Desde la conversión definitiva de la Magdalena hasta la degollación de San Juan Bautista – Sección 2

VI
Jesús responde a los mensajeros del Bautista
Cuando Jesús llegó al otro extremo del círculo de enfermos,
se adelantaron los enviados de Juan, que habían estado todo el
tiempo considerando, admirados, los prodigios obrados por Jesús.
Ahora le salen al camino y le dicen: “Juan el Bautista nos ha
enviado a Ti y te hace una pregunta ¿Eres Tú el que ha de
venir o debemos esperar a otro?” Jesús les contestó: “Id y
anunciad a Juan lo que habéis visto y oido. Los ciegos ven, los
sordos oyen, los tullidos recobran el movimiento, los leprosos
son limpiados y los muertos resucitan; las viudas son consoladas
y los pobres son enseñados y evangelizados. Lo que está torcido
se endereza, y bienaventurado quien no se escandaliza de Mí”.
Con esto los dejó y ellos partieron de alli en seguida. Jesús no
podía hablar de Sí mismo más claramente: no le hubieran
creído ni entendido. Sus mismos discípulos eran gente buena,
sencilla, piadosa y de nobles sentimientos; pero no estaban pre-
parados para estas verdades. Algunos de ellos eran sus parientes
y hubiéranse escandalizado o se hubieran desviado en extraños
pensamientos. El pueblo no estaba maduro para oír estas verda-
des y Jesús estaba rodeado de espías; aún entre los discípulos
de Juan tenían los fariseos y herodianos algunos adeptos.
Cuando los mensajeros de Juan se alejaron comenzó Jesús
a enseñar en ese lugar. Los enfermos sanados, muchas otras
gentes, los escribas de la ciudad, sus discípulos y aún los cinco
publicanos que viven aquí, escucharon su enseñanza. Continuó
enseñando bajo la luz de las antorchas y algunos enfermos fue-
ron sanados. La contestación a los mensajeros de Juan le sirvió
de tema, y habló de la manera de usar los beneficios de Dios, y
exhortó a la penitencia y a la conversión; y como sabía que
algunos fariseos presentes tomarían ocasión de la contestación
a los mensajes de Juan para decir al pueblo que Jesús no se
interesaba por Juan, para aumentar su propia fama, y así lo
dejaba perecer en la cárcel para aparecer sólo Él, por eso explicó
Jesús su respuesta a los mensajeros sobre la pregunta de quién
era Él y exhortó a la penitencia. Dijo: “Habéis oído al mismo
Juan predicar la penitencia y lo que ha dicho de Mí. ¿Por qué
dudáis entonces? ¿Qué buscáis entonces en Juan? ¿Qué habéis
ido a ver en Juan? ¿Una caña que se mueve a todo viento? ¿O
habéis ido a ver a un hombre vestido con elegancia? Los que se
visten así y viven en delicadezas están en los palacios de los
reyes. ¿Qué habéis ido a ver y qué buscabais cuando fuisteis a
verlo?. . . ¿Quizás a un profeta? Sí, os lo digo: más que profeta
habéis visto. Este es de quien está escrito: He aquí que envio
mi mensajero que prepare el camino delante de Ti. Os lo digo
de verdad: entre los nacidos de mujer no hay nadie más grande
que Juan, y, sin embargo, el menor en el reino de Dios es mayor
que él. Desde el tiempo de Juan el reino de los cielos padece
violencia y los violentos lo arrebatan. Todos los profetas y la
ley hasta Juan han profetizado esto, y si lo queréis creer, él es
Elías, que debe venir. Quién tiene oídos para oír, oiga”.
Todos los oyentes estaban conformes con las palabras de
Jesús, conmovidos, y querían bautizarse. Sólo los fariseos y
escribas estaban irritados y escandalizados porque habían con-
versado con los publicamos presentes. Por eso habló Jesús tam-
bién de lo que se decía de Juan y de lo que se murmuraba de
Él mismo, porque trataba y conversaba con los publicanos y
pecadores. Después fué Jesús a casa de uno de estos publicanos
para enseñar.
