Desde la segunda fiesta de los Tabernáculos hasta la primera conversión de la Magdalena – Sección 3

XII
Jesús en Meroz
Después que Jesús estuviera con los agricultores ocupados
en la segunda vendimia, se dirigió con cinco discípulos al lugar
de donde había venido. Los dos discípulos de Juan se habían
alejado de aquí en dirección de Macherus. El arroyo del valle
de Aser-Michmethath tiene su origen en la fuente donde Jesús
hizo bautizar. Jesús marchó hacia el Oeste unas tres horas en
el valle, al Mediodía del monte donde están edificadas Samaria
y Thebez. Enseñó durante el camino a algunos pastores y llegó
hacia el mediodía a la posesión principal que recibió José de
Jacob (I Moisés, 48, 22). Está al Sur de Samaria y se extiende
en una anchura de media hora de camino, a una hora del Este
al Oeste. Un arroyo corre en dirección de Occidente. Desde la
altura del viñedo mira esta posesión hacia el Mediodía a Siquem,
del cual está apartado como un par de horas al Norte. Tiene
esta posesión de todo: viña, trigo, pastoreo, fruta, agua de riego
y buena edificación. El que lo ocupa ahora es un arrendatario,
porque la posesión es de Herodes. Es la casa donde estuvo María
con las otras mujeres cuando Jesús estaba en Siquem y le es-
peraron allí y donde Jesús sanó al niño enfermo. La gente
es buena.
Jesús enseñó aquí delante de una gran multitud y luego
tomó parte en una comida de campesinos. Esta herencia de
José no era el campo de Siquem que Jacob compró de Hemor,
sino una posesión aparte donde se habían metido los amorritas
entre otros advenedizos. Se le había vendido todo junto y Jacob
tuvo que limpiarlo de amorritas, a los cuales no veía bien que
se mezclasen con su gente. Consiguió esto con una especie de
desafío de paz. Jugaron a quien vencía al contrario sacándole
el escudo de las manos o la espada y lo rompía: el vencido tenía
que abandonar el campo. También se jugó a tirar con honda o
arco y flechas al blanco. He visto cómo Jacob y el jefe de los
amorritas estaban rodeados de los suyos, uno frente al otro.
Jacob venció a su contrario, y éste tuvo que salir del campo.
Después del combate hicieron un pacto mutuo. Todo esto acon-
teció después de la compra del terreno. Jacob vivió once años
en Siquem.
Desde aquí partió Jesús de nuevo al Noreste, subiendo al
monte, hacia Meroz, una ciudad situada al Mediodía de una
montaña, mientras Atharoth está al Norte. Meroz está más alta
que Samaria, hacia el Norte de Thebez, aún más alta que Aser-
Michmethath, que está al Este.
Jesús no había estado aún en Meroz, que tenía mala fama
por su infidelidad. La ciudad está rodeada de excavaciones, sin
agua. Sólo se junta alguna cuando llueve, en las montañas. Se
habían reunido en Meroz, descendientes de Aser y Gad, hijos
de Jacob por Zelpha, y algunos de ellos se habían mezclado por
casamientos con los siquemitas. Las otras tribus no querían
tener a éstos, y eran considerados como no fieles y traidores
entre los demás judíos. De este modo se formó esta ciudad de
Meroz como un lugar apartado de los demás: conservaron algo
de bueno y mezclaron también algo de malo de los otros. Eran
algo desechados de los demás y como olvidados. Hacían trabajos
en pieles y cueros: vestidos, suelas, correas, fajas, escudos resis-
tentes y defensas para los soldados. Traian estas pieles de otras
regiones y las tenían en cisternas adonde llegaba el agua de
la fuente que tenían en la ciudad. Pero porque esta misma
fuente les venía de otro lugar, por canales, y no tenían abun-
dancia de agua, solían trabajar sus cueros en un lugar panta-
noso, que se llamaba Iscariot, que está a unas horas de Meroz,
al Este, y de Aser-Michmethath, al Norte. Era un rincón oscuro
con algunas casas y en un barranco corría un riacho hacia el
Jordán. Allí también trabajaban las gentes sus cueros. Judas y
sus padres habían vivido algún tiempo en este lugar: de aquí les
vino el sobrenombre de Iscariote.
