Desde la conversión definitiva de la Magdalena hasta la degollación de San Juan Bautista – Sección 5

XXI
Jesús da la vista a dos ciegos y sana a un fariseo
Jesús salió con los cinco discípulos por la parte trasera de
la casa para evitar el encuentro con las numerosas personas
que esperaban en la puerta de entrada. La primera resurrección
de la hija de Jairo había sido a la luz del día; esta segunda a la
luz de las antorchas. Ya había comenzado el Sábado. La casa
de Jairo estaba al Norte de la ciudad y Jesús se dirigió hacia
el Noroeste del vallado. Con todo, algunos, que habían espiado
su salida, le traían dos ciegos; parecía que lo siguieran por olfato,
porque gritaban detrás de Él: “Jesús, hijo de David, ten piedad
de nosotros”. Jesús se dirigió a la casa de un hombre que vivía
allí y que tenía una salida fuera de la ciudad. Los discípulos se
albergaban a veces en esta casa. Este hombre tenía el oficio de
vigilante en esta parte de la ciudad. Los ciegos le siguieron a
la casa y clamaban: “Ten piedad de nosotros, Hijo de David”.
Jesús se volvió a ellos y dijo: “¿Creéis que Yo puedo hacer
esto?” Ellos contestaron: “Sí; lo creemos”. Tomó Jesús un reci-
piente del bolsillo, con bálsamo o aceite, y derramó un poquito
en un platillo oscuro, de poco fondo. Lo tenía en la concavidad
de la mano izquierda. Tomó algo de polvo, lo removió un tanto
con el pulgar y el índice de la mano derecha, tocó los ojos de
los ciegos, y dijo: “Sea según vuestra fe y vuestro deseo”. Se
abrieron sus ojos, vieron, se hincaron de rodillas y dieron gra-
cias. Jesús les dijo que no hiciesen ruido por esta causa. Esto
lo dijo aquí para que no aumentase el concurso y para no irritar
a los fariseos; pero los clamores de los ciegos, antes y ahora, por
no poder callar el favor recibido, pues lo contaron a todo el
pueblo, atrajo de nuevo a la multitud a esa casa.
Algunas personas de Séforis, parientes lejanos de Ana, tra-
jeron a un hombre poseído por un demonio mudo. Le habían
atado las manos y lo traían con sogas al cuerpo y tenían que
hacer fuerza con él, pues estaba furioso y en estado miserable.
Este hombre era un fariseo de la comisión que debía espiar a
Jesús; se llamaba Jonás y había estado disputando con Jesús en
la escuela que se halla entre Séforis y Nazaret. El demonio se
había apoderado de él hacía quince días desde que Jesús había
vuelto de Naím. Había en esa ocasión, contra su convicción inte-
rior, murmurado y hablado mal de Jesús, para complacer a los
fariseos, diciendo también, para adular a sus compañeros, que
Jesús debía tener un demonio, y que corre como un furioso por
todo el país. Jesús había discutido con él en Séforis sobre el
divorcio; estaba caído en graves pecados. Cuando lo trajeron
quiso arrojarse contra Jesús. Mas Jesús hizo una señal y man-
dó al demonio salir de allí. Entonces tembló el hombre y vi
salir un espeso vapor de su boca. El hombre cayó de rodillas
ante Jesús, reconoció sus pecados y pidió perdón de ellos. Jesús
le perdonó sus pecados y le impuso una serie de penitencias,
que consistían en ayunos y limosnas a los pobres; debía abste-
nerse de ciertos alimentos que gustaban mucho a los judíos,
como el ajo, por largo tiempo.
Se promovió entonces un gran tumulto, pues se consideraba
muy difícil echar a los demonios mudos de los posesos. Los fari-
seos habían tenido mucho trabajo con este fariseo. Si otros no
lo hubieran hecho, los fariseos no lo hubiesen traído a Jesús.
Estaban muy irritados de que también uno de ellos hubiese
implorado la ayuda de Jesús, confesado sus pecados pública-
mente, siendo ellos mismos parte y cómplices en estos pecados.
Pronto se esparció por toda Cafarnaúm la fama de este hecho
y todos decían que semejantes cosas eran inauditas en Israel.
Los fariseos, más irritados, decían: “Echa los demonios por obra
de otro demonio mayor”. Jesús salió por detrás de la casa con
sus discípulos y se dirigó al Oeste de la ciudad hasta la casa de
Pedro, donde pasó el resto de la noche. Delante de los discípulos
renovó Jesús las alabanzas sobre Juan el Bautista, diciendo que
era puro como un ángel; nada impuro habia entrado en su boca
ni salido jamás una mentira ni un pecado. Como le preguntaran
si viviría aún largo tiempo, Jesús les dijo que moriría cuando
su tiempo fuese llegado, que no estaba ya lejos. Los discípulos
se pusieron muy tristes al oír estas palabras.

