Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre – Sección 3

XI
Jesús habla en la sinagoga del Pan de la vida
Como Jesús en el Sábado enseñase en la sinagoga la lec-
ción del día, comenzaron a preguntarle sobre el pan de la vida:
¿Cómo podía Él llamarse el Pan de la vida que viene del cielo,
siendo que todos sabían de donde era Él? Jesús volvio a repetir
lo que había dicho. Los fariseos traían siempre las mismas obje-
ciones; y como hablando se decían hijos de Abraham y de Moi-
sés, preguntaban cómo podía Él llamar a Dios su Padre? Él les
preguntó cómo podían ellos llamarse hijos de Abraham y a
Moisés su maestro siendo que ellos no observaban ni los man-
datos ni la vida de Abraham ni de Moisés. Les mostró claramen-
te su mala vida y su proceder lleno de hipocrecía, de modo que
quedaron avergonzados e irritados. Después continuó hablando
del Pan de la vida y dijo: “El pan quo yo os daré es mi carne,
que entregaré para la vida del mundo”. Entonces se levantó un
murmullo. Decían: ¿Cómo puede Él darnos su carne para co-
mida? Jesús continuó mucho más extensamente de lo que está
en el Evangelio: “Quien no come mi carne y no bebe mi sangre,
ése no tendrá vida en sí mismo. Quien lo hace tendrá la vida
eterna y lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne
y bebe mi sangre permanece en Mi y Yo en él. Como mi Padre
me ha mandado y como Yo vivo por mi Padre, así quien me
come vivirá por Mí. Aquí esta el Pan venido del cielo: no un
pan como el maná que vuestros padres comieron y murieron.
Quien come de este Pan, vivirá eternamente”.
Todo lo explicaba con los profetas, especialmente sobre
Malaquías, y mostró el cumplimiento de ellos en Juan el Bau-
tista, del cual habló largamente. Como preguntaran cuándo les
daría de ese pan de vida, les señaló el tiempo, diciendo: “A su
tiempo”, y dio un tiempo en semanas con una manera parti-
cular de expresarse. Yo hice la cuenta, según eso y resultó un
año, seis semanas y algunos días. Todos estaban muy excitados
y los fariseos trataban de aumentar la rebelión latente. Jesús
volvió a hablar de lo mismo en la sinagoga y luego enseñó sobre
la sexta y séptima petición del Padrenuestro, y el sentido de:
“Dichosos los pobres de espíritu”. Declaró: los que son sabios, que
no lo sepan, y los ricos sean como si no lo fuesen. Murmuraron
de nuevo diciendo: “Si uno no lo sabe, no lo puede usar”. El vol-
vió a decir: “Dichosos los pobres de espíritu: que se sientan po-
bres y sean humildes delante de Dios, del cual viene toda sabi-
duría y fuera del cual toda ciencia es una calamidad”. Como vol-
vieran sobre lo dicho: del pan de vida, de comer su carne y beber
su sangre, preguntaban nuevamente. Jesús repitió su enseñanza
más terminantemente. Murmuraron muchos de sus discípulos y
dijeron: “Duro es este hablar ¿y quién lo puede oír?” Él les dijo
que no se escandalizaran, que aún verían otras cosas más graves,
y les dijo claramente que lo perseguirían y que aún los más
fieles lo abandonarían. Entonces se entregaría en las manos de
sus enemigos, que lo matarían; pero que Él no abandonaría a los
que habrían huido, sino que su espíritu estaría con ellos. Esto de
entregarse en los brazos de sus enemigos, era como decir abrazar
a esos enemigos o ser estrechado por ellos; no alcanzo a dar
ahora el sentido verdadero. Se refería al beso de Judas y a su
traición.
Como ellos se escandalizaran aún más, les dijo: “¿Qué será
entonces cuando veáis al Hijo del Hombre subir allá de donde
ha venido? El espíritu es el que vivifica, la carne no aprovecha
nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Hay entre
vosotros algunos que no quieren creer; por eso os dije: ninguno
puede venir a Mi si no le es dado por mi Padre”. Después de estas
palabras se produjo en la sinagoga un murmullo y unos treinta de
los discípulos más nuevos y de los venidos del Bautista se pasaron
al lado de los fariseos y murmuraron con ellos. Los apóstoles
y discípulos más antiguos se acercaron más a Jesús. Jesús dijo
en alta voz: “Es bueno que esos muestren de qué espiritu son,
antes que puedan causar mayores daños”. Cuando Jesús aban-
donó la sinagoga, quisieron los fariseos y los discípulos apósta-
tas detenerlo y disputar con Él sobre esas cosas; se habían
entendido en ese sentido y pretendían pedirle explicaciones.
Los apóstoles, sus discípulos fieles y sus amigos lo rodearon, y
así pudo librarse de esa molestia, entre el clamoreo de los con-
trarios: “He ahí lo que es… Ya no necesitamos saber nada con
El; se ha mostrado para todo hombre inteligente que es un loco.
Pretender que se coma su carne… que se beba su sangre…
Decir que viene del cielo… que subirá al cielo…”.