Jesús fue recibido muy bien por los pobres habitantes de
Meroz, que sabían de su venida. Salieron a su encuentro, le
trajeron vestidos y suelas para los zapatos y quisieron sacudir
sus ropas y limpiarlas. Jesús agradeció y fue con los discípulos
a la ciudad, donde se les lavó los pies y se les dio una refección.
Vinieron los fariseos y Jesús enseñó en la sinagoga, la misma
tarde, delante de mucha gente: habló del siervo perezoso y del
talento enterrado. Hizo la comparación con los habitantes de la
ciudad. Si ellos tenían como hijos de la sierva un solo talento,
debían haber negociado con él, y ellos, en cambio, lo habían
enterrado: que se apurasen, ya que venía el Señor y podían
darle alguna ganancia. Les reprochó también su poco amor a
los vecinos y su odio a los samaritanos. Los fariseos no estaban
conformes con Jesús; en cambio el pueblo sí, porque era opri-
mido por los fariseos y porque el lugar estaba tan olvidado de
todos, de modo que nadie se acordaba de sus necesidades. Des-
pués de la enseñanza fue Jesús a un albergue público delante
de la ciudad que Lázaro había alquilado para Jesús y sus dis-
cípulos. Tenía Lázaro una propiedad aquí. Vinieron Bartolomé,
Simón Zelotes, Judas Tadeo y Felipe, que habían hablado ya
con los discípulos. Jesús los recibió amigablemente. Tomaron.
parte en la comida y pasaron la noche. A Bartolomé ya lo había
visto Jesús varias veces, lo había internamente movido a se-
guirle y había hablado a los discípulos de él. Simón y Tadeo
eran primos de él; también Felipe era pariente. Jesús había ya
nombrado a todos estos que le seguirían, cuando en su última
estadía en Cafarnaúm, en el lugar de pesca de Pedro, junto al
mar, habló de su seguimiento, y cuando Pedro, creyéndose in-
digno, había pedido lo dejasen permanecer en su casa. Entonces
dijo Pedro palabras que están en el Evangelio mucho después.

XIV
Judas Iscariote se une a los discípulos
Judas Iscariote había venido con estos discípulos a Meroz;
pero de noche no se había quedado con Jesús en el albergue,
sino en una casa de la ciudad donde solía hospedarse. Bartolomé
y Judas Tadeo hablaron en favor de Judas con Jesús, diciendo
que lo conocían como hombre capaz, instruido, hábil y muy
servicial, y que deseaba ser recibido entre los discípulos. Jesús
suspiró un momento y se quedó contristado. Como le pregun-
taran la razón, les dijo: “Ahora no es el momento de hablar de
ello, sino de pensar en ello”. Después de la comida enseñó y
pernoctaron en este lugar. Estos discípulos recién venidos lle-
gaban de Cafarnaúm, donde habían estado reunidos con Pedro
y Andrés. Tenían mensajes para Jesús y traían también dinero
que habían juntado para los viajes de Jesús y sus discípulos y
para limosnas a los pobres. Judas los había encontrado en Naim
y los había traído hasta Meroz. Era conocido de todos los discí-
pulos y hacía poco tiempo que había estado en Chipre. Las co-
sas que contó allá de Jesús, sus milagros, los juicios que forma-
ban de su persona, cómo unos le tenían por Hijo de David,
otros lo llaman el Cristo y la mayoría el más grande de los
profetas, habían hecho que los judíos y paganos de Chipre estu-
viesen muy deseosos de ver a Jesús, del cual habían oído tantas
maravillas, especialmente cuando estuvo en Tiro y Sidón. El
pagano de Chipre, que había estado con Jesús en Ophra, había
sido enviado a raíz de estas conversaciones por su señor a la
Palestina, y Judas hizo el viaje de vuelta de Chipre con este
señor. En este viaje había estado también en Ornitópolis, donde
vivian los padres de Saturnino, que habían venido de Grecia
para establecerse allí.
