Viaje de Jesús al país de los Reyes Magos y Egipto – Sección 1

I
Jesús va a Cafarnaúm pasando por las ciudades de Misael,
Tenath, Naím, Azanoth y Damna
Al Norte, en una suave pendiente, está situado el hermoso
parque de Misael con una espléndida vista a la ensenada del
mar. Está en la mitad de la subida a la colina, desde donde se
divisa el pantano o laguna Cendevia y la ciudad de Libnath,
que está como a hora y media hacia el mar, mientras Misael
está a varias horas distante del mar. La ciudad de Dabeseth está
a cinco horas al Oeste de aquí, sobre el río Kisón, y Nazaret
como a siete horas. Jesús paseaba en este parque con sus após-
toles y les contó la parábola de un pescador que pasó al mar a
pescar y pescó 570 peces. Les dijo que el buen pescador toma
los peces de aguas malas y los pasa a aguas mejores; que me-
jora las fuentes, como Elías, y que saca los peces buenos de los
lugares malos, donde hay tiburones que se tragan a los pece-
cillos y que el pescador bueno les prepara mejor lugar para
criarse en fuentes libres de peces devoradores. En la parábola
también llegó a aquello de que los marinos fiados de sus pro-
pias luces y caprichos van a dar con su nave en un banco de
arena, por no querer escuchar al capitán que les indica el ca-
mino que debían seguir en su navegación. Los que habían ve-
nido con Él de la isla de Chipre lloraban al oír esta parábola
del buen pescador y al decir Jesús qué costó al pescador sacar
algunos peces buenos de ciertas aguas malas infectadas de ti-
hurones.
Jesús dijo bien claro que el número de los salvados era de
570, y que este número bien valía la pena todo el trabajo que
se había hecho en la isla. Delante de los levitas habló de las
cosas de Chipre, y éstos se alegraron al saber que venían al-
gunos de allá a establecerse en Palestina. Vendrán muchos a
través de Ptolemaida. Jesús aludió también al peligro a que
estaban expuestos en Chipre. Los levitas preguntaron si los
paganos se harían aquí poderosos con el tiempo hasta repre-
sentar un peligro. Jesús habló del juicio que iba a venir sobre
todo el pais, de lo que a Él mismo le esperaba, y del castigo de
Jerusalén. No podían ellos comprender por qué entonces que-
ría Él volver a esa ciudad. Jesús les dijo que aún tenia muchas
cosas que hacer y que terminaría su obra allí. La mujer siro-
fenisa de Ornitópolis mandó, por medio de los discípulos, pla-
quitas de oro sueltas y otras unidas como rosarios. Quiere ayu-
dar a Mercuria a huir de Chipre en una de sus naves. A pedido
de los levitas dirigióse Jesús a la ciudad de Misael. Está cer-
cada de muros y torres y es antigua; viven algunos paganos en
los muros. Isabel vivió algún tiempo allí con su padre, que era
un levita; también Zacarías había estado aquí. Isabel nació en
Esdredón, a dos horas, en una casa solitaria que tenían sus pa-
dres y que ella misma heredó. También ella fue llevada a los
cinco años al templo. Cuando salió estuvo algún tiempo en
Misael y más tarde fue con Zacarías a vivir en Judea. Jesús
habló de Isabel y del Bautista, diciendo que era el Precursor
del Mesías, tan claramente, que ellos podían entender que Jesús
era ese Mesías. Jesús, acompañado de los levitas, fue por la
ciudad a varias casas, donde sanó a niños enfermos y a varios
hombres estropeados, los cuales extendían sus manos envueltas
pidiendo ayuda. Visitó también a Simeón en Libnath y concluyó
la festividad del Sábado en la sinagoga. Las mujeres estaban
en la parte alta, no lejos del sitial de enseñanza. Habló de los
sacrificios por el pecado, y luego de Sansón, dando explicacio-
nes de sus hechos y de su persona como de un santo varón cuya
vida era una profecía. No había perdido toda su fuerza: había
conservado la fuerza de hacer penitencia y había derribado el
templo de los paganos sobre sí mismo por orden de Dios. Judas,
que hace negocios de buena gana, y Tomás, cuya familia tiene
mucha madera en el puerto y es bien conocido allí, partieron
con otros discípulos a Hepha para hacer los preparativos para
la próxima llegada de los que venían de Chipre.
Jesús partió con varios discípulos, entre ellos Saturnino, a
la ciudad levitica de Tenath, donde lo recibieron los jefes de la
sinagoga. Los fariseos de aquí no eran enemigos declarados,
pero sí suspicaces y espiaban sus palabras: lo he conocido por
las señas y palabras que se decían unos a otros. Decíanse que
Jesús debía ver a varios enfermos y si visitaría a uno de ellos,
que había estado en Cafarnaúm, y se encontraba bastante mal.
Pensaban que Jesús no lo haría porque aquel fariseo se había
mostrado contrario: que quizás en castigo de su pecado había
contraído una extraña enfermedad. Se agitaba siempre sin po-
der aquietarse e iba decayendo visiblemente. Se trataba de un
hombre de unos treinta a cuarenta años, con mujer e hijos.
Jesús le preguntó si creía que Él podía ayudarle. El hombre
estaba abatido y contestó avergonzado: “Sí, Señor, yo lo creo”.
Entonces le puso Jesús una mano sobre la cabeza, y la otra
sobre el pecho, oró, le mandó levantarse y tomar alimento. El
hombre se levantó sano, dando gracias entre lágrimas con su
mujer y sus hijos. Jesús habló amigablemente con todos, sin
recordar de ninguna manera el mal proceder del fariseo, en otro
tiempo su enemigo. Cuando vieron los fariseos a su compañero
sano en la sinagoga, perdieron el ánimo de hacer objeciones
contra Jesús.
Jesús enseñó acerca del cumplimiento de los profetas, de
Juan Bautista, Precursor del Mesías, y del Mesías mismo, tan
claramente, que ellos podían pensar fácilmente que hablaba de
Si mismo. Dirigióse Jesús a un taller de carpintería de Tenath,
donde había trabajado algún tiempo José, cuando huyó de la
persecución de sus hermanos en la casa paterna de Belén. Era
una serie de edificios donde trabajaban doce hombres, que vi-
vían allí mismo, y que trabajaban y comerciaban la madera. El
sitio que había ocupado José estaba habitado por otros del prin-
cipal del taller: éstos no trabajaban ya, sino que hacían trabajar
a otros más pobres y vendían luego las maderas trabajadas a
las naves que las transportaban a otros países. Hacían trabajos
finos: bastones, biombos y tabiques de maderas entrelazadas.
Todavía se hablaba de que José, el padre del Profeta, había
trabajado aquí, pero no sabían a punto fijo si era el mismo
José de Nazaret u otro del mismo nombre. Yo pensé entonces
entre mí: “¡Si esta gente ya no sabe bien estas cosas, qué ma-
ravilla que nosotros no sepamos ya casi nada de José!”
Jesús enseñó sobre el trabajo y la perversidad de la usura,
y se dirigió hacia la poco agradable aldea de Sión, a dos horas
al Oeste del Tabor. Tiene un antiguo castillo, una sinagoga a
cierta altura; debajo, en un lugar insalubre, a orillas del Kisón,
hay un resto de casas: sus habitantes dependen de los que viven
arriba, los cuales los oprimen. Jesús enseñó en la sinagoga:
dijo que los fariseos imponen graves cargas que ellos no llevan,
y se refirió a la opresión del prójimo y a la codicia del dinero.
Habló del Mesías, que aparece muy diferente del que ellos se
habían imaginado en su fantasía. Había venido precisamente
para consolar a la pobre gente de abajo oprimida por los de
arriba. Entró en algunas casas donde había enfermos y sanó a
los que estaban con reuma, gota y otras enfermedades. Los
fariseos arrinconaban a los enfermos abajo, en donde no había
siquiera un poco de aire libre y sano. Jesús y sus discípulos
regalaron a los pobres tejidos, mantas y telas.
Jesús se dirigió a Naím, como a hora y media de camino.
Le salieron al encuentro, junto al pozo, algunos discípulos y
el niño resucitado; había allí unos once discípulos, aunque nin-
gún apóstol. Los discípulos de Jerusalén habían venido a Naím
con algunas santas mujeres. Otros habían celebrado las fiestas
de Pentecostés con María en Nazaret y habían regresado al en-
cuentro de Jesús. Entró en el albergue que la viuda tenía pre-
parado para Jesús y estuvo con ella. Las mujeres salieron con
el velo y cayeron de rodillas ante Jesús.
Él las saludó y penetró en la sala. Además de la viuda Ma-
roni, estaban allí Marta, Magdalena, Verónica, Juana Chusa y la
Sufanita. Las mujeres se sentaron en un ángulo de la sala so-
bre alfombras y almohadones, con las piernas cruzadas. No ha-
blaron hasta que Jesús les dirigió la palabra. Contaron cosas de
Jerusalén, de Herodes que lo buscaba, y Jesús cortó estas con-
versaciones levantando el dedo, dando a entender que no se
preocuparan de estos cuidados temporales y no juzgasen a na-
die. Jesús habló de su viaje a Chipre y de los que habían oído
su palabra. Habló con bondad del gobernador romano de Sala-
mina. Como pensaran las mujeres que sería mejor que ese buen
hombre no quedara en Chipre, Jesús dijo que era necesario que
permaneciera ahora allá para ayudar a otros, hasta que, cum-
plida su obra, fuera reemplazado por otro que también sería
amigo de la comunidad cristiana de la isla. Magdalena y la
Sufanita ya no aparecen tan rozagantes como antes: están más
delgadas, con el rostro caído y los ojos llenos de lágrimas.
Marta, como siempre, llena de actividad y muy entendida en
los quehaceres domésticos. Juana Chusa es una mujer alta, pá-
lida, aunque fuerte, muy seria y activa. Serafia (Verónica) es
decidida, valerosa y llena de ardimiento: me recuerda a Santa
Catalina Mártir. Cuando están reunidas se ocupan en confec-
cionar ropa, telas, vestidos para los pobres, y en otros trabajos
para la comunidad de Jesús. Juntan víveres, que distribuyen
luego en diversos albergues, donde se hospedan los discípulos,
que usan según sus necesidades y dan a los pobres y enfermos.
También trabajan para algunas sinagogas desprovistas. Tienen
sus criadas consigo que llevan y traen las cosas en sacos de
cuero, o debajo de sus mantas. Estas criadas visten algo dife-
rente de las dueñas. Cuando éstas llegan al albergue, vuelven
las criadas o esperan donde se les indica. La criada de Verónica
hace tiempo que está con ella y la he visto aún después de la
muerte de Jesús.