Allí estaban presentes los otros cuatro publicanos. Eran
gentes que se habían decidido a convertirse. Esta casa quedaba
cerca del lugar donde había sanado a los enfermos. Otra casa
de publicano estaba a la entrada de la ciudad y las otras más
afuera. Dabeseth, donde estaba la casa de Bartolomé, podía
verse en la primera parte del camino de Naím hacia aquí; más
cerca, no se podía ver, porque la ocultaba la montaña de Me-
giddo. Estaba situada a una hora y media, hacia el Oeste, de-
lante del valle Zabulón, junto al arroyo Kisón.

VII
Jesús abandona Megiddo. Curación de un leproso
Jesús se dirigió, desde Megiddo, a Cafarnaúm, cuando ha-
bía comenzado la fiesta del Novilunio. Lo acompañaban unos
veinticuatro discípulos, los cuatro discípulos sospechosos de Juan
y algunos publicanos de Megiddo que debían bautizarse en Ca-
farnaúm. Caminaban despacio y descansaban en lugares ame-
nos, porque Jesús enseñaba durante el camino que sale de Me-
giddo al Noreste, sobre las alturas y los valles de Nazaret, y que
lleva a la parte Noreste del Tabor. Su enseñanza se refería al
llamado completo y a la misión de los apóstoles que en breve
iba a tener lugar. Los exhortaba a dejar todas las cosas terrenas
y las preocupaciones de la vida, Hablaba muy conmovido, tier-
namente. De pronto, cortando una flor del camino, dijo: “Mírad,
esta flor no se preocupa, y ved sus colores y su fina contextura.
¿Estuvo acaso el sabio Salomón vestido con la magnificencia de
esta flor?” Esta comparación la usó Jesús repetidas veces. De
nuevo habló del apostolado, de tal manera que cada uno podía
ver su propia figura en las cosas que decía. Hablando de su reino,
les previno que no buscasen empleo dentro del mismo y que
no se lo imaginasen tan temporal. Esto dijo porque los cuatro
herodianos estaban allí para espiar lo que dijese sobre el reino.
Exhortó a los apóstoles diciéndoles de quiénes debían guardarse
y los describió tan bien que todos podían reconocer a los cuatro
enviados herodianos. Les dijo se guardasen de ciertas gentes
que venían con piel de ovejas y con anchas fajas. “Guardaos
de los profanos que vienen con piel de ovejas y con anchas
fajas”. De este modo describió a esos discípulos que venían pre-
cisamente con una especie de estola de piel y con fajas. “Los
conoceréis porque no se atreven a mirar a uno en la cara. Si
vuestro corazón, les dijo, está con contento y con celo, y lo
comunicáis a éstos, el corazón de ellos está inquieto y esquivo,
y en esto los conoceréis, porque buscan de esquivarse como un
animal”. Nombró un insecto que, encerrado, busca luego un
agujero para salir.
De pronto apartó una rama de espino de una planta y dijo:
“Mirad si encontráis fruto en esta planta”. Algunos discípulos
miraron sencillamente y Jesús continuó; “¿Se buscan, acaso,
higos en los espinos 0 uvas en los cardos espinosos?” Hacia la
noche llegaron a un caserío de unas veinte viviendas con una
escuela en la parte Noroeste de las faldas del monte Tabor.
El lugar está como a una y media o dos horas hacia el Oriente
de Nazaret y a una media hora de la ciudad de Tabor. Las gen-
tes eran buenas y conocían a Jesús desde años, cuando Jesús
con sus amigos andaba por estos contornos. La mayor parte
eran pastores y ahora estaban ocupados en juntar algodón.
Cuando vieron a Jesús lo llevaron a sus casas, para acudir luego
a recibir a Jesús. He visto que traían sus gorras rústicas en las
manos, mientras en la escuela tenían puesta la gorra de piel.
Recibieron a Jesús junto al pozo, le lavaron los pies, como tam-
bién a los discípulos, y les ofrecieron un refresco. No había allí
sinagoga pero si una escuela y un maestro. Jesús fué a la escue-
la y enseñó en parábolas.