Jesús anduvo con los suyos. que se separaron en diversas
direcciones, hacia la vivienda de Zorobabel y de Cornelio, en
la altura norte de la ciudad y a través del valle, y cuando se
encontraron juntos en un determinado punto, siguió enseñando.
Como preguntara Jesús si también ellos lo querían dejar, habló
Pedro por todos diciendo: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes
palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y conocemos que
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesús contestó, entre
otras cosas: “Yo os he elegido a vosotros doce, y entre vosotros
uno es diablo”.
María había estado con otras mujeres en el último sermón
de la montaña y en la sinagoga. De todo lo que había oído en
estos últimos días había tenido interior luz para conocer el signi-
ficado de todas estas cosas; pero como la Segunda Persona de la
Santísima Trinidad había tomado carne en Ella y hecho Niño,
del mismo modo estas cosas estaban como ocultas en la humildad
y reverencia de su amor matemal a Jesús. Cuando Jesús habló
más claramente que nunca, para escándalo de estos ciegos fari-
seos, he visto a María rezando en su cámara y en la contempla-
ción silenciosa del saludo del ángel y del nacimiento y las mara-
villas de su maternidad y de la niñez de Jesús-Dios. Veía a su
Hijo como Hijo de Dios y le sobrevino tanta humildad y confu-
sión que se deshacía en lágrimas de ternura. Todas estas contem-
placiones se ocultaban de nuevo en el sentimiento de su amor
maternal hacia su divino Hijo, como las apariencias del pan ocul-
tan al Dios vivo en el Santísimo Sacramento.
Cuando se separaron esos discípulos de Jesús he visto en
cuadro los dos reinos: el reino de Cristo y el de Satanás. He visto
la ciudad de Satanás y la prostituta de Babilonia, sus profetas y
profetisas, sus obradores de portentos y apóstoles, todo en mayor
esplendor y mayor riqueza y aparato que el reino de Cristo.
Reyes y emperadores y aún muchos sacerdotes se encaminaban
hacia Satanás en carros y caballos. Satanás tenía un espléndido
trono.
El reino de Cristo sobre la tierra lo he visto pobre e insigni-
ficante, lleno de sufrimientos y de penas, y a María como Iglesia,
y a Cristo en la cruz, también como Iglesia, y que se entraba en
ella a través de las llagas de su sagrado Costado.

 

XII
Jesús en Dan y en Ornitópolìs
Cuando Jesús caminaba desde Cafarnaúm hacia Caná y Cy-
dessa con sus apóstoles y discípulos he visto que en las cercanías
de Gischala reunió a los doce en tres hileras y a cada uno le fue
diciendo su temperamento natural y sus inclinaciones. En la pri-
mera fila estaban Pedro, Andrés, Juan, Santiago el Mayor y
Mateo; en la segunda, Tadeo, Bartolomé, Santiago el Menor y el
discípulo Judas Barsabás, y en la tercera, Tomás, Simón, Felipe
y Judas Iscariote. Cada uno oyó de Jesús lo que pensaba en su
interior y esperaba, y todos quedaron muy conmovidos. Jesús
tuvo luego un largo discurso sobre las penas y los sufrimientos
de su misión y repitió: “Entre vosotros hay un diablo”. Estas
hileras no fueron sometidas unas a otras, sino sólo ordenadas
según carácter y dotes personales. Judas Barsabás, discípulo, es-
tuvo entre los apóstoles, y así habló Jesús de él y de su modo
de ser, puesto en la segunda hilera.
Yendo adelante les instruyó como debían hacer en las cura-
ciones y echar los demonios, para que lo imitaran en el modo de
proceder que Él tenía en esos casos. Les dio la fuerza y la potes-
tad de hacer con la imposición de las manos y ungir precisamente
lo que Él hacía. Esta entrega del poder fue sin imposición de
las manos, pero fue verdadera entrega de una potestad. Estaban
en derredor de Él y he visto rayos de diversos colores salir
de Él e ir a los apóstoles y discípulos según la potestad recibida
y las disposiciones particulares de ellos mismos. Ellos dijeron:
“Señor, sentimos una fuerza en nosotros; tus palabras son ver-
dad y vida”. Desde ese momento sabía cada uno como debía
proceder en las curaciones sin pensarlo ni deliberarlo cada vez.
Jesús llegó con todos los suyos a Elkese, a una hora y me-
dia de Cafarnaúm y celebró el Sábado en la sinagoga, donde
ocurrió la lectura de la construcción del templo de Salomón.
Recuerdo que dijo que los apóstoles y discípulos eran como los
maestros de obra que deben, sobre los montes, aserrar y cortar
cedros y maderas. Habló de los adornos interiores del templo.