Cuando Jesús llegó el Sábado a la sinagoga no fue al sitial
de enseñanza sino que se mantuvo con sus discípulos en el
lugar que suelen ocupar los maestros viajeros. Los rabinos lo
forzaron con ruegos, después de darle la bienvenida y de haber
hecho la oración, a adelantarse donde estaban los rollos para
leer y explicar. La lección trataba de IV Moisés, 8, l-13 y de
Zacarías, 2, 10-4-8, que habla de los levitas, de los murmura-
dores, de las codornices y del castigo de Miriam. En el profeta
Zacarías habló del Mesías y del llamamiento de los paganos.
El comentario fue muy severo: dijo que los paganos serían lla-
mados para ocupar el lugar de los endurecidos judíos. Del
Mesías dijo que no lo reconocerían, que aparecía muy diferente
de lo que se imaginaban ellos. Entre los fariseos había tres
atrevidos que habían estado en la comisión de Cafarnaúm. Es-
taban muy irritados con motivo de haber curado en Tenath al
fariseo enfermo y decían que lo había hecho para confundir a
los fariseos de allí. Le decían también que no profanase aquí
el Sábado, sanando a los enfermos, que estuviese quieto y re
tirado y no diese ocasión de tumulto y desorden en el pueblo.
Jesús contestó que haría su oficio hasta cumplir su misión. No
lo invitaron en Naím a ninguna comida. Estaban llenos de ren-
cor contra Jesús porque veían que su bondad y amor atraía a
los pobres, enfermos, sencillos y desamparados, a los cuales
precisamente alejaban y despreciaban.
Reina en Naím tiempo agradable. Jesús hizo el camino del
Sábado con sus discípulos y habló tiernamente de su próximo
fin. Los exhortó a mantenerse fieles y constantes, pues se acer-
caban para Él tiempos de grandes tribulaciones y persecuciones.
Les dijo que no se escandalizaran por eso, que Ël no los aban-
donaría nunca, que ellos tampoco le abandonarían. Con todo,
le tratarían tan mal que su misma fe estaría en peligro. Ellos
se mostraron conmovidos y lloraban. Luego se dirigieron al
jardín de la viuda Maroni, donde se juntaron también las san-
tas mujeres. Jesús les habló de las reconciliaciones efectuadas
en Mallep, Chipre, especialmente de aquella pareja que piensa
venirse a vivir en Palestina. También habló de Mercuria, que
vendrá con la Sirofenisa, la cual también se dispone a dejar a
Ornitópolis, para venir primero a Gessur y luego más adentro.
Vinieron ya bastantes de Chipre y otros desembarcarán en
Joppe. Cuando pasó Jesús con los discípulos desde el parque
a la sinagoga, para terminar la festividad del Sábado, encontró
en el camino a varios enfermos en sus camillas, que agitaban
sus manos suplicantes, pidiéndole ayuda. Jesús los sanó. De
este modo fue acercándose a la sinagoga, junto a la cual habían
traído a otros enfermos. Entre ellos había uno todo hinchado
por la enfermedad y otros a quienes el Señor había diferido
la curación porque su fe era insuficiente o les convenía padecer
algún tiempo para pedir más humildemente su curación. Lle-
garon en ese momento los fariseos, los cuales se irritaron sobre-
manera al ver que sanaba a estos enfermos, mientras ellos ha-
bían proclamado que Jesús no se atrevería a hacerlo y no lo
permitirían. Promovieron un tumulto diciendo que profanaba
el Sábado. Jesús continuó tranquilamente su obra. Eran siete
fariseos. Jesús les contestó preguntando si en Sábado es lícito
o no hacer el bien: si ellos mismos no hacían cosas necesarias,
si no convenía acaso sanar a éstos para que ellos también ce-
lebren el Sábado. Preguntóles si en Sábado no se podía consolar
a uno; si se podía retener un bien ajeno; si no se podía con-
solar o ayudar en Sábado a los pobres, enfermos, viudas y des-
amparados, oprimidos durante todos los días de la semana. Les
echó en cara su hipocresía y la opresión que ejercían con los
pobres. Dijo que, bajo pretexto del mantenimiento de la sina-
goga, que por lo demás estaba bien provista, oprimían a los
pobres y en esta sinagoga, que ellos mantenían, pretendían
prohibirles recibir la gracia de Dios y no recobrar la salud en
Sábado, mientras ellos comían y bebían de lo que habían expri-
mido de estos infelices. Con esto los obligó al silencio y se
dirigió a la sinagoga, donde le presentaron los rollos de Escri-
tura y le pidieron que enseñara, con la dañada intención de
espiar sus palabras y tener de qué acusarlo ante el sanedrín.
Cuando habló del Mesías, diciendo que muchos paganos entra-
rían en el reino de Dios, replicaron los fariseos con sorna si
había ido a Chipre para traer a los paganos. Jesús habló de los
diezmos, de imponer cargas que no quieren llevar los que las
imponen y de la opresión de viudas y huérfanos. Desde Pente-
costés hasta la fiesta de los Tabernáculos se solían pagar los
diezmos al templo. En los lugares apartados estaban encargados
los levitas de juntar los diezmos del pueblo. Se habían intro-
ducido graves desórdenes por cuanto los fariseos se encargaban
de exigir estos diezmos al pueblo, que no llegaban al templo.
Por eso Jesús los reprochó en público. Cuando abandonó la
sinagoga se pusieron a hablar mal de Él.
Desde Naím se dirigió Jesús con sus discípulos a una al-
tura del Kisón, hacia Rimmón, donde la escuela era atendida
por levitas. Allí enseñó a los niños y niñas delante de la es-
cuela, al aire libre, donde acudieron los que habían oído su
predicación en Naím. Habló del cumplimiento de la ley, y de
la proximidad de malos tiempos, dirigiéndose al pueblo en ge-
neral. El lugar está compuesto de quinteros y fruteros que
trabajan en Naím y viven aquí, o cultivan aquí sus campos y
venden sus frutos en Naím.
De aquí se dirigió al Este del Tabor, acompañado un trecho
por los levitas que estaban por la recolección de los diezmos,
y llegó a un lugarejo llamado también Bet-lehem (Belén), al
Este de Dabrath. Esta aldea se compone de pocas casas de la-
bradores, a los cuales visitó Jesús consolando y sanando a sus
enfermos. Luego anduvo cuatro horas, cruzó el valle, donde
está el pozo de Cafarnaúm, y al anochecer llegó a Azanoth,
donde entró en un albergue dispuesto por las santas mujeres.
Allí le esperaban amigos de Cafarnaúm: Jairo, con su hija, el
ciego curado en Cafarnaúm, una pariente de Enué, la sanada
de flujo de sangre, y Lea, la mujer que exclamó: “Bienaven-
turado el seno que te llevó”. Estas mujeres, cubiertas con velos,
cayeron de rodillas, y Jesús las bendijo. Lloraban de alegría al
volver a verlo. La hija de Jairo, resucitada, está sana, y muy
cambiada en sus costumbres: es piadosa y humilde.
Jesús enseñó allí hasta muy entrada la noche. Al día si-
guiente fue a Damna, donde había un albergue para El, fuera
de la ciudad, que habían procurado unos parientes de José. Allí
le esperaba Lázaro en compañía de dos discípulos de Jerusalén.
Hacía ocho días que Lázaro estaba en esos lugares. Tenía aun
entre manos la venta de las casas y campos de Magdala, pues
sólo se habían vendido el moblaje y los enseres de Magdalena.
Jesús abrazó a Lázaro. Jesús hacía esto sólo con él y con algu-
nos de los apóstoles y discípulos más ancianos: a los demás les
daba la mano. Jesús trató con Lázaro sobre el alojamiento que
convendría dar a la gente que vendría de Chipre. Oí que San-
tiago el Menor y Tadeo estaban en Gessur para recibir y aco-
modar a los siete filósofos convertidos. Con Lázaro se mostraba
muy íntimo y paseó largo rato con él. Lázaro es un hombre de
alta estatura, muy amable, aunque serio, callado y muy mori-
gerado; en el trato con los demás sobresale por su modo noble
y leal. Tiene cabellos negros y alguna semejanza con José,
aunque los rasgos de sus facciones sean más marcadas y seve-
ras. José, en cambio, tenía cabellos blondos, y en sus facciones
mucha dulzura y benevolencia hacia los demás.
Desde Damna se dirigió Jesús con Lázaro, los discípulos,
el cuidador del albergue y su hijo al Este, al lugar donde vivía
Zorobabel, el jefe de Cafarnaúm, que tenía allí campos, viñe-
dos y jardines. Habló Jesús a los trabajadores del campo del
Mesías y de la proximidad del reino; señaló las palabras de los
profetas y su cumplimiento, exhortó a la penitencia y a recibir
el bautismo, y dijo que el Mesías no aparecería como pensaban
los judíos, y que por eso le reconocería sólo el pequeño número
de los penitentes y de los humildes. Añadió que el Mesías se
manifestaría no sólo por sus propias palabras, sino por otros,
como antes por boca de muchos profetas. Le trajeron algunos
endemoniados melancólicos, mudos y sordos, y a todos curaba
poniéndoles los dedos con saliva bajo la lengua y mandando a
Satanás que saliera de ellos. Algunos caían como en desmayo
y luego volvían en sí, sanos y libres; a otros les sobrevenían
convulsiones antes de curarse: todos alabaron a Dios y dieron
gracias al Señor.
Después anduvo Jesús por lugares solitarios hacia la casa
de su Madre, en el valle cerca de Cafarnaúm al Este, por un
camino de tres cuartos de hora. Las santas mujeres habían ido
por un camino recto, reuniéndose en casa de María Santísima.
Ella no salió a su encuentro ni las santas mujeres. Jesús entró,
ya limpio del polvo del camino, en una gran sala donde había
cuartitos divididos. María dio su mano a Jesús, cubierta con
el velo e inclinando la cabeza con humildad. Jesús la saludó
amigablemente, aunque con seriedad, mientras las demás mu-
jeres se mantenían en semicírculo a cierta distancia. Cuando
Jesús estuvo solo con su Madre, vi que Él la reclinaba sobre
su pecho consolándola afablemente, mientras le hablaba. María,
por su parte, desde que Él comenzó su vida pública, lo trató
como a un Santo y Profeta, o como una madre trataría con un
hijo que fuera Obispo, Papa o Rey; pero de un modo noble,
santo, al mismo tiempo sencillo y familiar. La Virgen no lo
abrazaba ya, sino que dábale la mano cuando Jesús la ofrecía
primero. Después he visto a Jesús y a María comiendo a solas,
en una mesa pequeña y baja. Jesús estaba de un lado y María
del otro. Había en la mesa miel, pescado, pan, tortas y dos
pequeños vasos. Las otras mujeres estaban de a dos o de a tres,
en mesas apartadas, mientras las demás se ocupaban en la
comida de los discípulos y parientes. Jesús contó a María su
viaje a Chipre y las almas ganadas allá. María se alegraba en
su interior, no preguntando mucho, y manifestaba su tierna pre-
ocupación por los peligros futuros. Jesús le contestó afable-
mente que cumpliría su misión hasta el tiempo de volver a su
Padre celestial.