Cuando Judas Iscariote supo en el camino que Jesús vendría
a la región de Meroz, donde él era muy conocido, fue a buscar
a Bartolomé a Dabaseth, pues eran conocidos y le rogó fuera
con él para que lo presentase a Jesús. Bartolomé aceptó la
invitación, pero quiso antes ir a Cafarnaúm con Judas Tadeo
para ver a los discípulos; de allí se dirigió, con Tadeo y Felipe,
a Tiberíades, donde tomaron consigo a Simón el Zelotes, y se
encontraron con Judas Iscariote en Naim, adonde había ido ya
de antemano. El pidió de nuevo a sus amigos le presentasen
como discípulo de Jesús, y estos amigos, como conocían su ha-
bilidad y su carácter servicial, con gusto se prestaron a pre-
sentarlo a Jesús.
Judas podía tener entonces unos veinticinco años de edad;
era de regular estatura y no desagradable. Tenia cabellos ne-
gros, aunque la barba era algo rojìza. Era pulcro en sus vesti-
dos, mucho más que el común de los judíos. Era hablador,
servicial y le gustaba hacerse importante; contaba con aire de
confianza y de buena gana las cosas de grandes hombres y de
justos y lograba imponerse entre los que no lo conocían bien.
Pero cuando alguien, mejor informado, podía contradecirlo, se
avergonzaba de su locuacidad y se confundía. Ambicionaba ho-
nores, cargos y dinero; sus empresas le habían salido bien y se
sentía inclinado a buscar fama, empleo, honores y riquezas, sin
que todos estos defectos aparecieran todavía claramente en él.
La aparición de Jesús lo sedujo desde el primer momento. Vio
que los discípulos eran cuidados, que el rico Lázaro corría con
los gastos de Jesús; se decía que Jesús estaba por levantar un
reino; se hablaba en todas partes de un Rey, del Mesías, del
Profeta de Nazareth, y las maravillas de Jesús y su sabiduría
andaban de boca en boca. Judas Iscariote tenía gran deseo de
ser discípulo de Jesús para tener derecho a su reino, que él,
como muchos, creían temporal. Desde hacía algún tiempo había
reunido todos los datos de las maravillas de Jesús y se había
encargado de esparcir por todas partes estas noticias. Se hizo
amigo de varios de sus discípulos y así pudo acercarse a Jesús.
Otro motivo tenía para buscar algo aquí, pues no tenía oficio
propio y en cuanto a instrucción era medio letrado. Se ocupaba
de cálculos y de comercio, pues los bienes heredados de su pa-
dre natural se le habían agotado. En estos últimos tiempos se
ocupaba de toda clase de comisiones y mensajes, por cuenta de
otros que le daban encargos conociendo su habilidad y su ca-
rácter servicial.
El hermano de su padre difunto se llamaba Simeón y vivía
de cultivar la tierra en Iscariot, que es un pueblito de unas
veinte casas, que pertenece a Meroz, y está cerca de la ciudad,
en la parte Este. Aquí habían vivido algún tiempo sus padres
y por eso tenía el nombre de Iscariote. Sus padres hacían una
vida errante; su madre era una cantante y bailarina. Era de la
descendencia de Jefté, por parte de la mujer de este juez del
país de Tob. La madre de Judas Iscariote era también poetisa.
que hacía versos de circunstancia y los cantaba y tocaba con el
arpa: tenía también una especie de escuela de danza. enseñando
a otras jóvenes y trayendo y llevando toda clase de modas y di-
versiones. Su marido, que era judío, no vivía con ella sino en
Pella. Judas era un hijo natural y su padre era un capitán que
vivía en Damasco. Cuando la madre tuvo a Judas en Askalón,
durante su vida errante, se libró de él, abandonándolo; muy
pronto, después de su nacimiento. fue dejado junto a unas aguas
y recogido y educado por un matrimonio que carecía de hijos.
Su educación fué esmerada; pero luego fué díscolo, y por sus
mentiras y mala conducta fue remitido a su madre con la cual
estuvo como en pensión. Me viene a la memoria también que el
marido, cuando supo que su mujer había tenido a Judas con
otro hombre, lo maldijo.