Después de la sinagoga, donde había muchos fariseos, fue invi-
tado a una comida. Se comió en una sala abierta. Muchas per-
sonas estaban alrededor para oír lo que se conversaba y muchos
pobres fueron obsequiados con alimentos. Como observaran los
fariseos que los discípulos se pusieron a la mesa sin lavarse las
manos, se lo reprocharon a Jesús, porque sus discípulos no obser-
vaban las tradiciones de sus mayores y no cumplían con esas
purificaciones. Jesús les preguntó por qué ellos no cumplían los
mandamientos y, contra sus tradiciones, no honraban al padre
y a la madre. Les reprochó su hipocrecía con sus lavajes exte-
riores. Con estas disputas terminó la comida, pero Jesús habló
aún al pueblo que se habia amontonado: “Oíd y entended; nada
de lo que entra por la boca del hombre desde afuera mancha al
hombre; lo mancha lo que sale del interior del hombre. Quien
tiene oídos para oír, oiga”. Llegados al albergue y estando solos
dijeron los discípulos que estas palabras habían escandalizado a
los fariseos. Jesús les dijo: “Toda planta que mi Padre no ha
plantado será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos y guía de
ciegos; cuando un ciego guía a otro ciego, ambos caen en la fosa”.
Cuando Jesús en la tarde siguiente terminó su enseñanza en la
sinagoga, levantaron los fariseos de nuevo sus observaciones por-
que los discípulos no observaban los ayunos. Jesús les repro-
chó su falta de caridad y su egoísmo, diciendo: “Los discípulos
comen después de mucho trabajo cuando otros les dan; cuando
los otros no tienen, ellos dan lo suyo y Dios lo bendice”. Trajo
a colación la multiplicación de los panes diciendo que allí los
discípulos dieron lo que necesitaban ellos y preguntó si ellos
hubieran hecho lo mismo que los apóstoles, que dieron sus
panes y sus peces a los hambrientos.
De aqui partió Jesús con sus apóstoles y discípulos a través
de la fortaleza y ciudad levítica de Kades-Neftali, edificada de
piedras negras y brillantes hacia la ciudad de Dan, llamada
también Lais y Leschem. Durante el camino les habló de la
oración. Les explicó el Padrenuestro y les dijo que hasta ahora
no habían orado dignamente, que sólo habían pedido, como
Esaú, sobre la grosura de la tierra; que debían pedir, como Ja-
cob, el rocío del cielo, dones celestiales, la bendición de la inte-
ligencia, el reino según la voluntad de Dios, y no como se ima-
ginaban ellos ese reino. Aún los paganos no hacen su oración
por bienes materiales solos, sino por riquezas espirituales. La
ciudad de Dan, al pie de una montaña alta, es muy extensa,
debido a los jardines de que está provista casi cada casa; todos
trabajan en sus huertas; cosechan hierbas y frutas de toda
clase, kalmus, mirra, bálsamo, algodón y muchas especias olo-
rosas, con las cuales comercian con los tirios y sidonios. Los
paganos viven aquí más mezclados que en otros lugares. Aunque
es una región tan hermosa y fértil, había muchos enfermos.
Jesús enseñó con los discípulos en un albergue en medio de la
ciudad. Los apóstoles y discípulos habian estado aqui en su
última misión, habian contratado este albergue y lo habian arre-
glado para este fin. Entre apóstoles y discípulos eran aquí
treinta personas. Los que habían estado antes y a quienes se
dirigían los hombres por ayuda, llevaban a Jesús a diversas
casas de enfermos; los demás se esparcieron por los alrededores.
Pedro, Juan y Santiago quedaron con Jesús. Sanó enfermos de
varias clases: hidrópicos, melancólicos, endemoniados, leprosos,
estropeados, muchos ciegos y otros con hinchazones en la cara
y miembros. Ciegos y baldados había muchos, especialmente en-
tre los trabajadores. Esta ceguera provenía de la picadura de un
pequeño insecto que volaba en grandes cantidades. Jesús les
indicó una hierba con cuyo jugo debían untarse, que entonces
no les picarían esos insectos y les explicó una moraleja sobre el
asunto. Las hinchazones que solían degenerar en dolorosas que-
maduras y llagas, de las cuales morían los atacados, provenían
también de un pequeño insecto que se nutria de los árboles, y
descendía de ellos por el aire como nubes densas; estos insectos,
como hollín de las fábricas, se metían en la piel del hombre y
producían una hinchazón. Jesús les mostró otro insecto, como
remedio: debían ponerlo, aplastado, sobre la hinchazón y desapa-
recía la enfermedad; este insecto en un gusano blanco como una
lombriz de sótanos, con quince puntitos sobre el lomo, del tama-
ño de un huevo de hormiga y podía enrollarse sobre si mismo.

 

XIII
La Sirofenisa
Mientras duraban esasa curaciones una señora de edad, algo
encorvada, rengueando de una pierna y pagana, iba de una casa
a otra buscando ocasión de ver a Jesús; pero no se atrevía por
humildad y desde cierta distancia pedía ayuda; era de Ornitópolis.
Jesús evitaba, al parecer, su encuentro, pues ahora sanaba sólo a
los judíos enfermos. La acompañaba un criado con un paquete en la mano.