Este lugar era la patria de un hombre principal que vivía
con su mujer en una casa grande, apartada de las demás. Este
hombre había pecado y a consecuencia de ello contrajo la lepra;
se separó de su mujer, que vivía arriba en la casa y él en un
departamento separado. No había declarado su enfermedad para
no sufrir la pesada obligación de vivir aislado; pero se le cono-
cía por los dedos, y así la gente no pasaba por la calle que llevaba
a su casa, aunque era un camino principal. La gente habló del
caso a los apóstoles. El hombre leproso hacía tiempo que se
había arrepentido y deseaba la visita de Jesús. Ahora llamó a
un niño de ocho años, que era su esclavo y le traía la comida y
le servía, y le dijo: “Vete a ver a Jesús de Nazaret, y cuando
Él se aparte un poco de los discípulos, acércate a Él y le dices
hincado de rodillas: Rabi, mi señor está enfermo y sabe que
Tú lo puedes ayudar; si quieres, toma el camino que lleva a
nuestra casa, que la gente no quiere andar. El te pide humil-
demente quieras ir por ese camino, porque él está convencido
que si Tú te acercas él quedará sano de su mal”. El niño llegó
hasta Jesús y trasmitió su mensaje muy bien. Jesús le respondió:
“Di a tu señor que mañana iré a verlo”. Diciendo así le tomó de
una mano mientras le ponía la otra sobre la cabeza en señal
de aprobación. Esto sucedió mientras Jesús salía de la escuela
e iba al albergue. Jesús, que sabía la llegada del niño, quedó
de propósito algo retardado detrás de los apóstoles. El niño
llevaba un vestido amarillo. La posesión de Ana está como a
una hora de distancia entre el valle de Nazaret y el de Zabulón.
Hay un barranco lleno de árboles, que desde esta posesión lleva
a Nazaret. De este modo Ana podía ir a casa de María sin pasar
por la ciudad.
A la mañana siguiente, al despuntar el día, se dirigió Jesús
con los suyos a casa del leproso. Los discípulos le dijeron que
por allí no debía ir. Jesús tomó ese camino y les mandó que le
siguiesen. Ellos estaban temerosos pensando que después se ha-
blaría del caso en Cafarnaúm. Los discípulos de Juan no le
siguieron. El niño entretanto había visto que Jesús venía y lo
anunció a su patrón. Éste llegó a cierta parte del camino y cla-
mó: “Señor, no te acerques a mi; si Tú quieres que yo sane, lo
puedes hacer”. Los discípulos se detuvieron, y Jesús dijo: “Lo
quiero”. Fue allá donde estaba el hombre, lo tocó y fue sano, y
habló con él. El hombre se echó a sus pies y la lepra salió de él.
El hombre declaró su situación, y Jesús le dijo que volviera
con su mujer y que poco a poco se juntara de nuevo con la
gente. Le reprendió por sus pecados, le impuso el bautismo de
penitencia y cierta limosna. Después volvió a los discípulos y
les dijo que si eran simples de corazón y creyentes no debían
tener reparo en tocar a los leprosos, si ellos estaban arrepentidos.
Cuando el sanado se hubo lavado y purificado y vuelto a su
mujer, y le contó el milagro de Jesús, no faltó algún mal inten-
cionado que fué a contar el caso a los fariseos de la ciudad de
Tabor, los cuales asaltaron al hombre con una comisión exami-
nadora, que lo observó minuciosamente, y lo acusaron de fingir
enfermedades que no había tenido, o dudando de si estaba ya
curado en realidad. Y por envidia y rencor contra Jesús hicie-
ron un gran espectáculo de aquello que antes habían dejado
pasar, aunque lo sabían. Jesús entretanto caminó durante todo
el día bastante apresurado: sólo descansaba de vez en cuando
para tomar algún alimento. Durante el viaje les hablaba en
parábolas del desapego de los bienes de la tierra y del reino de
Dios. Les dijo que no le era posible aclararles todas las cosas;
que llegaría un tiempo en que todo lo entenderían. Les habló de
no angustiarse por la comida y el vestido; que habría más ham-
brientos que comida, y que ellos preguntarían: “¿De dónde, Se-
ñor, sacar para dar de comer a tantos?” Y con todo, habría
sobrante. Les dijo que se fabricasen casas sólidas, entendiendo
que en su reino procurasen estas casas y estos puestos con la
abnegación y el sacrificio en la tierra. Ellos lo entendieron en
sentido material. Judas Iscariote estaba más contento con esto
que los demás y dijo delante de todos que él empezaría su tra-
bajo haciendo su parte. Jesús se detuvo y dijo: “No estamos aún
al término; no será siempre así, que vosotros seáis bien recibidos
y alimentados y tengáis lo necesario: vendrá un tiempo en que
os perseguirán y os arrojarán, de modo que no tengáis ni casa ni
pan, ni vestidos ni calzado”. Añadió que se preparasen para de-
jarlo todo, pensándolo bien, pues tenía Jesús grandes cosas que
emprender con ellos. Habló de dos reinos que se enfrentan, y
que nadie puede servir a dos dueños; quien quiere servir en su
reino debe dejar el otro.
