Últimas enseñanzas de Jesús y entrada triunfal en Jerusalén – Sección 1

I
Jesús en Sichar, Ephron y Jericó
Cuando en compañía de sus nuevos discípulos fue caminando
desde el valle de los pastores hasta a pocas horas de Sichar, lo
he visto detenerse con frecuencia mientras hablaba con sus dis-
cípulos. A Eliud, Silas y Eremenzear les recomendó no dijeran
a nadie dónde habian estado con Él ni lo que les había sucedido
en el viaje; en parte les dijo también la razón. Yo he visto, sin
embargo, que Eremenzear tocándole con cariño de la manga le
pidió que le permitiese escribir la relación del viaje, y que Jesús
se lo permitió, a condición que lo hiciese después de su muerte
y presentase su escrito a Juan. Tengo la persuación de que existe
aún ese escrito en alguna parte.
Pedro y Juan le salieron al encuentro y delante de la puerta
de la ciudad lo esperaban otros seis apóstoles, los cuales llevaron
a Jesús a una casa, donde el dueño de la misma, que aún no
conocía a Jesús, lo recibió muy cortésmente. Parecía que Jesús
no quería aún manifestarse públicamente. Después de lavarse
los pies, y como entraba el Sábado, se encendieron las lámpa-
ras rituales. Se revistieron de largas vestiduras blancas con la
faja, oraron y se dirigieron al salón de la escuela en una pequeña
altura. Hubo una comida en casa de este hombre principal y
acudieron otros judíos de largas barbas, entre ellos uno más
anciano con hábito sacerdotal. Ni en la escuela ni durante la
comida llamó Jesús la atención. El jefe me pareció que miraba
con recelo y falsedad: creo que era un fariseo. Después de la
comida pidió Jesús que le abriesen la sinagoga, puesto que había
oído la predicación de los otros y ahora quería enseñar Él. Todos
los apóstoles y discípulos lo acompañaron. Jesús dijo cómo ni
los milagros ni las señales traen provecho alguno cuando los
hombres olvidan, no piensan en qué miseria se encuentran y
no tienen afecto ni sentimientos de amor. Les da más provecho
una exhortación y enseñanza que la multiplicación de milagros.
Antes de la comida le habían pedido los apóstoles que se expli-
cara más claramente, pues no lo habian entendido: que siempre
hablaba de su próximo fin; que fuera de nuevo a Nazaret para
manifestar allí su poder y su misión con prodigios. Jesús les
declaró que los milagros mismos no aprovechan si la gente no
se quiere mejorar, y sólo comentan los prodigios sin preocuparse
de cambiar de vida. ¿Para qué sirvieron los milagros y señales,
el alimentar a cinco mil, la resurrección de Lázaro, si ahora los
mismos apóstoles piden más señales y más prodigios? Pedro y
Juan eran de la misma idea de Jesús; los demás estaban contra-
riados. A Eliud, a Eremenzear y a Silas les había declarado en el
viaje por qué ya no hacía milagros, pues los apóstoles y discí-
pulos los harían después, y aún mayores, para hacerse creer.
Jesús se entristeció porque los apóstoles trataban de saber, de
esos tres discípulos, adónde había estado Jesús y qué había he-
cho en el viaje, mostrándose contrariados de que ellos callasen.
Anunció a todos de que le convenía ir a Jerusalén y allí enseñar.
He visto que algunos judíos enviaron mensajeros a Jeru-
salén diciendo que dentro de poco tendrían de nuevo a Jesús.
Los fariseos de Sichar se mostraban irritados, amenanzando con
tomarlo preso y enviarlo a Jerusalén. Jesús les contestó que su
tiempo no había llegado y que iría a Jerusalén por Sí mismo;
que, por lo demás, no había hablado para ellos sino para sus
discípulos. Jesús envió en diversas direcciones a los apóstoles
y discípulos y retuvo sólo a los tres jóvenes, con los cuales se
dirigió hacia Ephron, para encontrarse con las santas mujeres
cerca de Jericó. Los padres de los tres jóvenes habían anun-
ciado a las mujeres la vuelta de Jesús. En el camino de Ephron
a Jericó llovió mucho y el tiempo estaba nublado. Jesús no ca-
minó derechamente, sino entró en varias casas en el camino,
enseñando, sanando, consolando a los necesitados y exhortando
a que siguiesen sus enseñanzas. También los apóstoles y discí-
pulos iban deteniéndose en los poblados y casas, anunciando la
próxima visita del Salvador. Parecía que a los que deseaban la
salvación, se les hacía un nuevo llamado y a las ovejas algo
dispersas por la ausencia del Pastor, se las volvía a reunir en
el redil por medio de los pastores, que eran los discípulos. Cuan-
do llegó Jesús por la tarde a Ephron, visitó diversas casas, sanó
a los enfermos y les mandó que se reuniesen en el salón de la
escuela. Era un edificio muy amplio con primero y segundo pisos.
Muchos de Ephron y los alrededores acudieron a oír a Jesús,
y se llenó la sinagoga. Jesús se hizo traer un asiento y enseñó
primero a los hombres y luego a las mujeres. Pidió que siguieran
su doctrina. Dijo que su fin estaba próximo y que serían muy
castigados los que no creían en Él ni en su doctrina. Se pro-
movió cierto tumulto entre el pueblo, pues habían algunos mal
intencionados. Desde Ephron envió Jesús a sus tres discípulos
a anunciar a las mujeres, que en número de diez esperaban en
ese albergue junto a Jericó.
Estaban allí María, Madre de Jesús, Magdalena, Marta, con
dos más, la mujer de Pedro, su hijastra, la mujer de Andrés, la
mujer y una hija de Zaqueo casada con un joven discípulo de
nombre Annadías, que era pastor, pariente de la madre del dis-
cípulo Silas. Uniéronse a Jesús en el camino Pedro, Andrés y
Juan, con los cuales se dirigió hacia Jericó. María Santísima,
Magdalena, Marta y otras se adelantaron junto a un pozo. Fal-
taban como dos horas para el crepúsculo vespertino cuando llegó.
Las mujeres se echaron a sus pies y besaron su mano. También
María besó su mano, y cuando se levantó, Jesús tomó su mano
y se la besó. La Magdalena se quedaba siempre algo detrás de
las otras. Junto al pozo los discípulos lavaron los pies a Jesús y
a los apóstoles. Hubo una comida. Las mujeres comieron aparte,
pero se acercaron luego para escuchar a Jesús. Jesús no pernoctó
en el albergue, sino que fue con los tres discípulos a Jericó, donde
le esperaban los otros apóstoles con muchos enfermos de los
contornos. Las mujeres siguieron detrás de Jesús. He visto al
Señor entrar en muchas casas para sanar enfermos; luego pidió
abriesen la escuela e hizo colocar un sitial en el medio de la
sala. Las santas mujeres estaban retiradas, algo apartadas, con
una lámpara; entre ellas estaba María. Después de la enseñanza
volvieron al albergue y desde allí regresaron por la mañana a
sus respectivas casas.
En Jericó se reunieron muchos oyentes, pues los discípulos
habían anunciado la llegada de Jesús. Como el Señor continuase
enseñando, al día siguiente aumentó el gentío. Las murmura-
ciones de los fariseos crecieron y acabaron por mandar aviso a
Jerusalén. Jesús se encaminó entretanto a la orilla del Jordán,
al lugar de los bautismos, donde se había estacionado una mul-
titud de enfermos traídos de todas partes. Habían sabido que
Jesús vendría allí y le rogaban que los sanase de sus dolencias.
Había tiendas y lugares desde donde se podía descender al agua
del Jordán. La fuente cavada por Juan, donde Jesús fue bau-
tizado, estaba todavía, a veces llena de agua, a veces vacía. Había
gente de Samaría, de Judea, de Siria y de Galilea. He visto
que luego se llevaban el agua de esta fuente, poniéndola en
recipientes de cuero, que colocaban a ambos lados de sus asnos.
Jesús sanó a muchos enfermos. Estaban con Él Juan, Andrés y
Santiago el Menor. No parecía esto un bautismo: era un sanar
y lavarse. Más sacramento parecía el bautismo de Juan que el
lavatorio de esta ocasión. Cuando estuvo Jesús en Jericó la
última vez hubo también curaciones de enfermos y purificaciones
en un lugar de baños. Existió antes en el Jordán un baño, que
Juan Bautista había agrandado y arreglado. En la fuente de la
isleta estaba aún el arbolito donde el Señor se había apoyado
al bautizarse. Jesús sanó a muchos sin agua. A los leprosos les
echaba agua sobre la cabeza y los apóstoles prestaban a los en-
fermos otros servicios. He visto que el verdadero bautismo, como
sacramento, fue sólo después de Pentecostés. María Santísima
fue bautizada sola por Juan Evangelista después de Pentecostés
en el estanque de Bethesda. Dijo antes la santa Misa, que con-
sistía entonces en las palabras de la consagración, con oraciones
antes y después.
Como aumentase la muchedumbre y creciese el tumulto por
los enfermos sanados, Jesús se ausentó con sus tres discípulos
y se encaminó a Betel, donde Jacob tuvo la visión misteriosa
de la escala que llegaba al cielo. Oscurecía cuando llegaron.
Se acercaron a unas personas de confianza que los esperaban,
entre ellas Lázaro con sus hermanas, Juan, Marcos y Nicodemo.