Esta señora estaba vestiada como extranjera, con ataduras en los brazos
y en el cuello de su vestido; sobre la cabeza llevaba una especie de
mitra puntiaguda rodeada de una tela de color y estaba cubierta con el
velo. Esta señora tenía en casa una hija enferma y endemoniada y esperaba
desde hacía tiempo a Jesús. Había venido aquí cuando andaban los apóstoles
en estos lugares y ellos se lo recordaban a Jesús. Él contestaba que
aún no era el momento, que no quería dar motivo de queja a los judíos, que
no quería mostrar preferencia a los paganos sobre los judíos. Por la tarde
fue Jesús con Pedro, Juan y Santiago a la casa de un anciano judío, bien
intencionado, amigo de Lázaro y de Nicodemo y discípulo secreto de Jesús.
Daba mucho de lo suyo para la comunidad, para los albergues; tenía dos hijos
y dos hijas de cierta edad, y era un hombre débil por la edad. Los hijos no
estaban casados, eran nasireos, llevaban cabellos largos partidos y no
se cortaban la barba. Las hijas tenían cabellos largos partidos que se
veían debajo del velo. Todos vestían de blanco. El anciano padre, de larga
barba blanca, fue llevado por sus hijos a la presencia de Jesús ya que no
podía caminar solo. El buen viejo lloraba de emoción, lleno de veneración y alegría.
Los hijos lavaron los pies de Jesús y sus apóstoles y le ofrecieron
una refeccón de frutas y pequeños panes. Jesús se mostró con ellos
muy familiar y confiado; habló de sus giras próximas y dijo que no
aparecería públicamente en Jesusalén para esta Pascua. No permaneció
mucho en la casa. El pueblo había espiado su estadía allí y se había reunido
una multitud en el patio. Jesús salió al patio y al jardín y sanó y enseñó
entre las paredes que defendían el recinto durante varias horas.
La mujer pagana hacía mucho que estaba allí esperando,
a cierta distancia. No se atrevía a acercarse y Jesús tampoco se
aproximaba. Ella se contentaba con clamar, como otras veces:
“Señor, hijo de David, ten misericordia de mí. Mi hija está ator-
mentada por un demonio impuro”. Los discípulos le rogaron con-
solase a la mujer. Jesús dijo: “No he sido enviado sino a las
ovejas perdidas de la casa de Israel”. La mujer se acercó final-
mente, y echándose a los pies de Jesús, exclamó: “Señor, ayú-
dame”. Jesús dijo: “Deja primero que los hijos se sacien. No es
conveniente quitar el pan de los hijos y darlo a los perros”. La
mujer contestó: “Señor, también los perrillos comen de las mi-
gajas que caen de la mesa de su señor”. Dijo entonces el Señor:
“Mujer, grande es tu fe; hágase como tú deseas”. A la pregunta
de si no deseaba ella misma ser sana, pues estaba inclinada ha-
cia un lado, contestó que se creía indigna de ser sanada y pedía
sólo por su hija; pero Jesús puso una mano sobre su cabeza y
la otra al lado baldado y le dijo: “Enderézate y se cumpla como
tú lo deseas; tu hija está libre del demonio”. Se levantó la mu-
jer en pie derecha y esbelta, y quedó un instante inmóvil; luego
exclamó con las manos levantadas: “Señor, veo a mi hija sana y
buena tendida en la cama”. Estaba fuera de sí de contenta. Tu-
vieron luego una comida en la casa de los nasireos; estaban
presentes algunos levitas de Kades y todos los apóstoles y discí-
pulos que se habían reunido de nuevo en el albergue. Fue una
comida abundante, como hacía tiempo que no tenían los disci-
pulos y fueron provistos los pobres del lugar. Jesús volvió muy
tarde al albergue. Ayer y hoy se hace la fiesta del novilunío.
Cuando a la mañana siguiente Jesús enseñaba y sanaba
bajo las columnatas del mercado, vino la Sirofenisa trayendo a
un pariente venido de Ornitópolis: estaba estropeado este hom-
bre del brazo derecho y además era sordomudo. La mujer pidió
ayuda para él y le rogó fuese a su ciudad para poder agrade-
cerle allí los favores recibidos. Jesús tomó al hombre a un lado,
puso su mano sobre el brazo enfermo, oró, y aquél extendió su
brazo sano y bueno. Luego tomó un poco de su saliva, le tocó
los oídos, y llevóle la mano sanada a la lengua, miró al cielo y
oró; el hombre se levantó al punto, habló y agradeció. Jesús
se adelantó al pueblo con el hombre, el cual empezó a hablar
perfectamente y en tono profético. Se echó primero a los pies
de Jesús y dió gracias; luego se volvió hacia los judíos y los
gentiles pronunciando amenazas contra los judíos; nombraba
los lugares de las maravillas de Jesús y sus milagros y repro-
chaba la obstinación de los judíos, y añadió: “El alimento que
vosotros, hijos de la casa, despreciáis y echáis, lo juntamos nos-
otros los desheredados, y con ese alimento viviremos y daremos
gracias. Con el fruto de las migajas que nosotros juntamos se
compensa lo que vosotros dejáis perderse del pan del cielo”.
En esta forma habló de modo tan maravilloso que todo el pue-
blo estaba conmovido.
Abandonó Jesús la ciudad y subió con los discípulos y após-
toles a una altura muy apartada de una montaña al oeste de
Leschem, donde había una cueva amplia con bancos y asientos.