XXII
“Bienaventurados los puros de corazón…”
Cuando Jesús entró en la sinagoga para enseñar, los fariseos
maquinaban una malicia. Había un hombre en un rincón con la
mano árida que no se había atrevido a presentarse delante de
Jesús y ahora temía la presencia de los fariseos. Los fariseos
echaron en cara al Señor que se juntase con los publicanos, con
Mateo especialmente. Jesús les respondió que había venido para
consolar y convertir a los pecadores, y que por otra parte no
necesitaba a ningún fariseo por apóstol. Dijeron entonces, por
burlarse: “¿Maestro, aquí hay uno; querrás quizás sanarlo tam-
bién?”. Jesús se volvió al hombre de la mano árida, le mandó
que se acercase, y poniéndolo en medio, le dijo: “Tus pecados
te son perdonados”. Los fariseos despreciaban al hombre, que
no tenía buena fama, y decían: “Su mano árida no le impide
pecar”. Tomó entonces Jesús esos dedos, los enderezó, y le dijo:
“Usa de tu mano”. Extendió el hombre su mano, que quedó
sana; dio gracias y se retiró de allí contento. Jesús disculpó al
hombre ante sus detractores, manifestó compasión por él y dijo
que era un hombre de buen corazón. Los fariseos estaban llenos
de envidia y veneno, y lo llamaban un profanador del Sábado,
que querían acusar delante del sanedrín y se alejaron. Había
herodianos allí y con ellos deliberaron de cómo en las próximas
fiestas de Jerusalén lo habrían de detener y traer a juicio.
Cuando Jesús más tarde, en la casa de Pedro, habló a la
gente, se encontraba entre las mujeres Lea, la cuñada de aque-
lla Enué sanada del flujo de sangre. Su marido era un fariseo,
muy enemigo de Jesús, aunque ella estaba muy conmovida ya
por lo que había visto en Jesús. La he visto al principio, triste
y preocupada, cambiando su sitio entre la multitud como si
buscase a alguno; pero era sólo su deseo incontenible de mani-
festar su adhesión a Jesús en alguna forma. Se acercó entonces
la Madre de Jesús acompañada de Marta, Susana de Jerusalén,
Dina la Samaritana y Susana de Alfeo, hija de María Cleofás
y hermana del apóstol. Tendría treinta años y tenía ya hijos
grandes y su marido vivía en Nazaret, de donde la habían
traído las mujeres. Susana Cleofás quería también entrar en la
comunidad de las ayudadoras de Jesús. María y estas mujeres
entraron en el aula donde enseñaba Jesús. En ese momento
había reprochado a los fariseos su obstinación y sus impurezas,
y como hablaba de las ocho bienaventuranzas, dijo en ese mo-
mento: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos
verán a Dios”. No pudo entonces Lea contenerse y viendo entrar
en ese momento a María, Madre de Jesús, exclamó en un arre-
bato de éxtasis delante del pueblo: “Bienaventurado (así lo
entendí) el seno que te ha llevado y los pechos que has tomado”.
Jesús se volvió dulcemente hacia ella y dijo: “Sí; bienaventu-
rados, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la conservan”.
Y continuó su enseñanza.
Lea se acercó a María, la saludó y le habló de la curación de
Enué y como estaban determinadas a entregar todo lo suyo a la
comunidad de Jesús. Pedía a María rogase a Jesús que convirtiese
a su marido, obstinado fariseo de Paneas. María habló muy que-
da con Lea, sin haber oído o advertido su exclamación, y se
retiró tranquilamente con las otras mujeres. María era de una
sencillez encantadora. Jesús nunca la distinguía mucho delante
de otras personas; sólo la trataba siempre con serena cortesía.
Ella, por su parte, no solía mezclarse más que con enfermos, po-
bres y necesitados e ignorantes; aparecía siempre callada, hu-
milde y extremadamente sencilla. Todos, aun los enemigos de
Jesús, la respetan, a pesar de estar ella sola y callada.
Después he visto a Jesús en el lugar de la pescadería de
Pedro enseñando delante de una gran multitud, con parábolas,
sobre el reino de Dios. Por momentos subía a su nave y ense-
ñaba desde ella al pueblo. Como se levantara un escriba de
Nazaret y dijera que quería seguirle donde fuese, Jesús repi-
tió: “Las zorras tienen su guarida, etc…” Este hombre era el
futuro marido de Salomé Jairo, los cuales, después de la muerte
de Jesús, entraron ambos en la comunidad cristiana. Además
de estos dos escribas habían venido otros dos, que siguieron a
Jesús algún tiempo. Uno de ellos preguntó a Jesús si no pensaba
ya tomar posesión de su reino; que había probado ya bastante
su misión, y era tiempo de sentarse en el trono de David, su
padre. Como Jesús le reprochase esta idea y le dijese que le
siguiese, contestó el escriba que quería primero despedirse de
los de su casa. En esta ocasión dijo Jesús: “Quien pone la mano
en el arado, etc…” El tercero de ellos, que había venido a Jesús,
ya en Séforis, dijo que quería primero enterrar a su padre.