Habían venido ocultamente desde Jerusalén. El cuidador tenía
mujer con cuatro hijos y la casa un patio con pozo. Este hombre
abrió las puertas del albergue y con sus hijos lavó los pies a
Jesús y a sus acompañantes. Mientras Jesús estaba sentado en
el borde de la fuente se adelantó la Magdalena por detrás y
derramó sobre su cabeza un perfume muy costoso. Había hecho
ya esta acción en diversas ocasiones. Yo me maravillo cada vez
de su valor y audacia. Jesús estrechó contra su corazón a Láza-
ro, que aun aparecía algo pálido y delgado con sus cabellos
negros. Hubo una comida de frutas, panecillos, panal de miel
y hierbas. Bebían en pequeños vasos, como era costumbre en
la Judea. Jesús sanó a los enfermos reunidos en un ángulo de
la casa. Las mujeres que habían comido aparte se acercaron para
escuchar las enseñanzas de Jesús. Al día siguiente volvió Lá-
zaro con sus acompañantes a Betania.
Jesús y sus tres apóstoles, haciendo un camino más largo,
se dirigió a la casa del hijo de un medio hermano de Andrés,
cuya hija estaba enferma. Llegaron al mediodía junto al pozo
de la casa donde el dueño, un hombre gallardo, que se ocupaba
de hacer tabiques de mimbres, lavó los pies a los caminantes
y los llevó a su casa. Tenía este hombre muchos hijos, algunos
pequeños. Dos hijos crecidos, de 16 a 18 años, no estaban en
casa, sino en la pesquería donde vivía Andrés. Éste le había
enviado mensajeros para hacerle saber que Jesús estaba de
nuevo entre ellos y le indicó dónde podía encontrarlo. Después
de la comida este hombre llevó a Jesús y sus apóstoles adonde
estaba su hija de doce años, enferma, que hacía ya tiempo lan-
guidecía postrada en la cama: era clorótica y lunática. Jesús le
mandó levantarse, la condujo de la mano con Andrés hacia el
pozo y derramó agua sobre su cabeza. Luego le mandó bañarse
en un lugar cerrado que había allí y volvió a entrar en su pieza
completamente sana. Era una joven bastante desarrollada. Cuan-
do Jesús salió, el hombre los acompañó un trecho. Antes de
comenzar el Sábado llegó Jesús a un poblado; entró en un al-
bergue junto a los muros de la ciudad y se dirigió a la sinagoga.
A la mañana siguiente volvió a la sinagoga, donde oró y dirigió
una buena instrucción. Volvió a reunirse en torno de Él una
gran multitud. Le trajeron muchos enfermos, a los cuales sanó.
La gente lo honraba y se apretaba en torno de su Persona. Los
apóstoles también bendecían y curaban enfermos en nombre de
Jesús: hasta los sacerdotes ayudaban a conducirlos a la pre-
sencia del Salvador.
He visto que sanó a un leproso que otras veces le habían
traído y puesto en el camino y no había querido sanar. Lo tra-
jeron de un rincón de la ciudad donde vivía en una casita,
cubierto con una manta, sentado en una camilla: nadie se acer-
caba a él. Jesús levantó la manta, lo tocó y mandó lo llevasen
al baño junto a los muros de la ciudad, donde sanó completa-
mente. Tenía una doble lepra: la enfermedad y el vicio de la
impureza. El Señor sanó aquí a muchas mujeres con flujo de
sangre. Como estas curaciones se hacían en el patio de la sina-
goga, sucedió que la multitud rompió la valla y se subió a los
techos.
Desde aquí fue caminando el Señor con sus tres discípulos
hasta una fortaleza (Alejandrium), donde había canales o es-
tanques con varios desagües. Parecía un lugar de baños. He visto
varias galerías y obras de albañilería. Como Jesús se disponía
a entrar en el castillo, los apóstoles le pusieron dificultades,
diciéndole que podía recibir molestias y ser causa de escándalo.
Jesús les contestó que si no querían acompañarlo se quedasen
esperándole, que Él pensaba entrar. Había adentro gentes que
parecían presos, otros enfermos, y en la puerta había guardia-
nes, para evitar que salieran sin custodias. Tenían que tra-
bajar en las excavaciones y en diversas fortificaciones. Cuando
Jesús se disponía a entrar, el guardián lo quiso detener, pero al
decirle una palabra, hizo reverencia y dio el paso. La gente se
reunió en el patio en torno de Él, que les habló, y a algunos
en partícular. De la ciudad cercana mandó a buscar a dos jueces,
pues tenían en los hombros escudos o distintivos de su oficio
pegados a cintas de cuero. Jesús habló con ellos y todo procedió
como si Él respondiese de los que había apartado. Vi después
que salió del castillo con 25 de esos hombres y que anduvo
con ellos y los apóstoles toda la noche junto al Jordán. En este
viaje apresurado llegó Jesús a cierta población donde entregó
estos prisioneros en brazos de sus mujeres e hijos. Otros de
éstos siguieron camino más al Norte o hacia el Oriente. Eran
de la región de Kedar, donde Jesús se había detenido en su
viaje al país de los Reyes Magos.
Allí dejó a los apóstoles, pues mientras andaba a través
de los valles hacia Tiberíades, vinieron aquellos tres jóvenes
callados y los otros que se juntaron a Él en su viaje y camina-
ron durante la noche. Descansaron bajo un galpón y caminando
todo el día llegaron por la tarde a Cafarnaúm, donde le presen-
taron a un joven llamado Sela o Selam. Era un primo del novio
de Kedar a quien Jesús le había hecho hacer la casa y plantar
el viñedo cuando fue al país de los Reyes Magos. Aquél le en-
viaba a este joven como discípulo. Había esperado hasta ahora
en casa de Andrés, en Bethsaida, y al ver a Jesús se echó de
rodillas delante de Él. Jesús lo recibió entre sus discípulos y
le impuso las manos sobre sus hombros. De inmediato usó de
sus servicios y lo envió al jefe de la escuela pidiendo las llaves
y los rollos que se habian encontrado en el Templo cuando es-
tuvo por siete años devastado sin poder ser usado para el culto.
Cuando Jesús estuvo la última vez aquí enseñando, había usado
esos escritos que eran del profeta Isaías. Volvió el joven y fue-
ron a la escuela, encendieron las lámparas y Jesús se hizo pre-
parar una especie de púlpito con gradas. Se habían reunido
muchos oyentes y Jesús enseñó bastante tiempo comentando los
escritos de Isaías. Por las calles corría la gente diciendo: “Está
de nuevo el Hijo de José”. Jesús abandonó a Cafarnaúm antes
de despuntar el día y lo he visto caminar con esos discípulos y
otros apóstoles que habían llegado, en dirección a Nazaret, donde
entró.
He visto en esta ocasión que en casa de Ana vivían otras
personas. Estuvo también en la casa de José, que ahora está
cerrada e inhabitada y se dirigió a la sinagoga. Su aparición
causó gran admiración y concurrencia de gente. Un poseído del
demonio, que hasta entonces había estado mudo, comenzó a gri-
tar: “Ahí está el Hijo de José… el Seductor… Tomadlo pre-
so… Apoderaos de Él”. Jesús le mandó callar y calló, pero no
echó el demonio de ese hombre. En la escuela hizo desocupar
todo el espacio y preparar el sitial para la enseñanza. En esta
última misión procedía más libremente que antes: enseñó ha-
blando más claramente que nunca, como que tenía derecho. Los
judíos se irritaron grandemente. Después entró en varias casas
alrededor de la antigua casa de José y allí bendijo y sanó a los
niños enfermos. Los judíos que habían estado quietos durante
la predicación en la sinagoga, se irritaron más y comenzaron a
agitarse. Jesús dejó la ciudad avisando a los apóstoles para en-
contrarse sobre la montaña donde multiplicó los panes, y salió
con sus jóvenes discípulos.
Cuando Jesús llegó al monte era ya de noche y arriba se
veían arder algunos fuegos. Jesús estaba en medio de sus após-
toles; los discípulos algo más apartados. Se había reunido mu-
cha gente y enseñó toda la noche hasta la mañana. Les indicó
a los apóstoles con la mano adonde debían ir para enseñar y
sanar a los enfermos. Parecióme que les señalaba el orden y
los lugares donde debían ir próximamente. Salieron en efecto
muchos apóstoles y discípulos en varias direcciones y Jesús an-
duvo por la mañana hacia el Sur.
En este camino los padres de una niña enferma rogaron a
Jesús que entrase en su casa para sanarla. Jesús la mandó le-
vantarse y salió al punto. A una hora delante de Tenat-Silo le
salieron al encuentro los apóstoles con ramas verdes; se echaron
a sus pies y Jesús tomó una rama. Le lavaron los pies allí mis-
mo. Creo que hicieron este recibimiento solemne porque se en-
contraron de nuevo todos reunidos y Jesús volvía a aparecer
como Maestro delante del pueblo. Acompañado de sus apóstoles
y discípulos entró en la ciudad, donde lo recibieron en un al-
bergue María su Madre, Magdalena, Marta y otras mujeres. No
estaban la mujer de Pedro ni la de Andrés, que habían quedado
en Betsaida. María Santísima al volver de Jericó se había de-
tenido aquí esperando su llegada y las demás mujeres habían
concurrido de diversas direcciones. Prepararon una comida en
la cual tomaron parte unas cincuenta personas. Después se dì-
rigió Jesús a la escuela, de la cual había hecho traer las llaves.
Allí oyeron sus palabras la Santísima Virgen, las santas muje-
res y mucho pueblo.