Eran estas cavernas lugares de descanso para viajeros. Cami-
naron un par de horas y pasaron la noche allí, donde enseñó
Jesús de las diversas maneras de sanar, según los casos. Le ha-
bían preguntado, en efecto, por qué al mudo le haíia hecho po-
ner su propia mano en la boca y lo había apartado de los demás.
Él los instruyó sobre esto, enseñó sobre la oración y alabó a la
mujer pagana que pedía conocimiento de la verdad y no bienes
materiales. También les prescribió varias cosas: que salieran
de a dos en dos y que enseñasen las mismas verdades que Él
les había enseñado. Les dijo que de tanto en tanto se reuniesen
y se comunicasen los resultados de la misión y cómo les había
ido en ella; que los apóstoles dijeran a los discípulos la parte
de la misión que debían cumplir; que durante el camino lo pa-
saran rezando y hablando de las cosas que iban a enseñar.
Haciendo camino llegaron a la ciudad de Hamator que está
situada en una altura y tuvieron que fatigarse mucho para
llegar, hasta que ascendieron a una altiplanicie desde donde se
podía ver el Mediterráneo. Luego descendieron por varias ho-
ras y llegaron a un río, que desde el norte de Tiro se echa en el
mar y entraron en un albergue del camino a tres o cuatro ho-
ras de Ornitópolis.

XIV
Jesús en la ciudad de la Sirofenisa
La Sirofenisa era una mujer respetable en su propia ciu-
dad. Se había ausentado a su casa y preparado para Jesús y sus
acompañantes una muy buena recepción. Los paganos acudie-
ron humildes al encuentro de Jesús y de los suyos, los llevaron
aparte y les hicieron todos los servicios con mucha humildad y
reverencia, teniendo a Jesús por un gran profeta. Al día siguien-
te subió Jesús con los suyos a una altura, cerca de una pequeña
ciudad pagana, donde había un sitial de enseñanza desde los
antiguos tiempos en que algunos profetas habían enseñado. Los
mismos paganos tenían este lugar por respetable y lo habian
cubierto con una hermosa tienda en el sitial de enseñanza. Ha-
bía muchos enfermos que se mantenían a distancia, reverentes,
esperando que Jesús se acercara a ellos con sus discípulos.
Jesús sanó a muchos con llagas, estropeaduras en los miem-
bros, hombres con manos áridas, melancólicos, algo endemo-
niados, los cuales, librados, salían como de un sueño en que
estaban sumergidos. A los que tenían llagas e hinchazones muy
graves Jesús les ponía la mano y desaparecía el mal. Hizo traer
por los discípulos una planta que crecía allí sobre las desnudas
rocas, con hojas gruesas y grasosas; un poco del agua que tenía
en un frasco lo hacía poner por los discípulos sobre las llagas
sanadas y tenerlo algún tiempo sobre el lugar de la parte en-
ferma. Después de estas curaciones Jesús pronunció un hermoso
sermón sobre el llamamiento de los paganos, explicó varios pasa-
jes de los profetas y les dijo que sus ídolos eran vanos como su
culto. Después fué con sus discípulos al Noroeste, hacia Ornitó-
polis, distante unos tres cuartos de hora del mar. Esta ciudad
no es grande, pero tiene hermosos edificios; al Este, sobre una
altura, se ve el templo de los ídolos. Jesús fué recibido con
extraordinario amor. La Sirofenisa hizo arreglar todo ricamente;
por humildad y reverencia hizo hacer estos preparativos por
las pocas y pobres familias de judíos que viven en el lugar.
Toda la región estaba llena de la fama de los hechos aconteci-
dos; de la salud y liberación de la hija, de la salud recuperada
de la madre, y especialmente de haber recuperado el habla y
el oido el pariente de la Sirofenisa que luego habló profética-
mente de Jesús y de las amenazas contra los obstinados. Todos
estaban reunidos cerca de la casa: los paganos, por humildad y
reverencia, se mantenían a cierta distancia llevando ramas y
palmas en la mano; los judíos, en cambio, unos veinte, con algu-
nos muy ancianos que debían ser sostenidos, precedían a los
que venían al encuentro de Jesús; el maestro del lugar venía
con sus alumnos; las mujeres y las doncellas seguían el cortejo
cubiertas con el velo. Para Jesús y sus discípulos se había desocu-
pado una casa cerca de la escuela y la Sirofenisa la había hecho
arreglar con hermosos tapices, alfombras, menaje y lámparas.
Se les lavó los pies con mucha humildad por los judíos del lugar
y se les dio otros vestidos y suelas para los pies, mientras se
les arreglaba, sacudía y limpiaba los propios vestidos. Después
estuvo Jesús con el maestro y enseñó en la escuela.
Se preparó una espléndida comida en honor de Jesús en
una sala abierta. Fue preparada por la Sirofenisa: esto se veía
en todos los detalles del menaje, de los vasos, de la clase de
comidas, de las mesas y su disposición, que eran todos del modo
que usaban los paganos. Había tres mesas, mucho más altas de
lo que acostumbraban los paganos; asimismo eran diferentes
los divanes y asientos. Los alimentos estaban preparados en
forma de artísticos animales, aves, plantas, árboles, colinas y
pirámides; eran en realidad otros de lo que aparecían; así, for-
mas de peces eran en realidad carne, y formas de aves eran
peces; corderos compuestos de hierbas y frutas, de harina o de
miel. No faltaban corderos asados y toda clase de confituras.