 

II
Llegada de los apóstoles y discípulos a Cafarnaúm
Poco después se reunieron en torno de Jesús unos treinta
discípulos. Algunos habían venido de Judea con noticia de que
llegaron naves con doscientos judíos de Chipre, que fueron re-
cibidos por Barnabás, Mnason y sus hermanos. Para colocar a
los demás estaba Juan aún en Hebrón en casa de los parientes
de Zacarías. Los esenios se habían interesado también para al-
bergarlos y mientras tanto los alojarían en grutas y cavernas.
Para los que desembarcaron en la comarca norte de Ornitó-
polis, pensaban la Sirofenisa y Lázaro procurarles una residen-
cia en Ramoth-Gilead. Los discípulos llegados a Cafarnaúm se
albergaban, parte en la casa de Pedro, cerca de Cafarnaúm,
parte en Betsaida y parte en la escuela de Cafarnaúm. De
Gessur llegaron Santiago el Menor y Tadeo con tres de los fi-
lósofos paganos convertidos, jóvenes muy amables y delicados,
que habían aceptado la circuncisión. También llegaron Andrés
y Simón con discípulos: el encuentro de todos ellos fue muy
conmovedor. Jesús presentó a los nuevos convertidos a su Ma-
dre. Esto solía hacerlo siempre. Era este como un convenio
secreto entre Jesús y María, de modo que María recibía a estos
nuevos discípulos de su Hijo, en su corazón maternal y los en-
cerraba en su oración, en su solicitud, dentro de su corazón,
para ser para ellos Madre temporal y espiritual. Todo esto lo
hacía llena de tierna solicitud y seria gravedad. Jesús, en estas
ocasiones, procedía con cierta solemnidad. Había en esto una
santidad y una intimidad de sentimientos que yo no sabría
expresarle. María era la vid, la espiga de su carne y de su
sangre.
Los discípulos relataron cómo les había ido en los lugares
donde habían misionado. En algunas partes les habían arro-
jado hasta piedras, pero ninguno fue tocado por ellas. De otra
parte tuvieron que huir, pero nunca sufrieron daño. Encontra-
ron también gente buena; habían sanado, enseñado y bautizado.
Jesús les había dicho que no fueran por ahora más que a las
ovejas descarriadas de la casa de Israel. Fueron, pues, buscando
a los judíos desparramados entre los paganos, sin mezclarse con
los paganos ni tratado con ellos, a excepción de los criados de
los judíos. En Gazora, al noreste de Jabesh-Gilead, Andrés y
los discípulos que iban con él, rescataron con dinero a varios
judíos esclavos, dando todo lo que tenían. Preguntaron a Jesús
si habían obrado bien y Jesús les contestó que sí. No oyó a
todos. A algunos que con viveza querian contarle sus hazañas,
les cortaba la narración, diciendo: “Ya sé lo que os sucedió”.
A otros que contaban con sencillez, sin darse importancia, los
oía por entero, y a otros, que callaban, los invitó a contar lo
sucedido. Cuando los que no pudieron contar todo preguntaron
por qué no los oía, díjoles Jesús que mirasen la diferencia de
narrar de los unos y los otros. A veces mezclaba en la narra-
ción alguna parábola, como la de la cizaña sembrada entre el
buen trigo, que crece con él hasta la cosecha, cuando se recoge
lo bueno y la cizaña es quemada. Habló de varios que habían
dejado de ser sus discípulos y les previno que desconfiasen
siempre de si mismos, pues sufririan grandes pruebas muy
pronto. Les contó la parábola del gran Rey que se ausenta para
tomar posesión de un reino y deja a sus criados, dándoles a cada
uno ciertos talentos, y que después vuelve a pedir cuenta. Esta
parábola tenía relación con su ausencia en Chipre, y la cuenta
que daban ahora los discípulos de su acción. Mientras hablaba,
se dirigía ya a uno, ya a otro con la pregunta: “¿Por qué pien-
sas esto?” o “No pienses en eso”. A veces: “Esto, piénsalo en
otra forma: es así”… De esta forma corregía los juicios extra-
viados de uno u otro. Los demás pensaban: “Esto es para Fu-
lano; esto para Mengano”.
El Sábado se dirigió Jesús a la sinagoga. Los fariseos ya
habían ocupado el lugar de la enseñanza. Jesús, empero, fué
directamente allá y aquéllos lo desocuparon en seguida. El
sermón versó de los exploradores de Canaán, de la murmura-
ción del pueblo y su castigo y de los exploradores de Jericó y
de Rahab (II Moisés, 13-16; Josué, 2). Los fariseos estaban irri-
tados por su libertad en las palabras y decíanse que lo dejarían
hablar, que celebrarían consejo al fin o cuando terminase el
Sábado y que entonces le harían callar. Jesús, que voó sus pen-
samientos, les dijo que eran espías y exploradores singulares,
no para decir la verdad, sino para negarla y traicionarla. Habló
severamente contra ellos y se refirió a la destrucción de Jeru-
salén y al juicio que vendría sobre el pueblo que no hiciese
penitencia y rechazara al Mesías. Repitió la parábola del Rey
que envió a su Hijo entre los vinateros, que lo mataron. Los
fariseos no fueron capaces de contradecirle. Las santas mujeres
estaban en la sinagoga, donde tenían asientos. Por la tarde Je-
sús, acompañado de algunos discípulos, visitó unas veinte casas
de enfermos, cuyos padres y parientes le habían rogado, y sanó
a muchos niños de tres a ocho años. Debía haber una epidemia
pues tenían todos la misma enfermedad: la garganta, la mejilla
y las manos hinchadas y tenían el rostro amarillento. Parecían
las consecuencias de la escarlatina. A unos les ponía las manos
sobre la parte enferma, a otros los tocaba con los dedos mo-
jados en saliva, a otros les soplaba en el rostro. Muchos se le-
vantaban de inmediato; los bendecía y los entregaba a sus
padres, con avisos y exhortaciones. En otros casos decía el re-
medio y lo que debían hacer con el enfermo. Esto convenía a
los padres. En un lugar elevado de la plaza del mercado de
Cafarnaúm, donde convergían cuatro caminos, entró Jesús en la
casa de los padres de Ignacio, y los sanó. Ignacio es un amable
niño de cuatro años. Los padres son de buena posición y tienen
un negocio de utensilios de bronce y cobre. Veo muchos de estos
objetos en los depósitos. La gente había pedido a Jesús fuese a
sanar a los padres de Ignacio, en ocasión que Jesús entró en la
casa de un negociante de alfombras enfermo. Este mercado está
rodeado de pórticos donde los negociantes exponen sus mercan-
cías. En el centro se ve un pozo y en los dos extremos hay dos
grandes edificios. Los fariseos estaban excesivamente irritados
por estas curaciones y tres de ellos fueron a la casa de Pedro,
llena de enfermos, a los cuales sanó Jesús de sus dolencias. Se
adelantaron a Jesús y comenzaron a protestar: que dejase de
sanar y de promover desorden en día Sábado, y quisieron dis-
cutir. Jesús se apartó simplemente diciendo que nada tenía que
hacer con ellos, cuya dolencia (moral) era insanable.
Por la tarde enseñó Jesús, a la conclusión del Sábado, en
la sinagoga sobre la murmuración del pueblo, las noticias que
trajeron los exploradores y la maldición del pueblo que pereció
en el desierto y sólo sus hijos llegaron a la tierra prometida.
Habló severamente de la maldición y bendición, de los falsos
exploradores, de la proximidad del reino de Dios, de los que
no querían entrar en él, del no reconocimiento del Mesías, y
del juicio sobre el país y sobre Jerusalén. De pronto subieron
dos fariseos al tablado y hablaron del pasaje de Moisés, en la
lección de hoy, donde mandó apedrear por el pueblo al hombre
que había juntado leña en día Sábado (IV Moisés, 15, 32-36).
Referían esto por las curaciones de Jesús en Sábado. Jesús pre-
guntóles si los enfermos y los pobres eran leña destinada a
quemarse. ¿No era más bien leña seca esa hipocresía y ese bus-
car de escandalizarse en la ayuda a los pobres y a los enfer-
mos? El ver la pajilla en el ojo ajeno y no ver la viga en el
propio ¿no era peor que juntar leña? Eso de echar leña en el
camino de la verdad, de cocer y hacer arder la envidia y mali-
cia ¿no era peor que preparar la comida con esa leña  Si en
el Sábado pedimos bienestar y salud, ¿no podemos ese día darla
si tenemos la posibilidad de hacerlo? Probó con la ley que ésta
mandaba abstenerse de trabajos serviles, precisamente para
poder emplear el tiempo en trabajos y obras espirituales. ¿Cómo
podía estar prohibido poner a un enfermo en disposición de
santificar el Sábado? De este modo los fue rebatiendo hasta
que no tuvieron palabras que replicar. Algunos oyentes se man-
tuvieron callados, pensativos y conmovìdos. Muchos volvían las
cabezas entre sí y decían: “Sí, se ve; es el Mesías. Ningún hom-
bre simple puede hablar así. Ningún profeta puede enseñar así”
La mayor parte se guiñaban los ojos unos a otros, alegrándose
de ver vencidos a los fariseos. Otros, obstinados, se endurecían
más aún, como los fariseos.

 

III
Jesús con sus apóstoles en Betsaida, en Caná y en Gabara
Cuando estuvieron reunidos en Cafarnaúm unos cincuenta
discípulos, Jesús los llevó consigo a las alturas, cerca de Betsaida,
donde había hablado de comer su carne y beber su sangre; y
enseñó sobre su misión, cómo debían hacerla y de los frutos
que debían recoger de su trabajo. Estaban presentes en esta en-
señanza las santas mujeres y Jesús repitió la parábola de los
trabajadores de la viña. Consoló y animó a sus discípulos y los
bendijo a todos con las manos extendidas sobre sus cabezas.
He visto que luego se sintieron de nuevo llenos de fuerza y
animación. Por la tarde llegaron Pedro, Santiago el Mayor y
Mateo con otros antiguos discípulos del Bautista y saludaron a
Jesús en casa de María Santísima. Pedro lloraba de contento
al verse de nuevo con Jesús. En la comida narró Jesús de nuevo
la parábola del pescador que pescó 570 peces y los puso en aguas
mejores, cosa que había dicho ya en Misael y en Cafarnaúm, a
las santas mujeres y a los discípulos. De este modo oigo repetir
a veces las mismas parábolas con algunas variantes o diversas
aplicaciones.