Jesús dijo en esta ocasión: “Deja a los muertos enterrar a sus
muertos”. El escriba entendía decir, no que su padre había
muerto, sino que era un modo de expresar: repartirse la heren-
cia y designar la parte para mantener al padre. La noche la
pasó Jesús con parte de sus discípulos en oración bajo un techa-
do, cerca de Corazín.
Por la mañana vinieron también los otros discípulos al Ser-
món del Monte. Jesús explicó la cuarta de las bienaventuranzas
y las palabras de Isaías: “Mira, mi siervo que he elegido, mi
amado en quien he encontrado mis complacencias. Mi espíritu
quiero ponerlo sobre Él y anunciará el juicio a los pueblos”.
Había muchísima gente oyendo, entre ella cierto número de
soldados y militares romanos de diversas guarniciones. Habían
sido enviados para oír la enseñanza de Jesús, ver su proceder
e informar a la autoridad. Habían escrito de las Galias y de
otras provincias del Imperio romano preguntando sobre el pro-
feta de Judea, ya que también ésta formaba parte del imperio.
Los capitanes de Roma eran preguntados y enviaron a estos
militares para oír y ver: eran como un centenar los que oían el
sermón. Se habían colocado en sitio donde pudiesen ver y oír
perfectamente. Después del sermón se dirigió Jesús con los su-
yos al valle, al Sur de la montaña, donde había una fuente y
donde las santas mujeres habían preparado pan y pescado. La
muchedumbre estaba sentada en las laderas. Muchos estaban
sin alimento, y enviaron a pedir a los apóstoles; los panes y los
peces estaban colocados en canastos sobre una terraza. Jesús
bendijo estos canastos y repartió con los discípulos a los nece-
sitados. No eran suficientes las provisiones, pero todos recibie-
ron lo que necesitaban, y las gentes decían: “Se multiplican las
provisiones en sus manos”. Los soldados romanos pidieron de
esos panes para enviarlos a Roma, como señales de lo que ha-
bían visto y oído. Jesús mandó darles de los sobrantes, y había
quedado mucho, de modo que todos recibieron y los guardaron
para recuerdo.

XXIII
Jesús en Gergesa
Mientras Jesús se ocupaba de enseñar y de sanar a los
enfermos, en los tiempos libres preparaba a sus discípulos para
su misión siempre que podía estar sólo con ellos. Ahora puso a
sus doce en fila, junto al lago, en el orden como están en el
Evangelio, y les dió la potestad de sanar y de echar los demo-
nios; y a los demás discípulos, la potestad de bautizar y de impo-
ner las manos. Les hizo una conmovedora alocución diciéndoles
que estaría siempre con ellos y que todo lo partiría con ellos.
La potestad de echar los demonios y de sanar la dio con una
bendición. Todos lloraban de emoción. También Jesús estaba
conmovido. Les dijo que había aún mucho que hacer y que
luego irían a Jerusalén, pues el tiempo del cumplimiento estaba
cercano. Como todos estaban entusiasmados, protestaron que ha-
rían lo que Jesús pedía de ellos y que seríanle fieles; pero Jesús
les dijo que aún sucederían cosas tristes y graves, y que también
entre ellos se manifestaría lo malo. Pensaba en Judas Iscariote.
Con estas conversaciones llegaron junto a las barcas, y Jesús
y los doce, con otros cinco discípulos, entre ellos Saturnino, na-
vegaron hacia el Este del lago, pasando por Hippos, y desembar-
caron cerca de la localidad de Magdala, junto al lago, al Norte
del oscuro barranco donde se echa el agua de un pantano que
está más arriba, en Gergesa. El lugar está de tal manera situado
que sólo le da el sol al mediodia y al ponerse; hay mucha hume-
dad y niebla, especialmente en los cercanos barrancos. No baja-
ron enseguida al lugar. La barca de Pedro estaba en un arenal,
al cual se llegaba por un puente. Cuando bajaron, salieron va-
rios endemoniados gritando qué quería Jesús con ellos, que los
dejase en paz. A pesar de eso vinieron hasta donde estaba Jesús,
que los libró de su posesión. Los librados dieron gracias y volvie-
ron a sus lugares, y así acudieron otros muchos trayendo ende-
moniados para ser librados. De los apóstoles fueron Pedro,
Andrés, Juan, Santiago y sus sobrinos a esa localidad y sanaron
a varios enfermos y libraron a varios poseídos del demonio;
entre ellos había mujeres con convulsiones. Echaban los demo-
nios y curaban a los enfermos en nombre de Jesús de Nazaret. He
oído a algunos añadir: “A quien obedecen las tormentas del mar”.