 

II
Jesús se dirige a Betania
A la mañana siguiente Jesús curó a muchos enfermos, aun-
que no entró en todas las casas; sanó también en el albergue
donde se hospedó. Luego envió a los apóstoles hacia Cafarnaúm,
lugar de la multiplicación de los panes. Las santas mujeres se
encaminaron hacia Betania. Jesús se dirigió a esa parte con sus
discípulos y celebró el Sábado en un albergue. Colgaron la lám-
para en medio de la sala, cubrieron la mesa con telas culoradas
y blancas, y se pusieron sus vestiduras blancas, alrededor de
Jesús, que dirigía el orden de la oración. Jesús rezó leyendo en
uno de los rollos escritos. Eran como veinte personas. La lám-
para ritual ardió todo el día y Jesús exhortó e instruyó durante
todo el día a sus oyentes alternando con las preces de costum-
bre. Se encontraba entre ellos un discípulo de nombre Silvano,
que Jesús recibió en su compañía en esta última ciudad. Era
de unos treinta años de edad y pertenecía a la familia sacer-
dotal de Aarón. Jesús lo conocía desde la infancia cuando Santa
Ana hizo una fiesta infantil para celebrar la vuelta del Niño
Jesús perdido y hallado en el Templo. En esa ocasión conoció
a otro futuro discípulo suyo que fue después el novio de Caná
de Galilea. Durante el camino hacia Betania Jesús continuó ins-
truyendo a sus discípulos: les habló del Padrenuestro, de la
fidelidad a su doctrina y de su próximo viaje a Jerusalén, donde
hablaría antes de volver a su Padre celestial. Les anunció que
uno de ellos lo abandonaría, pues ya llevaba el ánimo de trai-
cionarlo en su corazón. He visto que todos estos nuevos discí-
pulos le permanecieron fieles. En este viaje sanó a varios le-
prosos en el camino.
Una hora antes de entrar en Betania se detuvo Jesús en
aquel albergue donde estuvo tanto tiempo antes de resucitar a
Lázaro y donde la Magdalena fue a recibirlo. Ya habían llegado
María Santísima, otras mujeres y cinco de los apóstoles: Judas,
Tomás, Simón, Santiago el Menor y Tadeo. Con ellos estaban
Juan Marcos y otros más. Lázaro no estaba. Los apóstoles le
salieron al encuentro y junto a un pozo le lavaron los pies.
Enseñó allí mientras hicieron una comida. Las mujeres fueron
a Betania y Jesús se quedó con los demás. Al día siguiente no
se dirigió todavía a Betania, sino que con los tres jóvenes del
viaje a Caldea, fue caminando por los alrededores, mientras
otros apóstoles, en dos grupos que presidían Tadeo y Santiago,
instruían y sanaban en las casas de los contornos. Los he visto
sanar en diversas maneras: a veces poniendo las manos sobre
ellos, soplando, extendiéndose sobre ellos, o tomando a las cria-
turas contra su pecho y soplándoles en el rostro.
Jesús, por su parte, sanó en el camino a un endemoniado
cuyos padres corrieron tras de Él cuando iba a entrar en un
pueblo vecino. Jesús los siguió hasta el patio de su casa donde
se encontraba el poseso, el cual comenzó a enfurecerse, saltando
de un lado a otro y trepando por las paredes. La gente quería
sujetarlo y no podía, porque siempre se escapaba. Jesús dijo a
los presentes que salieran y lo dejaran a Él con el niño. Cuando
estuvo solo, le mandó viniese a su presencia. No quiso al prin-
cipio acercarse y sacó la lengua contra Jesús. Llamado nueva-
mente, miró con la cabeza retorcida, sobre los hombros, a Jesús.
Este levantó sus ojos al cielo, oró y llamó al endemoniado, que
vino echándose de bruces a sus pies. Jesús pasó entonces con
uno y otro pie sobre él como si pisara al diablo y se vió salir
de la boca abierta del poseso un vapor oscuro que se desvaneció
en el aire. En este vapor oscuro vi como tres nudos de los cuales
el último era el más fuerte y el más tenebroso. Estos tres nudos
estaban unidos entre sí por una cuerda más gruesa y muchos
hilos delgados. No encuentro otra comparación que la de un in-
censario donde estuvieran tres, uno sobre otro, y de ellos salie-
ra el humo para unirse todos en uno en la parte superior. Estaba
el niño allí tendido como muerto. Jesús trazó sobre él la señal
de la cruz y le mandó levantarse. Se levantó y Juan, tomándole
de la mano, se lo entregó a sus padres que estaban en la puerta.
Dijo Jesús que les daba al hijo sano, pero que volvería a pedirlo
para Sí. Añadió que no pecaran más, pues por causa de los pe-
cados de sus padres había caído el hijo en ese miserable estado.
Después se dirigió a Betania y le siguió el joven librado y
otros muchos sanados en estos días, como también algunos cu-
rados por los apóstoles. Se produjo una verdadera conmoción
en Betania, pues los favorecidos publicaban por todas partes los
milagros de Jesús. He visto que acudieron a Jesús algunos sa-
cerdotes, lo invitaron a la sinagoga y le entregaron un libro de
Moisés para que lo explicara. Habían acudido muchos oyentes,
y algunas de las santas mujeres reunidas en Betania. Después
pasaron todos a la casa de Simón el leproso de Betania, donde
las santas mujeres prepararon una comida en una sala alqui-
lada a este fariseo. Lázaro no estaba presente. Jesús pasó la
noche con sus tres discípulos jóvenes en un lugar junto a la
sinagoga. Los apóstoles y discípulos fueron al albergue a la en-
trada de Betania. María Santísima y las otras mujeres se hospe-
daban en la casa de Marta y Magdalena. La casa donde común-
mente vivía Lázaro estaba cerca de Jerusalén y parecía un
castillo rodeado de canales con un puente para entrar en el patio
y los jardines.
A la mañana siguiente volvió Jesús a enseñar en el local
de la escuela, donde estaban también el discípulo Saturnino,
Natanael Chased y Zaqueo. Habían traído a Betania a muchos
enfermos. Hubo otra comida en casa del fariseo Simón y Jesús
repartió los alimentos a los pobres y los invitó a sentarse a la
mesa. Esto dió motivo a que los fariseos murmuraran que Jesús
era un derrochador y que todo lo repartía entre la chusma.
Mientras tanto habían puesto en doble hilera una cantidad de
enfermos desde la escuela hasta la casa de Simón el leproso.
No había leprosos aquí: éstos se solían colocar en lugares apar-
tados. Los enfermos eran todos hombres. Cuando Jesús se dirigió
a éstos le acompañaron tres discípulos: dos a los lados y uno
detrás de Él. Jesús fue por una hilera y volvió por otra y sanó
en formas diversas a esos enfermos. Delante de algunos pasó de
largo; a otros los exhortaba que mejorasen antes de conducta.
A unos tocaba y a otros les mandaba levantarse. A un hidrópico
le pasó la mano sobre la cabeza y el estómago y volvió a su
estado normal, mientras el agua le caía como sudor hasta los
pies. Muchos sanados se postraban delante de Jesús. Los que le
acompañaban ayudaban y sacaban a los curados. Cuando Jesús
terminó, volvió a la escuela e hizo dar lugar a los sanados para
que escuchasen su predicación.
Desde Betania mandó Jesús a los discípulos de a dos en
dos, para que fuesen por los alrededores a enseñar y a sanar;
a unos a Betania, y a otros en torno de Betfagé. Jesús con sus
tres jóvenes se dirigió al Sur de Betania, a algunas horas de un
poblado, donde enseñó. Aquí lo he visto entrar en la casa de
un hombre a quien había sanado ya de su mudez y que ahora,
por otros desórdenes, había quedado baldado: los dedos de las
manos se le habían torcido. Jesús lo amonestó, lo tocó y sanó
de su mal. También sanó a varias niñas que yacian pálidas y
parecían lunáticas, pues ya reían, ya lloraban, sin motivo pa-
ra ello.
Cuando volvió un poco antes del Sábado a Betania para
ir a la escuela a enseñar, yo oí las murmuraciones de los fari-
seos: que Jesús no podía hacer lo que Dios había hecho en el
desierto a los hijos de Israel, es decir, hacer llover maná del
cielo. Jesús no pernoctó esta vez en Betania, sino afuera, en el
albergue donde estaban los discípulos. De Jerusalén vinieron el
hijo del anciano Simeón, llamado Obed, servidor en el templo
y discípulo oculto de Jesús; un pariente de Verónica y otro pa-
riente de Juana Chusa. He visto que este fue obispo de Kedar,
después de haber vivido bastante tiempo como solitario en aquel
lugar donde descansó la Sagrada Familia y se inclinó hacia ellos
el datilero. Estos discípulos preguntaron a Jesús por qué se
había ausentado tanto tiempo, qué cosas había hecho en aquellos
lugares, de las cuales nada se sabía. Les dio una respuesta pa-
recida a esto: que los tapices, alfombras y objetos de precio, si
uno los aparta de sí por algún tiempo, se da cuenta de que no
los tiene y vuelve a desearlos con mayor voluntad. Añadió que
si uno siembra todo lo que tiene en un solo campo puede venir
el granizo y se lo lleva todo. Si la enseñanza y la ayuda a los
demás se ha hecho en varios lugares, no podrá tan fácilmente
perderse todo. Estos discípulos traían la noticia de que el Sumo
Sacerdote y los fariseos habían establecido espías alrededor de
Jerusalén para tomarlo preso no bien se acercase. Jesús tomó
sólo los dos últimos discípulos, Selam de Kedar y Silvano, y se
retiró a la posesión de Lázaro en Ginea, adonde ahora vivía re-
tirado. Jesús caminó toda la noche en esa dirección. Lázaro
había estado dos días antes entre Betania y Belén, donde los
Reyes Magos habían dado descanso a sus bestias. Al saber que
Jesús iba a su casa, volvió a Ginea. Jesús ya sabía que esos tres
discípulos le traerían la noticia y que se alejaría de Betania.