Al dia siguiente dirigióse Jesús a las barcas: la grande de
Pedro y la pequeña de Jesús fueron apartadas de la orilla, y
atadas, dejóselas andar sin remar: Jesús quería entretenerse
con ellos sin estorbos. El día era espléndido. Habían desplegado
las velas, de modo que les servía de sombra contra el sol. Por
la noche volvieron a la playa. Pedro era muy vivo en la narra-
ción, y habló con entusiasmo del gran bien que habían podido
hacer. Jesús se volvió a él y le dijo que callase. Pedro, a quien
Jesús amaba, calló, y reconoció con pesar que había faltado
hablando con demasiado ardor. Judas tiene otro carácter: es
callado, aunque lleno de vanagloria y deseo de honor, sin darlo
a entender; se cuida mucho de dar motivo de ser reprendido
delante de los demás. Se cuida más de no ser reprendido, que
de pecar. Cuando considero la vida de Jesús y su trato con los
apóstoles y discípulos, acude a mi mente esta persuasión: si
Jesús viniera ahora entre los hombres, le iria peor de lo que
le fue entonces entre los judíos. A pesar de todo, Jesús y los
suyos podían ir libremente, enseñar y sanar. Fuera de los obs-
tinados y ciegos fariseos, en general no encuentra mayores
obstáculos en ir y venir, predicar, sanar, enseñar, reunir gente
y llevarla de un lado a otro. Los mismos fariseos no saben
tampoco por qué le son contrarios. Su situación es digna de
compasión. Saben que es llegado el tiempo de la salud y de
la promesa, y que las profecías se cumplen; ven en Jesús algo
que les admira, que les es inexplicable; pero no acaban de
rendirse a la evidencia. ¡Cuántas veces los veo sentados, leer
los rollos, consultarse y discutir, sin acabar de comprender,
porque esperan un Mesías diferente, un Mesías de su partido,
de su clase e ideas! Muchos discípulos también piensan que
Jesús debe tener un ejército secreto, un entendimiento con al-
gún poderoso rey y que pronto recobrará el trono en Jerusalén,
para ser el rey pacifico de un pueblo libertado del yugo extran-
jero. En esta forma, ellos tendrán buenos puestos y serán sabios
y santos en ese reino. Jesús los dejó por algún tiempo con estas
ideas. Otros, es verdad, tienen ideas más espirituales, pero no
llegan a comprender la muerte en la cruz. Algunos lo siguen
sólo por entusiasmo juvenil y amor a su Persona, sin mayores
reflexiones.
Cuando los apóstoles estuvieron juntos, inclusive Tomás,
Juan y Bartolomé, se dirigió Jesús con ellos a Caná, adonde
habían partido ya los 70 discípulos y las santas mujeres. En
medio de la ciudad de Caná había un sitial de enseñanza, desde
donde Jesús habló de su misión y del cumplimiento de las pro-
mesas: dijo que no había venido para gozar de las comodidades
de la vida y que es locura pedirle a Él otra cosa que no sea
la voluntad de su Padre celestial. Expresó más claramente que
nunca que aquí estaba, delante de ellos, Aquel a quien tanto se
había esperado. Dijo que sería reconocido sólo por pocos y que,
cumplida su misión, se volvería a su Padre. Añadió, severo y
amenazante, que no se debía rechazar la salud y el tiempo de
la gracia. Llamó la atención sobre el cumplimiento de las profe-
cías. Esta predicación fue tan conmovedora y admirable que
todos los oyentes de Caná decían: “Es más que un profeta.
¡Nunca habló así un profeta de Iarael!”.
En la casa del padre de la novia de Caná se hizo una co-
mida y se benefició a los pobres con regalos y alimentos. Jesús
y los apóstoles servían en las mesas de estos pobres. Al final
contó la parábola de las Vírgenes prudentes y de las necias, la
explicó, y declaró que había llegado el tiempo de este Esposo.
Era una recordación de las bodas de Caná, y ahora, como en-
tonces, estaban reunidos todos los apóstoles y discípulos. La
casa de la fiesta estaba adornada con arcos de ramas y flores;
se tomaba el vino de aquellas famosas hidrias; los niños tocaban
y traían ramos y pirámides de flores y coronas.
Bartolomé, Natanael Chased y algunos discípulos habían
compuesto versos y felicitaciones de ocasión, con sentido espi-
ritual. Desde Caná dirigióse Jesús con los apóstoles y discípulos
al sitial en la colina de Gabara. Caminaban despacio, conver-
sando, y a veces rodeaban todos a Jesús, que se mostraba muy
amable. A veces los llamaba: “Mis queridos hìjitos”. Pidióles
que le contaran todas las cosas que les había pasado, cómo les
había ido en su misión. Hablaron primero los apóstoles que
antes habían contado algo, aunque no todo. Era conveniente
que todos oyeran lo que todos habían hecho y cómo les había
ido. Díjoles afablemente: “Queridos hijitos, ahora se muestra
quién me ama, y en Mi, a mi Padre celestial: si por amor mío
ha predicado y esparcido la palabra de la salud y sanado en-
fermos, no buscando su propia gloria, sino la gloria de Dios”.
Entonces contaba uno u otro de los apóstoles o de los discípulos
que habían ido con Él. Esto sucedió sobre una colina que está
como a dos horas del sitial y a dos horas de Caná. Esta colina
ofrece un vasto panorama a la vista.
Pedro contó con calor, como siempre, cómo encontró a di-
versas clases de endemoniados, cómo los había tratado, y cómo,
al nombre de Jesús, el espíritu maligno había tenido que salir
de los cuerpos. Ya había olvidado, en su entusiasmo, el aviso
de Jesús en la barca. Se mostró aquí también ardoroso y entu-
siasmado. Dijo que en Gergesa había algunos endemoniados
que nadie había podido librar, y nombró también a los dos
discípulos de Gergesa que estuvieron posesos. Añadió que a
él le obedecieron en seguida los demonios, que salieron de esos
cuerpos. Jesús le indicó callar: miró a lo alto y todos callaron,
admirados. Jesús dijo: “He visto a Satán caer del cielo como
un rayo”. En ese momento yo vi relampaguear en el aire un
rayo de fuego negruzco. Jesús reprendìó a Pedro su ardor y a
los demás que hablaron con demasiada confianza en sí mismos.
Les dijo que obrasen siempre en su Nombre y por Él, con toda
humildad y fe, y que nunca pensasen que uno puede más que
otro. Añadió: “Os he dado poder para andar entre escorpiones
y serpientes, y todo el poder del enemigo no os podrá dañar.
Pero no busquéis vuestra gloria en el hecho de que los demo-
nios os obedezcan. Alegraos sólo de que vuestros nombres estén
escritos en el cielo”. Muchas cosas más dijo, muy amable siem-
pre con las palabras: “Mis queridos hijitos”. Luego oyó la re-
lación de otros apóstoles y discípulos. Tomás y Natanael Chased
recibieron una advertencia por cierta negligencia; pero Jesús
la hizo con mucha afabilidad y amor.
Cuando Jesús llegó a la colina, se puso muy serio y gozoso
y elevó las manos al cielo. He visto un resplandor que lo en-
volvió como nube luminosa. Estaba en éxtasis, y oró: “Yo te
alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocul-
tado estas cosas a los sabios y prudentes de este mundo y las
has revelado a los pequeños y humildes. ¡Sí, Padre, porque así
fue tu voluntad! Todo poder me ha sido dado por mi Padre.
Nadie sabe quién es el Hijo sino sólo el Padre, y nadie sabe
quién es el Padre sino sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo lo
quisiera revelar”. Luego dijo a los discípulos: “Bienaventura-
dos los ojos que ven lo que vosotros veis, pues os digo que
muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis y
no lo vieron, y desearon oír lo que vosotros oís y no lo oye-
ron”. Llegados al monte de Gabara enseñó sobre las cosas que
había dicho antes: lo que debían saber en su misión, reforzán-
doles en aquéllas en que andaban flojeando y en que habían
faltado. Les habló de las diversas clases de posesos y cómo
debían proceder en cada caso para echar los demonios. Les ha-
bló también de lo que les sucedería a ellos y de su propia
misión: cómo pronto habría de tener término, y que deseaba
ahora dejarlos algún tiempo ir a sus casas a descansar, aunque
siempre trataran de enseñar, obrar y propagar el reino de Dios.
Les agradeció su diligencia y obediencia, y volvió con ellos a
Cafarnaúm, adonde llegaron al anochecer. En la montaña había
muchos otros oyentes, además de los apóstoles.
Al Sábado siguiente enseñó Jesús en la sinagoga de Cafar-
naúm de Samuel, cuando dejó su oficio de juez. Habló seria y
severamente; los fariseos creyéronse advertidos, aunque no pu-
dieron encontrar nada reprensible en su enseñanza. Habían
espiado toda clase de menudencias en sus discípulos y ahora
las echaban en cara a Jesús. Decían que sus discípulos no ob-
servaban ordenadamente el ayuno y que hasta en el Sábado
habían recogido espigas y sacado frutas de los árboles de los
caminos para comerlas; que eran poco limpios en sus vestidos
y groseros; que habían entrado en la sinagoga no bien arre-
glados, y que algunas veces al comer no se habían lavado las
manos. Jesús predicó severamente contra ellos, llamándolos
raza de víboras, que imponían cargas pesadas de observancias
sobre los demás y tomaban para sí sólo lo más fácil. Dijo que
sólo les gustaba pasear en los sábados; oprimir a los pobres;
presionar por los diezmos para retenerlos; que veían la paja
en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Añadió que Él ense-
ñaría, curaría y andaría cumpliendo su misión hasta completar
el tiempo. Mientras decía estas severas palabras, un hombre
joven se levantó y clamó en alta voz, levantando las manos a
lo alto y adelantándose de entre los fariseos: “¡En verdad Éste
es el Hijo de Dios, el Santo de Israel! ¡Es mucho más que un
Profeta!”. Tejió un entusiasta himno en alabanzas de Jesús.
Esto fue causa de que se originase un gran movimiento en la
sinagoga. Dos ancianos fariseos lo tomaron al fin por los brazos
y lo sacaron fuera, mientras él seguía cantando las alabanzas
de Jesús. Jesús siguió hablando en la sinagoga y el hombre
siguió clamando fuera del recinto, hasta liberarse de las manos
de los fariseos. Cuando Jesús salió de la sinagoga, el hombre
joven se echó a sus pies y pidió ser admitido como discípulo.
Jesús le contestó que sí, siempre que tuviera ánimo de dejar
padre y madre, dar lo suyo a los pobres, tomar su cruz y se-
guirlo a Él. Algunos discípulos lo tomaron entonces en su com-
pañía y especialmente Mnason se hizo cargo de él.
Por la tarde cerró la festividad del Sábado en la sinagoga,
adonde había llegado Jesús con los suyos aún antes de la hora,
para que vieran y oyeran lo que decía a sus discípulos, ya que
no había ninguna enseñanza secreta. Avisó a sus discípulos que
se guardasen de los fariseos y falsos profetas; les recomendó
la vigilancia, narrando una parábola de un siervo bueno y di-
ligente y de otro perezoso. Como preguntase Pedro si sus pa-
labras se referían sólo a los discípulos o a todos los oyentes,
Jesús dirigió su discurso de tal modo a Pedro como si él fuese
el patrón de la casa, el capataz de los trabajadores; alabó la
vigilancia de un buen patrón de casa y condenó la negligencia
y el descuido de un dueño o administrador que no cumplía con
su deber.