Judas tuvo algunos bienes de su padre natural y tenia mu-
cha habilidad. Después de la muerte de sus padres vivió princi-
palmente en Iscariot con su tío Simeón, que era curtidor y se
ofrecía para corredor de varios negocios. No era hasta el pre-
sente un mal hombre; pero si hablador, ambicioso de honor y
de riquezas y sin firmeza de carácter. No era tampoco licen-
cioso y sin religión; por el contrario, era observante de todos
los usos judaicos. Se me presenta como un hombre con dispo-
siciones para ser muy bueno, como también para las mayores
maldades. A pesar de todas sus cualidades de habilidad, de
carácter servicial y disposición para hacer favores, tenía una
expresión de dureza, de tristeza y de oscuridad en su rostro,
que le venía de su ambición, de su avidez y de una oculta envi-
dia, que lo devoraba y se extendía hasta a las virtudes de los
demás. No era del todo feo; tenia algo de amabilidad y de adu-
lación antipática y de bajeza de ánimo en sí mismo. Su padre
natural tenía algo de bueno, que pasó a Judas por herencia
natural. Cuando más tarde volvió con su madre y ésta tuvo un
altercado con su marido, por causa de él, la madre maldijo a
Judas también. Ella, como él, eran juglares ambulantes; ejer-
cían toda clase de artificios y pruebas, y a veces tenían bienes,
como de pronto se encontraban en la miseria. Por lo demás, los
discípulos se llevaban bien con Judas Iscariote, en un principio,
por causa de su carácter servicial, que se extendía hasta a
limpiar los zapatos. Podía correr con mucha ligereza y hacía
muchas correrías en favor de la comunidad. No he visto nunca
que hiciese algún milagro. Estaba siempre lleno de ambición,
de envidia y hacia el final de la vida de Jesús estaba del todo
aburrido de andar en vano, de obedecer y de todo lo que se
refería a Jesús, que no podía comprender.

XV
Jesús sana enfermos en Meroz
En medio de la ciudad de Meroz hay un pozo bien arre-
glado, que recibe las aguas por medio de canales que vienen del
vecino monte de la parte Norte de la ciudad. Alrededor de esta
fuente hay cinco caminos con recipientes adonde viene el agua
por medio de bombas impelentes. En torno de la misma fuente,
más apartados, se encuentran algunas casillas para baños. Todo
este espacio puede ser encerrado. En estos lugares, en torno de
la fuente, habían traído a muchos enfermos incurables, que es-
taban tendidos en camillas; a los más graves los tenían en las
casillas de baños. Esta ciudad tiene muchos enfermos graves,
porque está como abandonada, despreciada y sin auxilio de otras.
Veo aquí enfermos de flujo de sangre, baldados, gotosos y otros
males. Jesús se dirigió allí con sus discípulos, menos Judas que
aún no le había sido presentado. Los fariseos del lugar y otros
extranjeros estaban en la parte media de la fuente, desde donde
se podía contemplar la escena. Se admiraban, por una parte, y
se irritaban, por otra, a causa de los milagros de Jesús. Eran
hombres estables que habían oído a otros que dudaban o se
burlaban o despreciaban las cosas que contaban de Jesús; ahora,
que las veían con sus propios ojos, se admiraban y se irritaban
también, porque habían estado convencidos que Jesús nada ha-
bría podido hacer con esos enfermos graves que gritaban por
ayuda y salud, y vieron luego cómo se levantaban sanos, llevan-
do sus camillas y pasaban entre ellos alabando a Dios, dando
gracias a Jesús. Jesús seguía exhortando, sanando y enseñando,
sin cuidarse de los fariseos. Toda la ciudad estaba llena de ala-
banzas a Dios y de acción de gracias al Profeta. Esto duró desde
la mañana hasta el mediodía.
Después volvió Jesús a salir con sus discípulos por la parte
oriental de la ciudad y se dirigió a su albergue. En el camino le
salieron al paso algunos endemoniados furiosos que habían sol-
tado de su encierro: gritaban y se agitaban. Jesús les mandó
callar, y ellos enmudecieron al punto, acudiendo muy humildes
a echarse a sus pies. Los sanó y les mandó que fueran a purifi-
carse. Desde el albergue se fue a la casa donde estaban sus discí-
pulos, cerca de los leprosos, en lugar bastante apartado de la
ciudad. Entró en sus casas, los llamaba afuera, los tocaba y los
sanaba y les mandaba presentarse ante los sacerdotes, para las
acostumbradas purificaciones. A los discípulos no los había de-
jado entrar en las casas, sino que los envió a un lugar donde
pensaba dar una enseñanza a los leprosos curados.