Por esto las dos noches anteriores no pemoctó en Betania, sino
afuera. Llegó a la casa de Lázaro antes de aclarar y golpeó al
portón de la posesión. Salió el mismo Lázaro, hizo luz y lo llevó
a una sala donde lo esperaban Nicodemo, José de Arimatea,
Juan Marcos y Jairo, un hermano menor de Obed.
Más tarde vi a Jesús con sus dos discípulos en Efrón, donde
celebró el Sábado y adonde llegaron desde Betania los apóstoles
Andrés, Judas, Tomás, Santiago el Menor, Tadeo, Zaqueo y
otros siete discípulos. Cuando Judas Iscariote salió de Betania
he visto que María Santísima exhortaba encarecidamente a este
apóstol se midiera más, fuese prudente, tuviera cuidado de sus
actos y no se mezclase en tantos asuntos.
En Efrón he visto que Jesús sanó a ciegos, baldados, mudos
y sordos y libró a un endemoniado. Después se fue al Norte de
Jericó, donde entró en un refugio para enfermos y pobres. Allí
sanó a un anciano ciego, al cual no había curado en otra ocasión
cuando sanó a dos ciegos tocando sus ojos con su saliva. Ahora
lo curó con su palabra. Del refugio volvió a la posesión de Lá-
zaro y desde aquí, en su compania, a Betania, donde lo aguar-
daban las santas mujeres.

 

III
Las últimas semanas antes de la Pasión. Jesús en el Templo
Vuelto a Betania se dirigió Jesús al día siguiente al Templo
para enseñar. La santa Madre lo acompañó un trecho del camino
a Jerusalén. Jesús la preparó para la gran aflicción que se acer-
caba; le avisó que se aproximaba el cumplimiento de la pro-
fecía de Simeón: una espada de dolor le traspasaría el alma.
Le dijo que lo traicionarían, lo tomarían preso, lo maltratarían
y lo harían morir como a un malhechor, y que Ella tendría que
presenciarlo todo. Jesús habló mucho tiempo y María estaba
sumamente triste. Ya en Jerusalén, Jesús se hospedó en casa
de María Marcos, madre del discípulo Juan Marcos, que está
como a un cuarto de hora del templo, delante de la ciudad. Al
día siguiente enseñó en el templo pública y muy severamente.
Ya se habian retirado los farìseos y sacerdotes. Estaban pre-
sentes todos los apóstoles, que habían entrado en varios grupos
para no llamar la atención. Jesús habló en la sala redonda donde
había estado cuando permaneció en el templo a los doce años.
Habían traído asientos para los oyentes y se reunieron muchos
para escuchar su palabra.
Ya empezó para Jesús el tiempo de su Pasión, porque está
atormentado internamente por una inmensa tristeza al ver la
ingratitud y la obstinación de los judíos. En éste y el siguiente
día Jesús pernoctaba fuera de la ciudad en aquella casa junto
a las puertas de Belén, donde se refugió María cuando presentó
al Niño en el Templo. Había allí varias divisiones unas junto a
otras y un encargado mantenía el orden. Cuando iba al templo
lo acompañaban solamente Pedro, Santiago el Mayor y Juan.
Los demás venían en grupos. Los apóstoles y discípulos volvían
por la tarde a la casa de Lázaro en Betania.
Al día siguiente enseñó en el templo desde la mañana hasta
mediodía y estuvieron también los fariseos. Por la tarde volvió
a Betania, donde habló nuevamente con su santa Madre de los
sufrimientos que le esperaban. Los vi en una glorieta, en el
patio de la casa de Lázaro. En la enseñanza de Jesús en el tem-
plo no aparecen públicamente los discípulos ocultos, como Ni-
codemo, José de Arimatea, los hijos de Simeón y otros. Si no
hay fariseos entre los oyentes, ellos escuchan desde cierta dis-
tancia y ocultos. Habló Jesús hoy, con una comparación, de un
campo donde había crecido la cizaña; que es necesario tratarlo
con cuidado para no arrancar el buen trigo junto con la cizaña.
Jesús les dijo hoy a los fariseos las verdades tan a propósito
que a pesar de su enojo no pudieron menos de reconocer que
sabía decírlas. Cuando más tarde continuó su instrucción, los
fariseos cerraron la entrada al lugar donde hablaba Jesús para
que no acudiesen otros a oírle. Jesús continuó enseñando hasta
entrada la noche. No hacía muchos movimientos y hablaba sen-
cillamente, volviéndose a un lado o a otro, hacia los oyentes.
Decía que había venido para tres clases de personas, mientras
señalaba a tres lados del templo y a tres partes del mundo.
Ya en el camino al templo había dicho a los apóstoles que cuando
Él se hubiese apartado de ellos, lo buscasen siempre en el medio-
día. Pedro, como siempre ìmpetuoso, preguntó qué significaba
eso de “mediodía”. Jesús contestó: “Al mediodía está el sol sobre
nosotros y no produce sombra; pero en la mañana y en la tarde
hay siempre sombra y a medianoche oscuridad completa”. Si lo
buscaban al “mediodía” lo encontrarían en si mismos, cuando
no hubiese sombra allí. Tenían estas palabras otro significado
referente a las partes del mundo, pero ya no puedo recordarlo.
Los judíos se vuelven más osados. Cerraron la verja que
lleva al lugar de la enseñanza y el sitio de la silla. Cuando Jesús
volvió al lugar de la enseñanza, al tocar el cancel se abrió solo;
lo mismo sucedió al acercarse al sitial. Esta vez había entre los
oyentes muchos que fueron discípulos del Bautista y ahora lo
eran de Jesús, aunque ocultamente. Jesús habló del Bautista
y preguntó qué pensaban ahora de Juan y qué opinaban de Jesús
mismo. Quería rectificar sus errores, pero ellos tuvieron miedo
de hablar. Habló entonces de un padre que tenía dos hijos para
cultivar un campo. Uno de los hijos dijo que sí, pero no fué a
trabajar; el otro dijo que no, pero luego se arrepintió de lo
dicho y fue a trabajar. Jesús habló largo rato sobre esta pa-
rábola. Después de su entrada triunfal recuerdo que volvió a
hablar de esta parábola. Cuando al día siguiente volvió de Be-
tania al templo, donde le habían precedido los discípulos para
abrir el cancel, un ciego en el camino le pidió salud; pero el
Señor pasó de largo. Los discípulos no estaban de acuerdo con
este proceder y el Señor tocó en su enseñanza ese punto, y dicien-
do por qué no lo había escuchado: el hombre está en un estado
de ceguera espiritual mucho peor que la ceguera corporal. Habló
muy seriamente diciendo que muchos de los que le siguen y
acuden a sus ensenanzas no creen en Él, sino que vienen para
presenciar alguna maravilla. Añadió que en la hora de la prueba
le abandonarían: eran como aquellos que le seguían cuando los
alimentó multiplicando los panes y luego lo dejaron. Dijo que
ésos podían desde ya apartarse de Él. He visto que después de
estas palabras muchos lo dejaron y no quedaron más de unas
cien personas en torno de Jesús. He visto llorar a Jesús por
causa de este abandono, al volver a Betania.
Al día siguiente por la tarde se dirigió Jesús al templo con
sólo seis apóstoles, que le seguían detrás. El mismo Jesús ordenó
las sillas, quitándolas del camino y la sala, cosa de que se ad-
miraron los apóstoles. Habló sobre esto y añadió que pronto los
dejaría. El Sábado siguiente enseñó en el templo desde la ma-
ñana hasta la tarde, aparte a los apóstoles y discípulos solos en
un local, diciéndoles, con palabras algo veladas, muchas cosas
futuras; luego, en la sala general, donde le escuchaban algunos
fariseos espiando sus palabras. Al mediodía hizo una pausa. Ha-
bló de virtudes aparentes y en realidad falsas, de un amor que
es amor propio y avaricia, de una humildad fingida donde no
hay sino vanidad y cómo el mal se suele mezclar con el bien
con apariencia de virtud. Les dijo que muchos de los que le
seguían lo hicieron porque esperaban un reino temporal y ob-
tener un puesto en ese reino sin que les costase mucho trabajo,
como la madre de los Zebedeos lo había imaginado para sus
hijos. Dijo que no juntasen bienes vanos y perecederos por
efecto de avaricia: he visto que hablaba para Judas Iscariote.
Refiriéndose al ayuno, a la mortificación y a la oración dijo que
no debe hacerse con hipocresía, recordando el enojo de los fa-
riseos cuando un año atrás se escandalizaron de haber visto a
los apóstoles hambrientos que restregaban entre sus manos unos
granos de trigo para acallar el hambre. Repitió muchas ense-
ñanzas de antes y explicó otras que antes no habían podido en-
tender. Habló también de su ausencia, alabando la buena com-
pañia de sus tres jóvenes acompañantes, su obediencia y su
silencio, y dijo que habían realizado todos esos viajes en la
mayor unión y paz. Habló de esto con mucha ternura.
