Desde la segunda fiesta de los Tabernáculos hasta la primera conversión de la Magdalena – Sección 6

XXXI
Curación del hijo de un capitán pagano
No es para describirse la fertilidad de este lugar. Tiene
ahora la segunda cosecha de uvas, frutas, hierbas aromáticas y
algodón. Crece aquí un junco o caña, con hojas grandes abajo y
más pequeñas arriba, de la cual destila gota a gota un líquido
como azúcar. Los árboles de los cuales nacen frutos que llaman
manzanas de los patriarcas, porque ellos lo han traído de países
cálidos de Oriente, crecen aquí muy bien. Los troncos los suelen
juntar a las paredes para que protejan y cubran las mismas
como enredaderas, aun cuando el árbol se forma bastante grueso.
Hay mucho algodón, campos enteros de hierbas aromáticas y
esa planta de la cual se hace el óleo de nardo. Veo higueras,
olivares, viñedos y multitud de melones cubren vastas exten-
siones de campo. En los caminos hay palmeras, datileros. Gran-
des cantidades de animales pastorean en las hermosas praderas.
Veo también grandes árboles con gruesas nueces, cuya madera
es resistente y fuerte. Cuando Jesús caminaba por los campos
y praderas, donde había personas, se fueron reuniendo otras en
torno de Jesús, que les enseñaba con parábolas tomadas de las
faenas camperas. Los niños de los paganos se mezclaban bastan-
te con los judíos en los campos de cosecha, aunque estaban ves-
tidos algo diferentes.
En la casa natal de Pablo vive ahora el jefe de la guarnición
militar romana. Se llama Achías y tiene un hijo enfermo de
siete años, a quien puso el nombre del héroe Jefté. Achías era
un hombre bueno, que deseaba ser ayudado por Jesús, pero nin-
guno quería encargarse de presentarlo a Jesús.
Los discípulos estaban, parte con Jesús, y parte desparra-
mados entre los cosechadores, a los cuales contaban cosas de
Jesús y les repetían sus enseñanzas. Otros habían ido a Cafar-
naúm, como mensajeros, y a otras regiones. Los habitantes no
amaban a este jefe, porque vivía muy cerca de ellos y hubieran
deseado que estuviera más lejos. No eran muy complacientes,
ni aún con Jesús se mostraron amables. Hacian su trabajo, oían
su enseñanza, pero no demostraban particular interés en ella.
El jefe se dicidió entonces él mismo de acercarse a Jesús, aún
cuando fuera de lejos. Cuando Jesús acertó a acercarse a él, el
hombre se inclinó y dijo: “Maestro, no desprecies a tu siervo.
Compadécete de mi pobre hijito que está aquí en casa enfermo”.
Jesús le dijo: “Es conveniente dar primero el pan a los hijos
de la casa, antes que partírselo a los extraños”. Achías replicó:
“Señor, yo creo que Tú eres el enviado de Dios y el cumpli-
miento de la promesa. Yo creo que Tú puedes ayudarme, y
sabes hacerlo, puesto que Tú has dicho que los que creen esto
no son extraños sino hijos. Compadécete, Señor, de mi hijito”.
Jesús entonces respondió: “Tu fe te ha salvado”. Diciendo esto
se encaminó a la casa de Pablo, donde vivía Achías. Era una
casa mejor puesta que las comunes de los judíos aunque con
las mismas dependencias. Delante había un vestíbulo, luego
una sala grande y a muchos lados piezas para dormir separadas
por divisiones; después se llegaba al hogar. En medio de la casa
y en derredor había salas grandes con bancos de piedra, contra
la pared con tapetes y alfombras. Las ventanas eran altas.