Algunos de estos sanados o librados vinieron adonde estaba
Jesús para escuchar su doctrina. Les dijo a ellos y a los discí-
pulos por qué había aquí tantos poseídos del demonio. Los hom-
bres estaban muy entregados a sus pasiones y a sus intereses
temporales. Entre estos posesos había algunos de Gergesa, que
está a una hora de camino, sobre una altura, hacia el Este. Se
ocultaban en cavernas y sepulcros y andaban por los contornos.
Jesús sanó hasta entrada la noche y pasó la noche en la barca
con los suyos. De la región de Gergesa, es decir, de un círculo
de cuatro horas, no había venido ninguno a su sermón del monte.
Al día siguiente subía Jesús la pendiente cuando le salieron
al encuentro dos endemoniados, dos jóvenes judíos de Gergesa,
que aunque no estaban siempre furiosos, lo estaban a veces.
Andaban de un lado a otro, sin reposo, Cuando Jesús había
pasado por aquí viniendo de Tarichea a través del Jordán, estos
jóvenes no estaban aún poseídos; habían venido a ofrecerse a
Jesús como discípulos, y Jesús los había rechazado. Ahora, que
se veían libres, pedían de nuevo estar con Él, y como dijeran
que si los hubiera recibido no habrían caído en esa desgracia,
Jesús los exhortó al bien y a la conversión y que fuesen a sus
casas a contar lo que les había acontecido. Con esto se fueron
de allí.
Mientras enseñaba en las chozas y caminos le salían al
encuentro otros endemoniados y trastornados, detrás de los
setos y de arriba de los montes, y gritaban por qué venía aquí,
y que los dejasen en paz. Jesús los llamaba a su presencia, los
libraba y algunos clamaban que no los mandase a lo profundo.
Algunos de los apóstoles entretanto curaban imponiendo las
manos y decían a las gentes que fuesen a una altura al Sur de
Magdala, donde Jesús iba a enseñar. Se reunió una gran canti-
dad de gente. Jesús les habló de la penitencia, del reino de
Dios, y les reprochó su codicia por las riquezas de este mundo,
y les recordó el precio del alma. Que reconocieran que Dios
cuida más de las almas que de los bienes materiales de los
hombres. Esto lo decía por lo que iba a suceder con los cerdos
de Gergesa, que se echarían al agua. La gente lo había invitado
a pasar a Gergesa. Él les dijo que vendría demasiado temprano
para ellos y no lo recibirían bien. Le avisaron que no pasara por
los barrancos, porque dos furiosos, que rompían las cadenas, se
ocultaban allí, y habían ya matado a un hombre. Jesús les dijo
que precisamente por ellos iba a pasar por allí cuando fuera
tiempo; pues para los infelices había venido Él. En esta ocasión
dijo que si en Sodoma y Gomorra se hubiesen visto las cosas
que se vieron en Galilea, ellos se habrían convertido. Como Él
quisiera alejarse de allí, le rogaron se quedase, que tenían gusto
en oír su amable enseñanza, que les parecía como si el sol res-
plandeciese en su región de tinieblas; que se quedase, pues ya
anochecía. Jesús les respondió en semejanzas: que Él no temía
estas noches; que ellos temiesen quedar en las tinieblas en un
tiempo en que les viene la luz de la palabra de Dios.
Con esto se embarcó con los suyos; y navegaron como si
fueran a Tiberíades, luego torcieron de nuevo al Este y se detu-
vieron a una hora al Sur del barranco, y descansaron en las bar-
cas. Magdala es un lugar sin importancia, más pequeño que
Betsaida, y hay un solo desembarcadero; vive por el comercio
de la ciudad de Hippos, que tiene mucho movimiento. Viene un
camino de Gergesa a Hippos y hay mucho tráfico. Los confines
de Magdala son iguales que los confines de Dalmanuta, unas
horas al Sur de estos barrancos.