Luego volvió a hablar del final de su misión, de su Pasión
y de su muerte: que antes sería su entrada triunfal en Jerusa-
lén. Dijo que lo maltratarían de un modo inhumano; que era
necesario que sufriese mucho para satisfacer por todos los pe-
cados del mundo. Recordó a su santa Madre, cómo y cuánto
debía Ella sufrir con Él. Mostró la honda miseria y perversidad
del hombre y cómo sin sus sufrimientos nadie podría ser jus-
tificado. Al decir que sus sufrimientos eran para satisfacer, los
fariseos no pudieron contenerse, comenzaron a hablar con sorna
y a tumultuar: algunos salían afuera y conjuraban con gente
de la chusma. Jesús tranquilizó a sus discípulos diciéndoles que
no se preocuparan, que nada podían hacer ahora contra Él, por-
que su tiempo no había llegado: que esto formaba parte de sus
sufrimientos. Habló, sin nombrarla, de la casa donde celebra-
rían la Pascua, que sería luego casa de reunión y donde reci-
birían al Espiritu Santo. Habló de una reunión, de una comida
y una bebida, y cómo Él quedaría por ella eternamente entre
los hombres. Habló de sus discípulos ocultos, como los hijos de
Simeón, Nicodemo, José de Arimatea y otros, y los disculpó
diciendo que esto era un bien ahora, ya que tenían ellos que
cumplir con encargos y una misión que no hubiesen podido
cumplir en otras condiciones. Como entrasen algunos venidos
de Nazaret y se pusieran a escuchar la enseñanza de Jesús, Él
se volvió y dijo que no había en ellos ninguna voluntad ni se-
riedad, sino que se habían combinado a entrar por pasatiempo
y curiosidad. Cuando quedó solo con sus apóstoles, les anunció
cosas que les sucederían después que Él hubiese vuelto a su
Padre. A Pedro le dijo que tendría mucho que sufrir, pero que
no se espantase y se mantuviese fiel hasta el fin: que gobernase
la pequeña comunidad, la cual se aumentaría grandemente. Le
dijo que permaneciese tres años con Juan y Santiago el Menor
en Jerusalén para atender a la Iglesia en formación. Habló del
discípulo que primero daría su sangre por Él, sin nombrar a
Esteban. Habló de otro que se habría de convertir y trabajar
después más que muchos otros, por su nombre, sin nombrar a
Pablo. Los apóstoles no podían comprender estas cosas futuras.
Anunció que perseguirían a Lázaro y a las santas mujeres, y
dijo a los apóstoles adónde debían ir en la primera mitad del
año, después de su muerte. Pedro, Juan y Santiago el Mayor
debían permanecer en Jerusalén. Andrés y Zaqueo debían ir
al país de Galaad. Felipe y Bartolomé a Gessur, en los confines
de la Siria.
Vi en este momento cómo estos cuatro apóstoles, pasando
el Jordán junto a Jericó, fueron al Norte. Felipe sanó en Gessur
a una mujer enferma; fue muy apreciado al principio, y luego
perseguido. No lejos de Gessur estuvo Bartolomé y fue también
a los de su casa. Era descendiente de un rey de esta ciudad,
emparentado con David. Bartolomé era muy fino y delicado en
el trato con los apóstoles. Estos cuatro apóstoles no permane-
cieron juntos, sino que misionaban en diferentes lugares de la
misma comarca. Galaad, adonde se dirigieron Andrés y Zaqueo,
no estaba lejos de Sella, donde había pasado Judas Iscariote
parte de su niñez. Santiago el Mayor con otro discípulo debía
tomar el Norte de Cafarnaúm e ir a las comarcas de los paga-
nos. Tomás y Mateo debían ir primero a Éfeso para preparar
el país adonde debía trasladarse la Virgen Santísima y donde
habría más tarde muchos fieles. Los apóstoles se extrañaron que
dijese que María iría a vivir a Éfeso. Tadeo y Simón debían ir
primero a los samaritanos. A esos lugares nadie quería ir: pre-
ferían ir a lugares de paganos solos. Les dijo que dos veces se
reunirían en Jerusalén antes de separarse para predicar en los
pueblos infieles. Habló también de un hombre que en Samaria
haría muchos prodigios parecidos a los suyos, por el poder de
Satanás. Este hombre se querrá convertir y que lo recibiesen,
pues también el diablo debía dar gloria a Dios. Hablaba de Si-
món el Mago, pero sin nombrarlo. Durante esta enseñanza los
apóstoles preguntaban varias cosas, como hacen los discípulos
a su Maestro, y Jesús les explicaba lo necesario. Todo procedía
con sencilla naturalidad.
Tres años después de la muerte de Jesús se reunieron los
apóstoles en Jerusalén. Después Pedro dejó la ciudad y Juan
se trasladó con María a Efeso. En Jerusalén se levantó la per-
secución contra Lázaro, Marta y Magdalena que habitaba aque-
lla gruta solitaria donde vivió Isabel cuando huyó con el niño
Juan al desierto. Los apóstoles habían reunido en los primeros
tiempos todo lo que pertenecía a la primitiva Iglesia. En la
mitad del tiempo de la vida de María en Efeso, es decir, al sexto
año de la Ascensión, se reunieron otra vez los apóstoles en
Jerusalén. Compusieron el Credo, ordenaron muchas cosas, die-
ron destino a las que poseyeron antes, y asignaron los jefes de
las cristiandades que se formaban: luego partieron a lejanos
países. En la muerte de María volvieron a encontrarse por
última vez reunidos en la tierra.
Cuando Jesús terminó de hablar y dejó el templo, estaban
los fariseos apostados en la puerta y en el camino, esperando
para apedrearlo. Jesús se sustrajo de su vista, se dirigió a Beta-
nia y en los tres siguientes días no volvió al templo. Quería
dejar a los discípulos tiempo suficiente para pensar y refle-
xionar en todas las cosas que les había enseñado y las futuras
que les predijo. En efecto, acudieron a Él pidiéndole explica-
ciones, y Jesús les mandó que anotaran las cosas futuras. He
visto que Natanael de Caná, que era muy diestro en escribir,
hacía anotaciones. Yo me admiré que no las hiciera Juan u otro
apóstol, sino un discípulo. Natanael recibió después del bautismo
otro nombre. En estos días llegaron tres hombres jóvenes desde
la ciudad caldea de Sidkor a la casa de Lázaro y fueron alojados
en el albergue de los discípulos. Estos jóvenes eran de contex-
tura más esbelta, grande y ágil que los habitantes de Judea.
Jesús habló con ellos y los dirigió al centurión de Cafarnaúm
que había sido pagano y ahora creyente: él les enseñaría. He
visto como este hombre en efecto contó la curación de su criado
y les dijo por qué no había querido que Jesús entrase en su
casa. Se celebraba precisamente en su casa cierta fiesta pagana
y le daba vergüenza hacer entrar a Jesús, al Hijo de Dios, en
la casa de un gentil. He visto que cinco semanas antes de la
Pascua de los judíos tenían los paganos sus bacanales donde se
entregaban a todas las orgias y desórdenes. El centurión Cor-
nelio, después de su conversión, destruyó todos los ídolos, en-
tregando al templo los metales y muchas limosnas. Estos tres
caldeos volvieron, después de algunos dias, a Betania, y de allí
regresaron a Sidkor donde reunieron a otros creyentes de la
doctrina de Jesús y se retiraron a vivir con todo lo que tenían
al país del rey Mensor.
Jesús, que había ido al templo con sólo los tres jóvenes
discípulos, se dirigió ahora al templo con todos los apóstoles y
discípulos. He visto a los fariseos abandonar el sitial de ense-
ñanza en presencia de Jesús y desde detrás de las columnas
espiar sus palabras cuando anunciaba a los apóstoles su pasión
y su muerte. Junto a las paredes del pórtico, delante de la en-
trada al templo, tenían su despacho siete u ocho despenseros
que vendían artículos de comida y una bebida roja en pequeñas
botellas. Eran vendedores de estos artículos; en cuanto a si eran
buenos o malos no sabría decirlo; pero he visto que los fariseos
con frecuencia se acercaban a ellos. Como Jesús, que había per-
noctado en Jerusalén, llegó esta mañana con todos los suyos al
templo y vio a estos mercaderes, les mandó que sacaran de allí
todos sus articulos. Como no se dieran por entendidos, Él mismo
amontonó todas esas cosas y las hizo llevar de allí. Cuando llegó
al templo estaba el sitial ocupado por otro, el cual lo abandonó
tan pronto como si alguien lo hubiese obligado por violencia.
Al Sábado siguiente volvió a enseñar en el templo después
que los judíos habían terminado sus actos y habló hasta entrada
la noche. Se refirió, en esta ocasión, a su breve estadía entre
los paganos, dando a entender cuán bien le habían recibido allí
y cómo abrazaron su doctrina. Dijo que podían ser testigos de
lo que afirmaba los tres jóvenes que acababan de venir del país
de los caldeos. Estos jóvenes no habían podido ver a Jesús en
Sidkor; pero por sólo oír a los demás las maravillas de Jesús,
se determinaron a venir hasta Betania para instruirse. Al dia
siguiente Jesús hizo cerrar tres columnas del local de la ense-
ñanza para hablar a solas con sus apóstoles y discípulos. Repitió
sus enseñanzas del verdadero ayuno y del modo de hacerlo de
los fariseos y habló de su ayuno en el desierto. Recordó varios
episodios de sus viajes, de cómo llamó a los apóstoles y para
qué fin los llamó. Tomó luego algunos grupos. Con Judas habló
pocas palabras, porque éste traia ya la traición en su corazón:
estaba irritado y acababa de hacer contrato con los fariseos.
Después se dirigió a los discípulos y les habló de su misión. Los
veo a todos muy tristes. La Pasión de Jesús debe estar muy
cerca. Esta última enseñanza de Jesús antes del Domingo de
Ramos duró cuatro horas. El templo estaba lleno de gente y
todos los que querían podían escuchar su palabra. Muchas mu-
jeres oían desde un lugar separado por una reja. Jesús volvió
a explicar muchas cosas de las que ya había enseñado y obrado.