En una mesa estaba Jesús con sus apóstoles y algunos judíos
ancianos; en otra los discípulos con otros judíos, y las mujeres
con los niños comían en otra mesa separada por una cortina.
Durante la comida entró la mujer sirofenisa con su hija y sus
parientes para dar las gracias. Los criados venían detrás tra-
yendo hermosos regalos en lindos canastillos. La hija se ade-
lantó con un recipiente de ungüento muy apreciado y, cubierta
con el velo, lo derramó sobre la cabeza de Jesús, por detrás.
Luego retrocedió modestamente hacia su madre. Los criados
entregaron los regalos a los discípulos; eran dones de la hija.
Jesús agradeció estos regalos. La mujer le dio la bienvenida a
su tierra y declaró que sería una alegría para ella si pudiera
mostrar no fuera más que su buena voluntad en su indignidad
para compensar en algo los muchos disgustos que recibía de
las gentes de su nación. Esto lo hacía con gran humildad y
desde cierta distancia, como reputándose indigna de acercarse
más. Del dinero que venía con los regalos hizo repartir a los
pobres del lugar, como también de los alimentos presentados
en la mesa.
Esta mujer sirofenisa era una viuda muy rica; su marido
había muerto cinco años atrás: había sido propietario de varios
buques grandes y tenía mucha gente de mar a su servicio; po-
seía muchos campos y hasta pequeñas villas. Cerca de aquí hay
un resalte dentro del mar donde vive mucha gente formando
una población y que pertenece a esta mujer. El marido fue un
rico mercader y la señora es muy estimada en la región. Los
judíos pobres del lugar casi todos vivían a expensas de esta
mujer caritativa. Era muy prudente y bienhechora y dentro de
su paganismo tenía cierta iluminación en su religión pagana.
Su hija tendría 24 años de edad y era de hermosa presencia y
muy agraciada y crecida. Su vestido era de color variado con
collares al cuello y brazaletes en los brazos; había tenido por
razón de sus riquezas a muchos pretendientes, pero estaba po-
seída de un temible demonio; cuando le venían las convulsiones
saltaba de su lecho y quería huir, de modo que era necesario
vigilarla de continuo y a veces atarla. Cuando le pasaban esos
accesos era buena y virtuosa. Era esta situación una espantosa
prueba para la madre e hija tan distinguidas, y por eso tenían
que tenerla oculta. Ya hacía muchos años que soportaba esta
prueba. Cuando la madre volvió a su casa, le salió al encuentro
la hija, ya librada, y le dijo la hora en que había sido sanada:
la misma en que Jesús le había dicho. Grande fue la alegría de
la madre al ver a su hija sana y grande; y la de la hija al ver a
su madre derecha y esbelta. Aumentó la alegría de ambas al
oír y ver sanado al pariente mudo y sordo y oirse saludar. Esta-
ban por eso llenos de gratitud hacia Jesús y habian preparado
esta magnífica recepción. Los regalos eran todos de la hija, los
que había recibido en diversas ocasiones desde su niñez de su
madre, de sus parientes y especialmente de su padre cuando
volvía de sus viajes: era la única hija de este matrimonio. Se
trataba de alhajas y preciosidades que suelen regalarse a hijos
de familias ricas; había algunos objetos valiosos que habían
tenido ya sus antepasados; entre otros, idolillos de piedras pre-
ciosas con perlas y adornos de oro; piedras preciosas de mucho
valor; vasos de materia preciosa, y pequeñas figuras diversas
cuyos ojos eran piedras preciosas refulgentes, como también
la boca. Había materias olorosas como ámbar y arbolillos de
oro con frutos de piedras preciosas. Era un verdadero tesoro.
Algunas joyas yo las calculaba de un valor como de mil táleros
(escudos). Jesús dijo que todo se repartiese a los pobres y ne-
cesitados, que su Padre celestial lo recompensaría.
El Sábado visitó Jesús a algunas familias judías: daba li-
mosnas, consolaba y exhortaba. Había algunas familias muy
pobres y desamparadas. Los reunió a todos en la sinagoga y les
habló con mucho cariño y amor, porque ellos se tenían despre-
ciados por los judíos de Judea. Preparó a muchos para el bau-
tismo, y se bautizaron unos veinte hombres en el baño de un
jardín; entre ellos estaba el pariente curado de la sirofenisa.
Jesús se dirigió con sus discípulos a la casa de la sirofenisa,
que tenía una hermosa vivienda rodeada de jardines y patios.