Cuando Jesús, a la mañana siguiente, bajó a tierra, vinie-
ron varios endemoniados a Él, a los cuales libró con la impo-
sición de sus manos. La gente de esta región está entregada a
prácticas de magia, y bebe, para trastornarse, del jugo de una
hierba que nace y crece aquí en los barrancos y en las monta-
ñas, y así se procuran convulsiones y visiones fantásticas. Po-
seen otro antídoto que desde hace algún tiempo ya no obra su
efecto; por lo cual han caído en mayores miserias. La región de
los gergesanos es una extensión de cuatro a cinco horas y de
una media hora de ancho, que puede pertenecer a Gergesa. Los
habitantes, por su modo de ser y de vivir, valen en verdad bien
poco. Comienza por el barranco entre Dalmanuta y Magdala al
Sur y comprende las ciudades de Gergesa y Gerasa, unos diez
poblados que están desparramados en esta faja angosta de tie-
rra. Detrás de Gerasa confina con la región de Corazín y la
tierra de Zin, donde hay mucho terreno estéril. Por el Este los
confines de los gergesanos tienen la fortaleza de Gamala; al
Sur el barranco; al Oeste el valle de la orilla donde están Dal-
manuta, Magdala y la ciudad de Hippos, que no pertenecen ya
a ese distrito. Al Norte termina con Corazín. No se debe con-
fundir este distrito de diez regiones con el distrito de la Decá-
polis, que se extiende mucho más, y está bastante lejos de allí.
En los combates de Gedeón contra los madianitas se mantu-
vieron los de este distrito de las diez regiones de parte de los
paganos e infieles y desde entonces prevalecieron éstos contra
los judíos, que pasaron a ser minoría. Mantenían en todas estas
regiones, para escándalo de los judíos, una numerosa piara de
cerdos que en grandes cantidades iban a revolcarse entre los
pantanos en la parte Norte de las alturas de los barrancos; se
veían allí centenares de guardianes, hombres y jóvenes, que
guardaban por millares estos puercos. El pantano que está como
a tres cuartos de hora al Sur de Gergesa, al pie del monte de
Gamala, tiene una salida por el Sur en los barrancos, que corre
debajo de un puente hecho de tablones y maderas, que forman
arriba un especie de estanque, y cuyas aguas fluyen luego hasta
el lago de Galilea. Crecen muchas gruesas encinas junto al
pantano y en los barrancos. Por lo demás, la región es en gene-
ral poco fértil. En algunos lugares más soleados hay viñedos.
Tienen algún cultivo de caña de azúcar, que exportan. No era
solamente la idolatría, sino especialmente la magia y la hechi-
cería lo que los había entregado en poder de los demonios.
Esta región de Gergesa está llena de hechiceros que ejercen sus
artes mágicas con perros, gatos, sapos, serpientes y otros anima-
les. Hacían aparecer a estos animales y parecía que también a
veces iban ellos apareciendo en forma de tales animales, para
dañar a los animales de los vecinos o a los mismos hombres. Eran
como lobos. Se vengaban también a distancia de sus contrarios o
vengaban cosas de otros tiempos y promovían tormentas y tem-
pestades en el mar. Las mujeres se ocupaban también de cocer
bebidas mágicas y de hechicerías. Satanás se había adueñado
completamente de esta región, y hay allí muchos endemoniados,
furiosos y atacados de convulsiones.

XIV
Jesús echa los demonios en los cerdos
Eran como las diez de la mañana cuando Jesús llegaba a
esta región en una canoa en compañía de algunos discípulos.
Navegaban entre los barrancos porque el camino era más corto
que yendo a pie. Jesús bajó de la canoa y fue al Norte del para-
peto, y los discípulos se iban juntando poco a poco con Él. Allá
arriba iban merodeando dos endemoniados furiosos, mientras
Jesús llegaba; a veces estaban en las cavernas, otras salían afuera,
y se herían y se maltrataban con los huesos de los muertos allí
enterrados. Gritaban desesperada y horriblemente; estaban co-
mo forzados, pues no huían sino que clamaban mientras se acer-
caban a Jesús, detrás de los setos y de las rocas, a cierta distan-
cia: “Venid, vosotros, fuerzas, potestades. .. Ayudad. .. Viene
uno que es más poderoso que nosotros”. Jesús levantó su mano
contra ellos y les mandó caer al suelo. De pronto cayeron con el
rostro en tierra; levantaban la cabeza sólo, y decían, gritando:
“Jesús, Tú, Hijo del Altísimo ¿qué tenemos nosotros que hacer
contigo? ¿Por qué has venido a atormentamos antes del tiempo?
Te conjuramos, por Dios, que no nos atormentes”.
En esto se había acercado Jesús con los discípulos. Los ende-
moniados temblaban y se estremecían en todo el cuerpo de una
manera espantosa. Jesús mandó a sus discípulos que les dieran
alguna ropa para cubrirse y a ellos les mandó que se cubrieran.