Habló del hombre sanado en la piscina de Betesda, y dijo por
qué lo hizo en aquel tiempo. Habló de la resurrección del hijo
de la viuda de Naím y cómo éste le siguió en seguida, y aquella
no. Luego dijo que Él mismo seria abandonado por los suyos,
pero que primero iba a hacer su entrada triunfal en Jerusalén,
donde los niños, que hasta entonces no habían hablado, lo acla-
marían. Muchísimos cortarian ramas de los árboles palmas
para echarlas a su paso; otros pondrían sus propios vestidos.
Declaró que los que cortarían ramas para ponerlas en su camino
no le serían fieles. Aquellos que se quitarían sus propios ves-
tidos, se despojaban de su propio querer y permanecerían fieles.
No dijo que montaría en un asno: por eso pensaban ellos que en-
traría en Jerusalén en un soberbio corcel o en camello, como
los Reyes Magos. Se promovió con este motivo un murmullo y
cuchicheo. No tomaron tampoco a la letra lo de los quince dias
y  pensaban en un tiempo más largo. Jesús les repitió: “Tres
veces cinco días”.
Todas estas cosas fueron motivo de gran agitación entre los
escribas y fariseos. Celebraron un consejo en casa de Caifás y
emanaron un decreto prohibiendo a todos recibir y hospedar
en sus casas a Jesús y a sus discípulos. Mandaron espías y gente
que custodiasen las puertas y por esto Jesús se mantuvo oculto
en casa de Lázaro en Betania.

 

IV
Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén
Jesús se mantuvo oculto con Pedro, Juan, Santiago y Lá-
zaro en los mismos cuartos subterráneos donde se ocultó Lázaro
después de su resurrección, porque lo perseguían. La Virgen
Santísima, con seis de las santas mujeres, se mantuvo también
oculta en casa de Lázaro durante esos días. Estos lugares es-
condidos estaban detrás de la casa de Lázaro, y arreglados para
ser habitados cómodamente. Jesús, Lázaro y sus tres apóstoles
ocupaban un gran espacio sostenido por columnas, donde ardían
algunas lámparas. Las santas mujeres ocupaban un ángulo se-
parado del resto por una verja. De los demás discípulos, algunos
estaban en el albergue que tenían fuera del poblado y otros
en distintos lugares. Jesús anunció que mañana sería el día de
su entrada triunfal: mandó que llamasen a todos los apóstoles
y discípulos, y habló largamente con ellos. Los apóstoles esta-
ban tristes. Con Judas se manifestó amable y hasta le dio el
encargo de ir a avisar a los apóstoles y discípulos que faltaban.
Estos encargos le gustaban mucho, pues le agradaba hacerse
importante y aparecer como capaz. Después enseñó Jesús a Lá-
zaro y a las santas mujeres una parábola. Comenzó hablando
del Paraiso terrenal, de la caída de Adán y Eva y de la pro-
mesa del Redentor. Habló del aumento y crecimiento del mal y
del pequeño número de los fieles trabajadores en el jardín de
Dios. Luego enlazó con esto la parábola del Rey que tenía un
magnifico jardín, al cual vino una mujer que mostró al rey un
espléndido jardín de especias aromáticas, que lindaba con las
posesiones del rey. Esta mujer dijo al rey: “Si ese hombre sale
del país, conviene que el rey compre su jardín y establezca en
él su plantación de aromas”. El rey, empero, quería plantar ajos
y cebollas en el jardin de ese pobre hombre que estimaba tanto
su jardín plantado de especies aromáticas, y que lo tenía por
lugar sagrado destinado sólo a plantas nobles. El rey mandó
llamar al dueño del jardín, pero éste no quería dejar su pose-
sión ni salir de allí. Yo he visto a este hombre cómo cultivaba
su jardín y lo cuidaba él mismo. Fue perseguido en todas las
formas y hasta quisieron apedrearlo en su propio jardín, de
modo que el hombre enfermó de pena y dolor. Finalmente su-
cedió que el rey perdió su padre y todo lo que tenía; en cambio,
el jardín y todas las cosas del pobre hombre prosperaron gran-
demente. En ese momento vi esta bendición sobre el hombre
en forma de un árbol hermoso que fue creciendo hasta cubrir
la superficie de la tierra. Toda la parábola yo la veía desarro-
llarse como una realidad y la prosperidad de ese hombre como
un brotar, crecer, propagarse y desarrollarse, y cómo de allí se
regaba el mundo, recibía luz, rocío, lluvia y fecundidad. Esta
bendición se propagó hasta las más lejanas comarcas. Jesús ex-
plicó la parábola diciendo que Satán y su reino del mal es ese
rey que maltrata al Hijo de Dios, o quien el Padre mismo le
ha confiado el jardín para cultivarlo. Dijo que así como el pe-
cado y la muerte habían comenzado en un jardín, asi comenzaría
la Pasión de Aquel que tomó sobre Sí el pecado, en un jardín,
y que el triunfo se completaría con la Resurrección en un jardín.
Después de esto hubo una comida parca, y siendo ya oscuro
los discípulos se retiraron en los departamentos de la casa de
Lázaro. A la mañana siguiente envió Jesús a los discípulos Ere-
menzear y Silas a Jerusalén, a través de los jardines y pose-
siones de Betfagé, por caminos no reales para que abriesen can-
celes y barracas y dejasen expedito el tránsito a Jerusalén. Les
dijo que en el camino a Betfagé, junto al albergue, a través del
cual va el camino, encontrarían una asna con su pollino en la
pradera: que la asna la ataran al vallado y si alguien pregun-
tara por qué lo hacían, contestaran que el Señor lo mandaba.
Mandóles que el camino lo aparejasen y preparasen hasta el
templo, y luego volviesen. Yo he visto cómo estos dos discípulos
prepararon el camino, abrían las tranqueras y quitaban todo
estorbo. El albergue grande, en cuyas praderas estaban la asna
y el pollino, tenía un patio con un pozo. La asna pertenecía a
un extranjero que al ir al templo la había dejado allí. Los dis-
cípulos ataron la asna y al pollino lo dejaron libre. Los he visto
después ir sacando todo estorbo del camino hasta cerca del tem-
plo. Los mercaderes de comestibles que Jesús había echado del
templo habían vuelto a ocupar su lugar. Los discípulos fueron
sin más a ellos y les dijeron que debían desocuparlo porque el
Señor haría su entrada triunfal. Cuando hubieron cumplido todo
esto se volvieron por el camino principal a Betfagé.
Mientras tanto Jesús había mandado a una parte de los
apóstoles más fieles por el camino común a Jerusalén para que
anunciasen la entrada triunfal a María Marcos, Verónica, Ni-
codemus, a los hijos de Simeón y a otros amigos. Luego se di-
rigió Jesús con todos los demás apóstoles a Betfagé. Las santas
mujeres, con la Santísima Virgen a la cabeza, siguieron a Jesús
a cierta distancia. Cuando Este llegó a una casa del camino, con
patio, pórtico y galerías, se detuvo y dio varias órdenes. Envió
a dos discípulos con mantas, que habían traído de Betania o
Betfagé, para que con ellas enjaezaran a la asnilla diciendo al
dueño que el Señor necesitaba ese animal. Luego habló a la
gente que se iba reuniendo, desde esas galerías abiertas, donde
se habían acomodado, con María Santísima y las santas mujeres.
Jesús estaba levantado sobre la gente que lo rodeaba. Toda la
casa estaba adornada de ramas, palmas, hojas y flores; las pa-
redes estaban cubiertas de colgaduras. Jesús habló de la pru-
dencia y previsión; del uso del buen criterio, porque los discí-
pulos le preguntaron por qué tomaba estos senderos vecinales.
Les dijo que debían evitarse los peligros y procurar por sí mis-
mos ayudarse y no dejarlo todo a la aventura. Por eso había
mandado preparar el camino, buscar la asna y hacerla atar.
Jesús ordenó el cortejo. A los apóstoles los hizo caminar de a
dos a su lado, diciéndoles que debían representarlo después de
su muerte en la comunidad. Pedro era el primero; luego, aque-
llos que irían a las partes más lejanas a predicar el Evangelio.
Los últimos delante con Jesús eran Juan y Santiago el Menor.
Todos llevaban ramas de palmas. Cuando los dos discípulos de
Betfagé vieron que venía el Señor, fueron a su encuentro con
la asna y el pollino. Sobre el animal pusieron mantas, de modo
que sólo se veía la cabeza y la cola. Jesús se revistió entonces
la Vestidura blanca de fiesta que llevaban los discípulos: se
acomodó la ancha faja con signos y letras y una estola que
llegaba hasta los pies terminada en una especie de escudo bor-
dado en los cabos. Los dos discípulos le ayudaron a sentarse
sobre el animal, que no tenía riendas, sino sólo una tela angosta
al cuello, colgando hacia abajo. No sé decir si Jesús montó la
asna o el pollino, pues ambos eran de igual estatura y un animal
caminaba al lado del otro. Eliud y Silas iban a los lados de
Jesús y Eremenzear detrás: a éstos seguían los nuevos discí-
pulos que Jesús había traído o recibido en los últimos tiempos.
Cuando el cortejo estuvo en orden, la Virgen Santísima,
que siempre se mantenía humilde y última, se puso esta vez a
la cabeza de las santas mujeres. Comenzaron a cantar mientras
caminaban y la gente que se había reunido en Betfagé se unió
ahora a la procesión. Jesús les dijo nuevamente que observasen
a los judíos cuáles eran los que agitaban sólo ramas y las po-
nían a su paso: cuáles extendían sus vestidos, y cuáles hacían
ambas cosas a la vez. Los últimos serían los que no solamente
con su propia abnegación, sino también con sus riquezas mun-
danas buscarían la honra de Dios.