XVI
Judas Iscariote es presentado a Jesús
En este camino se llegó Judas a los demás discípulos. Cuan-
do Jesús se juntó de nuevo a ellos, Bartolomé y Simón Zelotes
lo presentaron a Jesús con estas palabras: “Maestro: aquí está
Judas, de quien te hablamos”. Jesús lo miró muy amigablemente,
pero con indecible tristeza. Judas, inclìnándose, dijo: “Maestro,
te pido me dejes tomar parte en tu enseñanza”. Jesús le respon-
dió mansa y proféticamente: “Esto lo puedes tener si no lo
quisieras dejar a otro”. Así, más o menos, dijo Él. Yo entendí
que, en ese momento, profetizaba de Matías, que había de tomar
su parte entre los doce, y también a la entrega que Judas haría
de Jesús. La expresión no era clara, pero yo entendí que eso
quería decir.
Fueron subiendo por el monte, y Jesús empezó a enseñar.
En la altura había una gran multitud de gentes de Meroz, de
Atharoth, que está al Norte del mismo monte, y de toda la co-
marca. Habia muchos fariseos. Esta predicación había sido anun-
ciada de antemano por los discípulos. La enseñanza fué sobre
el reino. Habló con severidad de la necesidad de la penitencia y
del abandono de este pueblo, exhortándolo a que se moviese y
reprendiendo su pereza. No había arriba sitial de enseñanza.
Jesús se colocó sobre una colinita. En derredor había ruinas de
murallas en círculo, sobre las cuales se habían acomodado los
oyentes. De aquí se contempla un hermoso paisaje, hasta la
lejanía. Se ve Samaria, Meroz, Thebez, Michmethath y toda la
comarca en torno. Por el monte Garizim no se ven sino sus altas
torres. Por el Sur se ve hasta el mar Muerto; por el Este, a
través del Jordán, hacia Gilead; al Norte el Tabor, y a través
del valle, hasta Cafarnaúm.
Cuando se hizo de noche dijo Jesús que deseaba enseñar de
nuevo al día siguiente. Mucha gente durmió bajo tiendas, por-
que estaba muy lejos de sus casas. Jesús volvió con sus discí-
pulos al albergue de Meroz y durante el camino enseñó mucho
sobre el modo de utilizar el tiempo, de la espera larga de la
salud y redención, de su proximidad, del abandono de las cosas
propias, de su seguimiento y del cuidado de los necesitados.
En el albergue tomó algún alimento con los suyos. En la mon-
taña hizo repartir dinero a los pobres: este dinero era el que
le habían traído los discípulos de Cafarnaúm. He visto que
Judas miraba esto con especial interés. Jesús enseñó durante la
comida, hasta entrada la noche. Hoy es la primera vez que Ju-
das Iscariote está en la misma mesa con Jesús y pernocta bajo
el mismo techo.

XVII
Enseñanza de Jesús en el monte de Meroz
A la mañana siguiente se dirigió Jesús al monte de Meroz
y tuvo una gran enseñanza, que duró toda la mañana: parecía
el sermón de la montaña. Se había congregado gran multitud.
Se repartió alimentos, que consistían en pan, miel y pescados
sacados de los estanques que tenían allí como reservas. Jesús
había adquirido una parte para los pobres.
Habló de nuevo del que recibe un talento sólo, porque éstos
eran descendientes de Zelpha, sierva de Jacob; talento que te-
nían como sepultado por culpa también de los fariseos que
oprimían al pueblo y lo dejaban perecer en los vicios y en la
ignorancia. Había aquí algunos samaritanos convertidos, y Je-
sús reprochaba a los fariseos porque no habían desde tiempo
atrás convertido a esas gentes: sólo los despreciaban sin querer
mejorarlos. Los fariseos empezaron entonces a disputar con
Jesús y a irritarse, y le decían que Él dejaba demasiada libertad
a sus discípulos; que no eran bastante severos en los ayunos,
purificaciones, observancia del Sábado, apartamiento de los pu-
blicanos y de las sectas, y que no vivían al modo de los hijos de
profetas y discípulos de los sabios y escribas. Jesús les respondió
con el precepto del amor: “Amar a Dios sobre todo y al prójimo
como a ti mismo. Este es el primer mandamiento”. Les dijo que
Él pedía a sus discípulos que observasen esto en lugar de las
observancias exteriores con las cuales ocultan vicios internos.