Hablando de los fariseos y de los semejantes a ellos refirióse
a las máscaras y larvas que llevan, que siempre enseñan formas
muertas y pretenden que se observen, y dejan la sustancia de
la ley, que es el amor, la reconciliación y la misericordia. Les
dijo que deben ser lo contrario: la envoltura no es nada, cosa
muerta, sin el grano interno; deben mirar lo interior y luego la
ley, y que el grano debe desarrollarse con la cáscara. Les habló
de la oración que debía hacerse en el retiro y no con tanto apa-
rato exterior. Otras muchas cosas les dijo en esta ocasión. Volvía
siempre a repetir cosas que decía al pueblo, para que ellos las
entendieran mejor y pudiesen comunicarlas a los demás. Muchas
veces eran las mismas cosas, pero con otras palabras y en otra
forma. Entre los oyentes preguntaban más frecuentemente San-
tiago el Mayor y Judas Barsabas, y algunas veces Pedro, Judas
Iscariote lo hacía siempre con cierta jactancia. Andrés parece
estar ya más acostumbrado a todo. A Tomás lo veo pensativo,
echando cuentas consigo mismo. Juan toma todo con sencillez
infantil y sin preocupación. Los discípulos más instruídos callan,
a veces por cierta modestia, y otras para no dar a entender que,
a pesar de su instrucción, no lo han entendido. De este modo,
caminando por esos valles, llegaron antes de empezar el Sábado
a un valle al Este de Magdalum, donde se encontraron con el
grupo de gentes del pagano Cyrino de Dabrath y el centurión
Achías de Gischala, que se dirigían al bautismo hacia Cafarnaúm.
En las cercanías de Cafarnaúm enseñó Jesús cómo debían com-
portarse a la misión y a la obediencia y cómo debían conducirse
en los caminos cuando los enviare a predicar a los pueblos. Les
dio algunas reglas que debían observar con cierta clase de gen-
tes. Esto lo dijo antes de que se despidìesen los cuatro discípulos
herodianos. Les dijo: “Cuando se acerquen a vosotros hombres
profanos, los conoceréis por preguntas mansas, al parecer, y
espiadoras, que no se quieren apartar, sino que por mitad están
conformes y por mitad contradicen, y hablan de cosas de que
tienen lleno el corazón”. De éstos deben apartarse de cualquier
modo, pues son ahora demasiado blandos y débiles para contes-
tar a tantas objeciones, y podrían caer en los lazos que les tien-
den tales personas. Jesús no despide a estos espías, porque los
conoce bien y es necesario que escuchen sus enseñanzas.