Cuando uno va de Betania, Betfagé queda a la derecha,
mirando hacia Belén. El Huerto de los Olivos separa los dos
caminos. Estaba en un terreno bajo y húmedo y formaba un
villorrio pobre de pocas casas a ambos lados del camino que
va a Jerusalén. La casa de donde sacaron la asna está apartada
algo del camino, en una hermosa pradera. El camino se eleva
desde allí y baja hacia el valle, en las colinas entre el Huerto
de los Olivos y Jerusalén, Jesús esperó entre Betfagé y Beta-
nia. Los dos discípulos esperaron detrás de Betfagé, donde lle-
varon la asnilla. En Jerusalén, los mismos mercaderes que ha-
bían desalojado Eremenzear y Silas de sus puestos de venta,
porque el Señor iba a entrar solemnemente, se pusieron a ador-
nar el camino: removieron algunas piedras del piso y plantaron
arbustos y ramas largas, uniéndolas por arriba en forma de arcos
y colgaron de ellos frutas amarillas parecidas a manzanas. Los
discípulos enviados a Jerusalén avisaron a muchos de la entrada
de Jesús, y ahora salían al encuentro del Maestro, como también
muchos forasteros que habían llegado para las próximas fiestas
de Pascua. Todos se dirigían hacia el lado de la ciudad por donde
iba a entrar Jesús. Muchos extranjeros habían acudido también
para ver a Jesús, por haber sabido la resurrección de Lázaro
que era muy conocido. Ahora que había corrido la voz de que
Jesús se acercaba a Jerusalén, todos ellos salieron a su encuen-
tro. El camino de Betfagé a Jerusalén, va a través del Huerto
de los Olivos, que era una elevación, pero no tan alta como la
altura donde se asentaba Jerusalén. Saliendo de Betfagé por el
Huerto de los Olivos se ve el templo al final del hermoso ca-
mino, bordeado de árboles, jardines y huertos. Los que salían
de la ciudad iban al encuentro de los que formaban el cortejo
de Jesús, que avanzaba cantando salmos. En ese momento salían
también algunos sacerdotes con sus vestiduras y quisieron de-
tenerlos: quedaron un momento perplejos, mientras los sacer-
dotes se dirigieron a Jesús pidiéndole razón de su proceder y
por qué no impedía esos cantos, esas aclamaciones y ese tumulto
de gente. Jesús les contestó que si ellos callaran, hablarían las
piedras del camino. Con esto se retiraron los sacerdotes.
El Sumo Sacerdote reunió al consejo. Llamaron a los pa-
rientes de los que seguían a Jesús, hombres, mujeres y niños,
como también de aquellos que salieron al encuentro de Jesús
desde Jerusalén, los encerraron en el gran patio y enviaron
gentes para espiar lo que pasaba en la procesión de Jesús. De
entre las turbas que aclamaban a Jesús muchos arrancaban ra-
mas y palmas y las ponían en el suelo, camino hacia el templo,
y se quitaban el manto y otros vestidos exteriores para ponerlos
al paso de Jesús. He visto a algunos que se quitaban hasta las
prendas de vestir de medio cuerpo arriba. Los niños abando-
naron la escuela y se mezclaron con la turba. La Verónica, que
tenía dos hijos consigo, se quitó hasta el velo que traía y lo
puso en el camino, y he visto que les sacó ropas a sus niños
para echarlos al paso del Señor. Se unió a las santas mujeres
que venían detrás: conté diecisiete. El camino tenía ya tantas
ramas, hojas, mantos y géneros que era todo como alfombrado,
pasando bajo arcos de triunfo hechos con ramas de los árboles.
He visto que Jesús lloró al pensar que tantos que hoy le
aclamaban, pedirían muy pronto su muerte. Lloraban los após-
toles al decirles Jesús que uno de ellos lo vendería a sus ene-
migos. Lloró Jesús al ver el templo que pronto iba a ser des-
truido. Cuando Jesús llegó a las puertas de la ciudad el júbilo
y el clamor de las turbas fue en aumento. Empezaron a poner
a su paso a enfermos de todas clases. Jesús tuvo que detenerse
con frecuencia, desmontar y sanar a todos indistintamente. En-
tre la turba jubilosa he visto que se habían mezclado algunos
enemigos de Jesús, que gritaban y promovían tumulto. Al acer-
carse al templo, el adorno era aún más vistoso. Habían dispuesto
a los lados del camino lugares cercados; entre plantas y árboles
habían dejado corretear corderitos adornados con cintas que
solían tener para vender y usar en los sacrificios. Había cor-
deros, ovejas y aves de cuellos largos. Eran los mejores animales
que solían elegirse para vender y ofrecer en los sacrificios. El
camino desde la puerta de la ciudad hasta el templo, que puede
hacerse en menos de media hora, duró tres largas horas. Los
enemigos de Jesús entre tanto habían hecho cerrar todas las
puertas de la ciudad, de modo que cuando desmontando Jesús
cerca del templo, quisieron los discípulos devolver la asna y el
pollino, no pudieron salir; las mujeres tampoco. No se volvieron a
abrir hasta la tarde. Ahora estaban todos en el templo: las santas
mujeres entraron también. Todos tuvieron que quedar sin co-
mer ese día, pues los fariseos habían cerrado las salidas hasta
la tarde. Magdalena estaba sumamente preocupada de no poder
ofrecer bebida o alimento a Jesús.
Cuando a la tarde abrieron las puertas, las santas mujeres
volvieron a Betania y más tarde llegó también Jesús con los
apóstoles. Magdalena, a la que vi tan afligida por Jesús, pre-
paró una comida para el Señor y los discípulos. Siendo ya os-
curo entró Jesús en el patio de Lázaro, y la Magdalena llevóle
agua en una palangana, le lavó los pies y los secó con un paño
que tenía sobre los hombros. Luego pasaron a tomar una re-
fección, ya que no fue una verdadera comida. Nuevamente la
Magdalena se acercó a Jesús y derramó sobre su cabeza un
ungüento muy precioso. He visto que Judas, al pasar junto a
ella, murmuraba de esta acción, y que Magdalena le dijo que
nunca podría olvidar lo que Jesús había hecho por ella y por
su hermano Lázaro. Se retiró Jesús al albergue de Simón el
leproso donde se había reunido mucha gente y allí enseñó. De
aquí pasó al albergue de los apóstoles, donde habló un corto
tiempo, regresando después a la casa del llamado Simón, curado
de la lepra.
Cuando al día siguiente volvió con los apóstoles a Jerusa-
lén, tuvo hambre: a mi me pareció entender que tenía hambre
de la conversión de los judíos y ansias de morir por ellos. Había
deseado haber completado la obra de su Pasión y Muerte, que
comprendía debía ser pesada y le causaba temor. Se acercó a
una higuera del camino, y viendo que no tenía más que hojas,
sin fruto, la maldijo diciendo que de ella no nazca jamás fruto.
A los que no creyeren en Él les pasaría lo mismo. Conocí que
la higuera era en este caso la antigua ley que debía ser reem-
plazada por la vid de la nueva cristiana ley de gracia.
En el camino al templo vi todavía muchos arcos, gallardetes
y ramas de ayer. En la primera galería delante del templo se
habían instalado de nuevo muchos vendedores. Algunos tenían
canastos en sus espaldas o cajones que abrían y ponían sobre
caballetes que traían también consigo. He visto sobre las mesas
las monedas unidas de diversas maneras con cadenitas, ganchos
o tiras de cuero: tenían figuras dibujadas o grabadas, amari-
llentas, oscuras, blancas y de otros colores. Creo que eran mo-
nedas para colgarse y adornarse. Vi grandes canastos con aves,
unos sobre otros, y en un pórtico terneros y otros animales para
el sacrificio. Jesús mandó a toda esa gente que saliera afuera,
y como tardaran en hacerlo, retorció una faja y con ella los
arrojó del templo.
Mientras Jesús enseñaba en el templo, algunas personas
distinguidas de Grecia mandaron un enviado a Felipe para que
preguntara a Jesús dónde y cuándo podían hablar con Él, ya
que no podían entrar en el templo por ser paganos. Felipe se
lo dijo a Andrés y éste al Señor, el cual contestó que estuviesen
junto a la casa de Juan Marcos cuando saliese para dirigirse a
Betania. Jesús siguió su enseñanza. Se notaba en Él un aire de
profunda tristeza. Cuando en un punto juntó las manos y miró
a lo alto, vio el rayo de una nube brillante descender sobre Él
y se oyó como el eco de una voz. El pueblo vio la luz, miró
admirado a lo alto y se preguntaban unos a otros. Jesús con-
tinuó su prédica y la visión se repitió varias veces. Después lo
vi descender del sitial, mezclarse entre sus apóstoles y salir
inadvertido del templo entre la multitud.
Cuando Jesús enseñaba, los discípulos le ponían un manto
blanco. Cuando terminaba de hablar, le quitaban ese manto fes-
tivo y así podía Jesús pasar fácilmente inobservado por entre la
multitud. Alrededor del sitial de la enseñanza había tres gradas
para sentarse los oyentes. Las barandillas de estas tres gradas
estaban adornadas con varias figuras de tallas. En el templo no
había figura o estatua alguna: sólo adornos de vides, racimos
de uvas, animales que se ofrecían en el sacrificio y niños faja-
dos, como he visto también en algunos bordados de María San-
tísima. (Quizás Moisés salvado de las aguas).
Era pleno día cuando Jesús se encontró con sus discípulos
en la casa de Juan Marcos. Acudieron los griegos y Jesús habló
con ellos por espacio de algunos minutos. Entre ellos había al-
gunas mujeres que se mantuvieron detrás de los hombres. He
visto que estos hombres se convirtieron y fueron de los primeros
en hacerse bautizar después de Pentecostés.