Dijo esto algo veladamente, y por eso se acercaron Felipe y
Tadeo y le dijeron: “Maestro, no te han entendido”. Jesús lo
declaró nuevamente y les repitió que lamentaba que hubiesen
dejado al pueblo pobre, ignorante y pecador perderse en obser-
vancias inútiles, añadiendo que los que tal hacen no tendrán
parte en su reino. Después de esto bajó del monte y fué a su
albergue, a media hora de allí y de la ciudad. A lo largo del
camino había gran multitud de enfermos sobre camillas y bajo
tiendas que esperaban a Jesús. Algunos habían llegado muy
tarde la vez anterior. Acudían de todos los contornos, y Jesús
los sanó de diversas maneras, exhortándolos, consolándolos y
dándoles normas de vida.

XVIII
La viuda Lais y sus hijas
Encontrábase allí la viuda pagana Lais de Naim, que pedía
ayuda para sus dos hijas Sabia y Athalia, que eran tormentadas
en su casa por el demonio de tan espantosa manera que debía
tenerlas encerradas. Estaban furiosas, eran arrojadas de un lado
a otro, mordían y se herían unas a otras; nadie podía acercarse
a ellas. A veces yacían pálidas del todo, como muertas, o con
convulsiones. La madre se había trasladado hasta aquí con sus
criadas y algunos siervos. Permanecía a la distancia con deseos
de que Jesús se acercase a ella; pero siempre veía que Jesús se
dirigía a otros. Ya no podía contenerse y gritaba de tanto en
tanto: “¡Ah, Señor; ten piedad de mi!” Parecía que Jesús no
la quería escuchar. Las mujeres que estaban a su lado le de-
cían que clamase: “Señor, ten piedad de mis hijas”, puesto que
a ella nada le faltaba; pero ella respondió: “Son mi came y si
Él se compadece de mí, tiene compasión también de mis hijas”.
Jesús dijo entonces: “Conviene que yo reparta primero el pan
a los hijos antes que a los extranjeros”. Respondió ella: “Es muy
cierto; Tú tienes razón, Señor; yo quiero esperar y volver de
donde he venido si Tú hoy no me quieres ayudar, puesto que no
soy digna”.
Jesús había terminado de sanar enfermos, y los sanados
se alejaban llevando sus camillas y alabando al Señor. Jesús,
sin volverse hacia la infeliz mujer, parecía que se quería alejar
de allí. Se contristó mucho la mujer y pensó: “¡Ah, no quiere
ayudarme!” En ese momento se volvió Jesús a ella y le dijo:
“Mujer ¿qué me pides?” Estaba con el velo; se echó a los pies
de Jesús, y dijo: “Señor, ayúdame; mis dos hijas en Naim están
atormentadas por el demonio. Yo sé que Tú las puedes ayudar
si quieres; todo está en tu poder”. Jesús le dijo: “Véte a casa;
tus hijas te saldrán al encuentro. Pero purifícate; son los peca-
dos de los padres los que están sobre esas hijas”. Esto último
lo dijo en voz baja, y ella contestó: “Señor: yo lloro desde hace
tiempo mis pecados, ¿qué debo hacer?” Jesús le dijo que debía
librarse de las riquezas injustas, mortificar su cuerpo, orar,
ayunar, dar limosna y compadecerse de los enfermos. Ella, llo-
rando, prometió hacer todo esto y salió contenta de allí.
Esta mujer había tenido estas dos hijas fuera del matri-
monio; sus tres hijos legítimos vivían lejos de ella y ella poseía
algo que era de ellos. Era muy rica y vivía como suelen hacerlo
gentes ricas, con pesar de sus culpas, pero con todas sus como-
didades. Esas dos hijas estaban encerradas en piezas aparte.
