser de
Jesús! Quiero amarle a Él, y maldecirte a ti, y padecer penas
y dolores, según su voluntad”. Mi angustia era tanta que pedí
al confesor que me bendijera. Entonces huyó el enemigo.
Esta mañana, estaba yo diciendo el Credo, cuando se me
apareció Satanás y me dijo: “¿De qué te sirve rezar el Credo?…
No entiendes palabra de él; pero yo te lo explicaré y lo compren-
darás y lo sabrás”. Yo le dije: “No quiero saber, sino creer”.
Entre tanto me temblaban los brazos y las piernas. Por último
desapareció.

 

34. Su divino Esposo le manda dar camas a los pobres.
(21 de Diciembre de 1819)
Esta noche sentí mucho frío y me acordé de los pobres que
se hielan de frío. Vi a mi Esposo que me dijo: “Tú no tienes
verdadera confianza en mí. ¿He permitido yo que te hieles de
frio? ¿No te he dado todo lo que necesitas? ¿Por qué no das a
los pobres las camas que hay alli sobrantes? Cuando tú las
necesites yo te las daré”.
Me avergoncé y me propuse darles las camas que no hacían
falta, a pesar de la oposición de mi hermana. Cuando los pa-
rientes quisieren venir a visitarme, podrán dormir sobre un
jergón, y si no les parece bien, que se queden en sus casas.

 

 

35. Satanás la atormenta y se ayuda con la estola del confesor.
(2 de julio de 1821)
He pasado una noche espantosa. He visto acercarse a mi
lecho un gato negro y saltar a mis manos. Le así por las patas
y lo eché de la cama, queriendo matarlo, pero se me escapó y
huyó. Estaba despierta viendo todo lo que sucedía en torno mío.
Vi a la niña dormida e intranquila y temí que viera mi
lastimoso estado. Toda la noche hasta las tres de la mañana
siguió maltratándome el enemigo bajo la figura de un no sé qué
de negro y espantoso. Me dió golpes y me arrojó fuera del lecho,
de manera que tocaba yo con las manos el suelo. Me arrojó
hacia adelante con las almohadas y me oprimió con mucha vio-
lencia. Todo esto y el haberme levantado en alto, me causó in-
decible angustia. Yo veía con toda claridad que aquello no era
sueño y sabía todo lo que hacía. Tomé las reliquias y la cruz,
pero no sentí ningún auxilio.
Rogue al Señor y a todos los santos me dijeran si por ven-
tura pesaba sobre mí algún pecado o si poseía injustamente al-
guna cosa; pero no obtuve respuesta. Conjuré al enemigo, en
nombre de todos los santos, que me dijera qué derecho tenia
sobre mí. Nada me respondió y siguió atormentándome. Asíame
de la nuca o ponía sobre mis espaldas sus garras frías como la
nieve. Por último, habiendo podido llegar, arrastrándome sobre
el suelo, hasta el armario que está a los pies de la cama, tomé la
estola del confesor que estaba allí guardada y me la puse al
cuello. Entonces dejó de tocarme y aún me dió respuesta, ha-
blándome con tal seguridad y astucia que me admiró de tal mo-
do que uno podría creer que tenía razón. Reprendióme como si
yo hubiera echado a perder muchas cosa y le hubiera causado
muchos daños y como si tuviera él los mayores derechos. Ha-
biendo preguntado ya al Señor si tenía en mi poder injusta-
mente alguna cosa, el mismo enemigo me respondió diciendo:
“Tienes ciertamente algo que es mío”. Yo le repliqué: “Sí, tengo
de ti el pecado, que contigo sea maldito. Pero Jesucristo ha sa-
tisfecho por él. Toma, pues, tu pecado y consérvalo y vete con
él a los infiernos”.
No puedo decir lo mucho que sufrí entonces.