En esta forma habló hasta la hora en que llegaron los fa-
riseos para concluir el Sábado. Como Jesús quisiera dejarles
el lugar dijeron ellos, muy comedidos: “Rabi, te rogamos leas
la lección”, y le presentaron los rollos. Jesús enseñó admira-
blemente sobre la renuncia que hizo Samuel de su oficio. Habló
de modo que sus palabras eran como palabras de Dios y de su
Enviado; las explicó de manera que los fariseos pudieron en-
tender que se aplicaba a Si mismo las palabras de Samuel: “He
llegado a envejecer” (I Reyes, 12, 2). Dijo: “Vosotros ya me
tenéis por molesto y estáis cansados de Mí. Vosotros os reno-
váis y Yo os soy siempre el mismo”. También las preguntas
de Samuel: “¿Os he causado este o aquel daño? ¿He quitado el
buey o el asno a alguno? ¿He oprimido a alguno de vosotros?”
las aplicaba como si Dios y su Enviado las preguntara ahora a
ellos. Dijo además si acaso podían los fariseos hacer estas y
parecidas preguntas al pueblo que le escuchaba.
El clamor del pueblo de Israel pidiendo rey, el ansia de
ser gobernados como los pueblos paganos y el pedido de no
ser regidos más por jueces, lo explicó Jesús al caso presente,
en que los fariseos esperan y piden un Rey temporal que apa-
rezca como Mesías libertador, con gloria y majestad exterior.
que los introduzca en el reino de Dios, con todos sus pecados
e iniquidades, y que en lugar de expiar con el sufrimiento, la
penitencia, la satisfacción y el dolor los pecados de los hom-
bres, piensan los fariseos que el Mesías cubra con el manto de
un reinado temporal sus perversas obras y los premie todavía
con una vida cómoda y alegre con todos sus pecados e iniqui-
dades. Aquello de que Samuel, a pesar de todo, no dejó de rogar
por ellos y de que aparecieron relámpagos y lluvia a su pedido,
lo explicó Jesús diciendo que su Padre celestial los sigue bene-
ficiando a pesar de que rechazan a su Enviado, el Mesías. Los
relámpagos y la lluvia de entonces son los milagros que ahora
acompañan a su Enviado en favor de los que se convierten y
aceptan la salvación. Lo que se leía de que el rey y el pueblo
encontrarían gracia delante de Dios si caminaban en la obser-
vancia de su culto, lo explicó diciendo que los justos encontra-
rán siempre el favor de Dios, pero que a los malos les espera
un juicio severo, como lo dijo Samuel. Habló luego de David,
ungido en lugar de Saúl, y del castigo de Saúl y los suyos, y
de cómo ahora también se separan los buenos de los malos.
Los fariseos no se atrevieron a replicar para no verse aver-
gonzados delante del pueblo, como otras veces, pero se reser-
varon para atacarlo en la comida, a la cual invitaron a Él y a
sus discípulos. Esta tuvo lugar en un paraje abierto, en casa
del jefe de la sinagoga, donde se encontraron unos treinta fa-
riseos. Antes de la comida uno trajo una gran fuente de agua
delante de Jesús, preguntándole si quería lavarse, hablando
de la antigua costumbre de los buenos israelitas. Jesús le dijo
que conocía su intención e hipocresía, y que no quería el agua
que le ofrecía. Comenzaron a discutir sobre la enseñanza de
la sinagoga; pero fueron desenmascarados de tal manera que
doce de ellos quedaron tan aterrados y confundidos que se ale-
jaron, permaneciendo solamente los más obstinados de ellos.
Así el número de enemigos quedó disminuido.
Vino uno de aquellos jóvenes de Nazaret que habían pe-
dido varias veces, sin resultado, de ser admitidos como discí-
pulos; y preguntó: “Señor, ¿qué debo hacer para alcanzar la
vida eterna?” Aquí viene todo lo que narra Lucas en el capí-
tulo 10, versículos 25-37. Relató la parábola del Samaritano
caritativo. Los fariseos comenzaron a cuestionar con Jesús de
que no quisieran recibir como discípulo a ese joven letrado,
porque, decían, ha estudiado y sabe algo y no se callará siem-
pre como los otros discípulos. Culpaban de nuevo a sus discí-
pulos de poco ordenados, poco limpios; de sacar los Sábados
espigas y frutas de los árboles mientras andaban de camino;
de que eran groseros y otras cosas semejantes. Culpaban espe-
cialmente a Pedro, diciendo que era enredador y pendenciero
como su padre. Jesús defendió a sus discípulos, diciendo: “Con-
viene que estén contentos mientras el Esposo está con ellos”.
De allí se fue a la casa de Jairo y a las excavaciones cerca de
la sinagoga, y luego salió al camino de Betsaida. Oró allí a
solas en un lugar solitario hasta medianoche y luego entró en
la casa de su Madre. Los fariseos habían pagado a algunos de
la chusma para que arrojaran piedras tras los discípulos que
salían de la ciudad. Dios los protegió y nadie sufrió nada. No
sabían adonde se había retirado Jesús.
Los judíos venidos de Chipre vivieron primero en cuevas
y grutas; pero poco a poco se fueron acomodando, y asi nació
una nueva población que llamaron Eleuterópolis: estaba al
Oeste de Hebrón, no lejos del pozo de Sansón. Los judíos qui-
sieron varias veces destruir esta población, pero siempre re-
surgía y las cavernas y grutas sirvieron de refugio, ya que
edificaron sobre ellas o junto a ellas mejores viviendas. En la
primera persecución de estos cristianos de Chipre, en los tiem-
pos que lapidaron a Esteban, fue destruida la población que se
había formado entre Ophel y Betania, y murió la conversa Mer-
curia. De aquí se retiraron a las cercanías del Cenáculo y luego
a la iglesia de Bethesda para ofrecer sus dones y sacrificios.
Después de la devastación de Ophel se refugiaron en Eleute-
rópolis. Fue constituido Obispo de esta ciudad Barsabas José,
hijo de María Cleofás con su segundo marido Sabas. Éste fue
crucificado en un árbol del lugar.

 

IV
Jesús enseña sobre la Oración y las Bienaventuranzas
Al día siguiente salió Jesús de la casa de María muy tem-
prano y tomó el camino hacia Betsaida y de allí, con los nuevos
discípulos, hacia la colina desde donde había mandado a mi-
sionar a los apóstoles. El lugar está como a tres horas de Ca-
farnaúm. En el camino se encontró con Mnason, otros discí-
pulos y el fariseo convertido de Tenath. Este fariseo se había
sentido conmovido cuando la curación de su compañero enfer-
mo y en el sermón del monte, junto a Gabara. Sobre esa colina
se levanta ahora un sitial con techado para sombra. En la parte
baja del monte hay un galpón largo donde han amontonado a
diez enfermos, contraídos y maltrechos por los reumas, que eran
alimentados por los pastores del lugar. Jesús los visitó, los ex-
hortó y terminó dándoles la salud.
Sobre esta colina solitaria rogaron los apóstoles a Jesús les
enseñara a orar. Él les enseñó el Padrenuestro, declarándoles
cada petición y trayéndoles ejemplos que les había dado en otras
ocasiones: de aquel que llega y pide de noche un pan y con-
tinúa golpeando a la puerta del amigo hasta que consigue; del
niño que pide un huevo a su padre, que no le dará un escor-
pión; y otras cosas sobre la insistencia en la oración y la re-
lación filial del hombre con su Padre celestial. Muchas veces
Jesús les repetía cosas ya enseñadas, con mucha paciencia y
trabajo, para que las entendieran bien y pudieran enseñarlas
a los demás. Procedía como un paciente Maestro, explicaba,
preguntaba, rectificaba y repetía lo que no habían entendido
bien. Al fin repitió toda la oración y se detuvo en el Amén,
explicando, como en Chipre, que esta palabra es el resumen de
toda la oración desde el principio hasta el final.
Entretanto habían llegado otras gentes y algunos fariseos
de Betsaida-Julias, que oyeron parte de su enseñanza. Uno de
ellos invitó a Jesús a una comida en Betsaida-Julias, y Cristo
aceptó. Mientras se dirigía allá, pasando al Sur del puente so-
bre el Jordan hacia la otra Betsaida, se detuvo en el albergue
donde querían saludarlo su Madre María, la viuda de Naím,
Lea y otras mujeres. María, muy preocupada, estuvo a solas con
Jesús, lloró y pidióle que no fuera a Jerusalén para la fiesta de la
Dedicación del Templo por causa de las insidias de sus ene-
migos. Dijo esto con tanto amor y humilde resignación que
yo vi bien claro que ya sabía que era necesario se cumpliera
en Jesús lo que ella tanto temía. Jesús la arrimó a su pecho
y la consoló con palabras llenas de amor y suavidad: díjole que
debía cumplir la misión que le enviara su Padre, por la cual
Ella fue Madre del Redentor. Exhortóla a que fuera siempre
fuerte para fortificar a los débiles y darles ejemplo. Luego sa-
ludó a las demás mujeres y las bendijo; ellas partieron de
vuelta a Cafarnaúm.
Jesús se dirigió con los suyos a Betsaida-Julias, donde fue
recibido por los fariseos. Estaban allí algunos otros de Paneas,
pues se hacía una recordación de un libro malo escrito por un
perverso saduceo que ellos habían quemado. Aprovecharon la
oportunidad para renovar sus acusaciones tantas veces reba-
tidas. Como Jesús se dispusiera a sentarse a la mesa, le tomó
uno de ellos del brazo, y dijo que se extrañaba mucho que un
hombre que enseñaba tan sabiamente, dejaba ahora de cumplir
con las costumbres de los judíos y no se lavara antes de comer.
Jesús repitió que los fariseos sólo purifican el exterior de las
manos y de los vasos, y no les preocupa estar llenos de maldad
por dentro. El fariseo preguntó cómo sabía Él el estado de su
conciencia. Jesús le contestó: “El que ha hecho lo exterior, hizo
también lo interior; y esto es lo que Dios ve”. Los apóstoles se
acercaron a Jesús, rogándole no se resistiera a los fariseos que
acabarian por echarlos a ellos también. Jesús les reprochó su
temor de perder la comida. Por la tarde enseñó Jesús en la
sinagoga, pero no pudo sanar a ningún enfermo, pues los fa-
riseos habían asustado a los que querían traerlos. Estos fariseos
se creían importantes porque tenían una escuela superior.