Fue recibido con mucha solemnidad. Los criados estaban con
vestiduras de fiesta y ponían costosas alfombras por donde
pasaba Jesús. En el vestíbulo sostenido por columnas se adelan-
taron la madre y la hija cubiertas con el velo, y se echaron a
sus pies, dándole gracias; igualmente el hombre sanado de su
mudez y sordera. En la sala había preparados admirables tra-
bajos de pasteleria y frutas sobre preciosas fuentes. Los reci-
pientes eran de vidrio de variados colores y vetas, al parecer
fundidos de varias clases en uno. Entre los judíos más ricos
había visto alguno que otro de estos vasos preciosos; pero aquí
los había en abundancia. En los ángulos y cavidades de las
paredes había, cubiertos por cortinas, cierta cantidad de estos
vasos. Los alimentos estaban sobre mesitas redondas y de otras
formas, que podían unirse y formar una mesa grande. Entre
los alimentos vi grandes racimos de uva seca que aún colgaban
de sus tallos y estaban en aquellos vasos preciosos; otros frutos
parecian colgar de ramas como si fuesen arbolillos. Había una
composición en forma de caños con hojas y frutos como uvas,
blancos: quizás eran azucarados y parecían coliflores; se des-
gajaban de su tallo y tenían un gusto exquisito. La planta que
servía para formar esta confitura crecía cerca del mar en una
posesión de la señora y abundaba en lugares húmedos y pan-
tanosos.
En otro lado de la casa se reunían las criadas, los servido-
res, amigas de la hija y otros trabajadores. Jesús habló breve-
mente con ellos. La mujer pidió con humilde insistencia que
Jesús visitara a los pobres de Sarepta, como también otros
lugares de esta región. Tenía esta mujer mucha prudencia y
arte en expresar y exponer sus necesidades. Dijo más o menos:
“Sarepta, cuya pobre viuda compartió con Elías todo lo que
tenía, es ahora una pobre viuda ella misma y está pobre y ham-
brienta. Ahora Tú, como el mayor de los profetas, compadécete
de esta pobre ciudad. Y a mí, pobre viuda, a quien Tú has con-
solado y dado todo lo que tengo, perdónale que ella, pobre viu-
da, te pida por esa otra viuda desamparada”. Jesús le prometió
ir allá. Le dijo también la sirofenisa que quería edificar una
sinagoga y que Jesús le indicase el lugar. No recuerdo que res-
puesta le dio. Esta mujer tenía talleres muy grandes de tejedu-
ría y tinturería; en lugares cerca del mar, como a distancia de
su casa, tenía tiendas donde se veían extendidas muchas clases
de tejidos de diversos colores. Tienen allí en mucho aprecio
los objetos de ámbar y de esto he visto que eran muchos de
los regalos que recibió Jesús de la hija de la Siroíenisa. La
conclusión del Sábado la hizo Jesús en la sinagoga de los ju-
díos, que estaba adornada. Para consuelo de los pobres judíos
les dijo que ya no se realizaba lo dicho por el profeta: “Vuestros
padres comieron uvas acerbas y sus hijos tienen ahora sus dien-
tes gastados”. El que escucha ahora su voz, hace penitencia y se
arrepiente y se hace bautizar, ya no lleva las consecuencias de
los pecados de sus padres. Esto consoló en gran manera a los
pobres judíos.
Por la tarde del dia siguiente Jesús se despidió de la Siro-
fenisa, la cual con la hija y el pariente sanado le regalaron for-
mas alargadas de oro con provisiones de pan, frutas, bálsamo,
miel en canastillos y recipientes con bebidas para el viaje, y
enviaron al albergue de Sarepta regalos para los pobres que
encontraran. Jesús exhortó a toda la familia, les recomendó a
los judíos pobres del lugar y su propia salud y se despidió entre
las lágrimas de todos los de la casa que se mostraron muy humil-
des. Esta mujer está muy iluminada y ya no va al templo de los
paganos con su hija, sino que hace según las enseñanzas de Je-
sús; se une a los judíos en su religión y trata de atraer a otros
paganos a su modo de ser. Jesús instruyó a los discípulos en va-
rias cosas referentes a su misión, al orden y deberes a cumplir
y donde debían ir. Tomás, Tadeo y Santiago el Menor partieron
con los discípulos que no quedaron con Jesús hacia la tribu de
Aser. No debían llevar nada consigo. Jesús fue con los otros
nueve apóstoles y con Saturnino, Judas Barsabás y otro más y
con los judíos del lugar y muchos paganos que le acompañaron
a Sarepta. Diez y seis judíos le acompañaban hasta Sarepta. Je-
sús no entró en la ciudad, que está a dos horas y media al Norte,
sino que se dirigió a un grupo de casas donde la viuda de Sa-
repta habido juntado ramitas cuando llegó Elías. Habitaban
este lugar judíos más pobres aún que los de Ornitópolis, que
gozaban del favor de la Sirofenisa. Jesús y los suyos tuvieron el
albergue pronto por la solicitud de la Sirofenisa y estaban allí
también los regalos que Jesús debía distribuir a los pobres. La
gente le salía al encuentro con indecible amor y reverencia, y
le lavaron los pies. Jesús consoló a hombres, mujeres y niños,
y después de haber enseñado se dirigió con diez y seis hombres
de Ornitópolis y otros de Sarepta a un lugar distante un par
de horas de camino subiendo al Este. Sobre una colina, junto a
un poblado de paganos, enseñó a las gentes que lo esperaban;
siguió su camino, mientras los hombres de Ornitópolis se vol-
vían a su ciudad. Así andando llegó Jesús al Hermón, que parece
la cúspide de las montañas que encierra Galilea. Pasó el Hermón
por un alto valle y entró en Rechob, al pie del Hermón, hacia el
Sudoeste, debajo de Baal-Hermón, gran ciudad y con sus templos
de ídolos, cuyos edificios miran hacia la pequeña Rechob, al
pie de la montaña.