 

V
Nueva unción de María Magdalena
Jesús estaba lleno de tristeza cuando fue con sus apóstoles
a Betania para el Sábado. Cuando predicaba en el templo de-
bían los judíos, según la orden del Sanedrín, cerrar sus casas,
prohibiéndoles recibir a Jesús o a sus apóstoles ni darles nada
de comer o beber. En Betania fueron al albergue de Simón el
leproso, donde hubo una comida. La Magdalena, siempre llena
de compasión por las penas de Jesús, le salió al encuentro en
la puerta, vestida de penitenta, con la faja y con los cabellos
sueltos debajo de su velo negro. Se echó a los pies del Señor, y
le limpió los pies del polvo del camino con sus cabellos, como
limpiaría uno los zapatos con el cepillo. Hizo esta acción delante
de todos, aunque algunos la criticaban, juzgándola torcidamente.
Se dispusieron para el Sábado, se pusieron sus vestidos ri-
tuales, rezaron bajo la lámpara y se sentaron a la mesa. Hacia
el fin apareció de nuevo detrás del Señor la dolorida y angus-
tiada Magdalena, llena de amor compasivo hacia el Señor. Rom-
pió un recipiente, lleno de exquisito perfume, sobre la cabeza
de Jesús, y el resto lo vació sobre sus pies, los que volvió a
secar con sus cabellos sueltos. Hecho esto, abandonó la sala.
Algunos se escandalizaron, especialmente Judas, que trató de
ganar para su idea a Mateo, a Tomás y a Juan Marcos; pero
intervino Jesús, que alabó la acción de María Magdalena. Estas
unciones las hizo varias veces con Jesús, aunque no se hable
de ellas en los Evangelios. Muchas cosas que están una sola vez,
incluso las parábolas, fueron hechas o dichas en varias oca-
siones.
Después de la comida y de la oración, los apóstoles y dis-
cípulos se dispersaron. Judas Iscariote corrió esa misma noche
a Jerusalén. Lo he visto en la oscuridad, lleno de envidia y de
avaricia, caminando por el Huerto de los Olivos. Me parecía que
lo acompañaba un resplandor siniestro iluminándole el camino:
era Satanás que le guiaba. Corrió a la casa de Caifás y habló
un breve rato allí. No solía detenerse mucho en un lugar. Luego
se encaminó a la casa de Juan Marcos, como si llegase como los
demás apóstoles, para pedir albergue. Fue esta su primera en-
trega o compromiso formal de traición. Cuando al día siguiente
por la mañana los apóstoles acompañaron a Jesús al templo,
vieron que la higuera se había secado desde las raíces, a causa
de la maldición recibida, y los discípulos se maravillaron. He
visto detenerse junto al árbol a Pedro y Juan, y como Pedro
expresara su admiración, les dijo Jesús que si tenían fe podrían
obrar mayores maravillas: hasta a los montes podían echarlos
al mar. Dijo varias cosas más sobre el caso y el significado de
la higuera, sus hojas y sus frutos.
En Jerusalén había mucha gente: había cultos por la ma-
ñana y por la tarde y Jesús enseñaba entre uno y otro tiempo.
Si había alguno allí, se levantaba y se iba, y Jesús se sentaba
en el sitial; pero al hablar al pueblo solía estar de pie. Mientras
enseñaba hoy, vinieron algunos sacerdotes y escribas, quienes
le preguntaron quién lo autorizaba para reunir gente y enseñar
en el templo. Jesús les contestó: “Yo también quiero haceros
una pregunta: si me contestáis. os contestaré vuestra pregunta”.
Jesús les preguntó en nombre de quién bautizaba Juan, y como
ellos no quisieron comprometerse en contestar, Jesus les dijo
que tampoco Él contestaba. En su enseñanza de la tarde trajo
la parábola del dueño de la viña y la de los trabajadores que
desecharon la piedra angular. En la explicación dijo que los
fariseos eran los trabajadores de la viña que matan al Hijo del
Rey y Dueño de la viña. Se llenaron de tanta ira que estaban
resueltos a echar las manos sobre Él, pero no se atrevieron por-
que notaron que el pueblo estaba con Jesús. Resolvieron buscar
a cinco hombres partidarios de los fariseos, siervos de los he-
rodianos; éstos debian hacer preguntas capciosas para tener
ocasión de acusarle y prenderle. Cuando Jesús al oscurecer se
volvió a Betania, salieron algunas personas caritativas a su en-
cuentro y le ofrecieron bebida. Pernoctó en el albergue de los
apóstoles.
Al día siguiente estuvo Jesús enseñando por tres horas en
el templo, explicando la parábola de la gran cena de bodas.
Estaban presentes los espías de los fariseos. Jesús, al terminar,
volvió a Betania y enseñó aún allí. Cuando al otro día volvió
al templo e iba a subir las gradas del sitial, se le acercaron los
cinco espías y le preguntaron si debían pagar el tributo al César.
Jesús les pidió mostrasen la moneda. Uno de ellos sacó del bol-
sillo del pecho una moneda amarilla grande como un táler pru-
siano y le mostró la figura del César grabada. Jesús les dijo
que debían dar al César lo que era del César. Después habló
del reino de Dios, semejante a lo que hace un hombre que planta
y cuida un árbol, que crece y se propaga; pero que a los ju-
dios ya no vuelve. Sólo los que se convierten pueden llegar al
reino de Dios. El reino pasará a los gentiles: vendrá tiempo en
que en Oriente todo será oscuro y en Occidente luminoso. Les
dijo que el bien debían hacerlo en secreto como Él les había
dado ejemplo: que recibirían el premio al pleno día. Añadió que
elegirían a un asesino y lo desecharían a Él. Más tarde vinieron
siete saduceos trayéndole la cuestión de la mujer que había so-
brevivido a sus siete maridos. Jesús les contestó que después
de la resurrección no habría casamientos ni bodas, y que Dios
es Dios de vivos y no de muertos. Todos se maravillaban de
sus enseñanzas.
Los fariseos salieron de sus asientos y celebraron un con-
sejo. Uno de ellos, llamado Manasés, que tenía un empleo en el
templo, se acercó a Jesús y preguntó cortésmente cuál era el
principal mandamiento de todos. Como Jesús le contestase, el
hombre alabó la respuesta de Jesús, de corazón, sin fingimien-
to. Jesús dijo que Manasés no estaba lejos del reino de Dios.
Habló aún del Mesías y de David y terminó su enseñanza. Todos
estaban llenos de admiración y no sabían qué responder. Cuando
Jesús bajó del sitial, un discípulo le preguntó: “¿Qué significa:
tú no estás lejos del reino de Dios, que dijiste a Manasés’?” Jesús
contestó: “Manasés será creyente, y me seguirá; pero por ahora
no hablen de ello”. He visto que Manasés desde aquella hora
no actuó más contra Jesús, se mantuvo indeciso y retirado hasta
después de la Ascensión, época en que se declaró por Jesús y se
unió con los apóstoles. Era un hombre de unos cuarenta a cin-
cuenta años de edad.
Jesús se retiró por la tarde a Betania, comió con los após-
toles en casa de Lázaro, fue luego al albergue donde estaban
reunidas las mujeres, enseñó hasta entrada la noche y pernoctó
en el albergue de los apóstoles. A las santas mujeres las he
visto con frecuencia rezando juntas bajo el emparrado de la
casa de Lázaro, mientras Jesús enseñaba en Jerusalén. En la
oración tenían cierto orden: a veces estaban todas juntas de pie,
o de rodillas, y a veces se apartaban unas de otras o se sentaban.
Al día siguiente estuvo Jesús unas seis horas en el templo en-
señando. Los discípulos, animados por las palabras de ayer,
preguntaron hoy qué queria decir: “Venga a nos el tu reino”.
Jesús habló largo tiempo diciendo que Él y su Padre son como
uno y que Él pronto se irá al Padre. Preguntaron: “Si tu Padre
y Tú son una misma cosa, ¿por qué dices que vas al Padre?”
Jesús habló de su misión: que ahora se alejaba de la humani-
dad, de la carne, y que quien se aparta de su propia naturaleza,
por Él y en Él, éste se vuelve también al Padre. Habló de esto
tan tiernamente, que los apóstoles entusiasmados reclamaron:
“Nosotros queremos propagar tu reino hasta los confines del
mundo”. Jesús les dijo: “El que así habla, no hace nada”. Se
pusieron entonces pensativos. Jesús les explicó: “Nunca debéis
decir: Yo he echado demonios en tu nombre; yo he hecho esto
o aquello: las obras buenas no deben hacerse siempre en pú-
blico”. Recordó cómo en su última ausencia había hecho muchas
cosas y que ellos siempre querían que volviese a su patria y a
Jerusalén, aun cuando por causa de la resurrección de Lázaro,
lo habrían matado también a Él. ¿Cómo, entonces, se hubieran
cumplido las cosas que están todas predichas? Ellos observaron:
¿Cómo entonces se daría a conocer su reino si debían hacer to-
das las cosas en secreto? Yo no recuerdo ahora bien su res-
puesta; pero vi que se pusieron pensativos y tristes. Hacia el
mediodía salieron los discípulos del templo y Jesús permaneció
con los apóstoles. Le trajeron una bebida. Después del mediodía
vinieron tantos fariseos y escribas que rodearon completamente
a Jesús: los apóstoles quedaron detrás. Habló severamente con-
tra ellos y una vez oí que dijo: “Vosotros no me prendéis ahora
porque vuestra hora aún no ha llegado”.