Achías llevó a Jesús al centro de la casa y los criados tra-
jeron al niño en su camilla, delante de Jesús. La mujer de Achías,
cubierta con el velo, estaba a cierta distancia, llena de ansiedad
y temor reverencial. Achías estaba alegre y llamó a todos los
de su casa, que estaban a cierta distancia, curiosos por ver lo que
sucedería. El niño era una hermosa criatura de unos seis años,
vestido de camisón de lana y tenía al cuello una piel que se
cruzaba delante del pecho. Estaba mudo y baldado, aunque
miraba con ojos inteligentes y lleno de bondad a Jesús. Jesús
habló a los padres del llamamiento de los paganos, de la proxi-
midad del reino, de la penitencia, de la entrada en la casa del
Padre por medio del bautismo. Luego oró, tomó al niño en sus
brazos, lo estrechó contra su pecho, se inclinó hacia él, tocó con
sus dedos la lengua; luego lo puso en tierra y lo llevó a su
padre quien, junto con la madre, temblando de emoción, le sa-
lió al encuentro, abrazándolo con abundantes lágrimas de con-
tento y gratitud. El niño abrió los brazos para abrazar a sus
padres y dijo: “¡Ah, padre! ¡Ah, madre! . . . Ya puedo caminar. Ya
puedo hablar de nuevo”. Jesús les dijo: “Tomad al niño. Vos-
otros no sabéis qué tesoro se os ha dado. Hoy os es dado y más
tarde se os será pedido”.
Los parientes trajeron de nuevo al niño ante Jesús y se
echaron a sus pies, dando gracias con lágrimas en los ojos. Je-
sús bendijo al niño y habló amablemente con él. El jefe pidió
a Jesús entrase con él a una pieza y se dignase tomar algún
refresco, cosa que hizo con sus discípulos. De pie comieron pa-
nes, miel, frutas y bebieron. Jesús habló con Achías y le dijo
se fuese a Cafarnaúm para recibir el bautismo; que allí se podía
poner en relación con Zerobabel; cosa que hizo más tarde con
todos los suyos. El niño Jefté fué más tarde un celoso discípulo
del apóstol Tomás. Estos soldados fueron más tarde los que
guardaron el orden durante la crucifixión de Jesucristo. En
aquella ocasión se los empleó como policía para mantener el
orden. Jesús salió de la casa de Achías y habló a los discípulos
acerca del niño, diciendo que llevaría mucho fruto y que de
esta misma casa había salido uno (Saulo) que un día haría
grandes cosas para el reino de Dios.

XXXII
Primera conversión de Magdalena
Desde Gischala no fué Jesús a la vecina Betulia, sino que
dejando esta ciudad a la izquierda, entró en el valle y las pra-
deras en dirección de la ciudad Gabara, al Oeste de la montaña
del mismo nombre, mientras que por la parte Sudeste se escon-
de la pequeña población de Jotapata, que es un nido de hero-
dianos. Jotapata dista una hora de Gabara, si se camina en
torno de la montaña. Esta montaña, a la cual llevan unos pel-
daños cavados en la roca, se levanta como un muro detrás de
Gabara. Los habitantes trabajan la lana que es como seda: fa-
brican mantas, colchas, y una especie de colchón que, exten-
dido por los extremos, sirve de cama. Veo que conservan pes-
cados en sal, que luego envían a lugares más lejanos. Desde
Gischala había mandado Jesús a algunos discípulos para anun-
ciar en los alrededores que tendría una gran predicación sobre
la montaña de Gabara. De los contornos salen grandes muche-
dumbres que se dirigen a la montaña para oír la enseñanza.
Arriba hay un lugar cercado con una cátedra que hace tiempo
no se usa. Habían llegado a Gabara los discípulos Pedro, Andrés,
Santiago, Juan, Natanael Chased y los demás discípulos, otros
discípulos del Bautista y los hijos de la hermana mayor de
María. En total veo como sesenta, entre discípulos, amigos y
parientes de Jesús. Los discípulos más íntimos fueron recibidos
por Jesús tomándoles de ambas manos y acercando su cabeza a
las mejillas. Vinieron grupos de paganos de Cydessa, a una
hora de la cercana Damna; de Adama y de la región del lago
Merom. Todos traían víveres y enfermos de todas clases. La
ciudad de Cydessa es un centro de paganos de la región de
Zabulón, dada en galardón por Alejandro Magno a un hombre
de Tiro llamado Livias. Este la reedificó y trajo a muchos de
los habitantes de Tiro que se establecieron allí. Los primeros
paganos que acudieron al bautismo de Juan fueron los de Cy-
dessa. La ciudad es hermosa y está situada en un valle muy
fértil.
Magdalena está en camino hacia Gabara, para oir a Jesús.