 

36. El “lignum crucis” la alivia.
Dícele a su confesor, el cual le mostraba una reliquia de la
Santa Cruz y de la lanza:
Tambien yo la poseo (reliquia de la Cruz): la tengo en mi
corazón, sobre mi pecho. Tengo otra reliquia de la lanza. En la
cruz estaba el Cuerpo y en el Cuerpo la lanza. ¿A cuál de las dos
amaré más? La cruz fue el instrumento de la Redención; la
lanza ha abierto una espaciosa puerta al amor. La partícula de
la cruz mitiga mis dolores y hasta me los quita. Muchas veces,
al ver que el lignum crucìs dulcificaba tanto mis dolores, decía
yo al Señor confiadamente: “¡Oh, si el padecer en esta Cruz te
hubiera sido tan dulce, esta partecita de ella no me dulcifica-
ría tanto!”

 

37. La sangre de sus propias llagas.
(11 de julio de 1821)
Al ver la página de un libro manchada en sangre:
¿Qué florecilla tan delicada es esta blanca y roja que viene
del libro a la palma de mi mano? Tocó en las llagas de Jesús.

 

38. Una medalla de San Benito.
También ha sido bendecido el terciopelo. Esta es una me-
dalla de San Benito bendecida; está consagrada con una bendi-
ción que San Benito dejó a su Orden y que se funda en el mila-
gro que hizo el santo cuando quisieron envenenarle algunos mon-
jes. San Benito hizo la señal de la cruz sobre la copa que con-
tenía el veneno y la copa se hizo pedazos. Tiene virtud contra
la peste, el veneno, las artes mágicas y las tentaciones del de~
monio. El terciopelo rojo en que está cosida reposó en el sepulcro
de Wilibaldo y de Valburga y procede del lugar de donde mana
el óleo de Santa Valburga. La medalla está consagrada en aquel
convento.

 

39. Multiplicación de monedas.
Un día el Vizconde de Galen me obligó a recibir dos piezas
de oro que yo debia repartir a los pobres en su nombre. Las
hice cambiar en monedas pequeñas y con el producto de ellas
mandé hacer vestidos y calzados, que luego distribuí. Hubo una
maravillosa bendición de Dios sobre esas monedas, pues todas
las veces que las distribuía en partes, volvía a encontrar las dos
piezas de oro en mi bolsillo y así las hacía cambiar de nuevo.
Esto duró más de un año y con ese dinero socorrí a muchos
pobres. Esta gracia tuvo fin cuando a consecuencia de una en-
fermedad quedé por dos meses sin poder hacer movimientos y
la mayor parte del tiempo sin conocimiento. Como todas (las
hermanas) se apoderaban de mis cosas, Dios retiró de mi lo que
podía haber sido motivo de escándalo.

 

40. Declara la virtud que surge de varios objetos sagrados.
(17 de agosto de 1821)
San José y San Antonio han estado conmigo, y San Antonio
me ha puesto la cruz (se le había perdido el lignum crucis) en
mi propia mano. Nunca he visto lucir ninguna imagen mila-
grosa; pero si he visto enfrente de ella un sol luminoso, del que
recibía rayos que luego reflejaba sobre los que hacían oración.
A la cruz del camino de Koesfeld nunca la he visto brillar, pero
si a la partícula del lignum crucis que se hallaba dentro de ella;
y he visto que los rayos que de ella salían pasaban a través de
la cruz y descendian sobre los que oraban.
Esto es cosa buena (un Agnus Dei que le regalaron). Ha
sido tocado por la virtud, está consagrado; pero aquí, en las
reliquias, poseo yo la virtud misma. La bendición brilla (habla
de una cruz bendecida) como una estrella; honrémosla, pues.
Pero los dedos del sacerdote (dirigiéndose al confesor) son toda-
vía cosa mejor. Esta cruz puede ser destruida, pero la consa-
gración sacerdotal es indeleble, eterna; no hay muerte ni infier-
no que puedan borrarla. En el cielo, en cambio, será visible y
más señalada. Procede de Jesús, que nos ha redimido.
Está bendecida (se refiere a una imagen). Conservadla cui-
dadosamente, y no la tengáis entre objetos no santos. Al que
honra a la Madre de Dios, ella le honra también, intercediendo
por él delante de su Hijo divino. En las tentaciones es muy bue-
no ponerse estas cosas sobre el pecho; guardadla, pues, cuida-
dosamente. ¡Ah. es la imagen de la Virgen! Esta imagen ha sido
tocada en una imagen milagrosa.