XV
Jesús en la ciudad de Gessur
Desde Rechob se dirigió Jesús, unas siete horas al Noreste,
a la ciudad de Gessur, donde se albergó entre los publicanos, de
los cuales hay muchos en esta ciudad, o, mejor dicho, en el
camino que lleva a Damasco. Gessur es una ciudad grande y
hermosa. Veo muchos soldados romanos. Los paganos y judíos
viven separados en la misma ciudad, aunque en el trato común
se llevan bien unos y otros, razón por la cual estos judíos son
despreciados por los de otras regiones. De Gessur habían ido
muchos judíos y paganos al sermón del monte y oído las Bien-
aventuranzas. Algunos enfermos habían sido ya curados por
los apóstoles enviados por Jesús. Se encontraba aquí un ciego
que había recobrado la vista durante la enseñanza de Jesús en
la multiplicación de los panes. El marido de María Sufanita
era de aquí; ahora vive con ella en Ainón. Absalón había vivido
aquí algún tiempo cuando huyó de su padre David; pues su
madre Maacha era hija de un rey de este lugar de nombre Tolmai.
El apóstol Bartolomé, que vino a esta misión, es descen-
diente de esta familia real. Su padre tuvo mucho tiempo los
baños de Betulia; después se trasladó a Caná y de allí a las
posesiones que compró en el valle de Zabulón. Por eso se hizo
Bartolomé ciudadano de este lugar. En Gessur tenía todavía,
por parte de la madre, a un tío muy anciano, que era pagano y
poseía muchas riquezas. Este anciano vivía en una gran casa
en medio de la ciudad y se hizo llevar al albergue donde estaba
Jesús con los publicanos. Allí enseñaba Jesús sobre una terraza
donde estaban amontonadas las mercaderías, que aquí eran
controladas y pagaban los impuestos. Este anciano habló con
los apóstoles, especialmente con su sobrino, e invitó a Jesús a
una comida. Todo el pueblo oyó la predicación de Jesús, hom-
bres, mujeres y niños; mezclados los paganos con los judíos del
lugar. Comió con los publicanos en compañía de otros muchos.
Fue una maravilla ver a estos publicanos ordenar sus riquezas
para repartir parte de ellas a los pobres. Cuando Jesús fue a la
casa del tío de Bartolomé fue recibido solemnemente, con al-
fombras a sus pies, se le preparó una gran comida al estilo pa-
gano en los alimentos y en el modo de presentarles. Los pa-
ganos adoraban aqui a un ídolo de varios brazos con un canas-
tillo de espigas sobre la cabeza. Muchos, en cambio, seguían la
religión de los judíos y otros las enseñanzas de Jesús; algunos
de ellos habían sido bautizados por Juan y otros por los discí-
pulos y apóstoles en Cafarnaúm. Los publicanos repartían ahora
parte de sus riquezas a los pobres; en la plaza donde Jesús
enseñaba había grandes montones de trigo que daban a los
pobres; repartían también algunos campos a pobres trabajado-
res y esclavos y reparaban todas las injusticias que habían
cometido.
Cuando Jesús volvió a la casa del publicano y enseñaba
delante de judíos y paganos, acudieron algunos fariseos de otras
partes y reprocharon a Jesús que viviera y tratara con los pu-
blicanos e infieles. El anciano tío de Bartolomé con otros diez
y seis hombres fueron bautizados en una fuente de un jardin.
Las aguas procedían de un pozo de la ciudad situado muy alto,
por canales dirigidos hasta el jardín. Judas Barsabás bautizaba.
El jardín estaba muy bien adornado; todo se hizo con mucha
solemnidad; se repartió mucho a los pobres, y el anciano tío
de Bartolomé dió grandes limosnas. Jesús enseñó por la con-
clusión del Sábado en la sinagoga, se despidió de todo el pue-
blo delante de la oficina del publìcano, repartió limosnas a los
pobres, y acompañado de mucho pueblo se dirigió, a cinco horas
de allí, a un lugar de pescadores en el lago Phiala, situado en
la montaña a unas tres horas de camino al este de Paneas. Llegó
muy tarde y se hospedó con el maestro de la escuela, la mayo-
ría eran judíos. El lago Phiala mide una hora de camino, tiene
riberas playas, aguas claras y se pierde en una montaña. Se ven
canoas sobre sus aguas. La comarca tiene campos de trigos y
hermosas praderas, donde pacen camellos, asnos y ganado; veo
árboles de castañas. De este y del otro lado hay varias aldeas de
pescadores judíos, cada una con su escuelita. Jesús enseñó en
estas escuelas y fue luego a visitar algunas casas y chozas de
pastores. Juan Bautista estuvo también aqui algún tiempo.