Marta y Ana Cleofás habían salido de Damna, donde las santas
mujeres tenían un albergue, y habían ido a casa de Magdalena
para invitarla a oír la predicación de Jesús en la montaña de
Gabara. La Verónica, Juana Chusa, Dina y la Sufanita perma-
necieron entretanto en Damna, a tres horas de Cafarnaúm y
a una hora de Magdala. Magdalena recibió bien a su hermana
y la llevó a una pieza, no lejos de la de sus adornos y afeites.
Había en Magdalena una mezcla de vergüenza verdadera y falsa.
En parte se avergonzaba de su hermana, vestida sencillamente,
tan piadosa y recogida, que andaba en medio de la gente despre-
ciable que rodeaba a Jesús, y en parte se avergonzaba de meter
a su hermana en esos cuartos, lugares de sus pecados y de sus
locos devaneos. Magdalena ya estaba algo decaída de ánimo;
sólo que no tenía aún fuerza para romper con su mala vida.
Estaba pálida y demacrada. El hombre con quien ahora vivía le
molestaba y era de carácter ordinario.
Marta la trató con cariño y con prudencia. Le dijo: “Dina y
María Sufanita, que tú conoces, dos mujeres amables y dignas
de consideración, te invitan a escuchar la enseñanza de Jesús
en la montaña. Es bastante cerca y ellas quisieran ir en tu com-
pañía. No tendrás que avergonzarte delante del pueblo: son per-
sonas distinguidas, bien vestidas y tienen modales nobles. Es un
espectáculo maravilloso: la multitud de gente que se reúne allí,
la poderosa palabra del Profeta, la curación de los enfermos,
como podrás ver, y la osadía con que reprende a los fariseos.
Verónica, María Chusa y María, la Madre de Jesús, que te quie-
ren bien, todas estamos seguras que nos darás las gracias de
haber aceptado nuestra invitación. Creo que esto te servirá de
distracción. Parece que estás aquí, como abandonada: te falta
quien comprenda y estime tu corazón y tu talento. ¡Si quisieras
estar un tiempo con nosotras, en Betania!.. . ¡Nosotras oímos
tantas cosas hermosas y tenemos tantas cosas que hacer, y tú
siempre estuviste llena de amor y de compasión por los demás!
A Damna tienes que venir, porque sólo estamos mujeres en el
albergue de allí. Tú puedes tener tu cuarto aparte y hablar con
las que te agraden y conoces”.
En estos términos habló Marta con su hermana, evitando
todo lo que pudiera herir su amor propio. Magdalena estaba
triste, hizo leves objeciones, y al fin prometió que iría a Damna.
Magdalena comió con Marta y fué varias veces a la pieza de
Marta por la tarde. Marta y Ana Cleofás rezaron para que el
Señor hiciera fructuosa esta ida de Magdalena a la montaña de
la predicación de Jesús. Unos días antes había estado Santiago
el Mayor con Magdalena, lleno de compasión, para invitarla a
oír a Jesús en Gabara. Magdalena lo recibió en un edificio aparte.
Santiago era de simpática presencia, hablaba seria aunque ama-
blemente, causando de este modo en Magdalena agradable impre-
sión. Le dijo que la visitara todas las veces que estuviese por
los contornos. Santiago habló con Magdalena, no en forma de
reproche, sino con delicada atención, amigablemente y la invitó
a oír la palabra y predicación de Jesús: que no era posible oír
ni ver cosas más maravillosas que las de Jesús; que no se dejase
estorbar por los demás oyentes y concurriese con los vestidos
que deseaba, como era su costumbre. Magdalena había aceptado
esta invitación de Santiago. Sin embargo, se manifestó retraída
cuando Marta y Ana Cleofás vinieron a hablarle de lo mismo.