VIII
En la sinagoga de Cafarnaúm. Curación de dos leprosos
Jesús cruzó de nuevo a través de la posesión del capitán
Zerobabel. Ya había comenzado el Sábado, y se apuraron. En los
jardines de Zerobabel se habían establecido, por caridad del mis-
mo, dos jóvenes escribas que por sus vicios habían contraído la
enfermedad de la lepra: eran de unos veinticinco años. Habían
decaído completamente y vivían en el mayor desprecio, por
causa de su mal. Estaban envueltos en mantos colorados y lle-
nos de asquerosas llagas. Habían estado antes en Magdala con
Magdalena; luego se habían dirigido a otros lugares hasta que
cayeron en la mayor miseria. Cuando Jesús estuvo la última vez
aquí se avergonzaron de comparecer delante de Jesús; pero aho-
ra, convencidos del poder de Jesús y de su misericordia y bon-
dad, se hicieron llevar hasta el camino y clamaron pidiendo
ayuda. Jesús pasó de largo, pero dijo a dos de los criados de
Zerobabel, que los cuidaban, que los llevasen hasta la sinagoga
de Cafarnaúm, y cuando el pueblo estuviese reunido dentro, los
pusieran afuera, en una altura, para que pudiesen oír la ense-
ñanza: que allí se arrepintiesen y orasen hasta que los llamara
Él mismo. De inmediato fueron los mensajeros, y tomando a los
dos infelices, los llevaron con gran trabajo hasta la altura de
la muralla, desde donde oirían a Jesús, puestos al aire libre en
donde pudieran orar y arrepentirse.
Jesús llegó con sus discípulos a la sinagoga, después que se
hubieron lavado los pies y sacudido la ropa. Cuando se acercó al
púlpito donde uno estaba leyendo, éste dejó el lugar y entregó
el libro a Jesús, quien tomando los rollos comenzó a predicar
sobre Jacob perseguido por Labán, la lucha de Jacob con el ángel,
la reconciliación con Esaú, la seducción de Dina, y, por fin, sobre
el profeta Oseas. Cuando Jesús leyó los rollos, sin haberlos rehu-
sado, sonreían irónicamente los fariseos, como si hubiese sido
poco modesto y cortés no rehusándolos. Estaban muy contraria-
dos por la aparición de Jesús. La resurrección del niño de Naím
ya era conocida allí y también las milagrosas curaciones de Me-
giddo. Pensaban qué haría ahora entre ellos. En la sinagoga
estaban la mayor parte de los parientes de Jesús.
Cuando el pueblo se alejaba de la sinagoga y detrás de ellos
Jesús, los discípulos y los fariseos, pensaron estos últimos en
disputar con Él en el pórtico; pero no alcanzaron a hacerlo, por-
que Jesús se dirigió hacia la galería donde estaban los dos hom-
bres impuros, a quienes les mandó presentarse. Éstos estaban
tan atemorizados por la presencia de los fariseos, que no se
atrevieron a hacerlo en seguida. Jesús les mandó, en nombre de
no sé quién, que se presentasen, y entonces, ante la maravilla
de todos, pudieron ellos mismos por su propio esfuerzo bajar de
su altura. El pórtico estaba iluminado con antorchas. ¡Cuál fué
la rabia de los fariseos cuando reconocieron en sus mantos colo-
rados a los dos infelices leprosos! Éstos cayeron de rodillas de-
lante de Jesús. Jesús puso sus manos sobre ellos, sopló en sus
caras y les dijo: “Vuestros pecados os son perdonados”. Los
exhortó después a la continencia y a hacerse bautizar. Les mandó
dejasen su oficio de maestros, puesto que les queria enseñar
la verdad y el camino a ella. Se levantaron, mejoraron de rostro,
las llagas se cerraron y cayeron como escamas. Dieron gracias,
entre lágrimas, y se alejaron con los criados de Zerobabel. Mu-
cha gente de buena intención se acercó a ellos y alababa a Dios
por su curación y conversión.
Los faríseos parecían energúmenos y gritaban: “¿En día
Sábado curas Tú?… ¿Y perdonas los pecados?… ¿Cómo pue-
des Tú perdonar los pecados?… Él tiene el diablo que le ayuda:
es un endemoniado furioso; se le conoce por el modo como corre
por todas partes. Apenas termina su espectáculo aquí, se va a
Naím, donde resucita muertos, luego en Megiddo, y de nuevo
aquí. Esto no puede hacerlo un hombre de sano juicio. Tiene un
mal espíritu muy poderoso que le ayuda”. Y añadían: “Cuando
Herodes termine con Juan, entonces le tocará el turno a Éste,
si es que no huye antes de aquí”.
Jesús pasó entre ellos, imperturbable. Las mujeres parientes
lloraban y se lamentaban al oír estas amenazas contra Jesús.