Entonces varios apóstoles les echaron algunas telas que solían lle-
var al cuello, con las cuales acostumbraban taparse la cabeza. Los
endemoniados se cubrieron con eso, entre temblores y convul-
siones, como contra su voluntad; se levantaron clamando que
Jesús no los atormentara. Jesús preguntó: “¿Cuántos sois’.’” Dije-
ron: “Legión”. Los malos espíritus hablaban en plural y decían
que los malos deseos de estos hombres habían sido muchos. Con
esto dijeron los demonios verdad, pues diez y siete años habían
vivido estos hombres entregados a los demonios y a las hechice-
rías, y habían sido poseídos de vez en cuando ya antes; desde
hacía dos años estaban como furiosos, vagando por los contornos.
Estaban envueltos en toda clase de pecados y hechicerías. En
las cercanías había un viñedo, en un lugar más soleado, y en
él había una gran tina de material; era alta casi como la altura
de un hombre y tan ancha que podían caber de pie unos veinte
hombres. Los gergesanos tenian por costumbre pisar allí las
uvas mezcladas con esos jugos de hierbas que adormecían, aton-
taban y enloquecían a los bebedores. El licor corría de allí a
grandes tinajas que mantenían enterradas con una boca muy
estrecha. Era esta la bebida que solían usar estos hombres para
ponerse en estado convulsionario y como fuera de sus sen-
tidos. La planta que embriaga era larga como de un codo, con
muchas hojas gruesas y verdes, y tenía arriba un botón. Usaban
del jugo de esa planta para ponerse en comunicación con el
demonio. Preparaban esta bebida al aire libre por su poder nar-
cótico; sólo extendían unas lonas sobre la gran tina, donde lo
hacían. Los trabajadores eran obligados a esta faena.
Jesús mandó entonces a los endemoniados, o mejor, a la
legión que había en ellos, que echaran por tierra la gran tina.
Ellos tomaron la gran tina llena de líquido y la arrimaron al
borde del barranco, de modo que se derramaha todo el contenido.
Los trabajadores huyeron espantados, gritando y clamando. Des-
pués volvieron los endemoniados, temblando. Los mismos após-
toles estaban espantados de lo que veían. Los demonios gritaban,
desde los hombres, pidiendo que no los arrojase al infierno; que
no los echase de esa región, y por fin dijeron: “Déjanos entrar
en asos cerdos”. Jesús les mandó: “Entrad en ellos”. A estas
palabras cayeron los dos infelices a tierra, entre horribles con-
vulsiones, y salió de ellos una gran nube oscura, donde se veían
toda clase de formas de insectos, de gusanos, de sapos, de grillos
y de alacranes. Después de pocos minutos se levantó un gruñir y
enfurecerse entre los cerdos y un espanto y un griterío entre
los porqueros, que no podían contener a sus puercos. Los cerdos,
unos millares, salían de todos los rincones y se precipitaban fu-
riosamente barranca abajo, por entre matorrales y piedras: era
como un tronar mezclado de gruñidos y de los gritos de los guar-
dianes. Ésta no fué escena de unos momentos: duró un par de
horas, porque los cerdos primero corrían de un lado a otro, se
mordían y asaltaban, y eran arrojados de un barranco a otro.
Muchos se echaron en el mismo estanque de arriba, pero la
mayor parte corría precipitándose en el mar. Esto no les gustó
a los apóstoles, pues pensaron que quedaban las aguas del mar
impuras y aún los peces para su pesca. Jesús, que conoció sus
pensamientos, les dijo que no temieran: los cerdos se anegarían
todos en los remansos que formaba el agua en la misma entrada
del mar. En efecto, habia allí una extensa laguna, llena de juncos
y de plantas acuáticas, separada del mar por bancos de arena,
que sólo en altas mareas se desbordaba y de ordinario estaba
separada del mar. Se formaba alli un remanso y un remolino, al
cual iban las aguas del mar, pero no tenía salida al mismo. Allí
iban cayendo, en ese remolino, los cerdos, uno tras otro. Los
cuidadores habían en un principio corrido tras sus puercos; pero
luego, viendo inútil su trabajo, volvieron adonde estaba Jesús, y
vieron a los dos hombres libres, y comenzaron a dar voces, la-
mentando sus cerdos perdidos. Jesús les dijo que valían más
las almas de esos hombres que todos los puercos del mundo; les
dijo que fueran a decirlo a los dueños de los cerdos; que los
demonios, que la maldad y corrupción de los hombres había
traído a esta región, habían sido echados por virtud de Jesús
de los hombres, y enviados a los cerdos. A los hombres, librados
de los demonios, los mandó a sus casas a buscarse vestidos más
decentes, y con sus discípulos se dirigió a la ciudad de Gergesa.