La víspera de la anunciada predicación fué Magdalena, en
compañía de Marta y de Ana Cleofás, a Damna, adonde estaban
las santas mujeres. Magdalena estaba sentada sobre un asno,
porque no acostumbraba andar a pie. Estaba vestida con ele-
gancia, pero no tanto como la segunda vez que fué. En el alber-
gue tomó una pieza aparte y habló sólo con Dina y la Sufanita,
que se turnaban en la conversación. La he visto muy amiga y
llena de confianza con estas mujeres. Las convertidas tenían,
sin embargo, un modo, como si dos amigos, de los cuales uno se
hubiese hecho sacerdote, se encuentran después de mucho tiem-
po. Este retraimiento terminó en lágrimas y en palabras de
compasión de unas a otras, y así se dirigieron al pie de la mon-
taña, a un albergue. Las otras mujeres no fueron a esta predi-
cación para no molestar a Magdalena. Habían llegado a Damna
deseando que Jesús viniese hacia ellas y no fuese a Cafarnaúm,
donde los fariseos se habian reunido de nuevo en conciliábulo.
Vivian en la misma casa. Pensaban permanecer aquí por ser
Cafarnaúm un punto medio de los viajes de Jesús. El joven
fariseo de Samaría, que estuvo aquí la última vez, no está con
ellos: otro ocupa su lugar. También en Nazaret y en otros luga-
res se habían conjurado los fariseos. Las santas mujeres, en
especial María Santísima, estaban muy preocupadas, pues los
fariseos habían hecho amenazas públicamente. Ellas habían
mandado un mensajero pidiendo a Jesús viniese a Damna des-
pués de su predicación, y no fuese a Cafarnaúm; que fuera me-
jor a derecha o a izquierda, o al otro lado del lago, a las ciudades
de los paganos, para evitar el peligro que le amenazaba. Jesús
le contestó que no tuviesen cuidado de Él, que sabía lo que tenía
que hacer para cumplir su misión y que iría a Cafarnaúm.

XXXIII
La predicación de Jesús en la montaña de Gabara
Magdalena y sus acompañantes habían llegado a tiempo a la
montaña. Había ya muchísima gente reunida. Enfermos de to-
das clases estaban colocados, según la clase de sus dolencias, en
diversos parajes, bajo tiendas o techos de paja. Los discípulos
que estaban arriba ayudaban a la gente enferma. En el lugar
de la enseñanza había un semicírculo amurallado y sobre él una
techumbre. También muchos de los oyentes habían levantado
tiendas. Magdalena habia tomado un lugar cómodo entre las
demás mujeres, a cierta distancia, en una altura. Jesús llegó con
sus discípulos hacia las diez, en la parte alta. Los fariseos y
herodianos llegaron después. Jesús fué a la cátedra y los discí-
pulos se pusieron a un lado, en torno, y los fariseos del otro lado.
Durante la enseñanza se hicieron varias pausas en las cuales se
cambiaban los oyentes: los que estaban detrás pasaban más
adelante. Jesús repitió algunas veces las enseñanzas. Durante
esas pausas los oyentes tomaban algún alimento. También Jesús
tomó una vez alimento y bebida.
La enseñanza fué una de las más enérgicas que he oído.
Antes que orase dijo que no se escandalizaran si llamaba a Dios
su Padre, puesto que el que hace la voluntad de Dios, ése es
hijo de Dios, y les probó que Él hacia la voluntad de su Padre.
Después de esto oró a su Padre, en voz alta, y comenzó la pre-
dicación más severa, al modo de los antiguos profetas. Todo
lo que había sucedido antes de la primera promesa, todos los
hechos figurativos y amenazas fueron objeto de su predicación,
y mostró cómo ahora se cumplían y en un próximo futuro.
Demostró la venida del Mesías por el cumplimiento de las pro-
fecías. Habló de Juan, su precursor y anunciador, que había pre-
parado los caminos, y cómo, sin embargo, ellos habían perma-
necido obstinados. Les reprendió todos sus vicios, su hipocresía,
su idolatría con las pasiones de la carne; reprendió a los fariseos
y saduceos con mucha severidad. Habló con mucho celo de la
próxima ira de Dios y del cercano juicio, de la destrucción de
Jerusalén y del templo y de las calamidades que iban a caer
sobre el pueblo. Habló mucho del profeta Malaquías y explicó
sus profecías; del Bautista y precursor; del Mesías, de un nuevo
sacrificio puro, consistente en comida, que yo entendí de la Misa
y Eucaristía; habló del juicio sobre los incrédulos, y de la venida
del Mesías en el último día y de los motivos de alegría y con-
suelo para los que temen a Dios. Les dijo que la gracia pasaría
de ellos a los paganos. Luego habló a los discípulos, exhortán-
dolos a la perseverancia y les dijo que quería enviarlos a todas
partes para predicar la salud. Les dijo claramente que no se
atuviesen a los fariseos ni a los saduceos ni a los herodianos, a los
cuales calificó severamente, y comparó, y describió con sus vi-
cios, y los señaló con el dedo. Esto los irrìtó más aún, pues nadie
quería ser llamado herodiano públicamente: pertenecían a esta
secta secretamente, y Jesús los señaló con el dedo a los oyentes.