Lo esperaban angustiadas a la salida de la sinagoga. Jesús salió
de la ciudad tomando el Noreste, sobre una altura del valle cir-
cundante, donde estaba la casa de María. Hay allí matorrales y
cavernas, donde se detuvo a orar. Más tarde llegó a la casa de
su Madre, donde encontró a las mujeres reunidas, a quienes con-
soló; salió y pasó toda la noche afuera, entregado a la oración.
A la mañana siguiente se dirigió a un huerto de Pedro, cercado
y cercano a la casa del apóstol, donde estaba ya preparado todo
para el bautismo. Había fuentes redondas fabricadas de modo
que se les hacía entrar agua del cercano arroyo. Una techumbre
de hojas contenía divisiones para que los bautizados se pudiesen
cambiar de ropa, y para Jesús habían preparado un lugar más
elevado como cátedra de enseñanza. Los discípulos estaban todos
allí. Había unos cincuenta bautizandos, varios parientes de la Sa-
grada Familia, un hombre anciano con tres hijos de Séforis, el
niño que Jesús curó en Séforis y aquella anciana que habia
estado con Jesús en Abez. Estaban, además, Cyrino de Chipre,
el centurión romano Achías y su hijito Jefté de Gischala sanado,
el centurión Cornelio y su criado de color amarillo curado con
otros de su casa, varios paganos de la alta Galilea, un criado
mestizo de Zerobabel, los cinco publicanos de Megiddo, un niño
José sobrino de Bartolomé con otros niños más, otros sanados
aquí y endemoniados librados y finalmente los dos escribas que
fueron curados ayer de su lepra. Estos ya no tenían señales de
su enfermedad, pero estaban aún flacos y macilentos. Todos los
bautizandos llevaban un vestido de penitencia de color oscuro
y un pañuelo cuadrado sobre la cabeza.
Jesús enseñó algún tiempo, preparando a los catecúmenos.
Después éstos pasaron a la choza de ramas, donde se pusieron
el vestido para el bautismo. Era un vestido largo y blanco. Lle-
vaban la cabeza descubierta y aquel pañuelo sobre los hom-
bros y bajaban a la fuente con las manos cruzadas sobre el
pecho. Andrés y Saturnino bautizaban; Tomás, Bartolomé, Juan
y otros ponían las manos sobre los bautizandos haciendo de pa-
drinos. Éstos tenían los hombros descubiertos y se inclinaban a
la fuente. Un discípulo traía el agua bendecida por Jesús en un
recipiente y el bautizador derramaba con la mano tres veces el
agua sobre la cabeza de los bautizandos. Tomás fue padrino del
niño Jefté de Achias. Se bautizaban varios al mismo tiempo y
a pesar de ello la función duró hasta las dos de la tarde.

IX
Resurrección de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga
Cuando más tarde Jesús sanaba a algunos enfermos en la
plazuela delante de la sinagoga, vino Jairo, el jefe, se echó a
los pies de Jesús y le pidió fuese a ver a su hija enferma, en
los últimos momentos de su vida. Jesús se disponía a seguir a
Jairo cuando llegaron mensajeros de la casa, diciendo: “Tu hija
ha muerto; no molestes ya al Maestro”. Jesús dijo a Jairo: “No
temas; créeme, y serás ayudado”. Fueron por la parte Norte de
la ciudad, donde vivía Cornelio el centurión, puesto que la casa
de Jairo estaba casi pegada a ella. Cuando llegaron cerca, se
veían muchos hombres con traje de luto y mujeres llorosas de-
lante de la puerta y en el patio. Jesús tomó consigo sólo a Pedro,
a Santiago el Mayor y a Juan. En la puerta dijo a las lloronas:
“¿Por qué gemís y lloráis así? Salid de aquí; la niña no está
muerta: sólo duerme”. Estas gentes comenzaron a burlarse de
Jesús porque sabían que estaba muerta. Jesús insistió que se
alejasen, fueron sacadas de allí y se cerró la puerta. Entró en la
pieza donde estaba la madre y la criada con preparativos fúne-
bres, y fue después con el padre, la madre y los tres discípulos al
cuarto de la difunta. Jesús se adelantó a la muerta, los padres
quedaron detrás y los discípulos a los pies del lecho, a derecha
e izquierda.