Algunos de los porqueros ya habían corrido a la ciudad, y
de todas partes salían gentes que venían hacia Jesús. También
los sanados de Magdala, los dos jóvenes judíos, con muchos ju-
díos de la ciudad, lo esperaban. Los dos hombres libres volvie-
ron pronto de sus casas, bien vestidos, y escucharon la ense-
ñanza de Jesús. Eran hombres principales de la ciudad, paganos
emparentados con sacerdotes de los ídolos. Los hombres que
estaban ocupados con la gran tina y que vieron que los dos
hombres la volcaban, corrieron a la ciudad publicando el gran
daño sufrido, y por esto se levantó un gran tumulto y un desor-
den descomunal. Muchos hombres corrieron hacia los cerdos
para ver si podían salvar algo, y otros corrieron hacia la gran
tinaja para ver el daño. Toda esta alarma duró hasta la noche.
Jesús enseñó por espacio de media hora en una colina, fuera de
Gergesa. Los principales de la ciudad y los sacerdotes de los
dioses retuvieron al pueblo, diciéndoles que Jesús era un pode-
roso mago y hechicero que les podía hacer grandes daños. Tu-
vieron consejo entre ellos y determìnaron que fuera una delega-
ción a Jesús, la cual se acercó al Señor y le pidió que no se
detuviera allí y no les causase mayores daños; que lo reconocían
como un grande y poderoso mago; pero le rogaban que no se
quedase entre ellos. Se lamentaban del daño de los puercos y
del líquido derramado, y quedaron espantados al ver a los dos
endemoniados, vestidos y quietos, escuchando la enseñanza de
Jesús. Jesús les declaró que estuviesen sin cuidado, que no los
rnolestaría más tiempo; que había venido para estos dos pobres
infelices, y que sabía bien Él que les interesaban más los cerdos
y su infernal brebaje que la salud de sus almas; pero que no era
lo mismo para su Padre que está en los cielos, que le había
enviado para salvar a esos dos hombres y para perder esos in-
mundos animales. Les reprochó su pésima vida, su mal obrar,
sus hechicerías y brujerías, sus usuras y su demonología; los
exhortó a la penitencia y al bautismo, ofreciéndoles la salud.
Ellos continuaban teniendo en sus cabezas los cerdos y el bre-
baje, y volvieron a insistir, aunque temerosos, de que no se
quedase en medio de ellos; y regresaron a la ciudad.

XXV
Jesús en la sinagoga de Gergesa
Judas Iscariote era muy conocido en la ciudad porque había
tenido que negociar y tratar con ellos, y ahora se mostraba muy
activo. Su madre había vivido con él aquí, cuando era muy niño
aún, después que salió de la familia que lo educaba ocultamente.
Los dos endemoniados eran conocidos suyos desde la infancia.
Los judíos del lugar estaban muy contentos, aunque ocultamente,
con la pérdida de los cerdos, pues eran oprimidos por estos pa-
ganos y escandalizados por estos cerdos; pero había también
muchos judíos que se habían ya mezclado con las hechícerías
de los paganos y participaban de sus culpas. Fueron aquí bauti-
zados los que fueron sanados y librados ayer y hoy, y también
los dos últimos. Todos quedaron muy cambiados y convertidos.
Los dos ex endemoniados y los dos jóvenes judíos de antes
rogaron al Señor los quisiera recibir como discípulos. Jesús dijo
a los dos endemoniados cuál sería su misión: que fueran por las
diez regiones de Gerasa y se mostraran y narrasen lo que les
había sucedido, lo que habían oído y visto, y así moverían a las
gentes a la penitencia de sus pecados, a hacerse bautizar y enviar-
los adonde Él estaba. Les dijo que no se asustasen, aunque les
arrojasen piedras. Añadió que si cumplían bien con esta misión
recibirían a su tiempo el poder de predecir lo futuro; de este
modo podían saber siempre donde se encontraba Él para en-
viarle la gente que deseaba escuchar sus doctrinas. Les daría
también potestad de imponer las manos sobre los enfermos
para curarlos en su nombre. Cuando les dijo esto, los bendijo.
Estos dos hombres comenzaron al día siguiente su misión y
más tarde se agregaron a los discípulos del Señor.
Los apóstoles bautizaban aquí con agua que habían traído
en un recipiente. Las gentes se hincaban en círculo en torno de
ellos. Ellos bautizaban con agua del recipiente que uno sostenía,
y el que bautizaba derramaba tres veces agua sobre su cabeza.