De Betsaida-Julias dirigióse Jesús al Noreste, hacia el monte
donde multiplicó los panes, que está a hora y media. Se reunie-
ron alli los apóstoles y discípulos y muchos venidos de Cafar-
naúm, de Cesarea de Filipo y de otros lugares. Enseñó aquí
sobre las ocho Bienaventuranzas. “Si os persiguen y odian por
causa de mi nombre… ¡Ay! de los ricos y satisfechos de los bie-
nes de esta tierra… ellos tienen ya su premio; que gocen pen-
sando en el premio futuro”. Habló de la sal de la tierra, de
la ciudad sobre la montaña, de la luz sobre el candelero, del
cumplimiento de la ley, de las obras buenas hechas oculta-
mente, de la oración interior, del ayuno con rostro alegre y
cabeza ungida, no aparentando cara triste para que vean los
otros el ayuno. Habló de juntar tesoros para el cielo; del des-
preocuparse de lo material; que nadie puede servir a dos due-
ños; de la puerta angosta, del camino ancho, del árbol malo y
sus frutos, del hombre sabio que edìfica sobre piedra y del
necio que lo hace sobre arena. La predicación duró más de
tres horas. Los oyentes bajaron una vez de la montaña para
tomar alimento. Jesús continuó luego enseñando a los discípu-
los, repitiendo todo aquello que ya les habían enseñado cuando
los mandó a misionar, y les recomendó tuviesen fe, confianza
y perseverasen en este estado.
Al dia siguiente los oyentes eran algunos millares y Jesús
enseñó de nuevo sobre el monte. Había gente de las caravanas
que pasaban, y enfermos y endemoniados. Los fariseos que
subieron no se atrevieron a discutir, aunque Jesús los repren-
dió severamente en el curso de la predicación. Los milagros
eran numerosos y temían al pueblo que estaba muy entusias-
mado. La gente había llevado la comida y se sentaron. Allí
había un ciego de Jericó que había sido también tullido: un
discípulo había logrado sanarlo de los pies, pero no pudo darle
la vista. Era un pariente de Manahem, el cual lo llevó ante
Jesús para que le diera vista. Los nueve discípulos que Jesús
había catequizado en estos últimos días con tanta paciencia, a
fuerza de preguntas y repeticiones como a niños, los mandó
ahora de dos en dos, diciendo: “Os mando como a corderos entre
lobos”. Uno de los sobrinos de José de Arimatea trajo la noticia
desde Jerusalén de que Lázaro estaba enfermo.
Jesús retuvo a Pedro, Santiago, Juan, Mateo y a algunos
discípulos, con los cuales se dirigió a la oficina de Mateo y de
allí se embarcó para Dalmanutha. Después lo vi en la ciudad
de Edrai, donde enseñó en día de Sábado; luego en la ciudad
levita Bosra y en Robah. En Robah vivían fuera de la ciudad
pagana sólo recabitas, que encontraron este lugar ocupado por
los paganos cuando volvieron de la cautividad de Babilonia;
los habían desalojado en parte de la ciudad. Sienten gran aver-
sión a los fariseos y saduceos y se apartan de ellos. Viven aus-
teramente, se ocupan de ganadería, no toman vino sino los días
de fiesta y observan la ley a la letra. Jesús les avisó de esto,
diciéndoles que mirasen al espíritu de la letra. Se mostraron
muy humildes y recibieron bien los avisos. Se bautizaron mu-
chos, inclusive paganos. Jesús libró a varios endemoniados de
los cuales había aquí un reclusorio lleno. Pedro, Santiago y
Juan sanaban y enseñaban en diversos grupos. Jesús no en-
contró aquí contradictores y pudo trabajar todo el día, alber-
gándose en una posada junto a la sinagoga.
Robah es una ciudad libre, pertenece al grupo de la Decá-
polis y se gobierna por sus propias autoridades. Anduvo Jesús
unas cinco horas hacia el Sudoeste hasta un hermoso sitio de
pastoreo que llaman “lugar de la paz de Jacob”, por haber
acampado allí cuando volvió de casa de Laban que lo perseguía.
Aquí comienza la montaña de Galaad (I Moisés, 31, 25) y viven
pastores descendientes de Eliezer, el pastor de Abraham que
había ido a buscar esposa para Isaac. Vivían también descen-
dientes de aquellos que Melquisedec había librado de la escla-
vitud de Semíramis, los cuales se mezclaron con los descen-
dientes de Eliezer. Hay tres hermosos pozos en una amena co-
lina, con habitaciones muy frescas y agradables. Desde cierta
distancia parece una terraza en la montaña. Los ancianos y
principales del lugar viven arriba, donde hay un sitial para
enseñanza. En torno se ven potreros cerrados para camellos,
asnos y ovejas. Cada clase de animal está separada y los pozos
tienen abrevaderos. Los pastores viven en tiendas con funda-
mentos de ladrillos en las cercanías de los pozos. Hay extensas
plantaciones de moreras. Me llamó la atención un largo camino
bordeado de palos, donde crecen enredaderas cubriéndolo todo,
que tienen por frutos calabazas como botellas. Este camino lleva
a Selcha desde la colina y es como una galería verde. Habían
celebrado en estos días la liberación de sus antepasados de La
esclavitud de Semíramis por medio de Melquisedec. Van a la
sinagoga de Selcha, donde son instruidos. Este lugar es respe-
tado y lo miran como una fundación del patriarca Jacob. Los
pastores son muy hospitalarios y suelen albergar a las cara-
vanas de los árabes mediante una pequeña retribución.
Jesús llegó con tres apóstoles al mediodía junto a uno de
los pozos, donde los pastores ancianos les lavaron los pies y
les presentaron miel, pan y fruta. Sabían que debía venir y
habían traído a muchos enfermos al galpón largo, junto a la
colina, donde Jesús los sanó. Vivían aquí cuatrocientos pas-
tores, contando a sus mujeres e hijos. Las mujeres llevaban
vestidos algo más cortos que en el resto del país. Jesús enseñó
en la colina y estuvo muy afable y familiar con ellos. Les re-
cordó la comitiva de los tres Reyes Magos que habían descan-
sado aquí hacía treinta y dos años; la estrella de Jacob de la
que había profetizado Balaam, y el Niño recién nacido que
habían ido a ver aquellos sabios reyes. Habló también del Bau-
tista, de su enseñanza y testimonio; y dijo que el prometido
Mesías, el Consolador y Salvador estaba ahora en medio de
ellos, y que ellos no lo reconocían. Les contó las parábolas del
buen Pastor, de la siembra y la cosecha, pues ahora estaban
en la cosecha de la fruta y del trigo. Habló de los pastores de
Belén que fueron a ver al Niño antes que los reyes y de los
ángeles que les anunció el Nacimiento. La gente se aficionó
mucho al Señor. Muchos querían dejarlo todo para seguirlo y
poder oír siempre su doctrina. Jesús les dijo que no salieran
de aquí y siguiesen sus enseñanzas.
Como viniera gente de Selcha, que está como a una hora
al Norte, y lo invitaran a ir, se dirigió allá con sus discípulos.
Fue recibido con fiestas en la puerta de la ciudad por los maes-
tros y alumnos. Enseñó en la sinagoga hablando de Juan y del
testimonio que dio sobre el Mesías. Le hicieron bautizar a mu-
chos, sanó a varios enfermos y bendijo a los niños. Desde Selcha
fue andando durante hora y media por el camino llamado de
David que corre a través de los valles, siempre al Oeste del
Jordán: corre solitario entre montañas y de trecho en trecho
hay lugares de pastoreo para los camellos, abrevaderos y ani-
llos para sujetarlos. En este camino vio Abraham cuando entró
al país, un resplandor y tuvo una visión; y cuando David, por
consejo de Jonatan, huyó a la región de Maspha (I Reyes, 22)
se ocultó aquí con trescientos hombres, por lo cual lo llaman
el “camino de David”. David tuvo aquí una visión profética de
la venida de los tres Reyes Magos, y oyó cantar, desde el cielo
abierto, al Consolador de Israel. Malaquías, después de una ba-
talla, se ocultó aquí, siguiendo un resplandor. Los tres Reyes
Magos, dejando libres las riendas de sus camellos, salieron de
la región de Selcha y tomaron este camino, cantando gozosos,
hasta Korea, junto al Jordán, y atravesando el río por el de-
sierto de Anathat llegaron a Jerusalén, donde entraron por la
misma puerta que pasó María desde Belén cuando fue al templo
para la Purificación y Presentación.
De este camino de David torció Jesús hacia la pequeña po-
blación de Thautia, donde entró en seguida en la sinagoga. La
enseñanza versó sobre Balaam, la estrella de Jacob y lo que
Miqueas dijo sobre Betlebem Efrata (IV Moisés. 22-2, 25-10;
Miqueas, 5-7, 6-9). Después sanó a muchos enfermos en las ca-
sas y a otros que no habían logrado dar salud los discípulos que
habían misionado por estos lugares. No había aquí ninguna ins-
titución que se ocupara de los enfermos y desamparados: los
apóstoles habían ordenado algo y Jesús terminó de dar forma
a la obra. Los discípulos, mientras tanto, bautizaban a muchos
convertidos por Jesús. La gente de aquí y sus rabinos eran pia-
dosos y tenían la costumbre de peregrinar a lo largo del camino
de David, implorando la venida del Mesías con oracion y ayu-
nos, pensando que por allí vendría el Mesías. Mientras hablaba
Jesús, ellos decian: “Él habla como si fuera realmente el Me-
sías; pero esto no parece posible”. Luego pensaron: “El Mesías
debe haber venido de modo invisible a Israel y Éste es el que
lo anuncia”. Jesús les dijo que quizás reconocerían al Mesías
cuando fuera demasiado tarde. He visto que muchos de aquí
vinieron a la cristiandad después y aún antes de la muerte de
Jesús.
Desde Thautia anduvo Jesús cuatro horas al Este, hacia la
derruida fortaleza de Datheman. Cerca está aquella montaña
donde la hija de Jefté con sus doce compañeras se retiró a llo-
rar su muerte próxima. En la montaña hubo profetas y solita-
rios como los esenios. Balaam permaneció aquí en soledad y
meditación cuando fue llamado por el rey de los moabitas (IV
Moisés, 22, 5). Balaam era de noble estirpe y muy principal
familia. Desde la juventud tuvo el don profético y estaba en
relación con estos pueblos que miraban a la estrella prometida,
entre ellos los antepasados de los Reyes Magos. No era Balaam
hechicero ni mal hombre. Servía con culto al verdadero Dios
como lo hacían los más elegidos de estos pueblos antiguos; sólo
que lo hacía de modo imperfecto, con mezcla de errores y su~
persticiones. Había estado antes en esta montaña en soledad y
meditación, creo que en compañía de otros profetas o discípulos
suyos. Después que regresó de la presencia del rey de los moa-
bitas, Balaam quiso volver a su soledad de la montaña, pero ya
no pudo, por disposición de Dios, subir más. Había caído en
grave pecado por su perverso consejo al rey de Moab, perdiendo
su gracia y sus dones sobrenaturales, y anduvo errando sin
rumbo hasta que pereció miserablemente. La gente de esta co-
marca está convencida de la santidad de este “camino de Da-
vid”. Decían a Jesús que no querían vivir del otro lado del
Jordán, porque allá no se puede mencionar todo lo que se vió,
se anunció y se cumplió en el “camino de David”.