 

41. Su única Madre.
Era yo niña y me hallaba en casa mortalmente enferma.
Estaba enteramente sola; mi padre y mi madre habían salido;
pero vinieron muchos niños de la vecindad, hijos del alcalde, y
toda clase de niños, que me asistían y se mostraban buenos y
cariñosos conmigo. Cortaron ramos verdes pues era el mes de
mayo y los clavaron en el suelo del jardín formando una choza
con muchos ramajes y me recostaron en ella. Venían y me traían
juguetes tan bellos como nunca los había visto: muñecas, pese-
britos, instrumentos de cocina, animales, angelitos. Con todos
ellos jugaba hasta por la mañana. A veces creo que estas cosas
preciosas deben estar allí todavia. Hoy, después del mediodía,
he llorado aún mucho y una vez estreché fuertemente contra mi
corazón a la Madre de Dios repitiendo esta invocación: “¡Tú eres
mi Madre, mi única Madrei” Con esto recibí mucho consuelo.

 

42. Visión consoladora.
Vi una multitud de hombres acercarse a una gran pradera
hacia donde yo miraba. Uno de ellos descollaba sobre todos los
demás. Habría allí como un centenar. Y dije para mi: “¿No es
éste el lugar donde el Señor dió de comer a miles de personas’.”‘
Y vino a mí el Señor con todos los discípulos y le ví escoger
los doce de entre la multitud. Vi que fijaba los ojos, ya en uno.
ya en otro y los conocí a todos: a los ancianos y a los robustos
jóvenes. Vi que los enviaba en todas direcciones, en medio de los
pueblos y los seguía con la mirada. Y como yo me preguntara
interiormente a mí misma: “¿Qué podrán hacer éstos entre tan-
ta multitud?”, el Señor me dijo: “Su voz suena muy lejos.
También ahora son enviados muchos. Quienes quiera que sean,
hombres o mujeres, pueden hacer esto. La salud que aquellos
doce trajeron, la traen también ahora éstos a quienes envío, aun-
que sean ignorados y despreciados”. Conocí que esta visión debia
servirme de consuelo.

 

43. Otra visión consoladora.
Me hallaba en la casa paterna y me parecía como si fuera
a desposarme. Las almas por quienes había hecho oración ve-
nían y me traían toda suerte de regalos, que colocaban en la
carroza nupcial. La casa nupcial era la escuela adonde había
ido yo cuando niña; ahora parecía mucho más grande y hermosa.
Dos santas religiosas ancianas eran ahora las doncellas que me acom-
pañaban. Luego llegó el Esposo en una carroza. Entre tanto yo
decía en mi interior: “Ahora vengo por tercera vez a esta es-
cuela. La primera vez vine siendo niña y en el camino se me
aparecía la Madre de Dios con el Niño y me decían que apren-
diera mucho, que Él sería mi Esposo. La segunda vez, cuando
entré en el convento y aquí en la casa de esta escuela se celebró
mi desposorio, en una visión. Ahora vengo por tercera vez a
celebrar las bodas”. Todo era magnificencia y la casa estaba lle-
na de frutos. La casa y el jardín estaban elevados sobre la tierra
y desde arriba yo veía a la tierra, oscura y desierta.

 

 

44. Habla de Clemente Brentano.
Un día le dijo Ana Catalina al poeta Clemente Brentano
mientras le confiaba sus visiones:
Muchas veces me admiro de poder hablarle a usted en con-
fianza y decirle muchas cosas de las cuales no acostumbro hablar
a nadie en presencia de otros. En el primer momento ya le
conocía, pues le había visto antes que viniera. Con frecuencia
se me ha presentado en mis visiones un hombre de rostro mo-
reno, que parecía estar escribiendo junto a mí; y así cuando
usted entró por primera vez en mi habitación, me dije a mi
misma: “Este es aquel hombre”.