Como dijera Jesús en esta predicación que si no recibían la
salud les pasaría algo peor que a las ciudades de Sodoma y Go-
morra, se adelantaron los fariseos, en una de las pausas a Jesús,
y le preguntaron si esa montaña, la ciudad y todo el país se
hundiría con ellos, o habria algo peor aún. Jesús les dijo: “En
Sodoma se hundieron todas las piedras, pero no todas las almas,
puesto que no conocieron la salud, ni habían tenido la ley ni
profetas”. Habló de su bajada al infierno (limbo), según yo lo
entendí, para librar a muchas de esas almas. Les dijo: “En cam-
bio, a vosotros todo os ha sido dado, sois el pueblo elegido que
Dios destinó a ser su pueblo, y habéis tenido el conocimiento,
todos los avisos y veis el cumplimiento de las promesas. Si ahora
despreciáis la salud y quedáis en la incredulidad, no serán las
piedras y las montañas, que obedecen a su Creador, sino vues-
tros corazones de piedra, vuestras almas, hundidas en lo más
profundo del abismo. Esto es mucho peor que lo acontecido a
los de Sodoma”.
Mientras Jesús, por una parte, exhortaba tan severamente
a la penitencia y a la conversión, amenazando con los castigos
de Dios, de pronto se enternecía, y lleno de bondad invitaba a
los pecadores a venir a Él, y hasta derramó lágrimas de compa-
sión. Oró para que su Padre moviera los corazones, para que,
a lo menos, viniera una casa, una persona, aunque estuviese car-
gada con toda clase de culpas. Si sólo salvaba un alma, quería
partir todo con ella, darlo todo por esa alma y hasta pagar con
su propia vida el precio de su salvación. Abrió de pronto sus
brazos a todos y dijo: “Venid todos a mí, los que estáis cansados
y cargados; venid a mí, pecadores; haced penitencia, creed y
partid el reino conmigo”. También hacia los fariseos extendió
sus brazos.

XXXIV
Sentimientos de la Magdalena
Magdalena estaba al principio sentada entre las mujeres,
como segura de sí misma, como una dama entre otras de menor
cuantía; pero internamente estaba avergonzada y conmovida.
Al principio curioseaba en torno de ella la muchedumbre, pero
cuando apareció Jesús entre la turba y comenzó a hablar, toda
su atención y su mirada se concentró en Él. Se conmovió pro-
fundamente cuando Jesús habló de la necesidad de la peniten-
cia, de los pecados, de las amenazas de castigo. No pudo conte-
nerse, se agitó y comenzó a llorar bajo su velo. Cuando después
Jesús se volvió bondadosamente a los pecadores y les suplicó
que fuesen a Él, muchas personas estaban conmovidas, y se
notó un movimiento entre las turbas, y se acercaron todos a Él.
También Magdalena y las mujeres, siguiendo su invitación, se
acercaron más a Él. Cuando Jesús dijo: “¡Ah, si sólo un alma
se acercara a Mí!. . .” se conmovió tanto Magdalena, que estuvo
a punto de ir hacia Él. Dió un paso adelante, pero las otras la
detuvieron para no causar molestia, y dijeron: “Después, des.-
pués…”. Este movimiento no fue notado mucho por los otros,
porque todos estaban con los ojos fijos en Jesús. Jesús, en cam-
bio, que sabía lo que sucedía con Magdalena, añadió en seguida,
con bondad, diciendo: “Si sólo una chispa de penitencia, de
arrepentimiento, de amor, de fe, de esperanza hubiese caído
por mi predicación en un corazón, que haga fruto, que sea pro-
vechoso, para que se acreciente y se avive: Yo quiero cuidarlo,
hacerlo crecer, para llevarlo a mi Padre”. Estas palabras tran-
quilizaron a Magdalena, se sintió penetrada y volvió a sentarse
con las otras mujeres.