En el momento que Jesús hablaba con la madre he visto que
estas hijas caían como desmayadas y que el demonio las dejaba
saliendo de ellas como un vapor oscuro. Llorando mucho y del
todo cambiadas llamaban a su guardiana y le decían que se
sentían del todo libres y buenas. Cuando oyeron que su madre
había ido a ver al profeta de Nazaret quisieron ir a su encuen-
tro, acompañadas de mucha gente de la vecindad. Llegaron
como a una hora de distancia de Naim, donde encontraron a
la madre que volvía, y le contaron todo lo sucedido. La madre
continuó su viaje a la ciudad; pero las hijas, acompañadas por
sus guardianes y sus siervos, se dirigieron a Meroz para pre-
sentarse ante Jesús, puesto que habían oído que Jesús predicaría
allí al día siguiente.
Mientras tenían lugar estas curaciones llegaba Manahem,
el ciego de nacimiento a quien había dado la vista Jesús. Venía
de Betania con los dos sobrinos de José de Arimatea. Jesús lo
había enviado a Betania al lado de Lázaro. Traía algún dinero
y obsequios que las santas mujeres enviaban para la comunidad.
Jesús habló con el recién llegado. Dina, la samaritana conver-
tida, había estado en Cafarnaúm con las santas mujeres y había
ofrecido ricos regalos a la comunidad, como también la Verónica
y Juana Chusa. De vuelta habían visitado a Magdalena, encon-
trándola muy cambiada. Estaba triste, y parecía que sus buenas
cualidades iban a sobreponerse a sus malas pasiones. Habían
llevado consigo a Betania a Dina la samaritana. También había
ido a Betania una viuda de edad, rica, que había puesto todo lo
suyo a disposición de Marta, para socorrer a la comunidad de
Jesús.
Como los fariseos invitasen a Jesús a una comida, le pre-
guntaron si pensaba traer a sus discípulos que, según ellos, eran
jóvenes sin instrucción ni experiencia, para tratar con ellos,
que eran sabios. Jesús respondió que quien invitaba a Él,
invitaba también a los de su casa, y quienes a éstos no querían,
no querían tampoco a Él. Se conformaron y dijeron que trajese
también a sus discípulos. Fueron entonces todos a la ciudad
donde estaba la sala de la comida. Durante este tiempo Jesús
enseñó con parábolas y comparaciones. La posesión que tenía
Lázaro delante de Meroz consistía en campos con buena fruta.
Había caminos de alamedas. Vivían aquí los peones de Lázaro
y recogían la fruta para venderla. Ahora estos mismos traba-
jadores estaban encargados de atender a Jesús y a sus discí-
pulos. Esta larga estadía de Jesús aquí había sido ya concertada
con Lázaro en Ainón, y las mujeres habían estado antes para el
arreglo: por eso la gente de esta región ya esperaba a Jesús.
Antes que Jesús se dirigiera al día siguiente de nuevo a la
montaña, enseñó en Meroz, junto al pozo. De nuevo reprendió a
los fariseos el abandono en que dejaban al pueblo. Después se
dirigió a la montaña y dijo un sermón como el de la montaña,
y para despedirse volvió a hablar de los talentos y del que
entierra el hombre perezoso. Había algunos que estaban en la
montaña desde hacía tres días sin moverse. Aquellos que no
tenían qué comer y no podían volver a sus casas fueron aten-
didos por los discípulos, y servidos. Jesús fué rogado por el
tío de Judas Iscariote, llamado Simeón, a venir al poblado de
Iscariot, y Jesús se lo prometió. Este Simeón era un anciano
piadoso, de rostro oscuro y ágil de movimientos. Cuando Jesús
bajaba del monte le esperaban algunos enfermos que podían
caminar. Jesús los sanó. Sucedió esto en el camino entre el
albergue y la posesión de Lázaro, en el lugar donde fueron
servidas las gentes que habían venido al sermón de Jesús por
medio de los discípulos.