No me agradaba la madre; no tenía fe; se mostraba fría. El
padre no era de los más entusiasmados por Jesús y quería estar
bien con los fariseos; sólo la angustia y la extrema necesidad lo
habían llevado a implorar la ayuda de Jesús. Si la sanaba, la
tendría de nuevo; si no lo conseguía, quedaba bien con los fari-
seos y hubiera sido un triunfo para ellos. Al fin, la curación del
criado de Cornelio le había dado algo más de esperanza y de fe.
La niña no era grande y estaba muy demacrada. Podía darle
once años y aun siendo de las menores de esta edad, pues en-
cuentro niñas judías de doce años bien desarrolladas. Estaba
tendida envuelta en un vestido largo. Jesús la levantó fácilmen-
te contra su pecho para soplarle en el rostro. Vi entonces una
cosa admirable. Junto al cadáver había una forma luminosa, en
un círculo brillante, la cual, no bien Jesús sopló sobre ella, entró
por su boca como una figura humana luminosa. Jesús depositó
de nuevo el cadáver sobre su lecho y tomándole de la mano le
dijo: “Niña, levántate”. Ella se levantó y se sentó en el lecho.
Mientras Jesús la tenía de las manos, abrió los ojos, y asida de
la mano de Jesús se puso de pie fuera del lecho. Jesús la llevó
sobre los pies vacilantes a los brazos de sus padres, los cuales
habían contemplado todo el proceso con cierta frialdad y ansia,
luego con intenso temblor y esperanza y por fin con indecible
alegría. Jesús les mandó que dieran de comer a la niña y evita-
ran todo estrépito inútil por este hecho. Después de recibir el
agradecimiento del padre salió y se dirigió a la ciudad.
La mujer estaba avergonzada y confundida, y no agradeció
mucho. Pronto corrió la voz entre las lloronas y gentes de luto
que la niña vivía. Se apartaban del camino, algunos se aver-
gonzaban, otros se burlaban aún y entraron en la casa donde
vieron a la niña comiendo. Jesús habló en el camino con los
discípulos de esta resurrección: que esa gente no tenía verda-
dera fe ni recta intención; que, no obstante, la niña fué resu-
citada por causa y bien de ella y para gloria de Dios y del reino
de Dios; que esa fué una muerte inocente, y que se guardara
de la muerte del alma.
Se dirigió al lugar donde estaban los enfermos que le espe-
raban, de los cuales sanó a muchos; luego enseñó en la sinagoga
hasta la conclusión del Sábado. Los fariseos estaban tan irrita-
dos que hubiesen echado mano contra Él si hubiese habido oca-
sión. Decían que hacía las maravillas por obra de Satanás y por
magia. Jesús dejó la ciudad por los jardines de Zerobabel y los
discípulos se dispersaron por diversos lugares. Jesús pasó parte
de la noche en oración. Por esta oración Él obtiene las conver-
siones de los pecadores y que los fariseos no consigan poner sus
manos en Él antes de tiempo. Jesús obraba así como obraría un
hombre para enseñarnos como debíamos hacer nosotros, y roga-
ba a su Padre celestial que se cumpliera su voluntad, y pudiera
Él cumplir su misión. Según nuestro modo de ver era de presu-
mir que los fariseos lo iban a despedazar, según la rabia que le
tenían. Él se sustrae a su ira y al día siguiente aparece de nuevo
en el Sábado para enseñar y sanar a otros enfermos. ¿Por qué
no echan a los enfermos de alli? ¿Por qué no le impiden enseñar
en la sinagoga? Tenían este derecho desde antiguo los profetas
de enseñar y de ayudar a los enfermos y afligidos. Los fariseos
sólo solían acusarlo de blasfemia y de torcidas enseñanzas, que,
por otra parte, no podían probar. En cuanto al bautismo que
recomendaba Jesús, no lo aceptaban ni se cuidaban de él. No
había camino que del valle llevase a Betsaida; se iba por las
alturas y era frecuentado sólo por los pescadores y los cam-
pesinos.