 

V
Jesús en Bethabara y Jericó. El publicano Zaqueo
Cuando Jesús se acercó al Jordán, ya se había reunido una
gran muchedumbre. Todo el espacio estaba lleno: se habían
acomodado bajo los árboles y en tiendas. Muchas madres ve-
nían con sus criaturas como en procesión: niños de todas eda-
des, hasta los que eran llevados en brazos. Cuando llegaron por
el ancho camino al encuentro de Jesús, quisieron los discípulos
apartar a las madres con sus criaturas para que no dieran tra-
bajo a Jesús que ya había bendecido a muchos de ellos. Jesús
no quiso que los apartaran y entonces trataron de ponerlos en
orden. En un lado de la calle se colocaron cinco largas filas de
niños de diversas edades, separados: había más niñas que va-
roncitos. Las madres, con las criaturas en brazos, estaban detrás
de la quinta hilera de niños. Del otro lado de la calle estaba el
resto del pueblo, que a veces irrumpía rompiendo el orden. Se
iban turnando los últimos con los primeros. Jesús pasó delante
de la primera fila de niños, poniéndoles su mano sobre la ca-
beza y bendiciéndolos. A unos les ponía la mano sobre la cabe-
za, a otros sobre el pecho; a algunos los estrechó contra su
pecho, a otros los proponía como modelo a los demás; y así en-
señaba, amonestaba, bendecía, sanaba y consolaba a todos. Cuan-
do llegó al final de la primera hilera, pasó al otro lado del
pueblo, y allí consolaba, exhortaba, o proponía como modelos
a algunos de los niños. Cuando terminó en ese lado volvió a
la segunda hilera de niños, y luego a la del pueblo, y así pro-
siguió hasta llegar al término de la quinta fila, adonde estaban
las madres con sus criaturas en brazos. Todos los niños que
bendijo recibieron una gracia interna, y más tarde fueron cris-
tianos. Había unos mil niños, pues se renovó la escena por
varios días.
Jesús tuvo mucho que hacer. Estaba en tranquila seriedad,
dulce, afable, con una indefinible tristeza. Enseñaba en las ca-
lles; a veces le tiraban de los vestidos para que entrara en algu-
nas casas. Contó varias parábolas; enseñó a grandes y chicos,
a sabios y a ignorantes. Decía a algunos que diesen a Dios, por
gratitud, lo que Él les había dado, como lo hacía Él mismo. He
visto aquí a la Verónica, a Marta, a Magdalena y a María Salomé.
Ésta vino con sus hijos Juan y Santiago el Mayor, y pidió a Jesús
hiciera que sus dos hijos se sentaran a su lado cuando viniera
su reino. Los fariseos de Jerusalén mandaron espías, de los
cuales algunos se convirtieron y no volvieron; otros que vol-
vieron a Jerusalén con malas ideas, en el camino se arrepin-
tieron y más tarde se unieron a los cristianos. Cuando Jesús
salía de Bethabara, fue rogado en el camino para ir a una casa
donde habitaban diez leprosos. Los apóstoles se apartaron, te-
merosos, y aguardaron a Jesús reunidos bajo un árbol. Los le-
prosos estaban sentados en un rincón del edificio, llenos de
llagas y podredumbre. Jesús entró, mandó algo, y tocando a
uno de ellos, salió. Los leprosos fueron llevados uno después
de otro a un estanque donde se lavaron; después estuvieron los
diez en disposición de presentarse a los sacerdotes como sanos.
Jesús entró en otro edificio donde había enfermos hombres y
mujeres, separados. Había cierto orden para los enfermos y un
sitio para cocinar y lavar. Tenía un patio con hierba verde.
Jesús sanó a varios. Cuando iba de camino vi que uno de los
diez leprosos curados le seguía haciendo acción de gracias y ala-
bando a Jesús. Al darse vuelta Jesús para mirarlo, el hombre
se echó al suelo sobre su rostro, y daba gracias. De paso Jesús
bendecía a los niños que les traían las madres.
El camino que hacía Jesús con los suyos desde Bethabara
los llevaba a Maqueronte y a la ciudad de Madián. Se volvieron
más hacia el lado del Jordán, rodearon a Bethabara y, atrave-
sando una región poco poblada, se encaminaron hacia Jericó.
En este camino vinieron poco a poco a los discípulos que habían
sido enviados a misionar y contaron a Jesús cómo les habia ido.
Les enseño con parábolas: recuerdo sólo algo de lo que dijo en
su alocución. Aquellos que se dicen puros, pero que comen y
beben como les da la gana, parecen como si quisieran apagar
un fuego arrimando más leña seca. Otra parábola se refería a
la acción futura de los doce apóstoles. “Vosotros ahora me estáis
aficionados porque tenéis abundante alimento (no entendieron
que Jesús se refería a su doctrina y enseñanza). En la necesidad,
empero, obraréis de otro modo. Aun aquellos que llevan como
un manto el amor a mi Persona, dejarán caer ese manto para
huir”. Se refería a la actitud de Juan en el Huerto de los Olivos,
que huyó dejando la manta en que se envolvía.
En una población junto al Jordán he visto a una mujer
pidiendo la salud de una hija cubierta de llagas. Jesús le con-
testó que le enviaría a un discípulo, pero ella insistió en que
viniese el mismo Jesús. Jesús no lo hizo, pero como no estaba
lejos de Él, la mujer volvió, pidió ayuda y dijo que se había
desasido de todo, como Él se lo habia mandado. Jesús la rechazó
nuevamente diciendo que esa hija era fruto del pecado, y le
nombró una falta, que parecía pequeña, a la cual estaba asida
hacía años. Le dijo que no volviera hasta que no se arrepin-
tiera de ese pecado. Entonces vi a esta mujer pasar por entre
los apóstoles y discípulos e ir a Jericó. Cerca de Jericó llegaron
cuatro fariseos hasta Jesús, enviados por los de Jerusalén, para
decirle que no entrase en la ciudad, que Herodes lo buscaba
para darle muerte. Ellos decían esto porque le temían, por los
muchos prodigios que habían oído y sabido de otros. Jesús les
contestó que dijeran a esa zorra: “Mirad, yo echo demonios hoy
y mañana y sano enfermos, pero al tercer día completaré mi
misión”. Dos de estos fariseos entraron en sí mismos, se arre-
pintieron y se hicieron discípulos: los otros dos volvieron a Je-
rusalén, llenos de enojo. Vinieron también dos hermanos de
Jericó que disputaban sobre una cuestión de herencia. Uno que-
ría quedarse, el otro quería abandonar ese lugar: se entendieron
para que Jesús decidiera su pleito. Jesús los rechazó de plano,
diciendo que no había venido para eso. Como Juan y Pedro
pensaran que se trataba de una obra buena, contestóles Jesús
que no había venido a hacer repartos de bienes terrenos, y en-
señó al pueblo que se había reunido. Los discípulos aún no lo
habían entendido y esperaban siempre un reino temporal, por-
que no habían recibido las luces del Espíritu Santo. Como tam-
bién aquí salieron muchas mujeres con sus criaturas, pidiendo
bendición, los apóstoles, temerosos de las amenazas de los fari-
seos, quisieron apartarlas, para no alterar el orden. Jesús les
mandó que los dejasen venir para bendecirlos, que necesitaban
esta bendición para llegar un día a ser sus discípulos. Bendijo
a muchas criaturas y a niños de diez a once años. A algunos
no los bendijo ahora, y vinieron más tarde. Cerca de la ciudad
donde había jardines, parques y casas, se encontró Jesús con
los suyos en medio de una muchedumbre venida de todas las
comarcas, que lo esperaban con muchos enfermos que tenían
alojados en tiendas y chozas.
Un jefe de alcabaleros llamado Zaqueo, que tenía su ofi-
cina junto al camino, salió también para ver a Jesús. Como era
pequeño de estatura subió a una higuera para verlo a su gusto.
Jesús lo miró y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, que hoy tengo
que ir a tu casa”. Zaqueo bajó en seguida, se sintió conmovido,
se humilló y corrió a su casa a preparar lo necesario para re-
cibir a Jesús. Al decirle el Señor que deseaba ir a su casa, se
refería a su corazón, donde entraba Jesús con su gracia; pues
Jesús entró en Jericó, pero no en la casa de Zaqueo. De la
ciudad no había salido la gente a recibir a Jesús, temerosa de
las amenazas de los fariseos. Los que pedían ayuda eran sólo
extranjeros y viajantes. Jesús sanó a un ciego y a un mudo;
otros fueron rechazados. Bendijo a muchos niños, a pequeñas
criaturas y dijo a sus apóstoles que las gentes deben acostum-
brarse a llevar a los niños a Jesús desde temprana edad: que
todos éstos que bendecía serían cristianos. Entre los rechazados
había una mujer con flujo de sangre venida de lejos con el
propósito de pedir salud. He oído que Jesús decía a sus disci-
pulos: “El que no tiene deseo ardiente de conseguir algo, tam-
poco tiene constancia en pedir ni fe en lo que pide”. Como
llegase el Sábado entró con los suyos en la sinagoga y más tarde
en el albergue. Jesús estaba con los apóstoles en el comedor,
en lugar abierto, y los discípulos, bajo los pórticos. La comida
consistió en pequeños panes, miel y frutas. Comieron de pie.
Jesús enseñaba mientras paseaba entre ellos. Los apóstoles be-
bían de tres en tres. Jesús bebió solo. A este lugar llegó aquella
mujer rechazada por dos veces, pidiendo por su hija; fue desoída
nuevamente, pues quería estar bien con los fariseos y con Jesús:
había ido a Jericó para preguntar a los fariseos qué pensaban
de Jesús en Jerusalén.
También se presentó Zaqueo. Los nuevos discípulos mur-
muraban de que Jesús quería entrar en la casa de mala fama
del publicano Zaqueo. Tanto más se sentían irritados porque
algunos de ellos eran parientes de Zaqueo, y se avergonzaban
de que fuese publicano y no se hubiese convertido aún. Zaqueo
se adelantó a ellos, pero ninguno quiso anunciarlo a Jesús ni
nadie le ofreció cosa alguna. Jesús lo vio, le hizo señas de que
entrase y le ofreció comida y bebida. Cuando Jesús a la ma-
ñana siguiente volvió a la sinagoga, como dijera a los fariseos
que deseaba explicar la lección del día, levantaron tumulto, pero
nada pudieron contra Él. Habló severamente contra la avaricia
del dinero y sanó en la sinagoga a un enfermo, a quien habian
traído en camilla. Después del Sábado salió con sus apóstoles
de la ciudad y se dirigió a la casa de Zaqueo; los apóstoles no
estaban con Él. En el camino le salió nuevamente al encuentro
la mujer que pedía la salud de su hija. Jesús puso su mano
sobre ella para librarla, primero, de su enfermedad espiritual;
luego la mandó a su casa, diciéndole que su hija estaba sana.