Habían pasado las horas, ya eran las seis de la tarde y el
sol estaba por caer detrás de las montañas. Jesús miraba du-
rante su predicación hacia el Occidente, porque en esa dirección
estaba la cátedra; detrás no había oyentes. Jesús oró de nuevo,
y bendijo y despidió a las turbas. A los discípulos les dijo que
comprasen alimentos y diesen a los necesitados; encargó que
los que tenían de sobra lo cediesen por ruego o por compra a
los demás y a los pobres y para llevar a sus casas. Parte
de los discípulos se ocupó inmediatamente en esta tarea. Los
más dieron de buena gana y otros vendieron gustosos. Los dis-
cípulos eran conocidos en la región: de este modo fueron los
pobres bien provistos y dieron gracia a la bondad del Señor.
Los otros discípulos fueron entretanto con Jesús adonde había
muchos enfermos llevados hasta arriba. Los fariseos volvieron
a Gabara irritados, conmovidos, admirados y llenos de resen-
timiento. Simón Zabulón, el jefe, recordó a Jesús que lo habia
invitado a comer en su casa. Jesús le dijo que iría. De este modo
bajaron de la montaña, mientras unos a otros se decían palabras
de crítica, de reproches a Jesús, a su enseñanza, para disimular
la conmoción que habían sentido durante la predicación de Je-
sús; y así llegados a la ciudad, volvieron a ser los mismos de
siempre, confiados en su propia suficiencia y justicia.
Magdalena, en cambio, siguió con las mujeres a Jesús y
se puso entre las enfermas, como si quisiera ayudarlas. Estaba
muy conmovida y la vista de tanta miseria la perturbó más
aún. Jesús estuvo largo tiempo ocupado con los hombres, sa-
nando a los enfermos. Era hermoso oír el canto de acción de
gracias de los que partían de alli contentos, con la salud recu-
perada, y los de sus allegados.
Cuando Jesús llegó adonde estaban las enfermas, fueron
alejadas algo Magdalena y las mujeres por la multitud, que
avanzaba, y por los discípulos que tenían que ayudar. La Mag-
dalena buscaba cada ocasión oportuna para acercarse a Jesús,
pero siempre en vano, pues Él se apartaba por un motivo o por
otro. Jesús curó también a algunas con flujo de sangre. Pero
fué muy doloroso el cuadro que se presentó a Magdalena y a
la Sufanita, y se le llenó el corazón de gratitud al Señor al
ver que traían a seis mujeres, atadas de tres en tres, y llevadas
por doncellas fuertes, con largas telas y correas delante de Je-
sús. Estaban poseídas por demonios impuros que las atormen-
taban cruelmente. Eran las primeras mujeres endemoniadas
que he visto traer públicamente delante de Jesús. Habían sido
traídas algunas del otro lado del lago, otras de Samaria y de
Genesaret y algunas eran paganas. Las habían atado para po-
der traerlas. A veces estaban quietas y silenciosas, y no se
dañaban entre sí; otras veces se ponian furiosas y gritaban y
eran arrojadas de un lado a otro. Estuvieron atadas y apartadas
durante la predicación de Jesús, y ahora eran llevadas delante
del Señor. Cuando vieron a Jesús y a sus discípulos, hicieron
fuerte resistencia, y Satanás las agitaba furiosamente. Gritaban
de modo espantoso y retorcíanse. Jesús se dirigió a ellas y les
mandó callar y estarse sosegadas, y ellas se aquietaron. Luego
se acercó a ellas, mandó desatarlas, les dijo que se hincaran, rezó
y puso sus manos sobre ellas, y ellas cayeron como en un breve
desmayo. El mal espíritu salió de ellas como un vapor oscuro,
y los parientes se acercaron entonces y las levantaron. Así estu-
vieron entonces con su velo delante del Señor, se inclinaron
hasta el suelo y dieron gracias. Jesús las exhortó a la conversión,
a la penitencia y a purificarse, para que el mal no volviese a
ellas en peor forma aún.