En el mismo sitio donde ayer había estado esperando la
pagana Lais para pedir a Jesús la curación de sus dos hijas
endemoniadas, le esperaban ahora esas dos hijas Athalia y
Sabia, con sus criadas y siervos. Ellas dijeron: “Señor; no he-
mos creído ser dignas de escuchar tus palabras sobre el monte
y te esperamos aquí, para darte gracias porque nos has librado
del poder del enemigo”. Jesús les mandó levantarse, y alabó la
paciencia, la humildad y la fe de su madre, en cuanto había
esperado a que El repartiese el pan a los hijos antes de atender
a los extraños. Les dijo que ahora ella pertenecía también a los
de su casa, pues había reconocido al Dios de Israel en su mise-
ricordia; que su Padre celestial le había enviado a El para
repartir ese pan a todos los que creyesen en su misión e hicie-
ran penitencia de sus pecados. Después de esto hizo traer por
los discípulos algún alimento, y le dio a cada una de ellas y a
sus acompañantes un trozo de pan y un pescado, y les dio una
profunda explicación y enseñanza sobre esto mismo. Después
se retiró con sus discípulos a su albergue. Una de las doncellas
era de veinte y la otra de veinticinco años. Por efecto de su
estado y de haber permanecido mucho tiempo encerradas, esta-
ban pálidas y descoloridas.

XIX
Jesús en el poblado de Iscariot
Jesús se dirigió a la mañana siguiente con sus discípulos a
la población de lscariot, a una hora de camino. Hay unas veinti-
cinco casas metidas en un barranco y lugar pantanoso, con
estanques llenos de juncos que usan los curtidores para sus
trabajos. Muchas veces les falta el agua y tienen que llenar
estos estanques de reserva. Los animales que se han de sacri-
ficar para el alimento de Meroz son mantenidos aquí. Los que
allá necesitan los sacrifican aquí, les quitan el cuero y lo curten,
Estos barrancos están al Norte de Michmethath. El oficio de
curtidor está en gran desprestigio entre los judíos, por el mal
olor y la suciedad: por eso usan para estos oficios a los esclavos
extranjeros o a paganos, a gente de baja condición que vive
en Meroz en un cuartel de la ciudad, aparte. En Iscariot no se
ve otra cosa que curtiembres y me parece que la mayoría de
estas casas y talleres pertenecen al viejo Simeón, tio de Judas
Iscariote. Judas prestaba a su tío útiles servicios: ya iba con
sus mulas a buscar cueros, comprándolos donde los había; ya
llevaba los cueros curtidos donde pedían, especialmente a las
ciudades de la costa. Era un comerciante astuto y hábil reven-
dedor. No era por ahora malo: si se hubiese vencido en lo
pequeño en sus malas tendencias, no hubiese llegado a los extre-
mos que llegó. María le había avisado frecuentemente de sus
defectos. Judas era inconstante. Era capaz de un arrepenti-
miento fuerte y repentino, pero no duraba en sus buenas dispo-
siciones. Tenía siempre en su cabeza el reino temporal y cuando
vio que no aparecía ese reino por ningún lado, comenzó por
hacerse dinero. Por esto se irritó de que el precio de los perfu-
mes y esencias de Magdalena no hubiese pasado por sus manos.
Después de la última fiesta de los Tabernáculos que celebró
Jesús, Judas comenzó a echarse del todo a la peor parte. Cuando
vendió a Jesús, no pensó que le podían dar muerte, sino que
saldría de sus manos, como había sucedido otras veces: sólo
quería el dinero y no la muerte de Jesús. Judas se mostró aquí
muy servicial, pues estaba como en su casa.
Su tío Simeón recibió a Jesús y a los discípulos delante del
pueblo, le lavó los pies y le dio alimento. Este hombre es muy
activo en sus trabajos. Jesús moró en su casa con los discípulos.
Allí estaban la mujer, los hijos y los siervos de la casa. Jesús se
dirigió al otro lado, donde había una especie de recreo, y se
veían algunas chozas de las pasadas fiestas. Estaban reunidas
todas las personas del lugar. Jesús habló, en parabolas, del sem-
brador y de los diversos terrenos y exhortó a los oyentes que
habían estado en Meroz y habían escuchado sus sermones, que
fuesen buenos terrenos para la semilla de su palabra. Cuando
tomó Jesús de pie una pequeña refección con los suyos, en casa
del viejo Simeón, éste rogó a Jesús quisiera tomar a su sobrino,
a quien alabó por su destreza, para participar de su doctrina
y de su reino. Jesús le contestó de modo semejante al que ha-
bía dicho ya a Judas: “Cada uno está libre de tomar parte en
ello, si es que no querrá dejar su parte a otro”. No sanó aquí
a ningún enfermo, porque habían sido llevados ya al monte de
Meroz.