Pasaban de tres en tres a la vez. Cuando por la tarde Jesús fué
a la ciudad y habló al jefe de la sinagoga, vinieron de nuevo
los principales de la ciudad y pidieron al jefe que alejara a Jesús
de la ciudad, y si no le harían pagar todos los daños recibidos si
les venían mayores perjuicios. Con esto Jesús dejó la ciudad y
pernoctó fuera, en la casa de un pastor. Jesús declaró aquí a los
discípulos por qué había mandado volcar la tina y perder los
cerdos: era para mostrarles a esos soberbios paganos que Él era
el profeta de los judíos, que ellos despreciaban y oprimían mu-
cho, y para prevenir a los judios de aquí, que habían tenido
parte en el daño de los cerdos, sobre el peligro de participar con
los paganos en sus pecados y el daño de sus almas, y finalmente
para despertar a este pueblo dormido en sus vicios y moverlos
a penitencia y a conversión. La tina la había hecho volcar porque
era ese brebaje la causa principal del embrutecimiento demo-
níaco del pueblo. Al día siguiente hubo de nuevo un gran con-
curso de pueblo junto a Jesús, pues sus milagros se habían di-
fundido en todos los alrededores. Muchos judíos, que se habían
convertido, están por dejar esta región de Gergesa. Los apóstoles
que se habían desparramado, sanando enfermos por los alrede-
dores, volvían ahora con los curados trayéndolos a Jesús. Había
entre ellos mujeres que traían alimentos en sus canastos, los
cuales entregaron a los apóstoles. En uno de estos grandes con-
cursos de gentes se acercó una mujer de Magdala que tenía flujo
de sangre. De ordinario no podía caminar; pero ahora, fortalecida
con su gran fe, hizo un esfuerzo, logró acercarse a Jesús, besó
sus vestiduras y se sintió sana de repente. Jesús continuó ense-
ñando; de pronto se detuvo, y dijo: “He sanado a alguien. ¿Quién
es esa persona?” Se acercó entonces la mujer y dió las gracias.
Había oído lo acontecido a Enué, y quiso hacer lo mismo.
Por la noche navegó Jesús, con sus discípulos y los dos jó~
venes librados de los demonios de Gergesa, por los contornos de
Magdala y desembarcó al Norte de Hippos, la cual no está junto
al mar, sino más adentro en una altura; y entró en la choza de
un pastor con los suyos. Aquí habló a los apóstoles diciendo que
pronto sería el cumpleaños de Herodes y que pensaba ir a Jeru-
salén. Ellos le aconsejaban que no lo hiciera, pues estando la
fiesta de Pascua cerca irían entonces. Jesús les habló de modo
que parecía decirles que para la fiesta no aparecería pública-
mente en Jerusalén. Los dos gergesanos rogaron de nuevo al
Señor que los admitiese como discípulos, y El les dijo que tenían
ya su misión y les señaló la región desde Kedar hasta Paneas
por donde debían andar hablando de las cosas vistas y oídas.
Les dio la bendición y les renovó la promesa diciendo que si
cumplían bien su misión recibirían el espíritu profético y po-
drían saber siempre donde se encontraba Él, anunciar castigos
a los obstinados y sanar a los enfermos en su nombre. Esto debía
ser como en los otros dos por cierto tiempo después. Así debían
los dos anteriores anunciar a Jesús en la región de los gergesa-
nos, y estos dos en la región de la Decápolis donde eran todos
paganos. Aquí despidió a los discípulos diciéndoles que navega-
sen hacia Betsaida, y Él quedó solo, a pesar de los ruegos de
ellos, y se retiró, caminando por la orilla, a un desierto, para
entregarse a la oración. Lo he visto de noche andando por las
rocas escarpadas, que parecían, por sus sombras, como figuras
humanas.
Era ya completamente de noche cuando vi a Jesús caminando
sobre las aguas del mar. Era, al parecer, frente a Tiberíades más
al Este que en el medio del mar, donde Él, a bastante distancia
de las barcas de los discípulos, parecia quererlos preceder. Ha-
bía un viento contrario muy fuerte y los apóstoles estaban
remando con fatiga. Ellos vieron su forma caminando y se asus-
taron grandemente. No sabían que fuera Él o su sombra sólo, y
clamaron altamente por el temor. Jesús les dijo: “No temáis;
Yo soy”. Entonces Pedro exclamó: “Señor, si eres Tú, mándame
acercarme a Ti sobre las aguas”. Jesús dijo: “Ven”. Pedro, en
su entusiasmo, bajó por la escalerita y caminó un trecho sobre
la superficie de las aguas. Me parecía como que se cernía sobre
ellas, pues las olas embravecidas no le impedían andar. Pero
cuando comenzó a reflexionar, y a maravillarse, y a pensar más
en las olas, en el viento y en el agua movediza, que en la palabra
de Jesús, sintió miedo, comenzó a hundirse, y gritó: “¡Señor, sál-
vame!” Se hundió hasta el pecho y extendió la mano. Ya Jesús
estaba junto a él, le tomó su mano y dijo: “Hombre de poca fe
¿por qué dudaste?” Como estaban junto a la barca Jesús subió
a ella, y reprochó su miedo a Pedro y a los demás apóstoles;
el viento se sosegó, y navegaron hacia Betsaida. Cuando subie-
ron a la barca sacaron una escalera que estaba metida dentro.