XXXV
Comida en casa de Simón Zabulón
Anochecía cuando Jesús y sus discípulos bajaron de la mon-
taña y se dirigieron a Gabara, mientras mucha gente iba delante
y otros los seguían detrás en la misma dirección. Magdalena, sin
preocuparse de lo que otros podrían pensar, seguía de cerca a
Jesús entre los discípulos y las mujeres. Buscaba la ocasión de
estar cerca de Jesús. Como esto no les pareció bien a las mujeres,
algunas lo advirtieron a un discípulo para que lo dijera a Jesús.
El contestó: “Dejadla andar, esto no os pertenece”. De este modo
llegaron a la ciudad y cuando Jesús iba a entrar en la casa de
Zabulón, vió que estaba el lugar lleno de enfermos y de pobres
que pedían ayuda. Se volvió a ellos, los consoló y los sanó.
Mientras tanto llegaba Simón con otros fariseos y le dijo que
dejase ese trabajo y entrase a la sala de la comida, que ya le
esperaban, que ya había trabajado bastante hoy; que aguardase
otro día. Quiso echar de allí a los pobres, pero Jesús le replicó:
“Estos son mis convìdados”, a quien Él había invitado y quería
servir primero; ya que él había invitado a comer, habia invitado
también a ellos; y que por eso iría a la mesa sólo cuando los
pobres hubiesen sido servidos. Tuvieron los fariseos que levan-
tarse y mandar traer más mesas para los curados y para los
pobres, a quienes acomodaron en el patio. Jesús sanó todavía a
algunos enfermos y los discípulos llevaron a la mesa a aquéllos
que quisieron quedarse. Se encendieron allí las lámparas y se
les sirvió en las mesas.
Magdalena y las mujeres habían seguido a Jesús hasta aquí
y en los pórticos del patio se encontraron con las demás. Jesús
vino más tarde con los suyos a la mesa. De los alimentos mejores
mandaba parte a los pobres por medio de los discípulos, que les
servían y comían con ellos. Jesús enseñaba durante la comida
y los fariseos se trabaron en reñida disputa con Él. En este mo-
mento la Magdalena, que se había acercado con sus compañeras
hasta las mesas, con la cabeza cubierta con el velo, y teniendo
en la mano un vaso pequeño y blanco de hierbas aromáticas, se
adelantó con pasos rápidos a la mitad de la sala por detrás de
Jesús, y derramó el contenido del frasco sobre su cabeza, y con
el velo largo, tomándolo con las manos, esparció sobre la cabeza
de Jesús el perfume, secando lo superfluo con el velo. Cumplido
velozmente este oficio, se retiró la Magdalena, mientras la acalo-
rada disputa quedó interrumpida. Todos quedaron silenciosos,
mirando, ya a Jesús. ya a la Magdalena, mientras el aroma del
bálsamo llenaba la sala. Jesús permaneció en silencio. Muchos
de los comensales se acercaban sus cabezas, miraban irritados a
Magdalena y a Jesús, mientras se hablaban en voz baja. Simón
Zabulón, especialmente, estaba alterado. Jesús, al fin, dijo a
Simón: “Ya sé, Simón, lo que estas pensando. Estás pensando
que no es conveniente que Yo me deje perfumar la cabeza ni
tocar por esta mujer. Tú piensas: ésta es una pecadora. Pero no
tienes razón en esto, pues ella ha hecho esto por amor, cosa que
tú has dejado de hacer, puesto que tú no has hecho conmigo lo
que se acostumbra hacer con los invitados”. Dicho esto, se volvió
a la Magdalena y le dijo: “Vete en paz; mucho te es perdonado”.
Sólo entonces volvió Magdalena adonde estaban las otras mu-
jeres, y salieron de allí. Jesús siguió hablando de ella a los co-
mensales y la llamó buena mujer, que tiene mucha compasión,
y habló del juzgar a los demás y de reprender los pecados cono-
cidos de otros, mientras se ocultan los muchos más grandes pe-
cados en el corazón. En esta forma enseñó por mucho tiempo.
Finalmente salió con los suyos y se dirigió al albergue.