Durante la comida, consistente en un cordero, miel y frutas,
Zaqueo escuchaba las palabras de Jesús con devoción. Jesús
contó la parábola de una higuera que estaba en un viñedo, que
hacía tres años que no daba fruto, y el viñatero pidió un año
más de plazo. Habló como si los apóstoles fueran el viñedo,
Jesús el dueño de la viña y Zaqueo la higuera. En efecto, al-
gunos parientes habían dejado hacía tres años este oficio des-
honroso; Zaqueo continuaba en él, y era por los discípulos
despreciado. Ahora Jesús se compadecía de él, llamándolo y
haciéndolo bajar de la higuera. Jesús habló también de los
árboles frondosos que no dan fruto. Las hojas son las aparien-
cias exteriores y salen sin dar frutos de bien. Los frutos son
el interior, el obrar en la fe, con la consolación del fruto y la
supervivencia del árbol en la semilla del fruto. Me parece que
quiso decir a Zaqueo, al mandarle bajar del árbol, que se des-
pojara del aparato exterior y de las hojas, como si ahora Zaqueo
fuera la fruta madura que deja el árbol, que estuvo tres años
infructuosos en la viña. Habló también de los guardianes fieles
que, sin hacer ruido exterior, pueden oír fácilmente cuando el
Señor golpea a la puerta.
Parece que Jesús, por ser la última vez que estará en Je-
ricó, quisiera mostrar todo su amor. Manda a los apóstoles y
discípulos de dos en dos a los suburbios y adonde no podrá
Él mismo llegar. En Jericó entra de casa en casa, enseña en la
sinagoga, en la calle y en todas partes, siempre con multitud
de oyentes. Los pecadores y publicanos lo rodean, los enfermos
son puestos en su camino para que los vea cómo levantan sus
manos suplicantes y oiga sus clamores. Enseña y habla sin in-
terrupción: está serio, pero obra con seguridad y afablemente.
Los discípulos están llenos de miedo y de inquietud; Jesús,
tranquilo, aunque expuesto a todos los peligros, pues se han
reunido como cien fariseos de todas partes para insidiar y es-
torbar su apostolado. Mandan mensajes a Jerusalén, se reúnen
y tratan cómo echarle mano. También los apóstoles están con
miedo y les parece que Jesús obra demasiado audazmente con-
tra el parecer de los fariseos. He visto cómo Jesús se encontraba
a veces rodeado de muchos que buscaban cómo dañarle, mien-
tras traían enfermos, y los apóstoles se mantenían a respetable
distancia. La mujer rechazada con flujo de sangre y gota, se
había hecho llevar adonde estaban las que hacian penitencia y
en el momento oportuno se arrastró hasta tocar el ruedo del
vestido de Jesús. El Señor la miró y la mujer quedó sana: se
levantó al punto, dio gracias y volvió a la ciudad y a su casa.
Jesús volvió a enseñar sobre la oración y la constancia en orar.
“No conviene cansarse de rogar y pedir”. Yo pensé entonces en
la constancia de esta mujer y en el amor de esta buena gente,
que la llevaba de un lugar a otro, y cómo preguntaba a los
discípulos adónde iría Jesús, para hacerse llevar allá y tomar
un puesto conveniente, tanto más que debido a su enfermedad
impura no podía estar en cualquier parte, y así anduvo espe-
rando de un día a otro durante ocho dias seguidos.
Se bautizaron muchos por medio de Santiago y Bartolomé.
En el centro de la ciudad hay una fuente rodeada de edifica-
ción, con escalones que van hasta abajo y cajones nadando que
sirven de baños como en el estanque de Bethesda. Los bauti-
zandos llevan un manto blanco: dos discípulos ponen sus manos
sobre los hombros, mientras otro apóstol los bautiza. Algunos
enfermos sanaron mientras eran bautizados. Antes de partir
Jesús de Jericó vinieron mensajeros de Betania con la noticia
de que Lázaro estaba muy enfermo y que Marta y Magdalena
ansiaban mucho la presencia de Jesús. Pero el Señor no se fue
a Betania, sino a un pequeño lugar a una hora al Norte de Je-
ricó, donde se había reunido mucha gente y enfermos. Dos
ciegos con su guía estaban apostados a la vera del camino.
Cuando Jesús se acercó comenzaron a clamar, levantando las
manos, pidiendo ser curados. Los circunstantes querían obligar-
los a callar. Mientras tanto clamaban: “¡Oh, Tú, Hijo de David,
ten misericordia de nosotros!” Jesús se volvió hacia ellos, los
hizo traer a su presencia, y tocó sus ojos. De pronto vieron y le
siguieron. A causa de estos dos ciegos curados se levantó un
tumulto. Los fariseos comenzaron a examinarlos y llamaron a
sus padres. Los discípulos deseaban que Jesús se decidiera a
ir a Betania al lado de Lázaro, donde gozarían de más tranqui-
lidad: aquí estaban llenos de sobresalto. Jesús sanó a otros mu-
chos enfermos. No me es posible expresar cuán dulce, manso y
paciente era Jesús aún en medio de estos tumultos, persecu-
ciones, contradicciones, y con cuánta dulzura y dulce sonrisa
contestaba a sus discípulos que querían dejar este lugar, apar-
tarse de tantas insidias e irse a Betania.
Se dirigió a Samaría. A la noche, cerca de un lugarejo, es-
taban recluídos, a la vera del camino, diez leprosos. Al pasar
Jesús salieron clamando por salud. Jesús se detuvo mientras
los apóstoles seguían su camino. Los leprosos se apresuraron,
según sus fuerzas, y se acercaron a Jesús y lo rodearon. Jesús
tocó a cada uno de ellos y les mandó que se mostraran a los
sacerdotes. Después siguió su viaje. Uno de los enfermos, un
samaritano, caminaba más ligero. No sanaron de repente; se
sentían aún débiles, pero en el término de una hora estuvieron
totalmente limpios. Después de esto vino un padre de familia,
desde un pueblo de pastores, pidiendo a Jesús entrara en su
casa pues acababa de morir una hijita suya. Se dirigía a esa casa
cuando el leproso samaritano, al verse limpio, desanduvo su
camino, alcanzó a Jesús y echándose a sus pies, le dio gracias
por la salud recobrada. Jesús preguntó: “¿No fueron diez los
sanados? ¿dónde están los nueve restantes? ¿No hay ninguno
de ellos que dé gloria a Dios y agradezca, sino este extranjero?
Levántate y vete a tu casa: tu fe te ha salvado”. He visto que
este hombre pasó a ser uno de sus discípulos.
Con Jesús estaban ahora Pedro, Juan y Santiago. La niña,
como de siete años, estaba muerta hacía cuatro días. Jesús le
puso una mano sobre la cabeza y la otra sobre el pecho y oró
con los ojos dirigidos a lo alto. De pronto la niña se levantó a
la vida. Jesús les dijo a sus apóstoles que hicieran de la misma
manera en su nombre. El padre tenía una fe viva en el poder
de Jesús, y asi esperó. La mujer ya antes quería que el marido
hubiese buscado a Jesús, pero el hombre esperó confiado. No
bien pudo éste desligarse de sus obligaciones entregó su negocio
a otros, y habiendo muerto su mujer, se agregó a los discípulos
de Jesús y fue uno de los principales. La hija fue muy piadosa.
Jesús continuó visitando las chozas de los pastores y sanó
a muchos enfermos. Pasando de una choza a otra llegó a las
cercanías de Hebrón. Lo he visto luego solo con Pedro en una
choza de pastores, adonde llegó una pareja después del des-
posorio en la escuela del lugar. Delante iban niñas con coronas
y vestidos, según la ocasión, tocando y cantando. Había en el
cortejo un sacerdote de Jericó. Cuando entraron en la casa y
vieron a Jesús, quedaron muy conmovidos. Jesús les dijo que
siguiesen tranquilamente las costumbres de tales ocasiones para
no llamar la atención. He visto que bebían en pequeños reci-
pientes. La novia estaba con las mujeres y las niñas danzaban
y tocaban en su presencia. Más tarde he visto a los esposos en
otra pieza con Jesús, quien les cruzó las manos y los bendijo:
luego les habló de la santidad e indisolubilidad del matrimonio.
Después lo he visto con Pedro y el sacerdote en la mesa, mien-
tras el novio cuidaba el orden. El sacerdote estuvo de mala gana
porque dieron a Jesús el lugar de honor y al poco tiempo se
retiró de la mesa. He visto más tarde que este sacerdote soli-
viantó a otros, que asaltaron en forma grosera al Señor, de tal
modo, que en el calor de la discusión uno de ellos asió el manto
del Señor, que siguió tranquilo y amable: como no pudieran
hacerle nada, se alejaron. Jesús quedó en esa casa con mucha
familiaridad y amor. Los pastores ancianos eran de aquéllos que
treinta años antes lo habían ido a adorar en la gruta, cuando era
Niño. Comenzaron a contar estas cosas con mucha devoción y
a honrar a Jesús. Los pastores más jóvenes contaban también
lo que habían oído a sus padres. Trajeron enfermos de mucha
edad que no podían andar y niños enfermos, a los cuales sanó.
Les dijo a los novios que después de su muerte fueran con sus
apóstoles y siguieran su doctrina, cuando hubiesen sido bau-
tizados e instruídos convenientemente. Nunca he visto a Jesús
tan contento y familiar como con estos sencillos pastores. He
visto que todos aquéllos que lo honraron y que lo visitaron cuan-
do Él era niño, recibieron la gracia de la salvación. Después siguió
Jesús más al Sur, hacia Juta, por la montaña. La gente de la
casa de las bodas lo acompañó un trecho.
Ahora veo que hay seis apóstoles con Jesús, entre ellos
Andrés. En el camino sanó a muchos niños enfermos: estaban
hinchados y no podían andar. Los comarcanos son sencillos y
buenos en general. Al pasar por una pequeña población entró
en la sinagoga para enseñar. Los sacerdotes quisieron oponerse
y llamaron a otros; pero tuvieron que ceder, y el pueblo lo
escuchó de muy buena gana. Los apóstoles querían persuadir
a Jesús que se retirase a Nazaret, su ciudad, ya que siempre
hablaba de su próximo fin. Jesús no quiso defraudar. la buena
voluntad de esta gente: no fue a Nazaret, sino que siguió en-
señando. Dijo: “Ninguno puede servir a dos dueños”. Añadió
que había venido para traer la espada; esto es, el cortar y apar-
tarse de todo lo malo y vìciado, como lo explicó luego a sus
discípulos.