XXXVI
Magdalena recae en su vida desordenada
Magdalena estaba conmovida y consternada de todo lo que
habla visto y oído: porque había en ella cierto sentimiento de
entrega y de admiración hacia Jesús quiso honrarle y mostrarle
sus sentimientos. Había visto que los fariseos no le habían hon-
rado al recibirle, ni habían dado señales de cortesía en la mesa
ni durante la comida a ese Maestro, que ella creía ahora el más
admirable, el más santo, el más amable y el más portentoso de
los maestros; y así quiso ella hacer por todos lo que no habían
hecho los fariseos. Las palabras de Jesús: “Aún cuando uno sólo
viniese”, no las había olvidado. El pote era pequeño, del tamaño
de una mano, que llevaban las damas distinguidas de esta región.
Tenía un vestido blanco, con flores grandes coloradas, y peque-
ñas hojas bordadas, amplias mangas con brazaletes y por la
espalda más abierto colgaba hasta abajo. Delante parecía abierto
y sobre las rodillas cerrado con cueros o cintas. El pecho y la
espalda los cubrían otras telas con adornos, como una especie
de escapulario cerrado por los lados. Debajo llevaba otro vestido
más oscuro. Tenía ese momento el velo extendido sobre el ves-
tido. La estatura de Magdalena era mayor que la de las otras
mujeres, esbelta y ágil; los dedos delgados y hermosos, y pies
pequeños y delicados, sobre los cuales se movía con gracia. Sus
cabellos eran abundantes y hermosos.
Cuando Magdalena volvió al albergue con sus acompañantes.
fué acompañada durante un trecho de una hora por su hermana
Marta hacia el estanque de Betulia, donde María la esperaba
con las otras mujeres. Allí habló María con la Magdalena. Ésta
le contó muchas cosas de la enseñanza que había escuchado de
Jesús. De la unción y de las palabras que dijo Jesús hablaron
las demás mujeres. Todas rogaban a Magdalena se quedase
desde ya con ellas, o por lo menos fuera con ellas por algún
tiempo a Betania. Pero Magdalena replicó que debía primero
ir a Magdala para poner sus cosas en orden. Esto disgustó a
todos. Por su parte, Magdalena no cesaba de hablar de la man-
sedumbre, de la grandeza, de la fuerza y de los prodigios que
había visto en Jesús; añadió que ella debia seguir a Jesús; que
su vida hasta el presente no era vida, y que pronto iría con
ellas. Se puso muy pensativa, lloró y se sintió aliviada en su
tristeza; pero no se dejó persuadir y volvió a Magdala con su
criada. Marta la acompañó un trecho de camino y se juntó luego
con las otras mujeres, las cuales volvieron a Cafarnaúm. Magda-
lena es más alta y más hermosa que las demás. Dina, en cambio,
es más activa, servicial y amigable, y ayuda en todas partes; es
humilde como una criada y muy amable. Pero a todas sobrepuja
María, la Madre de Jesús, en hermosura y dignidad. Aunque su
rostro puede tener parecido con la belleza de otras mujeres, y
que la Magdalena puede llamar más la atención por su aspecto;
pero del rostro y figura de la Virgen se desprende una sencillez,
seriedad, bondad y paz que no hay iguales en otra persona. Es
tan pura y sin ninguna afectación o complicación, que sólo ella
es la verdadera imagen de su Hijo Divino. Ninguna criatura
la iguala: sólo su Divino Hijo. Su aspecto y su persona están
llenos de pureza, inocencia, seriedad, compostura, paz y atra-
yente amabilidad. Es digna, a pesar de su extrema sencillez.
La veo silenciosa, seria y a veces triste, pero nunca con exceso
y aun cuando derrama lágrimas, su aspecto es tranquilo y
atrayente.
Magdalena pronto recayó en su mala vida anterior. Recibió
la visita de hombres que hablaban de Jesús con desprecio, de
sus correrías, de su enseñanza y de los que le seguían como
discípulos. Se reían de lo que se sabía de Magdalena, que había
estado en Gabara: no podían creerlo. Por lo demás, encontraban
a Magdalena más hermosa y atrayente que otras veces. Con
estas lisonjas y ocasiones cayó Magdalena más profundamente
que antes. Por esta recaída adquirió el demonio mayor dominio
sobre ella: le presentó tentaciones más vehementes porque te-
mía perderla para siempre. Al fin se puso también endemoniada
y frecuentemente tenía convulsiones y espasmos causados por
su estado de posesión diabólica.